ROBERTO ARLT:


roberto arlt en fogonero emergente

Primera Autobiografía

Del libro Regreso, (Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1972)

Gozo porque nadie me molesta. Igual que una tortuga, a la mañana saco la cabeza debajo de la caparazón de mis colchas y me digo, sabrosamente, moviendo el dedo gordo del pie:
- Nadie me molesta. Vivo solo, tranquilo y gordo como un archipreste glotón.

Mi camita es honesta, de una plaza y gracias. Podría usarla sin reparo ninguno el Papa o el arzobispo.
A las ocho de la mañana entra a mi cuarto la patrona de la pensión, una señora gorda, sosegada y maternal. Me da dos palmaditas en la espalda y me pone junto al velador la taza de café con lecha y pan con manteca. Mi patrona me respeta y considera. Mi patrona tiene un loro que dice "¡Rjuá! ¿Te fuiste? Que te vaya bien", y el loro y la patrona me consuelan de que la vida sea ingrata para otros, que tienen mujer y, además de mujer, una caterva de hijos.
Soy dulcemente egoísta, y no me parece mal.
Trabajo lo indispensable para vivir sin tener que gorrear a nadie, y soy pacífico, tímido y solitario. No creo en los hombres, y menos en las mujeres, mas esta convicción no me impide buscar a veces el trato de ellos, porque la experiencia se afina en su roce, y además no hay mujer, por mala que sea, que no nos haga indirectamente algún bien.

Me gustan las muchachitas que se ganan la vida. Son las únicas mujeres que provocan en mí un respeto extraordinario, a pesar de que no siempre son un encanto. Pero me gustan porque afirman un sentimiento de independencia, que es el sentido interior que rige mi vida.
Más me gustan todavía las mujeres que no se pintan. Las que se lavan la cara, y con el cabello húmedo, salen a la calle, causando una sensación de limpieza interior y exterior que haría que uno sin escrúpulos de ninguna clase, les besara encantado los pies.
No me gustan los chicos, sino excepcionalmente. En todo chiquillo, casi siempre se descubren fisonómicamente, los rastros de las pillerías de los padres, de manera que sólo me agradan a la distancia, y cuando pienso artificialmente con el pensamiento de los demás, que coinciden en decir: ¡"Qué chicos, son un encanto!, aunque es mentira.

Me baño todos los días en invierno y verano. Tener el cuerpo limpio me parece que es el comienzo de la higiene mental. Creo en el amor cuando estoy triste; cuando estoy contento miro a ciertas mujeres como si fueran mis hermanas, las felices, aunque no se me oculta que tal pensamiento es un disparate, pues si es imposible que un hombre haga feliz a una sola mujer, menos todavía a todas.
He tenido varias novias, y en ellas descubrí únicamente el interés de casarse; cierto es que dijeron quererme, pero luego quisieron también a otros, lo cual demuestra que la naturaleza humana es sumamente inestable, aunque sus actos quisieran inspirarse en sentimientos eternos. Por eso no me casé con ninguna.
Personas que me conocen poco dicen que soy un cínico; en verdad, soy un hombre tímido y tranquilo que en vez de atenerse a las apariencias, busca la verdad, porque la verdad puede ser la única guía del vivir honrado.
Mucha gente ha tratado de convencerme de que formara un hogar; al final descubrí que ellos serían muy felices si pudieran no tener hogar.

Soy servicial en la medida de lo posible, y cuando mi egoísmo no se resiente mucho, aunque me he dado cuenta de que el alma de los hombres está construida de tal manera, que más pronto olvidan el bien que se les ha hecho, que el mal que no se les causó.
Como todos los seres humanos, he localizado muchas mezquindades en mí, y más me agradaría no tener ninguna, mas al final me he convencido que un hombre sin defectos sería inaguantable, porque jamás le daría motivo a sus prójimos para hablar mal de él, y lo único que nunca se le perdona a un hombre, es su perfección. Hay días que me despierto con un sentimiento de dulzura floreciendo en mi corazón. Entonces me hago escrupulosamente el nudo de la corbata y salgo a la calle, y miro amorosamente las curvas de las mujeres. Y doy las gracias a Dios por haber fabricado un bicho tan lindo, que con su sola presencia nos enternece los sentidos y nos hace olvidar todo lo que hemos aprendido a costa del dolor.

Si estoy de buen humor, compro un diario y me entero de lo que pasa en el mundo, y siempre llego al convencimiento de que es inútil que progrese la ciencia de los hombres si continúan manteniendo duro y agrio su corazón como era el corazón de los seres humanos hace mil años. Al anochecer vuelvo a mi cuartujo de cenobita, y mientras espero que la sirvienta –una chica muy bruta y muy irritable- ponga la mesa, canturreo "sotto voce" "na furtiva lacrima", o sino "Addio del passato, o bel giorni ridenti". Y mi corazón se anega de una paz maravillosa, y no me arrepiento de haber nacido. No tengo parientes, y como respeto la belleza y detesto la descomposición, me he inscripto en la sociedad de cremaciones para que el día que yo muera el fuego me consuma y quede de mí, como único rastro de mi limpio paso sobre la tierra, unas puras cenizas.


El crimen en el barrio

Esta Aguafuerte porteña fue publicada en el diario El Mundo del 25 de enero de 1929.


El crimen en el barrio

No me refiero al barrio céntrico, sino al barrio de la orilla; Mataderos, cercanías del arroyo Maldonado, sur de Floresta, radio de Cuenca, Villa Luro, Villa Crespo, etc., etc. Esos barrios, de casas amontonadas, de salas divididas en dos partes, donde en una trabaja el sastre y en la otra se apeñusca la familia, son mis tierras de predilección. Allí se desenvuelve la vida dramática, la existencia sórdida que, cuando yo tenía doce años, aprendí a admirar en las novelas de Carolina Invernizio, y ahora en las de Pío Baroja. Con la diferencia, claro está, que ahora todos esos barrios me son familiares. Los he recorrido en tantos sentidos y tantas veces, que puedo especificar cuál es la característica de una carnicería que está a dos cuadras antes de llegar a la plaza de Vélez Sársfield, por Avellaneda.


Pobreza

Allí la gente vive pobremente. Con presupuestos que sufren un espantoso desequilibrio cuando faltan diez pesos del mensual. Una casa es morada de varias familias; la enemiga común, la dedicada al espionaje, la buscadora de perlas del caserón, es la encargada, y la gente vive odiándose por pequeños chismes que van y vienen, atisbando la vida del vecino, mordiéndose las uñas en un fermentar de odio que a veces estalla en el crimen sensacional. Entonces, todo el aburrimiento que se alberga en esas almas sin distracciones, estalla como una bomba fulgurante. Parece mentira, pero yo he oído, al entrar a la casa donde un hombre había liquidado a su mujer y dos hijos, estas palabras de varias mujeres: El crimen debió ocurrir el sábado pasado. Esto es formidable. Durante cinco días la gente de esa calle había estado aguardando el acontecimiento, olfateándolo en conversaciones cuchicheadas; esas conversaciones que al llegar interrumpen los maridos, pues prevén una pejiguera de órdago si se le consiente a su mujer que ande echando leña al fuego.


Placer de los pobres

Cuando una mujer inicia el relato del chisme, el marido, lo primero que exclama es: ¡Cállate la boca; déjate de macanear! La mujer calla, pero entonces, el hombre que está aburrido de ocho horas de fábrica, que no tiene ganas de ir hasta el almacén de la esquina, dice: ¿Así que hay un lío?… No ha terminado de pronunciar estas palabras cuando el vecino de la otra pieza se acerca y comenta: ¡Pero quién diría, amigo! ¿Se da cuenta? La del sastre habla con el carpintero de la esquina. En cuanto el gringo lo sepa, la mata. Es fija, la mata. Y todos, de pronto, se quedan estáticos, meditando, saboreando el contenido de la palabra matar, gozándolo profundamente, imaginándose la tragedia y estremeciéndose de un placer que no quieren confesar. Esa noche el sastre recibe el anónimo.


Después del crimen

Después del crimen todos respiran aliviados. ¡Por fin se han confirmado las presunciones! Y la gente, que ha vaticinado el suceso, exclama, gloriosamente, tomando por testigos a los que les escucharan: ¿No le había dicho yo? ¿No le había dicho? ¿Ha visto cómo no me equivoqué? La satisfacción de no haberse equivocado es tan intensa, que si aquí hubiera una cinta de la Legión de Honor, estos búhos la reclamarían en premio de sus servicios a la pesca del suceso. Y como el crimen ocurre, fatalmente, en las horas de la noche, o al amanecer, poco después que el hecho se produjo, el barrio aparece revuelto como un avispero, o un hormiguero después de una inundación.

El plato

En cada puerta hay media docena de mujeres. Las vecinas, que, por dimes y diretes, no se saludaban, en esta oportunidad hacen las paces. Las que han hecho las paces se tratan con exquisita cordialidad. Se dicen: ¡Pero quién lo iba a decir, señora! ¿Eh? ¿Ha visto, señora? ¡Una mujer que parecía de su casa…! A mi no me parecía trigo muy limpio. ¡Qué quiere que le diga, señora! Yo le había visto unos saludos demasiado amables con el esposo de la partera…¡En fin..! Que descanse en paz, la pobrecita… El chafe, que está en la puerta de la casa del drama, no deja pasar sino a los inquilinos. Periodistas van y vienen; los fotógrafos le dicen cuchufletas a las mocitas que, frente a la casa, se cruzan de brazos, menean la cabeza y, cuando se ríen demasiado fuerte, reprimen la carcajada subsiguiente, porque la difunta está estirada allí adentro esperando al juez.

Satisfacción

Ese día todo el mundo almuerza satisfecho, con apetito. Cierto es que la sopa está quemada y que la tortilla se pasó, y que las papas del puchero están crudonas; pero nadie repara en el pan habiendo tortas de acontecimiento. La gente no sabe por qué, pero almuerza, satisfecha, con una cosquilla de alegría hormigueando en el alma; y el almacenero que, por razones de caja, no ha podido dejar el mostrador, estira el pescuezo fuera de la trastienda, o mientras despacha medio kilo de azúcar, sin olvidarse de robar cien gramos, pregunta: ¿Así que le dio veintisiete puñaladas…? Justitas. ¿Cómo ocurren las cosas, doña! ¿Eh? Y, así es la vida. Pero todos están, en el fondo, satisfechos de que así sea la vida; esa vida que, para ellos, sólo es llevadera por los crímenes que la enrojecen.



Peña de artistas en Boedo

Del libro "Pasión de Boedo Aires, Poemas y Prosas" (Boedo 21, Buenos Aires 2000)

En la terraza del café "Biarritz", no en el Biarritz europeo, sino el de Boedo, funciona una peña de artistas. Peña, como se sabe, significa una roca que resiste embates, tanto que, al principio, mucha gente, al oír hablar de una peña de artistas creía que se llamaría peña porque los individuos que allí se reunían tenían un cerebro granítico o de adoquín.

Estas peñas graníticas por lo general se instalan en los sótanos de los cafés. Por ejemplo, Signo, del "Castelar", y la Peña, del "Tortoni", ambas situadas en los subsuelos de los citados establecimientos.

Lo real es que todas las peñas estaban instaladas en la Avenida de Mayo y sus proximidades, hasta que un día al autor teatral González Castillo, natural de Boedo, se le ocurrió que la muchachada proletaria de Boedo bien podía tener su local donde reunirse, hacer música, exponer cuadros, organizar revistas orales, leer conferencias, y entonces, animado de tan excelente propósito, fue a verlo al dueño del "Biarritz", el cual le dijo que no disponía de un sótano, pero sí de una terraza llena de cachivaches. Subió a la terraza González Castillo, tropezó con un galponcito de cinc repleto de trastos y el negocio quedó consumado. Había que reformar el galponcito: se llamó a un carpintero… y henos aquí ahora con una maquinaria en marcha, perfectamente lubricada y mejor montada.


Qué es la Peña de Boedo

Boedo, quiérase o no, tiene una importancia extraordinaria en el desenvolvimiento intelectual de nuestra ciudad. Tanta importancia que hace años ha originado un cisma entre los literatos: se es de Boedo o se es de Florida. Se está con los trabajadores o con los niños bien. El dilema es simple, claro, y lo entienden todos.

Boedo es el foco de la literatura clandestina, de las ediciones baratas que no pagan derechos de autor, ni de imprenta ni de venta ni de nada. En la jurisdicción de Boedo se venden muchos más libros que en toda la calle Corrientes y Florida.

Como es lógico, un barrio que absorbe tanta literatura, no podía carecer de artistas, pintores, escultores, poetas y varios matices más de aficionados a las bellas artes. Esta gente andaba semidispersa en los cafés del barrio. Cada uno tenía sus hinchas, sus amigos y sus antipatías. El mundo se encuentra construido así, y hay que tomarlo.

Pero el caso es que cuando los muchachos tenían que exponer sus pinturas u organizar un concierto, se veían obligados a recurrir a las peñas oficiales, casi siempre a la del café "Tortoni". Allí incluso se citaban.

Así marchaban los intereses artísticos del barrio hasta que González Castillo comenzó a traquetear a diestra y siniestra para organizar un refugio, y la verdad es que lo ha conseguido ampliamente.

Por su parte, el dueño del café "Biarritz" ha hecho un buen negocio cediéndole la terraza, pues el salón de madera, construido por un carpintero pesimista, resulta ya chico para contener todos los aficionados intelectuales que se reúnen allí.


Quiénes son

A la peña de Signo concurre la gente bien con inquietudes artísticas. En cambio la del "Tortoni" es frecuentada por la pequeña burguesía. Semejante clasificación no tiene otra finalidad que precisar la calidad de los elementos humanos animados de la misma inquietud de intención.

En la peña de Boedo, llamada Pacha Camac, que en idioma incaico quiere expresar "genio animador del mundo", se reúne el proletariado inteligente de la barriada.

Son obreros que leen, escriben, estudian, ensayan, y muchos de ellos, como buenos hijos de italianos, son aficionados a las artes plásticas.

Las paredes blancas del Pacha Camac, están cargadas de abundantes muestras de arte proletario, de obras de muchachos y hombres que en las horas de descanso han tomado un buril o un pincel. Así veo una cabeza tallada a mano de un cuero crudo, obra de un mozo lavador de platos cuyo nombre lamento no poder recordar, así como el de algunos escultores, pintores y aguafuertistas, que son dignos de atención. Me enseñan los cuadros de una chica vecina del café "que vive a media cuadra…"

Esto es reconfortante y hermoso.

Allí se habla de arte, se discute, se piensa… y lo que es más importante aún, el novato en los escarceos artísticos encuentra posibilidades de hacerse conocer, y, si tiene valores, de ser estimulado y ayudado a ocupar el puesto que se merece.

Los inscriptos a la Pacha Camac, aumentan diariamente. Existe un interés visible, innegable, en muchos de los habitantes de la barriada por las obras de arte, y una inquietud que afianza aún más la necesidad de reunión, intercambio de ideas y discusión.

- Nosotros no soñábamos en tal éxito –me dice González Castillo.- Ahora sí que podemos pensar en organizar un teatro aquí en esta terraza, que está libre de las terribles exigencias de la taquilla. Además tenemos que organizar una biblioteca… pero ya todo está en marcha y no ha de demorar.

Me despido de González Castillo, pensando que su iniciativa debía ser imitada en todos los grandes barrios: Flores necesita una peña semejante, otra Triunvirato, Mataderos, Liniers.
En fin, hay que ser optimista.

(1932)