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lunes, mayo 19

EL LIBRO PERDIDO DE LOS ORIGEXIONISTAS, Orlando Luis Pardo Lazo

Orlando Luis Pardo, todos los lunes desde La Habana, con su columnata, Lunes de post-revolucción.


Voy a seguir contando las cosas que no fueron, lo que se echó a perder por algunas palabras.

"En diciembre, viendo volar", A.J.P.


A Antonio José Ponte (Matanzas, 1964) decidí leerlo gracias a un gracia de Fidel D. Castro: trovador que dirige El Caimán Barbudo y heterónimo de los best-sellers de El Diablo Ilustrado. Fidel D. Castro acusaba a Ponte en la revista Temas de ser uno de esos "jóvenes intelectuales orgánicos del anticastrismo de segunda generación".

Era circa 2002 y, por supuesto, yo no sabía qué significaba semejante lexema entrecomillado. Mucho menos sabía de la existencia de esa pedante fonía del hezpañol: lexema. Pero si El Diablo Ilustrado estaba tan furioso como para que su heterónimo Fidel D. Castro cometiese un exabrupto así, entonces yo quería leer al autor desencadenante. Y así llegué a él.

Leí a Ponte como exorcismo contra la prosa poética de El Diablo Ilustrado y sus diez millones de lectores locales (incluido yo). Leí a Ponte como la maldición contagiosa de un HIV-pólitipositivo. Leí a Ponte en tanto causa primera de "una diatriba contra el fundador de la nación cubana: ni los enemigos de Martí en vida fueron jamás tan lejos en su intento de denigrarlo" (¿cómo la oficiosa Temas no censuró una línea tan promocional?). Leí a Ponte como desinencia de la disidencia, como barbarie y ejercicio limítrofe de incivilitez (valga el barbarismo). Leí a Ponte como campañita (sin)táctica de analfabetización, como guerrillero dextrógiro a las órdenes de los "actuales anexionistas" (Fidel D. Castro dixit): un Narcisista López o un José Antonio Aponte calesero de nuestra sigloveintiumnidad. Más preocupante aún: leí a Ponte para imitar su pose literaria entre esos "jóvenes intelectuales orgánicos del anticastrismo de segunda generación". Lo leí con la misma avidez de un clásico para Todas-las-Edades de nuestra incipiente pornopolítica: PornTE. Y, para resumir este alef maléfico, lo leí como Puente con ese siglo XXI que mi generación Año-Cero aún no se atreve a fundar (ver mis "RefleXXIones" en el episodio-4 del e-zine de escritura irregular The Revolution Evening Post).

Antonio José Ponte en persona, por su parte, con sus dos nombres de próceres independentistas cubanos del XIX (dos lápidas que tal vez le pesen piñerianamente demasiado), poco después desplegaba toda su cinicrónica elegancia para refutar unos textos míos que le envié por e-mail: "Épater les prolétaires", se titulaba aquel fichero fatal. En el 2004, para colmo de concurrencias, como jurado Ponte favoreció mi cuento "Sweet Habana" en un concurso convocado aquí por la Embajada (del Partido Popular) de España, evento que levantó tantas ronchas como dólares no ya en el campo sino en el campismo literárido local.

Ahora, en un mayo de 2008 con arenas del Sahara contaminando la atmósfera del Caribe (lo que ha provocado una esterilizante oleada de calor), vuelvo a leer a Ponte desde nuestros respectivos exilios: geopolítico el suyo, ocioexcritural el mío. Se trata de un libro prestado, casi alquilado: "La fiesta vigilada" (Narrativas Hispánicas, Anagrama, España 2007). Y, como era previsible, acaso por ósmosis inversa, terminé releyendo de paso los dos libros de El Diablo Ilustrado editados en Cuba por el propio Fidel D. Castro (queda pendiente una columna para "Fogonero Emergente" que se llamará El Diablo y el Estado).

"La fiesta vigilada" es, por fin, lo que no ha podido hacer Ponte con su anterior narrativa hispánica (entre otras cosas, porque la narrativa en sí ya está imposibilitada de hacer algo). "La fiesta vigilada" es el desplazamiento del relato hacia una ensayística personal de muchas lecturas y pocas citas, de muchos cortocircuitos asociativos y poco rigor mortis academicoide, de una sobredosis de ficción pura a partir de un sobrecogedor purismo testimonial. Es una paradójica exquisitez. Y una joya jovial, hilarante y dramática: trama sin trauma, entertainment light de alta narratividad reflexiva. Son capas y capas de un imaginario horizontal que da la impresión de recubrirlo todo desde la superficie: don de la interfase ubicua, ubícuba. Es una bocanada de aire freesco en un pantanito preso por tanta tonta estructuración y tantos tópicos típicos.

"La fiesta vigilada" es, pues, un corrimiento de géneros (¿transgenital?) que no tiene nada que ver con el state-of-the-art ni con el know-how de esta epoquita post-epocal, en la cual sobrevivimos los dos o doce escritores remanentes en Cuba (casi los podría nombrar dentro de este mismo paréntesis). Y, aunque a muchos teóricos les reviente la idea, nuestra newrrativa transnacional ha de pasar por estos "cotos de menor realeza" (y realismo). Estéticamente, nos debería dar pena seguir formalizando historietas, como si escribir tuviera algo que ver con contar y, en última instancia, escribir. Éticamente, alguien tenía que oficiar de verdugo y, escalpelo en mano, protagonizar la autopsia de un corpus literari que, aún sobresaturado de suicidas, nunca se ha sabido del todo suicidar.

En este sentido, "La fiesta vigilada" es programático sin trazas de lo pedagógico: traza líneas de fugas como una shooting-star o un cometa que no volveremos a ver en vida. Los que no lo saben leer, lo loan: ahí están las notas de contracubierta y solapa. Los que lo saben no leer, lo lian con cualquier otra cosa: incluida la prosopoética levotrovadoresca de El Diablo Ilustrado. Este libro opera como una fiesta de perchero que te invita a ejercer tu derecho a la liberatura. Así como en "Archipiélago GULAG" Alexander Solzhenitzin lamenta la pérdida de la capacidad de narrarse uno mismo, así yo he recuperado la mía con la lectoura de este viaje inmóvil dentro y fuera de Cuba. "Afina tus sensores y afloja tu autocensor"; "afinca rodilla en tierra y afánate en una obsesión"; "la vida que pierdas en La Habana la habrás perdido exclusivamente en La Habana"; "sé político antes que polite (o siempre serás un pionerito redactor)": yo he recibido estas teleclases al leer a Ponte con un océano de por medio. Por eso ahora lo remiendo y lo recomiendo.

En verdad, es un texto propenso de anexionismos: plurineuronal en su múltiple conectividad, relajado y abierto a la Cuba que siempre ha sido y, por eso mismo, nunca fue ni podrá ser. Es un texto inactual, como corresponde para no agotarse. Es una novela decepcionante si alguien quiere saber algo de Cuba con ella (para eso está el Departamento de Opinión del Pueblo, adscrito creo al PCC). Es un ensayo despótico donde no hay cabida para una hipócrita equidad: su ego gotea en cada sentencia (se impone de tan Ponte), y uno percibe que semejante discurso es autocanónico ya. Tal oficio de ofidio atrae hipnóticamente, como todo autor extrañado que se convence a sí mismo de su flujo mnemónico y su estilo self, sin grandes verosimilitudes y sin ninguna anagnórisis moral: la ironía lo relativiza todo y persuade de tan suave y caústica, casi a pH cero. Es un pensar-escritura sticky que Ponte resuelve dialógicamente desde su propia invaginación, remando a solas contra lugares cómicos de tan comunes, sin más aliado que una altanera alteza, hasta que de pronto ya es demasiado tarde para que replique el lector (con la salvedad de El Diablo Ilustrado tal vez). "Si lo dejan hablar", decía mi abuela Cristina, "no lo matan". To kill a mocking-ponte.

De ahí, tal vez, la prohibición que gravitó sobre él desde su expulsión virtual de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Cero publicación, cero presentación en público, cero permiso temporal de salida: en una pontefóbica Operación 03P, cuya involuntaria excepción sería acaso el show televisivo infantil que todavía arrastra su nombre ("Ponte al día", Canal Cubavisión, domingos 9:15 AM). De ahí, tal vez, la negativa de Ponte cuando un top-funcionario de Cultura le ofreció una tregua fecunda para editar en Cuba su libro perdido "El libro perdido de los origenistas" (Aldus, México 2002). De ahí, tal vez, los rumores ministeriales sobre su presunta autoría de "La lengua suelta" de Fermín Gabor, esa otra suerte de Diablo Ofuscado de la derecha desfachatada cubanietzsche. Y por ahí, también, el susto de secuestro que casi tuvo la tirada del #8 de la revista Extramuros (La Habana, enero/abril 2002), cuando se detectó publicada allí una reseña de Ponte que, a la postre, creo que fue su colofón intranacional.

En otro sentido, "La fiesta vigilada" funciona como una de esas guerrillas semióticas que, por más que las mercadee Umberto Eco, no tienen tanto eco en Cuba como su culebrón bilingüe medieval. "La fiesta vigilada", en tanto máquina de moler edipo-adolescenteces ñoñas y roñosas, es la no-ficción ficticia menos necional que he leído en lo que va de este siglo XX infinito. Es un gesto de adusta adultez en un medio adulterado y medio. Y ese arte de corte y desvío Ponte lo consigue sin dejar de contextualizar ni una sola de sus 240 páginas de fiesta vigilada o forzosa vigilia.

Supongo que esta sea una aceptable lección (o loción) para que el cadáver de Calvert Casey no siga intrigado en cómo narrar costumbres sin caer en el costumbrismo. Porque, y esto lo saben bien carniceros tugurizados de La Habanada, cortar es sólo aprovechar los huecos negros innatos a todo cuerpo o corpus patrio. De hecho, antes o a la par que Ponte, los escritores del proyecto Diáspora(s) ya habían pretendido cavar "huecos conceptuales" dentro de una "sublimidad-de-la-mentalidad-literaria" que "tiende a simplificarlo todo" para "convertirlo en LiteraturaNación", dentro de un "espacio envejecido por la tradición y la ontología reaccionaria de sus escritores": incluidos los "lugares comunes" de la "identidad nacional", el "fundamentalismo origenista", y el "canon de lo cubano como medida de todas las cosas". Según ellos, "un poquito terror literario –sobre todo en los medios de representación– no le haría daño a la nación [...] entendida como el lugar de las letras: al Canon Nacional de las Letras, siempre inflacionario –hasta el ridículo– en cualesquiera de sus aspectos". (Lástima que las autoridades policiaco-literarias discreparan de ellos y muchos terminaran diasporizado(s), no sin sus respectivos empujones y almuercitos de reconciliación.)

Esquizocondriaco más que paranoico, el narrador de "La fiesta vigilada" tiende espontáneamente hacia la Seguridad del Estado. Sea ahora el Museo de la Inteligencia o, como en su novela "Contrabando de sombras" (Mondadori, España 2002), el Ministerio de la Guerra después de la Guerra: el efecto colateral es el mismo. Intuyo que Ponte intuye que los peritos segurosos son los últimos lectores piglianos de nuestra realidad: es decir, constituyen el narratario por excelencia a quien dirigir automática y (surrea)listamente cualquier conato de creación. Al respecto, aunque sea odioso auto(fago)citar el mismo bullet-in digital, en mis "RefleXXIones" asumo que esos dulces agentes secretos que literariamente nos atienden son ya los únicos que literalmente aún nos atienden, siendo ellos "los núcleos narrativos que tiñen de sobreentendido cada frase y cada gesto cubano, por más que parezcan ser de origen espontáneo o incluso contestatario" (acaso el mío sea un caso crítico del Síndrome de Estoeselcolmo, pero nadie delira como quiere sino como puede).

Excluido de honor de las antologías sigloveintureras nacionales, Ponte ha chapoteado en amarguinútiles polémicas ad hominem que sellaron su aislamiento insular. Castillo sin puentes de apoyo en el gremio, siempre lo imaginé cabeceando en el comedor de su casa sobre un mantel de alusiones gástricas (incluido un pomito de Alusil), o regando con un spray reciclado sus maticas en maceticas, mientras el desierto crecía grano a grano a su alrededor con cactus de alambre de púa (que en inglés espectral se subtitula barb-wire: un alambre tan barbudo como un caimán).

"La fiesta vigilada", para rematar, en tanto arte del desastre, regurgita esa vocación de ruin "ruinólogo" que atraviesa "Contrabando de sombras", pero también los otros libros que conozco de él: "Las comidas profundas" (Deleatur, Francia 1997), "Cuentos de todas las partes del Imperio" (Deleatur, Francia 2000), y el poemario "Asiento en las ruinas" (Letras Cubanas, Cuba 1997). No por gusto el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana (2006) rechazó por motivos técnicos el filme de Florian Borchmeyer donde Ponte protagoniza a Ponte en su decorado urbano de posguerra (urbe o ubre reseca): rumiante de ruinas que justifiquen esa invasión apócrifa con que frustrantemente ningún presidente yanqui nos inmortalizó. (En The Revolution Evening Post #4 teorizo al respecto en términos tan tórridos como el "timo que nunca fue", la "anexión como el equilibrio entre una cámara de gas letal y un balón de oxígeno", y la "puertorriquización de la República de las Letras Cubanas, hasta ahora siempre varada en insularismos integristas, diásporas disidentes, y otras cacharrosas cursilerías".) Es también en dicho filme alemán ("Havanna: Die Neue Kunst Ruinen Zu Bauen") donde Ponte rompe el hechizo del Innombrable y, al contrario de su último libro, por primera vez se anima a pronunciar la palabra clave Fidel, pues lo más parecido en el vocubalario de "La fiesta vigilada" es la falsa cognada Eiffel.

Estando dicha palabra clave en el retiro irreversible de su propia sección "Reflexiones" (es sabido que en otra vida a Fidel Castro le hubiera gustado ser escritor); estando el falso cognado Fidel D. Castro renuente a confesar la gracia de sus diabluras ilustradas para grandes y chicos; y siendo Antonio José Ponte director de la revista Encuentro de la Cultura Cubana que se edita en Madrid (recién me ha publicado el cuento "Ipatria, Alamar, un cóndor, la noche y yo"); tengo la ilusión de que "nuestro hombre en La Habana" por fin pueda serlo ahora yo. Yo, un fantasma que corre y corroe las runas ilegibles de La Habanada. Yo, un topógrafo intrigulador o un duelista en terra aliena. Igual es un placer y un privilegio ser el único paseante de esta ciudad abandonada en tanto iconografía histórica: Troya de tramoya bajo las sucesivas fallas de nuestra non-fiction ficción. La arqueología podrá ser el pasto más potable de los deprimidos, pero es sólo desde esta enfermedad llamada esperanza que yo me explico las dos últimas cifras del prontuario inaugural (septiembre 1997) de la revista independiente Diáspora(s):

17- Pensar que se triunfa.

18- Vivir de esa ilusión.

Para el futuro, no me queda ya nada que declarar excepto el siguiente diálogo telescópico que, a pesar de su prolija intertextualidad con Our Man in Havana de Graham Greene, Ponte olvida invitar a nuestra fiesta vigiladamente innombrable:

Agente Wormold: "Quiero saber quién es Raúl".

Doctor Hasselbacher: "Ya lo sabe".

Agente Wormold: "No tengo ni idea".

Ignorante del RDAlemán, sintonizo sólo el subtitulaje del espía británico: Worm-old, gusano viejo.

domingo, mayo 18

DE: Liz en pAladeOinDeleite: El CENESEX y su presidenta Mariela Castro.

Diversidad por norma o normado de la diversidad.
El CENESEX y su presidenta Mariela Castro.

La Norma (con mayúsculas y en letras blancas) es la diversidad. Sí, se trata de encausar, de hacer entrar por el aro, como diría cualquier cubano en el suspicaz lenguaje popular; de hacer "la norma" una vez más. Aunque esta vez venga con cara de lo diverso. Un slogan así no puede menos que desconcertar un poco, en primera instancia, al que lee, quien luego podrá preguntarse por las "intenciones" detrás de la frase: ¿hacia dónde se inclina la balanza de quien ha escrito el anuncio, hacia la diversidad o hacia la norma?

Desde que se fundó el CENESEX siempre he creído que su propuesta -su forcé estatal, con todo lo que de vertical e intolerante tienen las "propuestas" estatales- es más que nada, normalizadora. Se trataba en sus inicios de lograr por ejemplo que fuera implementada la operación de cambio de sexo para transexuales, de hacer que los travestís pudieran incorporarse a centros de trabajo estatales y colocar como empleados del mismo CENESEX a homosexuales, transexuales y travestís, sobre todo del sexo masculino. El trabajo con las mujeres homosexuales no es el fuerte de este centro. De hecho, el afiche confeccionado por el centro...(seguir leyendo)

Revista Convivencia: para la ciudadanía y sociedad civil en Cuba

Última entrega de Convivencia, dirigida por Dagoberto Valdés

MUTO a wall-painted, animation by BLU

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MUTO a wall-painted, animation by BLU


The new short film by Blu: an ambiguous animation painted on public walls.
Made in Buenos Aires and in Baden (fantoche)



sábado, mayo 17

Fogonero Emergente comparte este vínculo con Efory Atocha

Entrevista a María Elena Cruz Varela

viernes, mayo 16

ENZENSBERGER por HEBERTO PADILLA


El hundimiento del Titanic

Hans Magnus Enzensberger

Del libro homónimo

Traducción de Heberto Padilla


Modelo para una teoría del conocimiento

Aquí tienes una caja,
una caja grande
con una etiqueta que dice
caja.
Ábrela,
y dentro encontrarás una caja,
con una etiqueta que dice
caja dentro de una caja cuya etiqueta dice
caja.
Mira adentro
(de esta caja,
no de la otra)
y encontrarás una caja
con una etiqueta que dice…
y así sucesivamente,
y si sigues así,
encontrarás
tras esfuerzos infinitos
una caja infinitesimal
con una etiqueta
tan diminuta,
que lo que dice
se disuelve ante tus ojos.
Es una caja
que sólo existe
en tu imaginación.
Una caja
Perfectamente vacía.


Canto III


Recuerdo La Habana, las paredes desconchadas,
la insistente fetidez ahogando el puerto,
mientras el pasado se marchitaba voluptuosamente,
y la escasez roía día y noche
el añorado Plan de los Diez Años,
y yo trabajaba en El hundimiento del Titanic.
No había zapatos, ni juguetes, ni bombillas,
ni un solo momento de calma jamás,
los rumores eran como moscardones.
Recuerdo que entonces todos pensábamos:
Mañana todo será mejor, y si no mañana,
entonces pasado mañana. Bueno, tal vez no mucho mejor
en realidad, pero al menos diferente. Sí, todo
será bastante diferente.
Una sensación maravillosa. ¡Cómo la recuerdo!

Escribo estas frases en Berlín, y al igual que Berlín
huelo a viejos cartuchos vacíos,
a Europa del Este,
a sulfuro, a desinfectante.
Vuelve el frío poco a poco,
y poco a poco leo las ordenanzas.
Allá lejos, detrás de innumerables cines,
se alza, inadvertido, el Muro,
y más allá, distantes y aislados, hay otros cines.
Veo a extranjeros con zapatos recién estrenados
desertando solitarios por la nieve.
Tengo frío. Recuerdo –es difícil creerlo,
apenas han transcurrido diez años-
los extrañamente esperanzados días de la euforia.

En aquel entonces nadie pensaba en el fin,
ni siquiera en Berlín, que hacía tiempo que había
sobrevivido a su propio fin. La isla de Cuba
no vacilaba bajo nuestros pies. Nos parecía
que algo estaba próximo, algo que inventaríamos.
Ignorábamos que hacía tiempo que la fiesta
había terminado, y que todo lo demás
era asunto de los directores del Banco Mundial
y de los camaradas de la Seguridad del Estado,
exactamente como en mi país y en cualquier otra parte.

Buscábamos algo, algo habíamos dejado atrás
en la isla tropical, donde la hierba crecía
hasta cubrir la chatarra de los Cadillac. Se había
agotado el ron, los plátanos se habían desvanecido,
pero buscábamos algo más –es difícil especificar
qué era realmente- y no acabábamos de encontrarlo
en este diminuto Nuevo Mundo
que discute ávidamente sobre azúcar,
sobre la liberación, y sobre un futuro abundante
en bombillas, vacas lecheras y maquinaria por estrenar.

En las calles de La Habana, las mulatas
me sonreían con sus fusiles automáticos
al hombro. Me sonreían a mí y a algún otro,
mientras yo trabajaba y trabajaba
en El hundimiento del Titanic.
No podía dormir en las noches calurosas.
No era joven – ¿qué quiere decir joven?
Vivía junto al mar –pero tenía casi diez años menos
y estaba pálido de anhelos.

Probablemente ocurrió en junio, no,
en abril, poco antes de Semana Santa;
paseábamos por la Rampa
después de medianoche, María Alexandrovna
me miró con ojos encendidos de cólera,
Heberto Padilla estaba fumando,
todavía no lo habían encarcelado.
Pero hoy ya nadie le recuerda, porque está perdido,
un amigo, un hombre perdido,
y algún desertor alemán estalló en una risa deforme,
y también acabó en prisión, pero eso fue después,
y ahora está aquí otra vez, de nuevo en su país,
embriagado y haciendo investigaciones de interés nacional.
Resulta raro que yo lo recuerde todavía,
sí, es poco lo que he olvidado.

Charlábamos en una jerga híbrida
de español, alemán y ruso,
acerca de la terrible zafra
azucarera de los Diez Millones
-hoy ya nadie la menciona, desde luego.
¡Maldito azúcar! ¡Vine aquí de turista!,
aulló el desertor y después citó a Horkheimer,
¡nada menos que a Horkheimer en La Habana!
También hablamos de Stalin, y de Dante,
no puedo imaginarme por qué,
ni qué relación guarda Dante con el azúcar.

Y miré hacia fuera distraído
sobre el muelle del Caribe,
y allí vi, mucho más grande
y más blanco que todas las cosas blancas,
muy lejos –yo era el único que lo veía allí
en la oscura bahía, en la noche sin nubes
y en un mar negro y liso como un espejo-
vi el iceberg, alto, frío, como una helada Fata Morgana,
deslizándose hacia mí, lento, inexorable y blanco.


Canto IX

Todos esos extranjeros que posaban ante los fotógrafos
en los cañaverales de azúcar de Oriente, sus machetes en alto,
el pelo pegajoso, y camisas de mezclilla
endurecidas por el sudor y la melaza: ¡qué gente tan superflua!
En las entrañas de La Habana la miseria ancestral
continuaba su tarea de putrefacción, la ciudad hedía a orina vieja
y vieja servidumbre, los grifos se secaban por la tarde,
la llama del gas se apagaba en el fogón, las paredes
se desmoronaban, no había leche fresca, y por la noche
“el pueblo” hacía paciente cola para comer pizza.
Pero en el Hotel Nacional, en los salones frente al mar,
donde hace mucho tiempo solían cenar los gangsters, los senadores,
con emplumadas reinas del striptease
sentadas en sus adiposos muslos y regateando una propina,
deambulaban ahora un puñado de trasnochados
trotskistas de París, que se sienten
“dulcemente subversivos”, tirándose unos a otros bolitas
de pan y citas de Engels y Freud.

Cena 14 de abril de 1969
(Año del Guerrillero Heroico)
Cóctel de langostinos
Consomé Tapioca
Lomo a la parrilla
Ensalada de berro
Helados

Más tarde emergían en cubierta, en blanco y negro,
unos cuantos jugadores vestidos de etiqueta,
y damas en largos vestidos con perlas, ante mirones
en albornoz que lanzaban trozos de hielo al descuido,
poco antes de medianoche, en una película de Hollywood.
Era cerca de medianoche, el aire estaba húmedo y cálido.
Niños semidesnudos invadían el destartalado cine
en la Calzada de San Miguel, riendo y trepándose
en las butacas sucias. La imagen era sombría y borrosa,
el sonido era rayado: una copia malísima.
En el blanco entablado de cubierta, Barbara Stanwyck
saltaba de una lado a otro con Clifton Webb, las imágenes danzaban,
y de pronto, como siempre, de la necesidad surgió el caos.
No olvides el revólver, querido, piensa en
tus esmeraldas, en los sándwiches,
en tu manuscrito. Y tú, lleva la Biblia,
y tu pequeño cerdito de hojalata que toca “Másese”
cada vez que le tuerces el rabo, tu pequeño cerdito
de hojalata de colores, ¡qué no se te olvide!

Delegaciones. Mulatas. Comandantes. En el comedor
los hambrientos poetas de Paraguay siguen discutiendo
con los trotskistas en una nube de tabaco.
En las escaleras de incendios, los jóvenes delatores
que tararean suaves rumbas y los checos
con sus relojes y sus negocios sucios.

Incluso antes que el miedo, te golpea el ruido como un puño. El oído
agredido no puede asimilarlo. Son tus pies los que te advierten:
El caso rechina, un vapor estruendoso sale de las chimeneas.
Las calderas se apagan, las mamparas caen,
los motores se detienen. Ahora todo está quieto,
súbitamente quieto. Una sensación de modorra,
como si uno hubiera despertado de una pesadilla
a las cuatro de la madrugada en la habitación del hotel,
y escuchara atento. No hay señales de vida.
Hasta el frigorífico está en silencio. Con gusto
acogeríamos ahora cualquier sonido,
un chasquido de la caldera,
un ladrón, un registro de la policía…
Nunca volverá todo a estar tan seco y quieto como ahora.

Canto XXXIII

Calado hasta los huesos, diviso gentes con baúles chorreantes.
Los veo, de pie sobre un plano inclinado, recostados al viento.
Bajo una lluvia oblicua, borrosos, al borde del abismo.
No, no es un sexto sentido. Es el tiempo,
el mal tiempo el que los empalidece. Les advierto,
les grito, por ejemplo,
señoras y señores, andáis por mal camino, estáis al
borde del abismo.
Pero sólo me otorgan una débil sonrisa y responden altivos:
Gracias, lo sabemos.

Me pregunto si se trata de unas cuantas docenas de personas,
¿o está allí todo el género humano, sobre un barco
decrépito, digno de la chatarra, dedicado tan sólo
a una causa, el naufragio?
Lo ignoro. Yo chorreo y escucho. Es difícil
decir quiénes son estas gentes asidas a un baúl,
a un talismán de color puerro, a un dinosaurio, a una corona de laurel.

Les oigo reír y les grito palabras incomprensibles.
Aquel desconocido con la cabeza envuelta en periódicos mojados
supongo que sea K, un viajante vendedor de galletas;
de aquel barbudo no tengo la más ligera idea; el hombre del
pincel se llama Salomón P, la dama que estornuda sin cesar es de seguro
(Marilyn Monroe;
pero el hombre de blanco, el que sostiene un manuscrito
envuelto en una tela negra, encerada, seguramente es Dante.
Esas gentes rebosan esperanzas, están llenas de una energía criminal.
Bajo la lluvia a cántaros, se ponen a pasear sus dinosaurios,
abren y cierran sus maletas mientras cantan a coro:
“El trece de mayo el mundo se hundirá,
todo acabará, todo acabará.”
Es difícil decir quién se ríe, quién me observa, quién no,
en esta niebla, a no sé qué distancia del abismo.

Los veo hundirse poco a poco y les grito:
Veo cómo os hundís poco a poco.
Y no hay respuesta. En lejanos barcos, leves y corajudos,
suenan las orquestas. Todo es tan lamentable; no me gusta mirar
como mueren empapados en la lluvia y la niebla. Es tan penoso.
Les podría gritar, les grito: “Pero nadie sabe
en qué año acabará el mundo; ¿no es maravilloso?”

¿Pero a dónde fueron los dinosaurios? ¿Y de dónde provienen
aquellas miles y decenas de miles de maletas empapadas,
flotando a la deriva, sobre las aguas?
Nado y gimo.
Todo, como de costumbre, gimo, todo bajo control,
todo sigue su curso, todos, sin duda, se habrán ahogado
en la lluvia sesgada, es una pena, ¿y qué? ¿por qué gemir?
Lo raro, lo difícil de explicar, es: ¿por qué sollozo
y sigo nadando?

Canto XXII

Lejos en el golfo, allí en la aterciopelada oscuridad,
vi los reflectores de un destructor escudriñando.
Nevaba en mi cabeza. La Habana Vieja
jadeaba en busca de aliento, se desangraba vergonzosamente.
Las noches eran suaves. Era la época en que
yo deambulaba por los cines de los suburbios,
por las posadas repletas, por los bares de la antigua mafia
con sus mostradores vacíos. Oía el murmullo de los amantes
entre los arbustos resecos del cementerio.
En lugar de escribir sobre la zafra azucarera
y el socialismo en una isla, como lo haría un buen camarada,
pescaba en las negras aguas, imparcialmente y medio siglo
después del hecho, a los muertos y a los supervivientes,
que hacía tiempo que también habían muerto. Los miraba
a los ojos, y los reconocía a todos: Gordon Pym, Jerone
el fogonero, que nunca pronunció una palabra, Miss Taussig,
Guggenheim (cobre y estaño), Engels (textiles), Ilmari
Alhomaki, Dante –yo tenía frío y miedo, pero los reconocí
por sus uñas, secretos, sombreros, deseos–, distinguía
sus gritos de terror en la noche tropical, distinguía
bajo la luna lo que apretaban en sus puños crispados:
rosas artificiales, llaves de hierro colado, papeles
en blanco. De espaldas al futuro estudié
las estadísticas y los planos de los pisos, y todo
confirmaba lo que ya sabía: que estamos todos
en el mismo bote. Pero el pobre
será el primero en ahogarse.



Clase

2ª Clase

Entre puente

Tripulación

Total

Embarcados

325

285

1.316

885

2.201

Rescatados

203

118

499

212

711

Desaparecidos

122

167

817

673

1.490


Al principio no era más que un pequeño sonido,
un sonido rasgado bastante fácil de describir.
Pero yo no sabía adónde nos conduciría.
Imperceptiblemente, Berlín, quedaba sepultado en la nieve,
aislado. Suavemente, el mar grasiento,
contorneando el Malecón.


Razones de seguridad


Trato de quitarle la tapa,
lógicamente, la tapa
de mi caja privada.
En modo alguno es un ataúd,
es simplemente un paquete, una cabina,
en una palabra, una caja.

Sabéis a lo que me refiero
cuando digo caja, vamos,
no os hagáis el tonto,
a lo que me refiero
es a una caja como otra cualquiera,
tan oscura como la vuestra.

Desde luego que quiero salir,
y por ello golpeo
y martilleo la tapa,
grito Más luz, jadeando,
lógicamente, golpeando la escotilla. Bien.
Por razones de seguridad,
mi caja de zapatos tiene una tapa,
una tapa bastante pesada, por cierto,
por razones de seguridad
ya que se trata
de un recipiente, un Arca
de la Alianza, una caja fuerte.
No logro salir.

Para nuestra liberación haría falta,
lógicamente, una acción conjunta.
Pero por razones de seguridad
estoy solo en esta caja,
en esta caja mía.
¡A cada cual lo suyo! De ahí que
para poder escapar de mi propia caja
mediante una acción conjunta, lógicamente,
tendría que estar fuera de ella, y esto
se aplica, lógicamente, a todos nosotros.

De modo que me rompo la espalda
contra la tapa. ¡Ahora!
¡Una rendija! ¡Ay!
¡Maravilloso! Afuera, el campo cubierto
de latas, envases, o simples cajas,
contra un fondo de encrestadas olas
surcadas por magníficos baúles,
nubes a una enorme distancia,
¡y mucho, mucho aire fresco!

¡Déjenme salir!, seguí gritando,
bajito, contra el sentido común,
con la lengua pastosa, cubierto de sudor.
Persignarse: imposible.
Hablar por señas: no, no tengo manos.
Cerrar el puño: ni hablar.

Y por ello grito: Expreso
mis pesares, ay de mí,
estos pesares míos,
mientras con un golpe seco
la tapa, por razones de seguridad,
se vuelve a cerrar
sobre mi cabeza.



Entrevista a Ernesto Hernández Busto

Ernesto Hernandez Busto


Hace unos días la prensa informó sobre un escritor cubano que recibió en Madrid el premio Ortega y Gasset que mereció la escritora Yoani Sánchez. Se llama Ernesto Hernández Busto. La razón principal del encargo: son amigos.

Y ambos dieron una lección. Yoani porque pudo haber escogido para realzar su premio una personalidad política del momento. Ernesto, porque como director de “Penúltimos Días”, el decano de los blogs sobre asuntos cubanos, escritor y editor, podía merecer él mismo algunos de los premios que rondan el ambiente. Razones adicionales puede encontrarlas el lector en esta entrevista que le ha hecho RM a Hernández Busto, quien reside en Barcelona.


Radiografía Mundial: Recuerdo que pocas horas después del 31 de julio de 2006, día en se anunció el "traspaso de poderes" de Fidel a Raúl Castro, nos hablaste de hacer un blog llamado "Penúltimos Días" (PD). Yo empecé ahí, y después abrí un blog propio. Es decir, que yo se cómo se me ocurrió el mío, pero la idea de PD, cómo la concebiste tú.

Ernesto Hernández Busto: En realidad la idea se fue incubando con varios ejemplos; sobre todo mi lectura diaria del blog de Arcadi Espada y la práctica de un blog de campaña electoral para el partido Ciutadans de Catalunya. El 31 de julio, lleno de rabia por lo que leía en la prensa, se me ocurrió hacer un blog cubano donde tres personas (el proyecto fue colectivo desde el comienzo) dijeran todo lo que llevaban años guardándose para las conversaciones privadas. Un blog incorrecto. Un blog contra Fidel Castro, y contra la idea de que Fidel Castro no era la clave, no era una pieza importante. Esas tres personas fueron Emilio Ichikawa, Néstor Díaz de Villegas y yo mismo. La idea era que el divertimento durara un par de meses, entregarle la función mediática al exilio y hacer crítica inteligente. Si se mira el archivo se verá que por esos días cada uno de nosotros escribía casi a diario sobre el tema Castro. Esa era la idea: agotar el tema.

RM: Si se revisan las publicaciones en los días posteriores a dicho evento, uno detecta cierto desconcierto; incluso periódicos importantes sobre el tema cubano no decían nada, como que se creó un vacío de saber. ¿Cómo recuerdas aquellos días?

EHB: La verdad es que lo pasábamos bien, ¿no? Había que hacer una crítica de la prensa. La gente de nuestra generación nunca había hecho eso --y creo que los de la anterior tampoco. También quería de-mostrar el fracaso y la estafa mediática que representaba el periódico digital Encuentro en la Red, que hasta entonces era el sitio más conocido y casi único de noticias sobre Cuba. Quería demostrar que se podía hacer algo mejor con un presupuesto casi nulo y aprovechando al máximo el lenguaje de Internet. Y creo que eso se ha hecho.

RM: En el último número de la revista Encuentro de la Cultura Cubana, Iván de la Nuez dice en una entrevista realizada por Antonio José Ponte que los blogs cubanos como que han invertido la lógica. Es decir, no son el resultado lógico de los tiempos y la necesidad de superar de las limitaciones de la prensa tradicional sino que son más bien los sustitutos de una prensa que no informa, que no existe. ¿Estás de acuerdo con la observación? ¿Se trataría de una anomalía?

EHB: Iván tiene mucha razón. El conoce muy bien el fenómeno, pues tiene a varios amigos que trabajan desde hace tiempo con blogs y en el lenguaje de Internet. Los blogs no son resultado de una "evolución" de la prensa; son otra cosa. Parten de un cambio en la idea de la noticia o en el concepto mismo de lo noticioso.

El reto de la información y del mercado de la comunicación en la época de Internet impone una perspectiva nueva que, sin embargo, no elimina la función del medio noticioso. Seguimos necesitando que alguien nos haga "el guión del día" o nos cuente "qué ha pasado". Que alguien interrumpa ese flujo continuo de información, comparable al fluido eléctrico, y lo regule a partir de interruptores y canales. El mundo de la información "sindicada", de la distribución de contenidos vía RSS -que ha llegado a ser vista como un "sírvase usted mismo las noticias"-, esa red capilar y redistributiva con la que teóricamente el ciudadano podría construir su propia dosis de información diaria, no ha sustituido en la práctica las funciones que otorgan su razón de ser al medio informativo per se. El verdadero reto es, por un lado, adecuar el medio a esa necesidad universal, y por otro, rearmar su definición a partir de la revolución que ha tenido lugar con las nuevas tecnologías. Flexibilizar el medio implica también intentar que el periodismo abarque, desde sus ineludibles exigencias de objetividad y ciertas predisposiciones ideológicas, algunas zonas de la realidad que han acabado excluidas, no sólo por el discurso periodístico, sino también por la literatura y otras formas de narración de lo real.


RM: Una de las limitaciones básicas que encuentro en la mayoría de los blogs es que no funcionan como empresa; es decir, no dejan ganancias. Creo que el mismo Penúltimos Días se mantiene con un gran esfuerzo de tu parte, e incluso digamos que con sacrificio. ¿Cómo se puede revertir este asunto?

EHB Supongo que hay que ganar prestigio, visitantes, influencia y entrar --como todos los medios periodísticos en el mercado de la publicidad. Y pedir dinero por el servicio. Creo que ese es el camino. No se lo recomiendo a nadie.

RM: Otro punto interesante es el tema de los comentaristas. En particular de los que firman como "anónimos". ¿Se debe controlar el comentario? Si la respuesta es afirmativa ¿No estaría funcionando entonces el "blogger" como un censor a la usanza de la prensa tradicional?

EHB: Me parece bien que se dejen opiniones anónimas. Es parte del espectro libertario del medio. No me parece bien, sin embargo, que una misma persona deje una oleada de comentarios en un solo sentido, tratando de crear artificialmente y de manera inmediata un "estado de opinión" sobre un tema determinado. Eso es burda manipulación. Todo lo demás es flexible, incluyendo las ofensas personales, a las cuáles siempre hay derecho a protestar. Creo que la gente no aprovecha el anonimato, o las ventajas del anonimato. Podrían crearse una nueva identidad y todo lo que hacen es reproducir los vicios de la propia. Pero este asunto de los comentarios es engañoso. Las estadísticas y mi experiencia en el asunto muestran que apenas un 10% de los visitantes de un blog participa activamente dejando comentarios.

RM: Bueno, para terminar. Sé que estabas en otros proyectos, digamos que extensos. Se hablaba de una biografía de Lezama Lima, un libro… bueno, la pregunta es, ¿es el periodismo un "enemigo de la promesa? ¿Te ha sacado este empeño de tus proyectos como escritor?

EHB: Sí, me ha sacado más bien de la "carrera" de escritor, aunque me ha enseñado muchas cosas que tienen que ver con la literatura. No me siento sacrificado, porque leo mucho y escribo más que antes. La biografía de Lezama va por el capítulo 6 de 15; tal y como la tengo concebida, es una cosa que llevará su tiempo. La biografía que hizo Nicholas Shakespeare de Chatwin, por ejemplo, que es uno de mis modelos, tardó ocho años. No creo que una de Lezama que vaya más allá de lo que se ha escrito sobre su vida merezca menos. No hay prisa, ya tengo acumuladas suficientes exclusivas sobre Lezama para que el libro se lea aunque salga dentro de diez años. Lo del blog es otra cosa.

miércoles, mayo 14

Susan Sontag: El novelista y el razonamiento moral.

http://www.eluniversal.com.mx – Confabulario 07/07/2007


Hace mucho tiempo —en el siglo XVIII— un gran y excéntrico defensor de la literatura y la lengua inglesa —se trataba del doctor Johnson— escribió, en el prólogo a su Diccionario: “La gloria cardinal de todo pueblo emana de sus autores”. Un supuesto no convencional, me temo, incluso entonces.

Y mucho menos convencional ahora, aunque todavía me parece cierto. Incluso a comienzos del siglo XXI. Por supuesto, me refiero a la gloria permanente, no a la transitoria.

A menudo se me pregunta si en mi opinión hay algo que deban hacer los escritores, y en una entrevista reciente me oí responder: “Varias cosas. Apasionarse con las palabras, preocuparse mucho por las oraciones. Y prestar atención al mundo”.

Sobra decir que tan pronto como salieron de mi boca estas frases desenfadadas, pensé en algunas otras recetas para la virtud del escritor.

Por ejemplo: “Sé serio”. Con lo cual quiero decir: “Nunca seas cínico”. Lo cual no excluye ser gracioso.

Y… si se me permite otra más: “Procura nacer en una época en la cual sea probable que Dostoievski y Tolstói y Turguéniev y Chéjov te exalten e influyan de manera definitiva”.

La verdad es que no importa cuanto se les ocurra decir sobre lo que debe ser un escritor idealmente, siempre hay algo más. Todas estas descripciones nada significan sin ejemplos. Así pues, si se me pidiera el nombre de un escritor vivo que personifique todo lo que puede ser un escritor, pensaría de inmediato en Nadine Gordimer.

Un gran escritor de narrativa crea —por medio de actos de la imaginación, por medio de un lenguaje que parece inevitable, por medio de formas vívidas— un mundo nuevo, un mundo único, individual; y responde a un mundo, que el escritor comparte con otras personas, si bien desconocido o mal conocido por aún más personas, confinadas a sus mundos: llámese a ello historia, sociedad, o lo que convenga.

El amplio conjunto de la obra de Nadine Gordimer, de elocuencia deslumbrante y diversidad extremada, es, sobre todo, un yacimiento de seres humanos en situaciones, de historias activadas por los personajes. Sus libros nos han ofrecido su imaginación, que ya es parte de la imaginación de sus muchos lectores por doquier. En particular, han ofrecido, a los que no somos sudafricanos, un retrato muy, muy amplio de la región del mundo de la que es oriunda y a la cual ha prestado una atención tan rigurosa y responsable.

Su posición ejemplar e influyente en la lucha revolucionaria durante decenios en pro de la justicia y la igualdad en Sudáfrica, su solidaridad natural con las luchas comparables en otros lugares del mundo, ya han sido justamente celebradas. Pocos escritores de primer orden en la actualidad han cumplido con las múltiples tareas éticas válidas al escritor de conciencia y de grandes dotes intelectuales con tanta energía y valentía, sin reservas, como Nadine Gordimer.

Aunque, por supuesto, la tarea más importante del escritor sea escribir bien. (Y seguir escribiendo bien. Sin apagarse ni venderse.) En última instancia —es decir, desde el punto de vista de la literatura—, Nadine Gordimer no representa nada o a nadie más que a sí misma. A ella, y a la noble causa de la literatura.

Que la dedicada activista nunca eclipse a la dedicada servidora de la literatura, a la narradora incomparable.

Escribir es conocer algo. Qué placer depara la lectura de un escritor que conoce mucho. (No es una experiencia habitual últimamente…) La literatura, yo propondría, es conocimiento; si bien es verdad que, aun en su grandeza, es conocimiento imperfecto. Como todo conocimiento.

A pesar de lo cual, aún hoy, incluso hoy, la literatura sigue siendo uno de los principales modos del entendimiento.

Y Nadine Gordimer entiende mucho de la vida privada —de los vínculos familiares, de los afectos familiares, de los poderes de Eros— y de las exigencias contradictorias que las luchas en la arena pública pueden exigir al escritor serio.

En nuestra cultura degradada todos nos incitan a simplificar la realidad, a despreciar el saber. Hay mucha sabiduría en la obra de Nadine Gordimer. Ella ha articulado una visión admirablemente compleja del corazón humano y de las contradicciones inherentes a la literatura y la Historia.

Me honra excepcionalmente rendir homenaje a lo que la obra de Nadine Gordimer ha significado para mí, para todos, por la lucidez y pasión y elocuencia y fidelidad a la idea de la responsabilidad del escritor ante la literatura y la sociedad.

Con literatura quiero decir literatura en sentido normativo, el sentido en que encarna y salvaguarda pautas exigentes. Por sociedad quiero decir asimismo sociedad en sentido normativo; lo cual indica que un gran narrador, al escribir con veracidad sobre la sociedad en que él o ella vive, no puede sino evocar (aunque sólo sea por su ausencia) los principios superiores de justicia y veracidad en favor de los cuales tenemos el derecho (algunos dirían que el deber) de militar en las forzosamente imperfectas sociedades en que vivimos.

Tengo, evidentemente, al escritor de novelas, relatos y obras de teatro por un agente moral. En efecto, este concepto del escritor es uno de los muchos vínculos entre la idea de la literatura de Nadine Gordimer y la mía. Desde mi punto de vista, y me parece que desde el suyo, un narrador que se adhiere a la literatura es, por necesidad, alguien que reflexiona sobre problemas morales: sobre lo justo y lo injusto, lo mejor y lo peor, lo repugnante y admirable, lo lamentable y lo que inspira alegría y beneplácito. Ello no implica moralización en sentido directo o rudimentario alguno. Los narradores serios reflexionan sobre los problemas morales de un modo práctico. Relatan historias. Narran. Evocan una común humanidad con la que podemos identificarnos, si bien las vidas pueden ser distantes de la propia. Estimulan nuestra imaginación. Las historias que cuentan amplían y complican —y por ende, mejoran— nuestras simpatías. Educan nuestra facultad de juicio moral.

Cuando afirmo que el escritor narra, quiero decir que la historia tiene una forma: comienzo, medio (denominado desarrollo en sentido estricto) y un final o desenlace. Todo narrador quiere contar muchas historias, pero sabemos que no podemos contarlas todas, sin duda no de manera simultánea. Sabemos que debemos optar por una, digamos, central; hemos de ser selectivos. El arte del escritor consiste en extraer todo lo posible de esa historia, de esa secuencia… de ese tiempo (la cronología de la historia), de ese espacio (la geografía concreta de la historia). Piensa la voz del álter ego en el monólogo que da comienzo a mi novela más reciente, En América: “Hay tantas historias que contar, que resulta difícil decir por qué es una en lugar de otra, debe de ser porque con esta historia sientes que puedes contar muchas otras, que hay una necesidad en ella; veo que me estoy explicando mal… Tiene que ser algo parecido a enamorarte. Todo lo que explique por qué has elegido esta historia… ha explicado poco. Una historia, me refiero a una larga, una novela, es como un viaje alrededor del mundo en ochenta días: apenas puedes recordar el principio cuando ya toca a su fin”.

El novelista, entonces, es alguien que te lleva de viaje. Por el espacio. Por el tiempo. Un novelista guía al lector por encima de una brecha, traslada algo donde no estaba antes.
Siempre he imaginado que algún egresado de filosofía (como yo misma), a altas horas de la noche, debatiéndose en la abstrusa explicación de las apenas comprensibles categorías del espacio y el tiempo en la Crítica de la razón pura de Kant, optó por inventar un viejo estribillo, con el que todo aquello podía ponerse en términos más sencillos. Dice así:
El tiempo existe para que no todo ocurra al mismo tiempo… y el espacio para que no todo te ocurra a ti.

Según este criterio, la novela es un vehículo ideal tanto del espacio como del tiempo. La novela nos muestra el tiempo: es decir, no todo ocurre a la vez. (Es una secuencia, una línea.) Nos muestra el espacio: es decir, lo que ocurre no le pasa a una sola persona.

En otras palabras, la novela no es solo la creación de una voz sino de un mundo. Imita las estructuras esenciales por las cuales sentimos que vivimos en el tiempo y habitamos un mundo e intentamos dar sentido a nuestras vivencias. Pero consigue lo que las vidas (las vidas vividas) no pueden ofrecer, salvo después de que hayan concluido. Le confiere —y sustrae— el significado o sentido a una vida. Ello es posible porque la narración es posible, porque hay normas narrativas tan privativas al pensamiento y al sentimiento y la experiencia como, en la elucidación kantiana, las categorías mentales del espacio y el tiempo.

Uno de los rasgos intrínsecos de la imaginación del novelista es el modo espacioso de idear la acción humana, incluso cuando el meollo de una narración dada sea precisamente manifestar la imposibilidad de un mundo en verdad espacioso, como en la narrativa de Samuel Beckett y Thomas Bernhard. La convicción de la riqueza potencial de nuestra existencia en el tiempo también es una característica de la distintiva imaginación novelística, incluso si el propósito del novelista —se podría citar a Bernhard y a Beckett de nuevo— es demostrar la futilidad y reiteración de la acción en el tiempo. Como el mundo que en efecto habitamos, los mundos que crea el novelista tienen historia y geografía. No serían novelas si no fuera así.

En otras palabras —y repito—, la novela cuenta una historia. No quiero solo decir que la historia es el contenido de la novela, la cual entonces se despliega u organiza como una narración literaria según las diversas ideas de la forma. Sostengo que el relato de una historia es la propiedad formal más importante de la novela; y que el novelista, a pesar de la complejidad de sus medios, está sujeto a —y liberado por— la lógica fundamental de la narrativa.

El esquema narrativo básico es lineal (incluso cuando no es cronológico). Avanza desde un “antes” (o: “al principio”) un “durante” y hasta un “al fin” o “después”. Pero es mucho más que una mera secuencia causal, así como el tiempo —que se dilata con la emoción y se contrae con su atenuación— no es un tiempo uniforme, de reloj. La tarea del novelista es animar el tiempo, así como animar el espacio.

La dimensión del tiempo es esencial para la prosa narrativa, aunque no, si se me permite invocar la vieja idea del sistema bipartidista literario, para la poesía (es decir, para la poesía lírica). La poesía está situada en el presente. Los poemas, incluso cuando cuentan una historia, no son como las historias.

Una de las diferencias estriba en el papel de la metáfora, la cual, me parece, es necesaria en la poesía. En efecto, desde mi punto de vista, es tarea —una de las tareas— del poeta inventar metáforas. Uno de los recursos fundamentales del entendimiento humano es lo que podría denominarse sentido “pictural”, que se consigue al comparar una cosa con otra. He aquí algunos ejemplos venerables, conocidos (y verosímiles) por todos:


el tiempo como río
la vida como sueño
la muerte como sueño
el amor como enfermedad
la vida como un drama / escenario
la sabiduría como luz
los ojos como estrellas
el mundo como un libro
el ser humano como un árbol
la música como alimento
etcétera, etcétera


Un gran poeta es el que refina y amplía la gran reserva histórica de metáforas y aumenta las existencias de metáforas. Estas ofrecen un modo profundo de entendimiento, y muchos novelistas —aunque no todos— recurren a ella. La comprensión de la experiencia por medio de la metáfora no es el entendimiento característico que ofrecen los grandes novelistas. Virginia Woolf no es una novelista más importante que Thomas Bernhard porque ella emplee metáforas y él no.

El entendimiento del novelista es temporal, más que espacial o pictural. Su medio es una interpretación del sentido del tiempo; el tiempo vivido como una arena de luchas o conflictos u opciones. Todas las historias tratan de batallas, luchas de una u otra clase, que terminan en victoria y derrota. Todo se dirige hacia el final, cuando se conocerá el resultado.

“Lo moderno” es una idea, una idea muy radical, que continúa evolucionando. En la actualidad nos encontramos en la segunda fase de la ideología de lo moderno (a la que se le ha dado el presuntuoso nombre de “lo posmoderno”).

En la literatura, lo moderno por lo general puede remontarse a Flaubert, el primer novelista íntegramente consciente de sí mismo, y que pareció moderno, o avanzado, porque se preocupaba de su prosa, la juzgaba con criterios rigurosos —como velocidad, economía, precisión, densidad— que parecían hacerse eco de ansiedades antaño restringidas al dominio de la poesía.

Flaubert también fue heraldo del regreso a la “abstracción”, característica de las estrategias modernas de creación y defensa del arte que niegan la primacía del tema. En una ocasión afirmó que Madame Bovary, una novela con una historia y un tema de forja clásica, trataba del color marrón. En otra ocasión Flaubert dijo que trataba sobre… nada.

Por supuesto, nadie pensaba que Madame Bovary en verdad tratara sobre el color marrón o sobre “nada”. Lo ejemplar es el grado de meticulosidad del escritor —perfeccionismo si se quiere— que sugieren tan patentes hipérboles. De Flaubert se podría repetir lo que Picasso afirmaba de Cézanne: lo que une a todo novelista serio con Flaubert es menos su realización que su ansiedad.

Este comienzo de “lo moderno” en la literatura sobrevino en el decenio de 1850. Un siglo y medio es mucho tiempo. Muchas actitudes y cautelas y negativas relacionadas con “lo moderno” en la literatura —así como en las otras artes— han comenzado a parecer convencionales o incluso estériles. Y, en alguna medida, este juicio está justificado. Toda noción de literatura, incluso la más exigente y liberadora, puede convertirse en una variedad de la complacencia espiritual y la congratulación propia.

La mayoría de las nociones sobre literatura son reactivas; y, en manos de talentos menores, meramente reactivas. Pero lo que está ocurriendo en las repulsas propuestas en el debate actual sobre la novela tiene un alcance mucho mayor que el proceso habitual por el cual los nuevos talentos necesitan repudiar las ideas más viejas de la excelencia literaria.

En América del Norte y en Europa, me parece justo afirmarlo, vivimos ahora en un período de reacción. En las artes, ello adopta el cariz de una reacción intimidatoria contra las altas realizaciones de la modernidad, las cuales se consideran demasiado difíciles, demasiado exigentes con el público, no lo bastante accesibles (o “fáciles de usar”). Y en la política adopta el cariz de un rechazo a toda pretendida evaluación de la vida pública mediante el menosprecio a los meros ideales.

En la era moderna, la exhortación a volver al realismo en las artes a menudo va de la mano del fortalecimiento del realismo cínico en el discurso político.

La mayor ofensa actual, en asuntos artísticos y culturales en general, por no mencionar la vida política, es parecer que se defiende un criterio superior, más exigente, el cual sufre el ataque de la izquierda y de la derecha, por su ingenuidad o (el nuevo estandarte de los filisteos) “elitismo”.

Las proclamas sobre la muerte de la novela —o en su nueva variante, el fin del libro— han sido, por supuesto, materia de debate sobre la literatura durante casi un siglo. Pero recientemente han alcanzado renovadas virulencia y persuasión teórica.

Desde que los programas de tratamiento de textos se volvieron herramientas comunes de la mayoría de los escritores —entre ellos yo misma— ha habido quienes aseguran que ya se depara un futuro nuevo y soberbio para la narrativa.

El argumento es como sigue.

La novela, como la conocemos, ha llegado a su fin. Sin embargo, no hay razón para lamentarse. Algo mejor (y más democrático) la sustituirá: la hipernovela, escrita en el espacio no lineal y no sucesivo que ha posibilitado el ordenador.

Este nuevo modelo narrativo se propone liberar al lector de los dos puntales de la novela tradicional: la narrativa lineal y el autor. El lector, obligado cruelmente a leer una palabra tras otra hasta llegar al final de la oración, un párrafo tras otro hasta llegar al final de una escena, se regocijará al saber que, según una descripción, “la libertad verdadera” del lector ya es posible gracias al advenimiento del ordenador: “la liberación de la tiranía de la línea”. Una hipernovela “no tiene principio; es reversible; es accesible por varias entradas, ninguna de las cuales se puede señalar autoritariamente como principal”. En lugar de seguir una historia lineal dictada por el autor, el lector puede ahora navegar a voluntad a través de un “infinito espacio verbal”.

Me parece que a la mayoría de los lectores —sin duda, prácticamente a todos los lectores— les sorprenderá enterarse de que la narración estructurada —desde el esquema más elemental de principio-desarrollo-final de los relatos tradicionales hasta la narrativa de construcción más elaborada, no cronológica y con voces múltiples— es en realidad un género de opresión y no una fuente de goce.

De hecho, lo que interesa de la narrativa a la mayoría de los lectores es la historia precisamente: sea en cuentos de hadas, en la novela negra o en las narraciones complejas de Cervantes y Dostoievski, Jane Austen, Proust e Italo Calvino. La historia —la idea de que los hechos se suceden en un orden causal específico— es el modo en que vemos el mundo y lo que más nos interesa de él. La gente que no lee por otro motivo, lee por la trama.

Sin embargo, los defensores de la hipernarrativa sostienen que la trama nos “aprisiona” y nos irritan sus limitaciones. Que sentimos rencor y anhelamos ser liberados de la añeja tiranía del autor, el cual dicta cuál será el desenlace de la historia, y que deseamos ser en verdad lectores activos, quienes en cualquier momento de la lectura del texto podamos elegir entre diversas continuaciones o desenlaces optativos de la historia al reordenar los pasajes del texto. A veces se afirma que la hipernarrativa imita la vida real, con su miríada de oportunidades y desenlaces sorprendentes; así pues, supongo que está siendo promovida como una suerte de realismo supremo.

A lo anterior respondería que, si bien es cierto que esperamos organizar y darle sentido a nuestra vida, no esperamos escribir las novelas a los demás. Y uno de los recursos disponibles para ayudarnos a darle sentido a la vida, a elegir, y a proponer y aceptar criterios para nosotros, es la vivencia de voces singulares y autorizadas, que no son la propia, las cuales conforman el gran cuerpo de las obras que educan el corazón y los sentimientos y nos enseñan a estar en el mundo, que encarnan y defienden el esplendor del lenguaje (es decir, expanden el instrumento fundamental de la conciencia): a saber, literatura.

Lo que es aún más cierto es que el hipertexto —¿o debería decir la ideología del hipertexto?— es ultrademocrático y por ende armoniza íntegramente con las exhortaciones demagógicas a la democracia cultural que acompañan (y distraen la atención de) el creciente afianzamiento del dominio capitalista plutocrático.

La propuesta de que la novela del futuro no tendrá trama, o más bien, tendrá una trama ideada por el lector (más bien, los lectores) carece del menor atractivo y, si llegara a realizarse, sería inevitable que acarreara no la muy anunciada muerte del autor sino la extinción del lector, todos los lectores futuros de lo que se cataloga como “literatura”. Es fácil advertir que solo podría haber sido un invento de la crítica literaria académica, la cual ha sido aplastada por una plétora de nociones que expresan la más activa hostilidad al proyecto mismo de la literatura.

Pero esta idea esconde algo más.

Estas proclamas según las cuales el libro y la novela en particular están llegando a su fin no pueden adscribirse al mero daño causado por la ideología que ha llegado a dominar las facultades de literatura en muchas universidades importantes de Estados Unidos, Gran Bretaña y Europa occidental. (No sé que tan cierto es esto en Sudáfrica.) La verdadera fuerza que oculta el argumento contra la literatura, contra el libro, proviene me parece, de la hegemonía del modelo narrativo propuesto por la televisión.

Una novela no es una serie de propuestas, o una lista, o un conjunto de órdenes del día, o un itinerario (abierto, modificable). Es el viaje mismo: emprendido, vivido y concluido.

La conclusión no significa que se ha contado todo. Henry James, cuando estaba a punto de finalizar una de sus grandes novelas, Retrato de una dama, confió a sus cuadernos su preocupación de que los lectores pudieran pensar que su novela no estaba en realidad terminada, que no había “conducido a la heroína hasta el final de su situación”. (Recuérdese que James deja a su heroína, la brillante e idealista Isabel Archer, resuelta a no abandonar a su marido, el cual se le ha revelado como un mercenario sinvergüenza, a pesar de que un antiguo pretendiente, llamado con acierto Caspar Goodwood, aún la ama y espera que cambie de parecer.) Pero la novela, James razonó consigo mismo, habría estado bien terminada en ese punto. Así lo escribió: “Nunca se cuenta la integridad de nada; solo se puede adoptar lo que se agrupa. Lo que he hecho tiene esa unidad: se agrupa. Así está completa”.

Nosotros, los lectores de James, podremos desear que Isabel Archer deje a su terrible marido para ser feliz junto al amoroso, fiel y honorable Caspar Goodwood: sin duda me gustaría que lo hiciera. Pero James nos está contando que no lo hará.

Toda trama narrativa contiene pistas y rastros de las historias que ha excluido o a las que se ha resistido a fin de adoptar su forma presente. Las opciones de la trama deben dejarse sentir hasta el último instante. Estas opciones constituyen un desorden (y por lo tanto un suspense) potencial en el desarrollo de la historia.

La presión para que los hechos vayan de otro modo yace tras cada revés infortunado, cada nuevo desafío a un desenlace estable. Los lectores cuentan con esos frentes de resistencia a fin de que la narración permanezca desestabilizada, impregnada con la amenaza de conflictos ulteriores; hasta que se alcanza un estado de equilibrio: una solución que parece menos arbitraria y provisional que los momentos de estancamiento, invariablemente engañosos, en el cuerpo de la historia. La construcción de una trama consiste en encontrar momentos de estabilidad y luego en generar nuevas tensiones narrativas que los deshacen, hasta que se llega al final.

Lo que llamamos en una novela un final “apropiado” es otro equilibrio, el cual, si está bien proyectado, tendrá un carácter reconocidamente distinto. Nos persuadirá —este final— de que las tensiones que corresponden a toda historia dificultosa han sido cabalmente resueltas. Han perdido el predominio para efectuar cambios significativos adicionales. Las contiene la capacidad del final para sellarlo todo.

Los finales en la novela le confieren una suerte de libertad que la vida nos niega obstinadamente: llegar a un alto que no es la muerte y descubrir con precisión dónde estamos respecto de los hechos que nos han llevado a una conclusión. Aquí, nos dice el final, está el último segmento de una hipotética experiencia íntegra, cuya fuerza y autoridad valoramos en función de la índole de claridad que aporta, sin coacción excesiva, a los hechos de la trama.