Dos inéditos de Lien Carrazana Lau




Lien Carrazana Lau (Ciudad de La Habana, 1980.) Graduada de artes plásticas en la Academia de Bellas Artes “San Alejandro”. Miembro del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Mención UNEAC 2007. Mención en el Premio David 2007 de la UNEAC. Mención del Concurso Nacional de Narrativa Guillermo Vidal 2006. Mención del concurso Luis Rogelio Nogueras 2006. Premio CIERIC, concurso Dinosaurio 2005



Lien Carrazana en fogonero emergente.

coordinadora de La Caja de la china.



REALITY SHOW


Primer plano: retrato del Ché. En blanco y negro sobre pared descascarada.

Segundo plano: piso hundido al aire libre. Muchacho sin camisa, la cara triste, mira la lluvia caer sobre las baldosas abolladas. Se hace un charco.

La Habana, suite de los símbolos.

El vidrio del televisor parece una pecera de espejos, una casa de los espejos, un laberinto de espejos. Deprimentes figuras son tu figura. Mi figura. La figura de una masa amorfa que se llama pueblo.

Veo la película hasta el final.

Una mierda, amarga, machacadora como gritó aquel hombre en medio del cine abarrotado, el año que se estrenó. Machacadora y falsa, digo yo frente al televisor, hoy –unos años después– cuando, por primera vez, ponen el cine cubano que nunca habían puesto por la televisión.

Me levanto y salgo a la terraza a fumarme un cigarro.

Desde arriba la calle puede ser un agujero negro con pescados agonizando a lo lejos, pero la oscuridad cercena todo. Luces distantes, el Morro que dibuja el límite de la costa, el malecón infartado de bombillos y autos, el cartel del Hotel Habana Libre, las estrellas como cristales sobre el telón oscuro de la noche. Salir a buscar mi Suite Habana y no encontrarla, es un vidrio afilado en la nostalgia. La película qué nadie nunca rodará, qué a nadie le importa ver, qué todos silencian en el ejercicio de olvidar.

Cierro los ojos y pienso en el edificio Alaska. Apuntalado por años, un quiste amarillo en medio de la Rampa. Muchas familias esperaron ser restituidas a sus apartamentos, pero el deshielo del desamparo lo hizo escombro. Abro los ojos, es de noche y estoy muy lejos de la Rampa, aún así el frio del Polo Norte sube por mis recuerdos, la veo a ella, rodeada de concreto a los pies del mástil, ondeando en el aire de la avenida 23, soberana, gigantesca: la gran bandera con que han ocultado el otrora territorio del Alaska.

La verdadera vida no se interpreta ni se escribe, apago el cigarro contra el piso, y pienso en el terrible error que hemos cometido los artistas.




CON MEDALLAS EN LOS OJOS


Me llevaron al cadalso. No me resistí. Me dejé guiar sin necesidad de un revólver encañonando mi boca. No me torturaron con una gota interminable sobre mi frente, ni enclaustramiento en un cuarto oscuro. Acepté mi sentencia como algo natural.

En el estrado los flashazos opacaron mi visión. La multitud reunida era una masa amorfa, sólo pude distinguir el cuerpo de mi mujer, la figura de mi hijo a su lado y la silueta de mi hermano. Mi familia sabía de mi desolación, pero lo acataban como un hecho ineludible. Me condujeron amablemente al centro, me rodearon, pude sentir las miradas de mis enemigos acuchillando mis entrañas. Recordé una vez más las palabras que me sugirieron memorizar, una gota de sudor rodó por mi frente. Sentí turbación, miré a todos lados y aquellos ojos como flechas apuntaban sobre mi cuerpo. Un hombre decía unas palabras a través de un micrófono, pero sólo alcancé a oír mi nombre entre la turbulencia de frases que componían un muro de distancia entre la verdad y yo, entre la posteridad y yo, entre ustedes y yo.

El hombre concluyó el discurso y supe que había llegado el momento. Me pusieron frente a la guillotina, miré la afilada hoja que clamaba por desmenuzar mi cuello, desterrar de un tajo mi nombre del reino de la verdadera historia, otra vez miedo, angustia, y alguien susurrándome al oído, es la hora. Pero aquellas, las palabras memorizadas a la fuerza se borraron de mi cabeza repentinamente.

Me quedé mudo y gélido. Uno de los más diligentes se sacó del bolsillo el papel donde reposaban mis últimas palabras, las impuestas en forcejeo de guerra fría. Tomé el papel y me sentí un pez atrapado en el anzuelo, la garganta rasgada en mil pedazos por un pescador inmisericorde. Pero aún me sentía vivo, miré al frente y no abrí el papel: este país no es perfecto… –dije con una voz que retumbó en el aire, una voz que no parecía ser la mía, «no puede serlo si tergiversan tu verdad, si cambian el sentido universal de las palabras, si aunque quieras devolverlas a la esencia primera nadie lo entendería porque te quedaste amnésico, repitiendo las mismas palabras sugeridas…», pensé de golpe y sentí ganas de abrir las compuertas de mi redención, soltarlo todo, escupirlo a sus caras expectantes y temerosas, pero el anzuelo estaba atascado en lo profundo de mi garganta, era inminente mi muerte, y ya nadie creería en mis palabras. Miré a los ojos de mi mujer y le vi el dolor a punto de estallar, la sombra gris de ellos devolvió mi mente anciana a la realidad, retomé el aliento y concluí– pero es un país muy noble que lucha para que un mundo mejor sea posible algún día.

Los flashes abrieron nuevas brechas en mis ojos.

Luego vinieron niños con flores, aplausos como estertores de muerte aullaban en mis oídos, uno de ellos, el más importante de los presentes, sacó la medalla del estuche y la encajó en mi camisa, junto a las otras que desde hacía varios años oprimían mi pecho. Todos me estrechaban la mano, me felicitaban y celebraban otra vez mi entrada al reino de los muertos