Omar Pérez, El intelectual y el poder en Cuba

Entrevista a Omar Pérez en Cubista Magazine

Intervención leída en el encuentro Havanna Virtuell, celebrado en Graz, Austria, los días 21 y 22 de octubre de 2005.

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Observad mi pasaporte; en los datos personales, donde se define “profesión”, reza “escritor”. Aunque no pretenda remedar a Maiakovski, no puedo olvidar el sabor, la euforia de aquel poema que aprendimos en la escuela: soy poeta, sirvo al poder del pueblo. En realidad, me limito a constatar un hecho: la República de Cuba reconoce mi condición de escritor. Esto tiene además dos efectos secundarios. Uno, que mi madre se sienta orgullosa; otro, que los policías en la aduana me pregunten: “¿Qué escribe?” “Poesía”, respondo. En cierta ocasión, cierto policía fue más lejos que los demás; ocurrió en el aeropuerto J. F. Kennedy de New York, algunas semanas después de September/11: “¿Qué tipo de poesía?”, inquirió. –Poesía filosófica. –¿Qué es poesía filosófica?, insistió, poniéndome en aprietos. No recuerdo qué respondí; no sé lo que es poesía, mucho menos qué cosa es poesía filosófica, ni tampoco filosofía, bios kubernitis, gobernadora de la vida, al decir de los antiguos griegos. En ese punto, sin embargo de dificultad, debo haber respondido satisfactoriamente ante el poder constituido. No se me oculta que una buena parte de las verdades son dichas para salir del paso, luego olvidadas. Preguntarán ustedes qué relación tiene el interrogatorio de un policía del aeropuerto de New York con el tema en cuestión. En primer lugar, el diálogo entre poesía y poder es siempre el mismo, independientemente de latitud y circunstancia. En segundo lugar, la situación de un poeta ante el poder en Cuba no es indiferente a su situación ante el poder de los Estados Unidos de Norteamérica y esto, que quizás pueda parecerle a un intelectual europeo una artimaña teórica es, en nuestras tierras, una realidad constante desde hace más de un siglo. No se preocupen; por esta vez no citaré a José Martí. Prosigo, pues, con el interrogatorio: “Se llama usted Omar, ¿es de origen árabe?” Persistió aquel uniformado. –No que yo sepa. –¿Es entonces musulmán? Buena pregunta; en el sentido de “abandonados a Dios”, sea Dios lo que sea, Tao, Buda, cosmos, somos todos muslim. Sin embargo, no queriendo agravar con consideraciones teológicas mi situación de poeta procedente de una nación que hoy en día se considera “terrorista”, respondí que no. –¿Por qué entonces se llama Omar? –Mi madre, en homenaje a aquel gran poeta, no árabe, sino persa, Omar el Khayam, me dio su nombre. Persa o árabe, cubano, ateo o creyente: poeta, siempre sospechoso ante el poder constituido en uniforme. Sin embargo, hasta ahora, en una u otra parte, este a la larga, tras algunos interrogatorios, me dejó seguir en paz mi camino.

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Siempre que regreso a Cuba, vuelvo intensamente a la condición política fundamental: la vida diaria. Percibo el imperativo de ordenar el discurso político, y poético, no a partir de la crítica al poder constituido sino de la observación del modo de vida de las gentes, a comenzar por el mío. Entiendo que es esta observación lo que enaltece al humano en tanto ser y lo prepara para modificar la realidad. Su realidad. En este proceso no soy el objeto pasivo de poder alguno exterior a mí que me diga qué debo observar y cómo, qué debo o no modificar y en cuál manera. En tanto que poeta soy, aquí y allá, el señor de mi propia realidad. ¿Iluso? ¿Romántico? Ya lo dijo Pushkin, que no fue ni impune ni del todo inerme ante el poder: el poeta debe ser un poco estúpido. Pero no es esta estupidez básica, inmemorial de humano–poeta la que ofusca o denigra; en ella residen ideales, cual sedimento de nuestra vida eterna, y estos son eternamente realizables. Ahora bien, ¿qué es, etimológicamente hablando, la crítica sin la crisis? Bienvenida sea, pues, esta crisis de sistemas, de discursos, de poderes que es, en fin, la crisis de una civilización toda y su modelo de conciencia. Sin ella no nos sería dada hoy, aún, poesía; hoy, aún, reflexión; hoy, aún, filosofía. ¿Quién que esté por encima de ella lanzará la primera piedra? Obviamente, hoy se ha llegado a considerar un acto normal lanzar piedras, invectivas, bombas. El que hoy critica debe también saber cómo sembrar flores. Y si es preciso, lanzarlas. Este sería el mayor acto de poder.

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Me detengo un momento en este punto; ¿tal vez se dirá que he intentado eludir retóricamente el asunto de la relación intelectual–poder en Cuba? Ni por asomo; conozco de primera mano la censura y otros recursos extremos de la terapia política. No pueden disuadir al poeta que ha entregado su energía a avizorar un estadio superior de la conciencia. No es culpa ni privilegio de sistema alguno en específico, el haber convertido al poeta en rehén de la realidad. Aun cuando todos los sistemas, por su propia naturaleza de sistemas, se hayan en algún momento atribuido el dudoso mérito de sojuzgar la naturaleza toda y, por ende, la naturaleza humana y la raíz de la poesía, ha sido en realidad el poeta quien, en su impulso más puro y en los cuatro puntos cardinales, ha decidido sojuzgarse a sí mismo para permanecer, cantando, entre los hombres; esta fuerza de su elección es lo que lo ha hecho subsistir hasta hoy entre los perseguidos y los silenciados, los que mañana vamos a ver salir el sol del otro lado de la montaña.

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Salgo a caminar; sí, ya lo sé, es la ciudad devastada que todos ustedes han visto en las páginas de Le Monde Diplomatique y en Buena Vista Social Club de Win Wenders. Dejo a mi hijo a la puerta de la escuela remozada, un antiguo almacén de bienes decomisados por el estado. Según este, el futuro de mi hijo está garantizado; según mi instinto de padre y de poeta, su presente no es más ni menos incierto que el de todos los habitantes de este planeta en ebullición, el volcán nuestro de cada día. El precio del noni, la fruta prodigiosa que, según se dice, posee 101 propiedades curativas, es de 5 pesos por unidad en el mercado estatal y 7 pesos en la tienda del yerbero. Las muchachas con las que me tropiezo por el camino a Centro Habana, son tan hermosas y lozanas como de costumbre, “como perlas preciosas, adorno de ilusión…”; en el Malecón una típica estampa del latin socialism: un hombre, al mando de la excavadora, trabajando, y 19 hombres observando. No son curiosos, son obreros y jefes de obra: estos gesticulan, aquellos permanecen absortos en la contemplación. Uno, inclusive, se ha echado sobre el muro, reclina la cabeza en el muslo de un colega y fuma un cigarrillo. Marx y Lafargue, padre y yerno, eternamente conciliados: el derecho al trabajo y el derecho a la pereza en unidad dialéctica. Por otra parte, aquellos que desde los think tanks del occidente cristiano y materialista han determinado que Cuba, entre otras naciones no hegemónicas, sea un país pobre, profesan no sólo un materialismo extremo y fundamentalista sino además una visión limitada y, a su vez, pobre de la materia–espíritu en desarrollo y movimiento. Pues la materia–espíritu no es sólo objeto, su libertad no es sólo albedrío y su realización no es sólo gratificación.

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¿Quién dijo que todo lo real era racional, un ideólogo al servicio del partido o un poeta al servicio de la publicidad? En la propaganda al uso de la sociedad del capital prima el llamado a un carpe diem individualista: be yourself. E incluso, según observo en el aeropuerto de Amsterdam, be a tiger. No dejes que otros consuman por ti, aquí y ahora, consume cualquier cosa, pero consúmela TÚ. Get a life. En la sociedad más austera que a los cubanos nos ha tocado vivir, la propaganda intenta activar otras regiones de la conciencia. Verbigracia: no se puede derrotar a las ideas, las ideas son inmortales, etc. Platon dixit, Marx dixit. Hay, además, una palabra en la cual coinciden la propaganda mercantil y la política: revolution. Y aún otra en la cual desembocan todos los mensajes y valores ideológicos, económicos, místicos y suntuarios: energía. Misterio supremo de nuestra irrealidad. En tanto que individuo, en tanto que poeta y, en cierto modo, en tanto que idiota, según el sentido helénico de individuo independiente, encuentro ambos llamados simpáticos y estimulantes. Llenos de gracia, sí, vacíos de sentido. Gracia y sentido; se encuentra aquí uno de los puntos de giro en los cuales el intelectual puede actuar ante el poder y en el seno social. Propongo combinaciones, por ejemplo: Be yourself, las ideas son inmortales. Como es natural, se sabe que para dialogar de manera directa con el poder son necesarias mejores herramientas que el mero ingenio verbal y conceptual que subyace a toda poesía filosófica. Pero, a fin de cuentas, no nos falta trabajo ni materia prima: cómo volver a llenar de sentido esas parejas, si no de contrarios, de mal llevados conceptos que hemos heredado de nuestra civilización descompuesta: mesianismo y productividad, ahorro y dignidad, futuro y muerte, honestidad y democracia, revolución y consumo. Revolución: hoy te nombran en los comerciales en las cuatro esquinas del mundo; allellujah!