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Jorge Enrique Lage: "Cuba es una isla, no sólo desde el punto de vista geográfico"


Reproduzco integramente la entrevista de Jorge Carrión a Jorge Enrique Lage, que saliera hoy enABC.es.

Jorgito es uno de mis grandes amigos, y tuve la dicha de conocerle hace diez años, cuando apareció en uno de mis talleres de escritura creativa.

Desde entonces nos han unido varios afectos y razones.

En Fogonero Emergente, publicamos algunos de sus textos, hace ya par de años.

Creo que son respuestas inteligentes las de Jorgito, esa manera sutil de hablarle a los poderes, que nos ubica en otra parcela del territorio de combate. Perspectiva, enfoque, lenguaje, que los más combativos y honestos, pero también a veces, los radicales y extremistas no entienden ni aprueban.

Muchas veces olvidamos, y felizmente no es el caso de Jorgito Lage, que el escritor puede ocupar el sitio del testigo y no de la víctima, y desde ese lugar, formular preguntas y afirmaciones que pueden no tener una carga determinada de denuncia, pero sí un efecto político de parecido valor.

JORGE CARRIÓN entrevista a Jorge Enrique Lage.


Quien haya estado en Cuba sabrá lo difícil que es hacerse una composición de lugar más o menos justa de la cultura local. Gran parte de la literatura cubana contemporánea se escribe en el exilio; pero la que no pierde el contacto cotidiano con los vaivenes del régimen de los hermanos Castro se continúa produciendo en la isla. El joven escritor Jorge Enrique Lage Jiménez (La Habana, 1979), licenciado en Bioquímica, redactor de la revista El Cuentero, coeditor de la Editorial Caja China y autor de «El color de la sangre diluida» (Editorial Letras Cubanas, 2008), responde a las siguientes preguntas al ritmo que se lo permite una precaria conexión a internet.

En su relato «15.000 latas de atún y aún no tenemos cómo abrirlas» parodia el proceso de edición de una novela en Cuba. ¿Qué hay de realidad en lo que narra en ese cuento?

Al principio, cuando todas las editoriales cubanas han dejado de publicar libros, el protagonista dice: «De todas formas, aquí no se publicaba lo que yo quería leer». Y luego, se pregunta: «¿Cuándo hubiéramos tocado esos libros de los que todos hablan y que hace cinco, diez, veinte años, pasaron por las manos del resto del mundo?». La realidad conecta por ahí. Claro que en Cuba las editoriales publican libros. Pero entras a una librería y es sólo eso: libros de editoriales cubanas y de autores cubanos, algún autor extranjero, a menudo seleccionado sin mucho criterio, y nada más.

¿Cómo definiría la literatura actual cubana?

Yo no intentaría definirla. La literatura cubana actual tiene su parte de vitrina. La dinámica del mercado es la que define eso. Pero detrás de la vitrina está el cajón oculto de esos escritores, muertos y vivos.

¿Puede entenderse la literatura que se escribe dentro sin tener en cuenta la que se escribe fuera?

La cuestión dentro-fuera tiene varias aristas. Cuba es una isla no sólo desde el punto de vista geográfico. El movimiento editorial y mediático de libros y autores no le hace justicia a los movimientos internos de la literatura cubana actual. Puede parecer que lo último que saltó de aquí y cayó en una librería de Barcelona es lo más novedoso, lo más interesante o, peor, lo único que hay. Rara vez es así.

¿Qué lugar simbólico ocupan los escritores que decidieron quedarse, como Antón Arrufat o Pedro Juan Gutiérrez?

Hay muchas maneras de habitar Cuba. Antón Arrufat es una vaca sagrada. Premio Nacional de Literatura, con todo lo que eso implica de (sobre) exposición. Pedro Juan es un animal de otra clase. «Trilogía sucia de La Habana», el libro que lo situó en la arena internacional –y tal vez su mejor libro–, permanece inédito en Cuba. No es un escritor al que veas de jurado en un concurso, ni asistiendo a recepciones u homenajes. El nombre de Pedro Juan, como el de Leonardo Padura y algún otro, está asociado permanentemente a los debates sobre mercado, sobre el impacto de la literatura cubana más allá de las fronteras. También hay casos peculiares como el de Ena Lucía Portela, que ha decidido quedarse y publicar también en su país, viviendo en Cuba full-time pero sin dejar de estar en todo momento muy lejos de Cuba.

¿Y los que decidieron marcharse, como Antonio José Ponte o Rafael Rojas?

Al igual que quedarse, partir no te condiciona de por sí; aunque influye muchísimo. No son pocos los escritores cubanos que publican y se promueven oficialmente viviendo en cualquier otra parte. Ahora bien, por razones políticas, hay autores que no son tolerados por el Gobierno: Ponte y Rojas entre ellos. Lo que pasa es que el veto tiene sus límites. Cuando se trata de ensayistas de ese calibre, los libros caen en Cuba por la fuerza de la gravedad. Los libros de Ponte y Rojas se leen, se discuten, reposan con naturalidad en las bibliotecas privadas de los escritores. Su lugar es el de la espera: llegará el momento en que ese diálogo encuentre un espacio para hacerse público.

¿Considera que la tradición de los grandes autores cubanos exiliados (pienso en Reinaldo Arenas, Cabrera Infante, etc.) está presente en las nuevas generaciones de escritores?

Creo que sí. Y también Gastón Baquero, y José Kozer, y Enrique Labrador Ruiz... Y el espectro esquizoide de Lorenzo García Vega. A Reinaldo Arenas y a Cabrera Infante mi generación los ha leído muchísimo. Otra cosa es si la radicalidad y la risa de «Tres tristes tigres» y «El color del verano» están presentes en lo que se escribe hoy; si hay obras narrativas que muestren una escritura tan consciente de su propio poder, de su fuerza liberadora. Entonces la respuesta es definitivamente no.

¿Qué corrientes destacaría en la nueva literatura cubana?

Me temo no poder destacar ninguna corriente. En un panorama donde escasean las revistas, donde no hay suplementos, donde toda producción editorial está centralizada y controlada por el Estado, pretender ejercer de coolhunter es desolador.

¿Hasta qué punto son necesarias plataformas de difusión como editoriales, ferias o acceso a internet para que se mantenga vivo el debate literario?

Absolutamente. Pero el debate literario es lo de menos. En Cuba hacen falta plataformas para un debate abierto sobre los muchos problemas y traumas que enfrenta hoy la sociedad cubana, sobre el proyecto político del país.

¿Qué «blogs» se leen en Cuba?

Me gustaría saberlo. Y quiénes los leen. Y en dónde. Y con qué frecuencia. Y si comentan o no. Toda esa información –que debe de estar registrándose en alguna parte– revelaría cosas muy interesantes. Pero la verdad, no tengo idea.

¿Qué opina sobre Yoani Sánchez?

Yo creo que, en su blog, Yoani encontró un tono que, para mi gusto, apela demasiado a la emoción, por encima de la inteligencia del lector, pero que indudablemente sintoniza con algo. Yoani ha logrado que en ella hable, sobre todo, la sensatez. Y esto es muy difícil cuando se trata de la realidad cubana, sacudida por el absurdo total. Es obvio que fuera de Cuba la leen diferente. Quien está familiarizado con la realidad que Yoani comenta, siente al leerla como un déjà vu: casi todo el mundo ha pensado y compartido en privado frases parecidas sobre el país. Hay algo de tercera persona en ese posteo. Creo que por eso es por lo que los breves textos de Yoani van a ser leídos, como una de las tantas visiones de la cotidianidad cubana de estos años, mucho después de que se hayan sumergido en la oscuridad los que hoy le caen a golpes y se haya dejado de hablar de ella; cuando su generación y la mía hayan sido desplazadas por otras, espero, más inteligentes.

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Jorge Enrique Lage: Pensar todo el tiempo en Lorenzo García Vega


Vive en La Habana. En Fogonero Emergente hemos presentado otros textos suyos. Participa en el staff del e-zine TREP (The Revolution Evening Post).

Más del autor.
Una entrevista de Rogelio Riverón
En Esquife

La semana próxima publicaremos otro relato inédito en la red.

Letras Cubanas publicó recientemente, El color de la sangre diluida.


Había una vez una actriz judía de 23 años que andaba por el mundo como por su casa en Long Island, llevando a todas partes sus fases magnéticas y su cuerpo de modelo para armar.

El mismo día que llegó a La Habana se empleó de cajera en un supermercado. No tuvo dificultades para que le dieran el papel ni para firmar el contrato. Por tratarse de ella, le correspondía un salario de varios millones. Pidió que fuera repartido entre las demás empleadas.

¿Qué hace usted exactamente en la organización FINCA [1]

—Les suministramos pequeños préstamos a mujeres del tercer mundo, con el fin de que puedan iniciar actividades de pequeñas empresas por cuenta propia. Dos tercios de la población mundial viven en la pobreza y en su mayoría se trata de mujeres y niños. Se está produciendo aquello que los sociólogos llaman «feminización de la pobreza».

(Entrevista con Carlo Bizio. Gatopardo No.56, abril 2005.)

De modo que ella estaba aquí y nadie me lo había dicho. Lo que V me dijo fue:

—Quiero empezar a escribir un libro antes de convertirme por completo en vampiro.

V: Vlad para los amigos, Vladimir Borges para los académicos y los agentes de policía. Solía inventar cosas y leer ciencia barata. Pulp science. Ahora se dedicaba a vender neurotrodos e implantes en el mercado negro. Una demanda cada vez mayor. Así cualquiera enloquece.

—¿En qué dices que te vas a convertir? —le pregunté.

Él me enseñó unas pastillas. Pensé que ya era demasiado tarde para razonar.

—Cada ocho horas. Te conviertes en vampiro en pocos días. He tomado dos.

Delante de mí se tomó la tercera. Le informé que aún no se veían los efectos.

—Pero ya yo los siento. Interiormente.

—¿Cómo es?

Dudó un momento. Dijo:

—Como un idioma nuevo. Como si estuvieras cambiando de lenguaje.

—Y de alguna manera eso te estaría matando, ¿no?

—De todas formas ya yo estaba medio muerto.

Tengo que decirlo: Yo también. A punto de irme por el tragante en una de esas malas rachas en las que piensas todo el tiempo que vives en un lugar llamado Wrong Island. Señálenlo en el mapa.

—¿Vienen con un mapa o algo? —Miré detenidamente las pastillas. Pensé en anticonceptivos—. ¿Sabes qué es lo que tienen?

—Lo único que sé es que es un producto secreto, muy fuerte, desarrollado a partir de hormonas femeninas.

—Ilegal, supongo.

V sonrió:

—Me gusta esa palabra. Ilegal. La chica que me las vendió tenía un aura de eso. Se parecía a la actriz de Closer. No Julia Roberts, la otra. La que hace de stripper.

—Vlad… —iba a decir otra cosa, lo juro— ¿dónde encontraste a esa chica?

Le había comprado las pastillas que lo convertirían en vampiro a una cajera de un supermercado. Él había ido al Star Wars a comprar otras cosas: cuadernos, lápices, una computadora con impresora y papel, porque ya estaba decido a escribir, aunque todavía ignoraba qué iba a escribir, y cuando llega a la caja ella le sonríe, lo mira a los ojos y, junto con las pastillas, le ofrece el tema de su libro. Un buen negocio.

—Voy a escribir sobre Lorenzo García Vega.

—Yo voy al supermercado.

—Que tengas suerte.

—Tú también.

Entré nervioso al Star Wars. La vi. Para pasar por su caja debía comprar algo, de modo que compré un teléfono móvil. El que tengo en mi casa es inmóvil.

Me puse en la cola. Cuando llegó mi turno ya estaba más calmado y no tenía dudas. Ella no se parecía a ella: era ella.

—Are you Natalie Hershlag, right?

—Natalie Portman. Puedes llamarme Natalie.

Hablaba sin acento. O hablaba con un acento fingido que nos hacía parecer iguales.

—Escucha, Natalie: Allá afuera hay una ciudad extraña. Se ven niñas programadas genéticamente para matar y dentaduras postizas que hablan solas. Se escuchan jergas autistas. Hay barrios donde el asfalto hace olas y playas donde el mar se retira. El calor derrite pájaros invisibles en el aire y éstos caen sobre tu cabeza y te puedes pasar varios días sin saber por qué la sensación de mareo. Yo he viajado poco por el mundo. He estado en otras islas, he visto Tokio y California y no he visto nada. Pero te puedo asegurar que La Habana del Había Una Vez se ha vuelto una urbe difícil de narrar. Si admites mi compañía una noche no estarías a salvo, porque yo tampoco sabría decirte a salvo de qué, pero quizás te sientas un poco más segura o un poco menos sola. Es probable que no tengamos nada de qué hablar. ¿Me aceptas una cita para averiguar si esa probabilidad es alta?

No dije nada de eso. Claro que no. Sólo mi nombre. Y que había visto todas sus películas. (Mentí. No me gusta la ciencia-ficción.) Le pregunté por dónde andaban sus guardaespaldas y ella se rió. Me dijo:

—A tus espaldas hay una cola esperando. ¿Te decides?

Miré la fila de gente que empezaba a protestar y después la seguí mirando a ella. ¿Decidirme a qué? Ella hizo un gesto de cejas en arco, urgiéndome. Creí entender:

—No, gracias. No quiero.

—¿Qué es lo que no quieres?

Acerqué mis labios a su oreja. Su cuello.

La gente empezó a murmurar a todo volumen.

—No quiero convertirme en vampiro.

Ella pestañeó.

—Creo que no entiendo.

De pronto yo tampoco entendía.

—Me lo explicas después, ¿quieres? Termino a las 10 pm. Nos vemos en el parqueo.

Le dije que allí estaría y me fui.

Los de la cola ya habían empezado a sacar carteles QUE SE VAYA.

Natalie Portman no le dio el tema de su libro. Eso sería lo último que le hubiera dado. Desde un cibercafé europeo, V me cuenta que llegó a Lorenzo García Vega como llega todo el mundo: leyendo.

Admito que resulta difícil de creer. No Vladimir Borges, lector de Lorenzo García Vega (que ya es bastante bizarro), sino Vladimir Borges, lector de lecturas literarias. Para que él llegara, por ejemplo, a la poesía, hubiera tenido que cruzar un puente de pulp poetry o algo similar. Eso pensaba yo.

O quizás fue eso mismo lo que ocurrió. Puentes.

Un ex niño prodigio comienza a diseñar gadgets a los 15 años, a los 17 tiene la última biotecnología debajo de la cama, a los 20 es un experto en simulaciones de realidad, a los 23 colecciona ambiciosos experimentos fallidos, a los 25 ya le ha vendido el alma al tráfico subterráneo, tiene un montón de dinero y un montón de hastío y se pone a leer escrituras de cualquier tipo, otros textos, de una relación salta a otra. Un día decide ponerse a escribir.

Al día siguiente es crítico literario.

El mismo Vlad que una vez me dijo:

—La literatura no es mi fuerte. Nunca me he llevado bien con la literatura.

A lo mejor todavía no se llevan bien, pienso. A lo mejor escribir ese libro fue como escribir otra cosa. Una confesión terrible que yo no he sabido leer. Una especie oblicua de memorias, de autobiografía alternativa. Quién sabe.

(Quién sabe leer.)

En el parqueo nocturno del Star Wars quedaba una moto grande con glamour de heavy moto. Al lado me esperaba Natalie vestida de calle: botas altas de tacón, jeans apretados, etcétera hasta el pelo recogido en una coleta infantil.

Le pedí:

—Dime que esa moto no es tuya.

Entonces ella me contó:

—Hace unas noches, aquí mismo, me rodeó una pandilla de motoristas. Apenas unos chicos que vestían de cuero y fumaban Hollywood y decían obscenidades para sentirse duros. Uno de ellos, el líder, quiso tocarme.

(Las cursivas son mías.)

Dije:

—Era un vicioso.

—Estaba desesperado —dijo Natalie—. Yo hice lo que pude por ayudarlo. A él y a todos sus amigos. Esta moto es la suya. Me la regaló antes de irse. Me dijo que se llamaba Carlo.

—¿Él o la moto?

—Ven, monta.

Me encasquetó un casco: su casco. Monté detrás de ella. Pegado a su espalda. Me dijo que me aguantara y yo

PUSE MIS MANOS EN SU CINTURA

y luego salimos propulsados a chorro hacia la avenida húmeda. Natalie conducía como un motorista pandillero. En algún punto de velocidad yo debo haberme sentido igual que una asustada cajera de supermercado.

—¿Adónde vamos tan despacio?

—No te asustes. Cuéntame tu cuento de vampiros.

—Es un cuento de ciencia natural. Personajes: el marrón Desmodus rotundus, el de alas blancas Diaemus youngi y el de pelos largos Diphylla caudata. Las tres especies son americanas.

O:

—No te preocupes. Cuéntame tu cuento de vampiros.

—¿Sabías que en 15 minutos son capaces de chupar más volumen que el de su propio peso? Eso se debe a que la sangre, compuesta mayormente por agua, es escasa en nutrientes.

O:

—Ya verás. Cuéntame tu cuento de vampiros.

—También se alimentan de sombras de relatos científicos, de los viejos diseños posmodernos, de los residuos carcinógenos de las grandes revoluciones...

O:

—A un lugar donde puedas contarme tu cuento de vampiros.

—No es un cuento, Natalie. Un amigo me dijo que te compró unas pastillas que lo están convirtiendo en vampiro. No es que yo crea que se vaya a convertir en nada; el asunto es que esas pastillas lo están cambiando. Quiere ponerse a escribir un libro sobre…

—¿Cómo es tu amigo?

Describí a V.

—Lo recuerdo. Le vendí hormonas.

Recordé que Vlad había dicho un producto secreto, ilegal, desarrollado a partir de hormonas femeninas.

—No. Simplemente hormonas. Tu amigo me las pidió y yo se las vendí.

—Entonces lo que él está tomando son… —tragué un ruido de aire.

—Oye, no tiene nada de malo. Yo las tomo.

—¿Tú tomas hormonas femeninas? ¿Para qué?

—Me ayudan a pensar. Yo trato de pensar todo el tiempo. Es bueno para el cerebro, ¿sabes? Lo que hay es que aprender a hacerlo.

Ya no había cuento que contar cuando llegamos a un motel de las afueras, cercano al aeropuerto.

O:

Cuando llegamos al lugar donde ella me llevaba, el motel Star Wars del Aeropuerto José Martí, ya todo el cuento había sido contado.

(Empecemos otro.)

La última vez que vi a V cuando todavía conservaba algo humano en su organismo, cuando todavía era un organismo humano o simplemente un organismo con órganos, me dijo:

—Se llama Gerundio Cervical.

—¿Qué cosa?

—El libro que estoy escribiendo.

—Suena... prometedor —dije.

Esa última vez lo vi entretenido (quizás no sea la mejor palabra) con los libros de Lorenzo García Vega, subrayados todos y llenos de notas. Me leyó:

«Comics hechos con fábulas, y con juegos de palabras. Trabajar ahí. ¿Cómo construir estos comics?» [2],

y otras citas por el estilo. Me dijo que trabajar ahí, entre las líneas de una supuesta escritura LGV, era todavía difícil pero las pastillas lo estaban ayudando.

En efecto, las hormonas femeninas estaban haciendo su trabajo: V lucía más esbelto, más pálido, con rápidas dislocaciones de intensidad en los movimientos. Los ojos ya le empezaban a brillar y, según él, sentía los colmillos como nunca antes.

—¿Cómo es? —le pregunté.

—Como si te estuvieras preparando para algo. (Para enfrentar asociaciones imposibles. Para nuevos trucos de desaparición. Para morderte a ti mismo. Para…)

—Vlad, te voy a dar mi número móvil. Manténme al tanto.

Saqué mi absurdo Nokia 6680 3G Imaging Smartphone. Él prometió que me llamaría en los mejores y en los peores momentos. No sé si cumplió su promesa.

No sé si se refería a sus momentos o a los míos.

Natalie Portman entró en una de sus fases magnéticas. Cuando me vengo a dar cuenta ya estoy pegado como un imán a la gloria y las oscuridades de su cuerpo.

La espero todas las noches en el supermercado, a la salida de sus incansables turnos dobles, triples, extras, trabajo real voluntario, y nos vamos juntos al motel.

Del Star Wars al Star Wars bajo las luces de neón. A dormir.

Dormimos en varias posiciones. Dormimos en la cama y en el suelo varias veces seguidas, entre migajas de Twinkies y latas de Diet Pepsi vacías. Dormimos desnudos y vestidos y a medio desnudar o vestir. Dormimos silenciosa y ruidosamente, rápidos y dilatados sueños.

Las mañanas siguientes de regreso al otro Star Wars.

Del supermotel al supermercado.

Science-fiction days.

Uno de esos días descubro que la moto de Natalie tiene propulsión a chorro de esperma. Quiero aprender a montarla. Natalie no quiere:

—No es tan sencillo como parece. En esta moto hay murciélago encerrado.

—En las pastillas también —le digo—. Él sí se está convirtiendo en vampiro. Sabes a quien me refiero. ¿Es posible que con las hormonas venga alguna otra sustancia?

—Es posible. No se me había ocurrido. Necesitamos un laboratorio donde analizarlas.

Pienso que ya no encontraremos un laboratorio lúcido en La Habana. Recuerdo el laboratorio de V en el garaje de su casa. Donde ahora él piensa a Lorenzo García Vega y escribe. Desde donde me llama un día y me dice:

—Me voy a Playa Albina.

—¿Playa qué?

—Allí es donde vive. Necesito hablar con él. Tengo que decirle lo del libro, hacerle algunas preguntas, conseguir plugs y microchips, pedirle cables, conexiones y cosas.

—¿Es cerca?

—Muy cerca. Pero muy lejos, también. Deséame suerte.

Suerte. Cuelgo y al otro día le deseo toda la suerte que no tendrá (o que sí tendrá) al ver su avión despegando del aeropuerto.

Natalie y yo miramos los aviones despegar o aterrizar y luego dormimos.

Natalie y yo miramos los aviones despegar o aterrizar mientras dormimos.

Natalie se desnuda, se mete en el baño a bañarse y yo meto mis manos en sus maletas nunca deshechas del todo, siempre listas para el viaje. Encuentro cosméticos y marcas, pero no el top-fashion que esperaba. Encuentro y hojeo revistas compradas en aeropuertos, a mitad de vuelo entre dos aviones. Un número reciente de Gatopardo, la de crónicas y reportajes, donde ella sale en portada con look a lo princesa Amidala, y uno de la Fotogramas española: las dos tienen entrevistas suyas.

Gatopardo tiene además un dossier extraño dedicado a la literatura cubana. Me entero de que ha muerto hace poco un escritor exiliado, enfermo de juegos de palabras y de tanta Habana fabulosa, de tanto habano y de tanto cine. Me pregunto si habrá alcanzado a ver alguna película con Natalie Portman.

Ella dice a Fotogramas: «Estoy bien en todas partes. A veces puedo ponerme un poco princess, pero últimamente mi vida consiste en andar, descubrir y tener tiempo para explorar.»[3]

Resisto a la certeza de que está punto de irse, a punto de terminar aquí su labor misionera o exploradora o lo que sea, entonces se irá a otra parte donde igual estará bien y cuando se vaya será como si nunca hubiera estado.

Saco mis manos de sus maletas y las saco con un cuchillo.

Pienso en una escena de asesinato.

Entro al baño, Natalie está en la ducha, descorro la cortina y la empiezo a apuñalear, ella grita, intenta protegerse, la sangre salpica, la sangre corre con el agua hacia el tragante y ella cae muerta.

Después me dice que le ha gustado mucho. Otro día lo repetimos.

Después ella quiere que sea yo el de la ducha. Descubre que así le gusta más.

Natalie me mata varias veces, en varias posiciones, rápidos y lentos asesinatos, y en una ocasión en medio de sus puñaladas y mis gritos (Natalie insiste en que grite como ella, como una actriz indefensa) suena el móvil. Es Vlad otra vez.

—Hola, seductor. ¿Cómo estás?

—Lleno de sangre

—Qué rico.

—¿Y tú?

—Acabado de llegar. No encontré a Lorenzo.

—No me digas que también se ha muerto.

—¿También? ¿Quién más se murió?

Examino mis heridas. Digo:

—Bueno, todos nos morimos, ¿no?

—No sé si Lorenzo está muerto. Llegué hasta el que yo pensaba que era él pero me dijo: Yo soy otro LGV. Nada más.

Le pregunto qué piensa hacer.

—Seguir escribiendo, por supuesto. Seguir comunicándome con él, sea quien sea él, por correo electrónico. Lo más importante es haber estado allí.

Le pregunto cómo es Playa Albina.

—Muy expresiva. Canales artificiales, gaviotas, carritos de helado, Discounts...

Le pregunto cómo es Playa Albina.

—Muy post post. Una suerte de lenguaje que no puedo expresar por teléfono pero que me va ser útil para el libro. Lo único que lamento es no haber podido quedarme más tiempo. Tuve que regresar por el problema del sol, tú sabes...

(—Sí, claro, el albinismo. Ausencia de un pigmento cutáneo llamado melanina. Una mutación genética recesiva que hace que la piel y los ojos sean muy sensibles a los rayos ultravioleta.)

—...he seguido consumiendo la sustancia y en aquella Playa de mierda soportaba cada vez menos la luz solar. Ahora ya no la resisto. Me mataría. Estás hablando con una criatura 100% nocturna.

Después de colgar, Natalie me extiende una toalla y una propuesta:

—¿Por qué no te vas conmigo?

No le respondo. No tan rápido.

Pensar de pronto en viajar por el mundo con una de las atracciones más famosas del mundo, candidata a los Oscar, luchadora humanitaria, imán de paparazzis y micrófonos incluso fuera de sus fases magnéticas.

Meter mis manos en su vida.

Vivir con ella en Long Island.

Pensarlo todo el tiempo mientras paseamos La Habana mirando los anuncios lumínicos que se han ido incorporando a la noche, mirando el simulacro de neón y electricidad de una de las más famosas ciudades fantasmas.

Seguir pensándolo mientras corremos fast heavy moto escupiendo un chorrazo de esperma que se evapora, venga de donde venga o signifique lo que signifique, se evapora antes de tocar el asfalto y sube a las nubes y llueve, y Natalie y yo nos mojamos en esta lluvia nocturna donde todo es falso y nada es lo que parece.

Es posible, Natalie, que quiera permanecer en Wrong Island.

¿Para qué? Por ejemplo, para seguir viendo pasar los ciclones.

¿Para qué más? Para seguir distrayendo las malas rachas de los ciclones gracias a efectos especiales como tú. Para esperar el fin de todos los ciclones. Ya sé que suena antológico pero no se me ocurre otra cosa. Lo siento.

—Oye, sobre el asunto de analizar las pastillas que le vendiste a...

—Oh, no, el vampirismo[4] otra vez —me interrumpe—. ¿Y sobre el asunto de irte conmigo? Llevas días pensándolo. Por fin, ¿quieres o no quieres?

Claro que también es posible, Natalie, que quiera irme contigo. De hecho, es la única posibilidad verosímil.

—Claro que sí. Pero necesito un tiempo. Mejor hacemos una cosa: tú te vas primero y yo me reúno contigo después.

Ella me mira muy seria un largo instante y luego sonríe:

—No, no es cierto. Nunca vas a ir.

—¿Por qué lo dices?

—Te voy a hacer un cuento. Mi abuelo se fue de Polonia en los años 30. Sus padres, mis bisabuelos, debían haberlo seguido un tiempo después para reunirse con él en Palestina pero fueron apresados y deportados a Auschwitz. Mi abuelo nunca más los volvió a ver.

(Es mejor que este diálogo no haya tenido lugar. No en este lugar. No en una habitación con vista al Aeropuerto José Martí, el cuarto de un motel que pertenece a una cadena norteamericana llamada Star Wars que también tiene supermercados y antologías.)

Su último día de trabajo, Natalie y yo nos quedamos después del cierre. Solos.

Natalie dice:

—Lleno de gente es un set de filmación. Ahora parece un teatro vacío.

Su último día de trabajo, cuando la estoy ayudando a organizar un número infinito de latas de comida en los estantes, recibo la última llamada.

—Tengo tremenda hambre —se queja V.

Natalie me da una mordida en el cuello.

Su uniforme de cajera corre por mis venas mortales.

—¿Cómo es? —le pregunto a V y pienso: Es otro V. Ya se ha matado a sí mismo.

—Como la muerte del postcyberpunk o del neobiopunk o cualquier otra muerte infantil o idiota y el nacimiento de la sed de aquello que va a correr por tus venas inmortales hasta el fin de…

Etcétera. Sólo que su respuesta no es ésa: no hay respuesta. En lugar de responder me pide ayuda. Me aclara que la primera vez no piensa tomar mucho, no quiere precipitarse, perder el control. Yo le digo cualquier cosa, que pensaré cómo ayudarle pero que no cuente conmigo, y cuelgo.

Natalie ha terminado de organizar. Coge mi mano y me conduce a un almacén. Allí abre una caja cerrada por alguna firma farmacéutica.

—Nuestras hormonas —dice—. Me llevo la mitad.

Se toma unas cuantas delante de mí. Se guarda otras.

Le pregunto qué ha querido decir con Nuestras.

—Quiero que te quedes con la otra mitad —me extiende la caja de regalo—. A lo mejor te embullas y... —sonríe—. ¿Te dije que a mí me ayudaban a pensar?

Cojo las pastillas. No se me ocurre qué decir y suelto:

—Pensar no es mi fuerte. No me llevo bien con mis pensamientos.

—Me he podido dar cuenta —dice ella. ¿Nos vamos?

Nos vamos. A dormir otra vez mi amor y a mirar los aviones.

Nada de sexo.

Buenas noches.

Cuando Natalie supo para lo que V me había pedido ayuda, ella misma se brindó para ayudarle. Pensé que le interesaba la idea, la escena posible, la piel del personaje.

De inmediato me asaltó la imagen de mi amigo Vladimir Borges clavando los colmillos en la piel de Natalie Portman.

Natalie Portman en éxtasis en su última contribución a la lucha contra el hambre en el tercer mundo.

No fue así. Ella tenía otra cosa en mente. Yo aún no lo sabía cuando la llevé al garaje de la casa de V. Allí, en un espacio atiborrado de cosmética nuclear y marcas ilegales, él la besó y le dijo:

—La traficante que parece una actriz de Hollywood.

Y ella le dijo:

—El vampiro con hormonas que escribe.

O le dijo:

—El vampiro que escribe con hormonas.

De cualquier forma Vlad replicó:

—No, el inventor especialista en LGV.

—¿Qué es eso? ¿Una tecnología secreta?

—Un escritor cubano —dijo él—. Escuchen. Un fragmento de un texto que se llama Un teatro vacío.

Lo habíamos encontrado trabajando. Para celebrar nuestra llegada inoportuna abrió una revista y nos leyó algo que contenía frases como:

«ornamentos convertidos en previsible trastería de sorpresas»,

«posible condición de mejunjes espectrales»,

«hálito de una atmósfera posible»,

y sin mayor piedad terminaba así:

«De una atmósfera hecha con el sabor estoico de lo que se sabe artificioso y fragmentario, pero que, por ser tal, también se anuncia con un nuevo encantamiento: el de poder ser analizado.»

Ni mi rostro ni el de Natalie registraron ninguna reacción, ningún encantamiento. Él decidió pasar al tema sanguíneo.

—Entonces tú me… Me vas a dejar que yo…

—No, yo no —le interrumpió Natalie—. Vamos a ver a una amiga.

Vlad me miró. Yo me encogí de hombros, no sé si aliviado, y me puse a hojear la revista mientras él pedía detalles: ¿Quién era la amiga?

La revista era un número viejo (septiembre-octubre, 1963) de Unión, publicado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. No tenía ninguna entrevista a Natalie Portman, ni fotos a color de Natalie Portman, entre otras cosas porque para entonces ella no pensaba nacer, pero en las páginas finales encontré una ruidosa declaración de la Unión de Escritores y Artistas en respaldo a las medidas tomadas por el gobierno tras el paso de un ciclón devastador[5].

Un rato después estábamos de vuelta a la noche.

Andamos otro buen rato por las calles hasta llegar a una zona de putas.

En una esquina iluminada conversaban varias putas bajo la mirada de dos policías parados como postes en otra esquina. Vlad empezó a dar señales de nerviosismo.

—Yo estoy fichado desde hace tiempo —confesó—. Mi nombre encabeza una lista.

Natalie, al parecer, no entendía de listas. Intentó calmarlo. Que no había nada que temer. Que no nos vamos a comer a nadie. Que los derechos humanos…

—Yo no soy humano.

—Ellos no lo saben.

—¿Y ellas? —pregunté yo, por decir algo. Pasamos sin contratiempo por delante de los policías y nos acercamos a las putas. Natalie me dijo al oído:

—Son Carlo y sus amigos, ¿recuerdas aquello que te conté en el parqueo? Sólo que ahora es mejor decir Carlo y sus amigas.

—¡Perra de las galaxias! —chilló una de ellas— ¿Cómo te ha ido con la moto?

—Pregúntale a él —respondió Natalie, señalándome, y a continuación nos presentó.

Carlo era una rubiezuela suavemente pintada, de bikini asesino y mirada feliz. Se puso una mano sobre el corazón (una teta cubierta de malla) y me dijo:

—¿Cómo es que la dejas caminar por una ciudad que no merece sus pies?

—Es que venimos con un amigo —explicó Natalie, y Vlad, que no paraba de mirar a la esquina de los policías, fue presentado a las putas como un escritor chupador de sangre.

Les encantó. Se volvieron locas. Natalie y Carlo se apartaron para hablar. Yo aparté a V de las afiladas uñas adolescentes, temiendo que perdiera el control de su escritura.

Me pregunté cómo Natalie se lo estaría diciendo: Anda, Carlo, ayúdalo, please, es su primera vez, recuerda lo que yo hice por ti, anda, ¿lo harás?

O quizás le estaba ofreciendo dinero. Un pequeño préstamo de millones.

Cuando terminaron de hablar, Carlo se paró cuan dulce era delante de V y le dijo que estaba dispuesta a hacerlo. A dejarse hacer.

—Pero no en el cuello. Ni en la muñeca. Ni en el pecho.

—En el pecho no —le susurré a V. Él miró a Natalie y dijo:

—Me da igual donde sea, chicas. Acabemos esto ya. Antes que amanezca.

Carlo se descalzó un tacón aguja y le ordenó a Vlad que se pusiera de rodillas. Vlad se arrodilló delante de ella y tomó el piececito que ella le extendía. Lo llevó a su boca. Vi los colmillos impacientes. Vi una erección en el rostro de Carlo y una sombra en los ojos de Natalie. Volví la cabeza a la otra esquina.

Los dos policías caminaban hacia nosotros.

—Usted es una artista, pero también una mujer de acción. ¿Es posible combinar ambas cualidades?

—En el judaísmo lo que cuenta son los actos y no las intenciones. Es el hacer lo que cambia a las personas. Si, por ejemplo, me encuentro cara a cara con gente desesperada, que no tiene nada en la vida, y logro infundirle una pizca de esperanza, le brindo una ayuda real, entonces existe allí la posibilidad de crear un cambio...

(Entrevista con Carlo Bizio. Gatopardo No.56, abril 2005.)

Se fueron los dos juntos.

Ahora V anda como un nómada sin teléfono por Europa del Este. Desde allí me escribió contándome que al fin pudo terminar y publicar el libro (un ejemplar autografiado de Gerundio Cervical vino por correo: leí algunas notas al pie) y que está dando conferencias nocturnas sobre Lorenzo García Vega (para intercalar, sobre sí mismo: Experimentos y Confesiones) en universidades remotas, de nombre impronunciable, ante un público de eslavos enloquecidos que ofrecen de beber lo que tú quieras y te escuchan hasta que el sol está por salir.

El libro triunfó de verdad, como si de verdad existiera algún LGV en alguna Playa, como si V Borges hubiera patentado un invento de lectura. Gerundio Cervical recibió decenas de críticas elogiosas dentro y fuera de Cuba. Al menos eso dicen. Yo sólo leí una, de pasada, en la revista Unión (que todavía existe), firmada por un tal Oscar Hurtado.

Yo, mientras tanto, sigo aquí. No sé qué vaya a pasar conmigo. Una cosa es segura: nunca volveré a ver el cuerpo de Natalie Portman fuera de la fase bidimensional de las pantallas y las revistas. Acabo de recibir una postal suya desde Jerusalén. Dice que al fin pudo concluir y publicar el análisis:

«Negativo. Ni una sola molécula extraña. Hormonas femeninas de elevada calidad y efecto garantizado. Nada más. Hoy salgo rumbo a África por el desierto en compañía de unos turcos voladores[6]. Cuídate mucho. Un beso. N.»

Otra cosa también segura: más tarde o más temprano empezaré a tomar las pastillas. Ahora mismo tengo un frasco delante de mí. Si no me voy por el tragante de una sobredosis, puede que termine convirtiéndome en algo. Todavía no sé en qué.

[1] Foundation for International Community Assistance. La presidenta de esta organización es la reina de Jordania, Rania Al Abdulláh.

[2] Taller del desmontaje (Homenaje a Joseph Cornell). Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2105.

[3] Durante un tiempo la entrevista pudo consultarse vía Internet en: www.fotogramas.wanadoo.es

[4] Otras mutaciones genéticas son las responsables de varios tipos de porfiria, una rara enfermedad que resulta de un déficit de hemoglobina en la sangre y cuyas manifestaciones clínicas pueden haber dado origen, forma o crédito, a las leyendas de vampiros.

[5] Allí puede leerse que «Nos parece justo y necesario el aumento de precio que se propone a la cerveza, el cigarro, a la carne de res y el ave. Entendemos que es correcto limitar el consumo de azúcar, y nos sumamos a la idea de que el límite de ese consumo sea de cuatro libras al mes por persona.»

[6] Caligrafía apresurada. Habrá querido decir: violadores.

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JORGE ENRIQUE LAGE, BUITREXTOS, minicuentos...


(jelage@gmail.com) es parte de Proyecto RRizoma(s) Coordinador de 33 y 1 tercio. Vive en La Habana. Pertenece al staff de TREP (The Revolution Evening Post)

Ha publicado: Yo fui un adolescente ladrón de tumbas (Editorial Extramuros, 2004)
Fragmentos encontrados en La Rampa (Casa Editora Abril, 2004)
Los ojos de fuego verde (Casa Editora Abril, 2005)
El color de la sangre diluida está en proceso de edición por Letras Cubanas.


Ha publicado en fogonero emergente otros Buitrextos

BUITREXTOS

del libro "tiempo de buitres"


fugas
Había, al este de La Habana, una pequeña ciudad costera llamada Alamar.
La ciudad, parecida a un laberinto, estaba dividida en zonas. Unas eran zonas militares y otras eran zonas no militares.
Los habitantes de la ciudad no sabían precisar con exactitud el límite entre una zona y otra. Pero los forasteros salían de ella detectando zonas por todas partes.
Había, en La Habana, personas que necesitaban Alamar mucho después de que los habitantes abandonaran la ciudad para desaparecer como moluscos entre los arrecifes y el agua.

del trabajo (des-con-zentrado)
Frank cuenta en sus memorias la visita que hizo a un campo de concentración asiático. El guía, un monje budista, le mostró los prisioneros trabajando en las excavaciones. El buitre se interesó por los huesos que desenterraban. Son restos humanos –explicó el guía–, pero humanos de otras especies.
Frank escribe:
«Bajo un sol excesivo, el panorama era todo movimiento y dedicación. Cerca de un centenar de homo sapiens desenterrando, clasificando parientes: homo dvdx, homo floresiensis, homo 71999Z, homo erectus, homo katie holmes, homo neanderthalensis, homo norteamericanus, homo sexualis, homo antecessor, homo auschwitz, etc. Parecían enfermos de un pensamiento des-antropológico.»
El monje le informó a Frank que los prisioneros, después del trabajo, practicaban el pensamiento zen.
(Empiezan por lo más básico –explicó–, como aprender a escuchar el sonido de la palmada de una sola mano y a observar la alambrada de puás cuando solamente están las púas, sin el alambre.)
Frank incluye, para cerrar este fragmento de sus memorias, un croquis donde señaliza algunas distancias y algunos lugares: el centro comercial, dos rascacielos, la zona nocturna con su hospital y su hotel, un estadio en las afueras (deporte desconocido), 150 km de líneas de flechas pasando por el bosque hasta el aeropuerto.

distintos modos de cavar

Avenida del Puerto. Una bahía me separa de la colina, y sobre la colina la fortaleza, y sobre la fortaleza los colores del movimiento de la gente.
Vista desde aquí, la feria del libro parece una feria del libro.
Voy por el túnel. Allá abajo encuentro (cascos, agujas, maquinillas de triturar) extrañas especies con mirada humana y pezuñas-post. Subo a la fortaleza. Contemplo la bahía.
Vista desde aquí, La Habana parece una ciudad.

del tiempo (con minúscula)


Frank cuenta en sus memorias que durante un enorme verano en La Habana vio pasar dos ciclones, uno detrás del otro.
(En el intermedio, a mitad de la noche era normal caerse en un agujero abierto en la calle y partirse la rodilla en cuatro pedazos.)
Angustiada, la gente miraba el mar, el cielo, la televisión. Frank advirtió que hasta en los partes meteorológicos se colaba un show politiquero con mayúscula.
En la calle, a mitad de ráfaga 250 km/h un tipo le dijo: «Yo espero que este sea el último». Y otro: «Yo espero que el tiempo mejore, cambien las nubes, vengan otras lluvias, haya menos calor». Y otro, lacónico: «Yo todavía espero».
Luego de evocar tantos pronósticos, Frank escribe:
«En la pared de un monumento encontré un grafitti que no habían podido borrar: Si sobrevivo a este verano –escribió alguien– sobrevivo a cualquier cosa.»

vultureffect
En otra ciudad vimos variaciones, perversiones, declinaciones de lo habitual: habíamos aprendido a leer movimientos. La policía estaba en la calle. En la calle se respiraba malestar por la policía. Frank nos dijo: «Aquí va a pasar algo».
territorios
Aura, también gallinazo (Cathartes aura). Cabeza roja, desnuda. El plumaje no es negro, sino casi negro. Ocupa el mismo nicho ecológico que los buitres de Europa. Su distribución abarca toda América excepto Alaska y Canadá. (¿Por qué?) Vive en praderas, semidesiertos y terrenos pantanosos. Construye el nido en grietas de paredes rocosas o en los árboles. La hembra pone huevos de color marfil. El macho también pone huevos. Tienen el pico en forma de gancho, pero un gancho que puede adoptar muchas formas. Se alimentan de carroña, basuras, frutas, reptiles pequeños y televisión. Buscan su alimento con el olfato, y no con la vista, como hacen los buitres del resto del mundo, puesto que sus epitelios y sus bulbos olfativos están muy especializados.

tres
Soñé que estábamos ella, Roberto Bolaño y yo, en una taberna de Mérida. Bolaño y yo comíamos carne (hígado, creo) y bebíamos un trago difícil llamado Eje del Mal. Ella hojeaba una revista (Playboy mexicana, creo) con interés de detective. Bolaño me decía: «No escribas sueños, concéntrate en el insomnio». «Pero el insomnio no existe, Roberto», le decía yo. «¿Sabes lo que son los sueños enemigos?», preguntaba él, mirando a todas partes y masticando su hígado.

utópica
Estos son los niños que juegan sobre las líneas del ferrocarril. Les dicen los niños suicidas. Cada cierto tiempo pasa un tren rápido y silencioso. Aún se mantiene la prohibición de pitar, porque este tren es de los que emiten un sonido obsceno y cacofónico, nada que ver con la sensibilidad de los momentos actuales. De modo que el tren sorprende a unos cuantos niños y los despedaza. Entonces los niños que sobreviven se ponen a fabricar juguetes. Muñecas de piel cosidas con nervios. Soldaditos de plastilina de sesos. (Dicen que una pelota de sangre seca rebota de lo más bien.)

En la pesadilla
JE se levanta temprano. No puede librarse del sueño. Enciende las luces. Da vueltas por la casa. Del cuarto al baño y del baño a la cocina. Desayuna. De la cocina al patio y del patio a la sala. Enciende el televisor. Lee un poco. Vuelve a caminar por la casa. Pero no logra despertarse. Decide salir a la calle. Se encuentra con un amigo y le confía que no logra despertar. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un poco de ejercicio a fin de desperezarse. Que en seguida tome una taza de café bien fuerte y que escuche música bien alta. JE hace todo esto pero no logra despertar. Sale de nuevo. Esta vez acude al médico. Como suele suceder, el médico habla mucho pero JE no se despierta. A las seis de la tarde carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. JE da un brinco en la cama y abre los ojos, pero aún no logra despertarse.
El sueño es una cosa muy persistente.
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Jorge Enrique Lage


de su libro inédito Tiempo de buitres


picotazos: escape

Rompa la protección.
Accione el mecanismo.
Empuje la ventana.

exterior noche jardín

Veo un borracho que orina contra el muro, bajo la luna, entre los arbustos. Puede ser un muro cualquiera, un muro sin importancia, pero yo no sé de qué lado estoy. Veo pasar a los espías. Uno de ellos se detiene y me da una tarjeta y me invita a convertirme en un microalgo. «El trabajo florece», dice. «Estoy seguro de que florece», le digo, y después se va. Pienso en Epicuro. Las propuestas subversivas del viejo Epicuro. Nada más. Por ahora. El borracho se ha caído frente al muro y de algún lado del muro debo estar yo, bajo la luna, entre los arbustos, viendo pasar a los microespías, evitando narrar.

stríptico II

Muchos años después, soñé con ella. En el sueño había una tribuna y se hablaba de héroes y de cierta calurosa manera BS tenía que ver con todo aquello. Había un fondo de música patriótica y BS se quitaba la ropa hasta quedar desnuda. El público era una multitud acalorada. De pronto, BS se hundía la mano en el pecho, abriéndose una rajadura entre los senos, y de pronto la piel de BS abierta hasta la cintura, como si hubiera bajado un zíper, como si fuera un traje completo ajustado a la otra piel, desde el cuello hasta los tobillos, y ella volvía a quedar desnuda luego de sacar los brazos y las piernas y arrojar la piel al público, el público se disputaba el traje de la piel de BS mientras ella se abría otro hueco entre los senos para quitarse otro traje y arrojarlo al público y así sucesivamente. A mí (por algún caluroso motivo yo observaba desde una esquina de la tribuna) me pareció que aquello podía no terminar nunca, que BS seguiría desnudándose y regalando al infinito los trajes de su piel desnuda. Vi a hombres (y mujeres) salir de la multitud con la piel a cuestas, vi a hombres (y mujeres) entrar a la multitud para disputarse un traje. Había algo heroico en eso. Me pregunté qué harían ellos con… «¿Qué crees tú que hagan, dirty boy?», me sonrió BS después, los dos solos en un backstage. Ella, desnuda o vestida con su piel desnuda, se echaba aire con un abanico de muchos vuelos y me miraba fijamente. Decía: «Qué calor hace en este país». Decía: «Si me das un autógrafo te doy un beso». Me pareció un mal negocio, pero al final acepté. Al final del sueño, creo, todavía se escuchaba un fondo de música patriótica.

(nota marginal BS)

En China, por ejemplo, le dijeron que unos funcionarios del Ministerio de Cultura iban a supervisar todas las actuaciones. Ella accedió a no desnudarse por completo, pero resulta que no era tan sencillo: la desnudez era sólo un caso particular. Los funcionarios del Ministerio de Cultura supervisarían además cada movimiento en el escenario, cada corte y textura de su ropa. Ella dijo que no entendía cómo cosas tan triviales podían ser un problema. «Nadie ha dicho que lo sean», le respondieron.

extranjero

La hipótesis en boga era que los buitres venían de otro planeta. Hipótesis que, según Frank, carecía de falsabilidad. Por lo tanto era un dogma. Frank escribió mucho acerca de ese misterioso planeta, motivo para reflexionar sobre la patria y el exilio. ¿Cómo se llama?, le pregunté. El buitre me llevó al telescopio y me dijo: observa. Allá, en el lente, remota y azul, estaba la Tierra. ¿Cómo se llama?, me preguntó Frank. La Tierra, por supuesto, respondí. No, dijo el buitre, la Tierra es aquí y ahora, donde la gente dice tener los pies. Afuera, en el espacio, sólo puede ser un planeta hipotético. Un planeta falseable. Aunque sea el tuyo.

y así sucesivamente

Divisiones entre ellos: distintas bandadas. Unos decían: Somos los buitres que escriben. Otros: Somos los buitres que escriben que escriben. Otros: Somos los buitres que se escriben a sí mismos. Otros: Somos los buitres que desescriben. Y así sucesivamente.

juguemos scrabble

Cuando JE se vio frente al tablero vacío, pensó: Tengo siete fichas rectangulares y en cada ficha, un símbolo y un número, pero los buitres tienen las letras. Cuando empezaron a complicarse las jugadas, pensó: Puedo combinar de mil formas diferentes todas las letras del alfabeto, pero los buitres tienen las palabras. Cuando ya había perdido toda la inocencia, hacia la mitad de la partida, pensó: Alguna palabra he logrado colocar, algunas son verdaderamente mías, pero los buitres tienen el lenguaje. Cuando casi todas las casillas estaban ocupadas y la puntuación era un abismo, pensó: Puedo decir hasta aquí he llegado, levantarme e irme, pero el caso es que allá afuera los buitres tienen las grandes narraciones, el amor, la soledad, el miedo... De pronto, JE sintió que el tablero era infinito, que las fichas no se acabarían nunca y que la puntuación nunca más volvería a cero. A su alrededor, los buitres le miraban como diciendo: Es tu turno, ¿qué esperas?

octavo arte

Íbamos al desierto a ver las películas con los ojos de otros. Llegábamos en motocicletas viejas, arrastrando remolinos de arena más reales que nosotros mismos, y bajo aquella pantalla abandonada inmensa nos poníamos los ojos. Había que manipularlos con mucho cuidado, mantenerlos limpios, guardarlos en bolsitas de nylon para que no se estropearan. Pero nosotros éramos especialistas. Podíamos estrenar incluso los ojos recién extraídos. Ojos de crítico, ojos de anciana, ojos de adolescente romántica, ojos de actor, ojos de segunda y tercera filas, ojos B y Z, ojos freaks. Y no es que fuera divertido ver las películas cambiándonos continuamente los ojos. No. Era necesario. Esa pantalla abandonada inmensa era el único lugar y el único lugar era el desierto y allí estábamos, rodeados de cadáveres remolinos de arena.

tag heuer

Son las horas de entrenamiento solitario en piscinas anónimas lo que acaba con la mayoría de los nadadores, lee Frank, y entre otras cosas se pregunta si basta con transformar (en la cabeza) cada piscina en una aventura, si no se subestima la solidez de ciertas superficies. Cuando el agua de la piscina ha sido previamente congelada, hasta qué punto es efectivo romper el hielo (con la cabeza).
En ese momento sale la nadadora, el cuerpo mojado, la trusa del color del agua, movimientos líquidos. La nadadora tiembla. Tiene frío. El buitre quisiera saber qué tipo de pensamientos nadan ahora en su cabeza, y cómo lo hacen, y contra qué golpean. La nadadora se acerca a él y el buitre siente (placer solitario) una erección en el pico.

tercera persona

Él es: JE. Él es: Frank. Lo interesante es que él lo sabe, y por tanto, él puede pensar a fondo su doble personalidad. Pero él está equivocado. Hay otros síndromes, menos evidentes, que no se pueden pensar desde allí, y lo primero que uno piensa siempre está equivocado. Son las desventajas de vivir en primera persona.

del tiempo (con minúscula)

Frank cuenta en sus memorias que durante un enorme verano en La Habana vio pasar dos ciclones, uno detrás del otro. En el intermedio, a mitad de la noche era normal caerse en un agujero abierto en la calle y partirse la rodilla en cuatro pedazos. Angustiada, la gente miraba el mar, el cielo, la televisión. Frank advirtió que hasta en los partes meteorológicos se colaba un show politiquero con mayúscula. En la calle, a mitad de ráfaga 250 km/h un tipo le dijo: «Yo espero que este sea el último». Y otro: «Yo espero que el tiempo mejore, cambien las nubes, vengan otras lluvias, haya menos calor». Y otro, lacónico: «Yo todavía espero». Luego de evocar tantos pronósticos, Frank escribe: «En la pared de un monumento encontré un grafitti que tenía por lo menos cien años: Si sobrevivo a este verano –escribió alguien– sobrevivo a cualquier cosa.»
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