Orlando Luis Pardo

Escritor, poeta, fotógrafo, periodista, performista. Vive en La Habana

ha publicado: Empezar de cero (Extramuros, 2001), Ipatrías (Editorial Unicornio, 2005) y Mi nombre es William Saroyan (Editora Abril, 2005). Premio de cuento La Gaceta de Cuba 2005 con Cuban american beauty.

mi nombre es william saroyan

publicado originalmente en expediente 8-9, enero-junio de 2005 de cacharro(s)
orlando luis pardo es parte del proyecto rrizoma(s)

triste de tigre

( II )

Un par de horas antes yo era un hombre libre del mundo. Un par de horas después yo sería un mundo libre del hombre. Ahora, por el momento, aquel uniformado me interpelaba:
–Su nombre –dijo.
Yo lo miré. Temí decirle la verdad. Titubeé. Al final se la dije. Y me equivoqué. O tal vez no me equivoqué.
–William Saroyan –dije.
El día era encantador, el barrio apacible y su mirada era buena. Quería destruirme, como acaso quería también destruirse, pero sigo convencido de que aquel policía mulato era un hombre de mirada buena. Simplemente ya estaba cansado, abrumado de sí.
–Su carné –dijo.
Yo no tenía carné. Se lo dije. Yo estaba sentado en el contén de Fonts y Beales, justo frente a mi casa. Pero esto no se lo dije.
–Me tienes que acompañar –dijo.
La idea me pareció fatal. Se lo dije. Me dio un empujón y me esposó con destreza, las manos a la espalda. Me dolió, pero no se lo dije.
Nos montamos en el patrullero y el carro aceleró Fonts arriba y luego frenó Rafael de Cárdenas abajo hasta parquear frente a la estación, a un costado del parquecito infantil en ruinas.
Yo era un hombre bueno y lloraba. Él me miraba azorado, rascándose la cabeza bajo una gorrita azul. Su mirada se hizo entonces demencialmente buena. Se lo dije.
–Cállate ya, pareces una muchachita –dijo.
Y yo le hice caso. Y así perdimos nuestra única posibilidad en cincuenta o acaso quinientos años de sostener una verdadera conversación.

( III )

Ya es muy sospechoso hasta que exista el lenguaje. Y que además existan los vagones oxidados de Ferrocarriles de Cuba, varados en el crucero de Luyanó. Y los Ómnibus Metropolitanos cruzando los rieles, desconfiados, como fieras a punto de ser cazadas por un plomazo. Y la línea amarilla sobre la calle zigzagueante por el calor que ha derretido al asfalto. Y metrobuses y rastras y bicitaxis. Y los pies planos de peatones tan cansados como cualquier policía. Y tan planos como cualquier primera plana del periódico Jairenik. Y el pregón del chinito Fú: ¡Jailení, Jailení, Jailení…! Y la mano extendida de los mendiguitos de fonda, sentados en corro en la antigua sandwichería de Concha y Luyanó. Y las flores naturales, como plásticas: gladiolos, rositas búlgaras y azucenas. Y tu ausencia radical en La Habana, salvo en mi cuarto. Y tu foto sonriendo tristísima, descolgada en mi pared, olvidándome desde cualquier otro barrio del mundo. Miami, México, Montevideo, Manila, Moscú, Milán, Marsella, Melbourne, Madrid o La Meca: amnesia de la m. Y la sonrisa aún más triste de Celia descolgada en blanco y negro sobre el lobby de la estación 666. Y yo, el tigre que ignora a cuál de sus sucesivas jaulas recién lo han trasladado.

( IV )

Me tomaron las huellas digitales. No había tinta y lo hicieron con el repuesto abierto de un bolígrafo. Tinta azul, como la gorra del mulato del carro y el cielo espléndido de aquel febrero y los uniformes de todos los hombres allí. Hombres buenos obligados a gustar del mismo color de tela.
Por primera vez vi mis huellas. Toda huella parece la de un criminal. Pero incluso los criminales no pueden evitar seguir siendo buenos, a pesar de sus huellas en la esquina superior derecha de una Planilla de Detención.
A mi lado una anciana temblaba, sus manos abriendo y cerrando el zípper de su bolsón. Una bolsa de nylon, repleta. Y, apretujadas en la otra punta del banco, dos chiquillas de quince o dieciséis años miraban a Celia o al cielo, pero igual con rabia las dos.
Eran negras, la anciana era blanca. Sin embargo, sus facciones se parecían. Eran las facciones de tres mujeres buenas, las tres imposibles en ningún barrio ni ciudad posible del mundo. Tres tristes rostros para un solo rastro. La huella del tigre, de un azul criminal perfectamente inocente.
Afuera los niños escandalizaban divertidos dentro de su parquecito o paraíso en ruinas.
Un señor vestido de civil caminó hasta mí. Se arrodilló frente al banco y me miró.
–Me han dicho que usted dice que su nombre es William Saroyan –dijo.
Asentí.
–¿Podemos confiar en su palabra? –dijo.
Asentí.
–¿Y en la transparencia de su mirada? –dijo y sonrió.
Y yo también sonreí, y sin darnos cuenta ya estábamos dándonos un largo abrazo ante el espanto de todos. Incapaces de reconciliación, ellos; incapaces de rencor, nosotros. Y entonces el señor vestido de civil me dijo al oído:
–Queda usted detenido.

( V )

En definitiva, son solo días del universo a ras de febrero, tiempo escamoteado por el tedio de mirarlo todo al revés. Una navaja Sputnik, una olla Input, un zapato Amadeo. Nada asienta, todo se purga. Yo tenía una cámara Polaroid y el mundo me recordaba a un escenario instantáneo. Yo tomaba fotos. Naderías. Objetos dejados atrás. Libros sin letras. Miradas vaciadas. Y, aún vaciadas, dolorosamente buenas. Tu mirada, por ejemplo, tomada por otra Polaroid allá lejos, a dos o tres metros de distancia, sobre la pared más solitaria del cuarto y la casa. El mar Caribe, el año Caballo, el azul Industriales. Nada puja, todo se asienta. Y, en definitiva, no son más que días de febrero a ras del universo, todo escamoteado por un tiempo de mirarlo todo al revés.

( VI )

–William Saroyan, ¿acaso no es tu verdadero nombre Rock Wagram? –dijo el investigador número uno.
–No –dije yo.
–William Saroyan, ¿acaso no es tu verdadero nombre Arak Vagramian? –dijo el investigador número dos.
–No –dije yo.
–William Saroyan, ¿acaso no es tu verdadero nombre Aram Garoglanián? –dijo el investigador número tres.
–No –dije yo.
–William Saroyan, ¿acaso no es tu verdadero nombre Wesley Jackson? – dijo el investigador número cuatro.
–No –dije yo.
–William Saroyan, ¿acaso no es tu verdadero nombre Ulises Macauley? –dijo el investigador número cinco.
–No –dije yo.
–William Saroyan, ¿acaso no es tu verdadero nombre Armenak Saroyan? –dijo el investigador número seis.
–No –dije yo–. Ese es solo el nombre de mi padre.
–William Saroyan, ¿acaso no es tu verdadero nombre Takuji Saroyan? –dijo el investigador número siete.
–No –dije yo–. Ese es solo el nombre de mi madre.
–William Saroyan, ¿jura usted entonces llamarse William Saroyan y nada más que William Saroyan? –dijo el investigador uniformado de civil.
–No –dije yo–. Ese es solo mi nombre.

( VII )

Todo hombre es siempre un buen hombre en un mundo malo. Ningún hombre es capaz de cambiar ninguna historia a su alrededor. La soledad y la tristeza son el tributo y el fracaso de todo hombre. Por eso todo hombre es inocente y trágico. Y, aunque sea ignorante y mienta, todo hombre no tiene más remedio que saberlo todo sobre todo, incluido todo sobre su propia culpabilidad: condenado así a callar para siempre toda la verdad. Estas son las reglas del juego.

( VIII )

Salí libre, bajo palabra. Sin fianza, por pura confianza de la institución policial. Cuando llegué a mi casa ya me estaban velando. Mi madre hacía pucheros y mi padre la consolaba:
–No llores, Takuji. Nuestro hijo sabrá salir también bien de esta –le decía–. No olvides que es un Saroyan.
Los vecinos los miraban como si ambos estuvieran locos de atar. Después me miraron a mí como si ellos fuesen ahora los locos de atar. Y, aún después, todos se escabulleron en estampida de mi velorio, los más histéricos pegando gritos de ¡aleluya, ha resucitado, aleluya!
Les di un beso a mis padres y les aseguré que no existía el horror:
–Aquí no ha pasado nada: todo ha sido un error –les dije.
Entonces me tranqué en el cuarto a llorar. Pero no lloré ni una lágrima. Era un llanto de invierno, la estación más seca del año, el viejo siglo y el nuevo milenio.
Miré la foto de mi antiguo amor, también en blanco y negro. Como la de Celia en la estación 666. Como el cielo de cualquier febrero. Y en este punto sonó el teléfono y era ella. Ella, ella, ella. Después de exactamente una década yo volvía a escuchar su voz. La voz de mi amor, o al menos, la antigua voz de mi palabra amor.

( IX )

Todo hombre ha de vivir sin amor si es que ha de buscar siempre al amor. Ningún hombre puede vivir en el amor durante demasiado tiempo, ni tampoco lo desea. Por su parte, el amor se aburre demasiado pronto de cualquier historia de hombre. Estas son, también, las reglas del juego.

( X )

–Te he extrañado mucho –me dijo en armenio.
–Yo más –le dije en cubano.
Hacía años, décadas, medio siglo o acaso ya medio milenio que nadie me hablaba en mi lengua natal. Media frase bastó para restaurarme la patria. Oh, Armenia –recordé un poema de mi prima la Kaputikián–, tus abedules importados como ataúdes de pie y, junto al mar ausente, tus palmeras siempre curvas como guadañas: te adoramos con odio.
–Y yo te adoro también –me respondió al instante–, pero se está acabando mi tarjeta magnética: mañana te vuelvo a llamar.
Y colgó. Mi antiguo amor colgó, colgó, colgó. Quedándose otra vez descolgada sólo de mi pared. Y en lobby de la estación policial 666.

( XI )

El solitario frío, insondable y universal. Tus huellas en el cemento ya rígido de nuestra acera. Tus pisadas disecadas, distantes, definitivamente desconocidas: decepción de la d. El mundo, la ciudad, el barrio: Cuba, la Habana, Lawton. El mar, el año. El repleto del silencio dejado por ti. Las palabras pronunciadas de más, todavía al acecho. Como tigres, como yo. La tristeza de los años ceros en un país no tan desierto como desertado. Cuba, Cuba, Cuba: hipóstasis de patria. Armenia, Armenia, Armenia. Y el mutismo rabioso del carro a mitad de mi vieja Underwood, las teclas oxidadas doblando a rebato sobre el papel: campanadas de una iglesia atea en la esquina de Fonts y Beales. El principio, una historia y el fin.

k abajo

Mi padre había muerto, el buen Armenak (1918-1998).
Lo tendieron en la funeraria de Calzada y K, no lejos del hospital materno municipal: el América Arias.
Capilla K: fue mi madre quien eligió la letra. Le recordaba a su patria, Armenia, que en armenio oriundo se escribe Armenika. Le recordaba a mi propio padre, el cadáver reciente de Armenak. Se recordaba de sí: una viuda súbita llamada Takuji. En ambos casos, Saroyan.
Mis padres fueron primos antes de ser amantes. La familia Saroyan los excomulgó: no toleraban libertades dentro del propio clan. Ellos insistieron.
Después fue la Armenika ocupada quien los excomulgó: tampoco toleraban libertades dentro de sus falsas fronteras impuestas por los rusos, los turcos y los iranios. Ellos insistieron.
Cruzaron en mil dos escalas el continente y el mar, hasta naufragar por azar en otra patria pequeña llamada La Habana, trayendo a Armenika de polizón, doblada mil dos veces junto a los billetes sin banca de sus bolsillos.
Ellos insistieron. Pero ahora la muerte excomulgaba por fin a estos dos primos-amantes de su tan insistente pasión por la libertad.
En la funeraria más lujosa y solitaria del Vedado, La Habana, Cuba, mi madre Takuji me lo advirtió:
–No llores a tu padre, el buen Armenak –dijo–. Llórame a mí, que no me supe morir junto a él. Llórate a ti, que tus padres te humillaron así: primero sin patria y ahora sin familia.
Takuji mi madre todo lo pronunció en armenio suave y frágil, como ella, una lengua aún más muerta que si nadie en el mundo la recordara. Era el lenguaje de la desmemoria y de la frustración como hogar: igual en la patria que en la familia, ya no sabíamos nada de nuestro sino, desterradas con tierra pero sin destino.
Takuji mi madre continuó:
–Vilniak –después de siglos, volvía a pronunciar mi nombre en armenio–, no dejes que tus hijos tengan demasiada patria, ¿sí?
–Sí, madre –le dije.
–Vilniak – insistía Takuji–, no dejes que tus hijos amen demasiado a ningún hijo de patria, ¿sí?
–Sí, madre –le dije.
–Vilniak –sosteniendo con sus manos el peso de mi cabeza, como si aún no me diera crédito del todo–, no dejes que tus hijos te escuchen demasiado. Ni a ti ni a las palabras de tu madre que se te queden por dentro, ¿sí?
–Sí, madre –le dije.
Todo pronunciado en la medianoche con su armenio suave y frágil, como sus manos ingrávidas, como Takuji mi madre toda, como la flacidez del hombre muerto que permanecía tumbado en la caja, todavía con su altanera corbata negra, de algodón de la patria, muerto pero todavía a la escucha de nosotros dos, como de costumbre, incapaz de interrumpir ni a nuestro silencio: Armenak o, como hacía siglos ya nunca yo lo llamaba, Papazik Saroyan.
A esa hora, mi madre y yo éramos los únicos habitantes de la capilla K, en el piso más alto de Calzada y calle K. En el Vedado, 1998: doce de la medianoche.
Hacía también siglos desde que el anciano Armenak se moría, lo mismo que el jovencito Armenak. Su terror a la muerte lo hacía fingirse moribundo ante sí, a pesar de haber sido siempre un hombre vital ante los demás. Así exorcizaba su pánico. Así, y con la compañía parlante de una viuda súbita llamada Takuji.
Mi madre me pidió apagar las luces de la capilla. Fui hasta el interruptor y lo pulsé. Nada ocurrió. La lámpara era permanente.
Con la lima de un cortaúñas zafé el único tornillo remanente en el brake. Halé los cables y ambos cedieron con facilidad. La luz desapareció, o se escurrió por las persianas rotas de la glamorosa habitación.
Regresé junto a mi madre y el largo cirio, fundido con las ceras del eterno panal de abejas de nuestro jardín, ya estaba flameando: Takuji lo habia encendido.
–Vilniak –había olvidado todas las lenguas del mundo y ahora ya sólo contaba con el armenio: su idioma natal junto al Lago Van, 1921–, nadie muere nunca su muerte definitiva. Ahora será necesario ir muriendo a tu padre de cada objeto, de cada espacio, y de cada recuerdo, ¿sí?
–Sí, madre –le dije.
–Vilniak – insistía Takuji–, sabes que ningún hombre es bueno mientras no escuche su nombre en boca de una mujer. Y sabes que todo hombre termina creando de la nada a quien será su mujer. Lo sabes y, sin embargo, tú te resistes. Entiendes que eso pasa cuando no se ama demasiado a la realidad, ¿sí?
–Sí, madre –le dije.
–Vilniak –sosteniendo con las manos la falta de peso de su propia cabeza, como si aún no se diera crédito del todo–, ¿por qué ya nunca hablamos en armenio?
Tenía razón. Ya nunca hablábamos en armenio.
No tenía razón. Ya nunca hablábamos.
Arqueé las cejas. Callé. Hice una mueca con tal de sonreír.
Cerré los ojos. Me doblé sobre su sillón y sentí su aliento. Era suave y frágil, acaso cansado. Como de corteza ahumada de haya. En ese instante me despertó un alarido.
Desde la puerta de la capilla K, cierto funcionario K. pataleaba. Nos insultaba sin inmutarse, apuntándonos con el índice roñoso de su mano izquierda. ¿Cómo rayos habíamos conseguido apagar la luz...? Eso estaba terminantemente prohibido por la administración. Éramos unos irresponsables, unos transgresores, casi unos excomulgables por la institución funeraria: la vieja historia congénita de los armenios.
El señor K. trajo a otros señores K. y entre todos restauraron la luz: una bombilla de al menos un kilowatt. El cirio de cera ahora ya no iluminaba junto a la caja. Miel inútil de flores procesadas por abejas obreras.
Mi madre se escupió los dedos y lo apagó. Agradeció en cubano correcto a la comitiva estatal, y me pidió en armenio también correcto que la dejase sola un buen rato. Había un rencor funéreo en semejante corrección: un odio póstumo que yo no recordaba en ella.
–Sí, madre –le dije, y salí.
Salí de la capilla K al parquecito en cuchillo de Calzada y K, donde se alzaba el edificio de aquella funeraria republicana.
Seguía siendo El Vedado, 1998: doce y un poco de la medianoche. Decenas de hombres dormían sobre los bancos de mármol y el césped de tierra, a lo largo de la calle Calzada y casi hasta el Malecón. Su sueño parecía demasiado profundo para ser dolientes de los cadáveres tendidos en cada piso de la funeraria.
Una viejita vendía café de un termo y yo remonté por K hacia arriba alejándome del mar. Pensaba en la vida de mis padres y en la vida en general. Recordé aquellos libros de grandes caracteres armenios que me leían durante la infancia. Son treinta y ocho letras y son muy bellas de dibujar, pero aún más hermosas de pronunciar. Recordé la cúpula siempre nevada del monte Ararat, tal como se ve desde la capital Eriván: una cumbre ahora olvidada al otro lado de la falsa frontera con la Turquía de verdad. Recordé las historias del genocidio y el odio genético a la palabra otomano.
Tres cuadras después alcancé la gran avenida. Vi el parquecito en cuchillo enclavado entre Línea y K. Me acerqué al busto de bronce y era, como de costumbre, Mustafá Kemal Ataturk (1881-1938): padre de la nación turca y despedidor de duelo de la desnación armenia.
Paz en el país, paz en el mundo: decía una tarja a esa hora casi ilegible por la carencia de luz. Fui tanteando el sobrerrelieve de caracteres latinos. Pax turka, pensé, y me senté bajo el farol sin bombillo o con el bombillo fundido, no sé.
Yo pensaba y pensaba, y de tanto en tanto algún carro fúnebre bajaba sin caja rumbo a occidente, por la calle K, iluminándome con el spotlight amarillo de sus faroles. Era una paz desproporcionada y aterradora. Yo pensaba y pensaba en el amanecer de un nuevo mundo cuando por fin amaneció en el viejo mundo de este lado del Atlántico.
Los gorriones piaban con rabia, expiaban sus frustraciones de la última noche. Una pareja se posó en la calva metálica del Ataturk. Jugaban, probablemente hoy terminarían por hacer el amor. Muchas veces: rápido, pero muchas veces. Literalmente como gorriones.
El macho se limpió el pico en el busto, mostró por última vez la altanera corbata negra alrededor de su cuello, y voló hacia ningún cielo en especial.
La hembra engrifó las plumas de la cola, dejó caer una copiosa cagada líquida, y también voló en la dirección trazada por su pareja. Hacia el oriente, hacia el hospital materno municipal: el América Arias, literalmente de Armenika a América.
Volví casi al galope K abajo hasta alcanzar la capilla K de la solitaria y lujosa funeraria de la calle Calzada.
El velorio de mis padres sería ese viernes de invierno a las ocho y media de la madrugada.
Yo sería el único doliente en asistir y me resultaba imposible desistir ahora.
Sólo eso.

¡takuji, vaiotz…!

Llegué a casa y mi madre estaba sentada en el baño, la cabeza metida en la taza. Vomitaba. Tenía prendido nuestro obsoleto aparato de pilas, sintonizado en Radio Reloj. En Cuba eran las tres y media de la madrugada.
La tomé por los hombros. Pesaba poco. Toqué su frente. Quemaba de frío. Cogí una toalla y la limpié. Ella sólo me dijo:
–Vilniak, ¡qué humillación…!
Últimamente siempre me hablaba en armenio. La frase qué-humillación en armenio se resume con una larga sílaba de tres vocales y tres consonantes. Es difícil de articular y, tal vez por eso, se pronuncia exclusivamente en situaciones desesperadas. Es decir, irreparables. Es decir, ante la derrota o la muerte: constantes del Cáucaso.
–Vilniak, ¡vaiotz…! –repitió mi madre y se miró en el espejo del baño.
Me abrazó.
Me abrazó más fuerte.
Me abrazó todavía más fuerte.
Me llamó hijito muchas veces hasta que la voz por fin la traicionó, rajándosele en la garganta. Entonces me liberó de su triple abrazo y me ordenó retirarme a dormir.
Obedecí. Su tono de mando no permitiría otra cosa. Hubiera sido un ultraje intentar una réplica.
En mi cuarto me recliné contra la cabecera de la cama. Allí esperé que pasaran los minutos de Cuba, con la esperanza infantil de que por algún juego o milagro el tiempo se detuviera o echase a rodar al revés.
Por supuesto, nada de esto ocurrió. Media hora quisquillosamente exacta después, según Radio Reloj, oí el barullo entre las palanganas del baño: mi madre a la carga por segunda vez. Ahora haciéndose notar para que yo bajara y me hiciese cargo de la situación. Takuji se rendía, Takuji Saroyan de Saroyan: 1921-1999.
En verdad, ¡una humillación…! Sobre todo por la ausencia de familiares o al menos la de mi padre, el buenazo de Armenak (1918-1998). La de mi madre sería pues, una muerte de un sólo testigo. Y en este caso el peor de todos: su único hijo, yo (1971- ). En verdad, Vilniak, ¡vaiotz…!
Bajé. Mi madre otra vez se sentaba en el baño. Otra vez en el piso del baño, la cabeza metida en la taza otra vez. Vomitaba. En Cuba eran las cuatro y nada de la madrugada.
La tomé por los hombros. No pesaba. Toqué su frente. Quemaba de fuego. Cogí una toalla y la limpié. Un simulacro: sus arqueadas la vaciaban no de líquido sino de aire. Ella no me dijo más nada. Su destino corría ahora por mí: Takuji no deseaba importunarme con el recuerdo de yo no haberlo intentado todo en el último instante.
La cargué hasta la sala y la acurruqué en el sofá. Takuji mi madre recién se había convertido en Takuji mi hija. Y como tal se daba incluso el lujo hasta de lagrimear.
Retrocedí por el pasillo y descolgué el teléfono. Marqué. Un funcionario de la salud pública de La Habana me obligó a deletrear dos veces nuestra dirección de Lawton (F-o-n-t-s y B-e-a-l-e-s), más el nombre de la paciente y de quien reporta. Al final me aseguró que en quince minutos estarían allí.
En quince minutos estuvieron allí, medidos al tedio de Radio Reloj.
La ambulancia era blanca, redonda, con caracteres arábigos y una media luna roja en el lugar de la cruz. Parecía una concha, un caracol rodante, una almohada manchada por aquella media uña roja o acaso media hoja de hoz.
Los uniformados, también de blanco, invadieron la casa. Contemplar a aquellos desconocidos arrastrando una camilla desde la acera al portal a la sala, y después al revés, desplazando muebles y distorsionando el espacio, me hizo entender que nos aproximábamos a nuestro fin: el fin metafísico de nuestra cronología privada (de pronto desinflada por la intromisión de una muerte en público) y el fin físico de Takuji Saroyan mi ex-madre: en verdad, ¡una doble humillación…!
Las sirenas sonaron: ulular a rebato, escándalo gratis, pues las calles permanecían sin vida. Lejos de todo, inaccesibles al mundo, parpadeantes de rojo, verde y amarillo en cada esquina, como de juguete.
La ambulancia también simulaba un juguete caro, de baterías recargables de cadmio, y viajar dentro de ella era poco menos que una alucinación. Takuji me tomó de la mano y me haló hacia sí. Yo fingí ser halado por aquel gesto sin gasto. Me incliné sobre ella y coloqué mis orejas sobre sus labios. Entonces la oí:
–Vilniak –dijo–, ¿recuerdas nuestras vacaciones de veraneo junto al Lago Sevan?
–Sí, madre –le contesté.
–Vilniak –dijo–, ¿recuerdas la noche en que desapareció tu prima poeta, la Kaputikián?
–Sí, madre –le contesté.
–Vilniak –dijo–, quiero decirte que esa chica ya ha muerto: no nos engañemos más, por favor...
Las puertas de la ambulancia se abrieron de par en par. Afuera estaban los techos de lata de la antigua Eriván. Al fondo, la cumbre helada del monte sacro Ararat, en territorio ocupado por generaciones y generaciones de turcos otomanos. Y ni uno sólo de ellos fue un hombre malo: ellos tampoco pudieron evitarlo, como Takuji mi madre ahora. Y encima de la montaña, un arca de madera de haya con la proa hacia el Hayastán: el nombre secreto de la vieja patria Armenika.
Las puertas de la ambulancia se abrieron de par en par. Afuera seguía la misma esquina remota de Lawton: Fonts y Beales. Al fondo una caoba, con comején y con Cuba: complicidad de la c. Y la familia Saroyan-Saroyan tomando posesión de su último refugio en el mundo: cubil cubano.
Las puertas de la ambulancia se abrieron de par en par. Afuera estaba el mes de agosto de 1999, casi a ras del alba. Los uniformados de salud pública rastrillaron la camilla hacia fuera. Con ellos desapareció mi madre y las botellas de vidrio y los manguerines plásticos y el tictac de la alta tecnología electrónica y el eco bajo de las palabras calladas por ella, un silencio articulado llamado ex-Takuji mi madre.
Eso fue todo.
Seguí a la caravana hospital adentro, pensando en el porqué de la mención de mi prima justo ahora, dos décadas después de la noche de su desaparición. Pensaba, también, en la imposibilidad de conferir un sentido a cualquier objeto o evento a nuestro alrededor. Y en que todo hombre habita en su propia ignorancia, como bien él sabe. Y en que todo hombre resulta a la par demasiado lastre y demasiado ligero para su propio peso y su ingravidez. Y en que, en consecuencia, no existe experiencia humana desprovista de locura. Y que es justo así que emana nuestra más humillante grandeza.
Pusieron a Takuji y sus andariveles en la saleta de Observaciones, camastro 666. Dos sueros, un respirador, y cinco o seis electrodos: así la observarían mejor. Desde la pared, la mártir que daba nombre al hospital también observaba la escena. Era una mujer muy hermosa, su mirada no parecía cubana. Por lo demás, el resto de los pacientes lucían el mismo atuendo que mi familiar: ni un cable más ni un cable menos. La rutina lo homogenizaba todo, supongo. De suerte que nuestra pena fuese impersonal.
Pregunté a todos quién era allí el doctor. Sólo encontré enfermeros. Busqué por los pasillos laterales y finalmente hallé al médico de guardia, sentado tras un enorme buró. Daba una consulta. Me indicó esperar. Esperé y luego me desconsoló:
–Se puede esperar lo peor –dijo–. Hace años que su corazón no late: forcejea.
Y volvió a sentarse tras su buró. Otro paciente se impacientaba ante él. Y en la puerta, dos más. Y dentro parado, yo. Y en la saleta contigua, mi madre y sus seis compañeros tendidos, cuyos corazones acaso hacía ya años que no latían: forcejeaban.
Salí al pasillo, salí al portalón, salí al alba de Cuba en el crepúsculo de un siglo y también un milenio. Amanecía. Los vendedores de café en termo se apelotonaban para así defenderse mejor de sus compradores. Sentí un sueño mortal, un aburrimiento definitivo, y unas ganas enormes de articular al menos media frase en armenio. Entendí entonces que eso era todo. Que yo había vapuleado la voluntad de mi madre, obligándola a exhibir su cruda condición de cuerpo. Supe así que Takuji mi madre recién había muerto sin volvernos a hablar.
Vi un teléfono público. Lo descolgué. Se demoró casi un minuto pero al final me dio el tono. Colgué sin tocar un número. Era un teléfono nacional y ya dentro de Cuba no me quedaba nadie a quien llamar.
Me alegré de este pequeño descubrimiento. Por fin ahora Cuba se me equiparaba realmente a Armenia. Una patria, pasto para el pasado, parientes precarios: imposibilidad de la p.
Volví del alba al portalón al pasillo a la saleta de Observaciones. Todas las camas seguían ocupadas, incluso la 666, pero Takuji mi madre ya no estaba allí. La bella mártir descolgada de la pared esquivó mi mirada. La comprendí y la amé por su rubor tan humano.
Otra vez pregunté a todos quién era allí el doctor. Sólo encontré enfermeros otra vez. Busqué otra vez por los pasillos laterales y otra vez finalmente hallé al médico de guardia en su guarida, sentado tras su aún más enorme buró. Daba otra consulta. Me indicó esperar. Esperé. Y luego me consoló:
–Se hizo lo mejor que pudimos para evitar lo peor –dijo–. Hacía años que su corazón no latía: forcejeaba.
Y volvió a sentarse tras su buró. Otro paciente se impacientaba ante él. Y en la puerta, una docena más. Y dentro parado, yo. Y en algún almacén público del hospital, el cadáver de mi madre tendido para mayor humillación de los dos: ¡Takuji y Vilniak (ahora de pronto William), vaiotz...!
Salí al pasillo, salí al portalón, salí al amanecer de Cuba: por fin mi segunda patria. Atrás quedaba el borroso hospital con sus muertes obligatoriamente gratuitas. Pensé en mi prima poeta, la Kaputikián. Pensé en mi primer y acaso último amor, Ipatrik. Pensé en todas las historias no escritas del mundo y en la imposibilidad de alguna vez escribir alguna. Era un vahído vacío.
Yo caminaba. Huía hacia nuestra casa de Lawton. Me sentía mareado, no sé si avanzaba. Los neumáticos chirriaban a mi alrededor y los rostros se desenfocaban. Un vértigo, yo caminaba. Abrí la puerta y el paisaje de los muebles y adornos me sonó como un bofetón. Sentí náuseas, yo caminaba sin dar un paso.
Avancé dando tumbos por el pasillo y me senté de un tirón en el baño. En el piso del baño, la cabeza en la taza. El asco me sobrellevaba. Vomité.
Vomité, vomité, vomité.
Vomité, vomité, vomité, vomité, vomité, vomité.
Al ritmo tedioso del aparato de pilas, que se nos había quedado prendido desde la mitad de esa madrugada cubana.
En Cuba los radios y los relojes continuaban todos con su tictac triunfal, mas yo era un huérfano doble y ahora estaba doblemente mareado.
Acaso en Armenia seguirían siendo las tres y media de esa madrugada cubana. Un veranazo tórrido de 1999, entre diásporas, terroristas, meses de agosto, y la humillación de una patria propia impuesta demasiado tarde: ¡Armenika, vaiotz...!
Me limpié los restos de aquel vómito de aire, subí a mi cuarto, y me dormí como un niño: entrañable y desesperadamente rendido.

la muerte de los niños

Una vez tuve una prima. Se llamaba Munka y era poeta, si bien contaba apenas con trece o catorce años. De hecho, Munka era sólo el chiqueo de su aristocrático nombre, no muy bien mirado por los comisarios soviéticos de la Unión: Silviartaxata Mun Kaputikián.
Fue durante una de nuestras tantas vacaciones de veraneo junto al Lago Sevan, supongo que en mil novecientos setenta y algo. La familia en pleno reunía anualmente sus dos ramales allí: los Saroyan proletarios de la capital pero sin capital (nosotros), y los Kaputikián del valle fértil y los volcanes de alcurnia, incluso dormidos (ellos).
En la casona siempre sumábamos cerca de cincuenta, aunque cada año moría al menos una docena. De manera que, por motivos de simple lógica de la memoria, asumamos ahora que ese verano sumamos excepcionalmente unos veinte, entre los cuales nos encontrábamos, por supuesto, los primos.
Mi prima Munka se negaba a comunicarse en armenio: el ruso del Pedagógico Interestatal le parecía mejor. La familia en pleno arqueaba las cejas, pero nadie la rectificaba. Por lo demás, por cuestiones de trabajo, sus padres residían bastante tiempo en Moscú y, en definitiva, se trataba sólo de una chiquilla con ínfulas de llamar la atención: ese era el comentario que la justificaba.
Munka era pionera de vanguardia, y esto se notaba especialmente en su manera de rimar el final de cada renglón en cada uno de sus poemas. Hay vocablos y frases que marcan internamente el pensamiento de toda una generación. Para mí, todos aquellos versos y consignas conformaban en realidad un sólo poema épico, cósmico a la par que cómico, y aristocráticamente proletario, que si tendría algún título este sería, por supuesto, aunque ella misma despreciase mi teoría, el de Silviartaxata Mun Kaputikián: su nombre.
Mi prima Munka, además, era campeona nacional de ajedrez en su categoría pioneril, y en dos o tres superiores también, y hasta se oían comentarios de que, rebasadas no sé qué pruebas y formalidades de la federación internacional, Munka bien podría representar a la Unión de Repúblicas en las Olimpiadas de 1980, a desarrollarse precisamente en su adorada Moscú. Lástima que no fue así.
Ese verano, el lago Sevan olía a pescado muerto más de lo habitual. Bañarse en él era como darse un chapuzón en una enorme cacerola tibia de sopa. Lo odiábamos. Considerábamos todo aquel vacacioneo peor que un ritual de iglesia o un mitin escolar. De manera que, cada cual con su propio pretexto, los primos comenzamos a escabullirnos de aquella acampada diaria entre las márgenes del Sevan y las de río Kurá.
Una tarde sumábamos (reitero que por motivos de la eficacia anecdótica) cinco primos, más Munka y yo. Es decir, siete desertores en total. Y los siete subimos a la buhardilla de la casa. Y de la buhardilla nos encaramamos clandestinamente hasta la azotea por un tragaluz que, tras mucho esfuerzo, logramos forzar haciendo palanca con un bate de hockey.
Desde allá arriba teníamos la impresión de dominar medio Valle de Araks, media República Socialista de Armenika, medio Cáucaso pacificado, y acaso media Unión Soviética también. Era eufórico.
Serían las tres o cuatro de la tarde y el sol ya era noble, un redondel naranja sobre el espejo siempre sepia del lago Sevan: aquellas aguas ni siquiera en verano reflejaban el azul añil saturado arriba; aquel era un líquido más bien reacio de cielo, tal vez por las demasiadas historias de ahogados por mano propia o criminal o divina o histórica.
Nuestros nombres de pila eran: Dikran, Kosrove, Gurken, Sirak, Melik, mi prima Munka y yo: todavía Vilniak. Así que fue a Dikran a quien se le ocurrió:
–Juguemos a las hormigas –propuso.
–¡Sí, sí, bravo! –rompimos todos en aplausos, él incluido–: ¡Da, da, hurra! –vitoreaba la prima.
Es realmente contagioso un aplauso. Puede que al final sea justo eso lo que todos anhelamos de niño primero y de adulto después: aplaudir y, de ser posible, aplaudirnos. En Eriván, Moscú, New York o La Habana: la naturaleza humana no da para mucho más.
Así que fueron Kosrove y Gurken los que bajaron por el tragaluz hacia la buhardilla, y de ahí siguieron el descenso hasta la cocina de la casona, donde se robaron el pomo de mermelada de haya que entre los dos subieron de vuelta a nuestro puesto de observación.
Así que fue Sirak quien le forzó la tapa y lo abrió, y fue Melik quien le acercó la nariz:
–Es hediondo –aprobó, y uno a uno fuimos probando su aprobación: en efecto, la mermelada olía a animal podrido desde el invierno.
Rifamos en suerte quién sería el de la mala suerte esa tarde. Teníamos estrictamente prohibido jugar a las hormigas. De hecho, esas vacaciones sería la primera vez que lo hacíamos. Y me tocó a mí.
–Con Vilniak no, que es muy chico –me defendió inesperadamente mi prima–: ¡yo tomaré su lugar! –y dio un paso al medio del pequeño corro de niños.
Recuerdo que fue Dikran quien dirigió la tortura. Esa tarde mostró un talento sobrenatural. A ratos diríase que imitaba al villano de alguna película de espionaje, pero a ratos yo diría que no: Dikran Kaputikián, con apenas una década de vida, ya era un experto torturador, aunque para ello hubiera tenido que estudiar las costumbres y mañas de todas las especies de hormigas que pueblan esta o aquella latitud.
Korove y Gurken se limitaron a obedecer como verdugos (actuar directamente sobre la torturada), Sirak y Melik ejecutaban bajo protesta semejante rol tan trivial (localizar los insectos), y yo sólo miraba: me imaginaba a mí mismo en el lugar de Munka, semidesvestido y atado con mis propias ropas, la piel embadurnada de aquel gel de hayas hecho acaso por la tía Vava.
Entonces llegó el momento. Colocamos el cuerpo de Munka bien cerca del peor hormiguero. Había tres en la azotea de la casona: al menos eran tres los que Sirak y Melik localizaron. Dirak trazó una mecha de mermelada entre el cuerpo maniatado de la prima y la boca del hormiguero, y dio la orden de comenzar a contar.
No teníamos reloj, de manera que sería un conteo al azar. Habíamos acordado con Munka hacerlo sólo hasta mil, pero era evidente que no sería necesario pecar de tan quisquillosos, pues por simple inspección visual podríamos decidir si continuar o parar, según la violenta reacción del torturado y, por supuesto, la virulenta acción y el número de las hormigas complotadas.
Después de todo, el juego era muy divertido y entrañaba una gran responsabilidad porque, a pesar de los gritos y las amenazas (por esta vez en lenguaje de mudos, para no delatar nuestra ubicación), nadie quería mutilar realmente a quien resultase seleccionado. Al contrario, dado que éramos un grupo bastante cerrado, era muy importante conservar la confianza entre nosotros, para que así el juego no se agotara ante la falta de concursantes. Como, de hecho, esa tarde se agotó. Y no sólo en la región del lago Van sino tal vez en el resto de Armenia: en lo personal, nunca más he oído ni leído una frase sobre la ancestral costumbre infantil de nuestra patria natal.
Enseguida perdimos la cuenta: tal vez no pasamos de cien segundos hablados. Ni de diez. Fue fulminante, súbito. Y lo peor no fueron las hormigas, como pudiera pensarse (que en esa ocasión se mostraron particularmente incisivas y voraces, penetrando sin previo aviso por cualquier agujero de la prima Munka: excepto su boca, que permanecía amordazada), ni tampoco fueron los retorcijones de aquel cuerpecito de animal doméstico que va a ser sacrificado. Oh, no. Lo peor fue el pánico colectivo que se instauró al reparar, todos a la una, en la excesiva realidad de nuestro espectáculo: ¡ante nosotros estaba sucediendo algo real y teníamos inmediatamente que actuar! O, de lo contrario, ya sería demasiado tarde para actuar (como fue la cosa), aún si alguien se atreviese a llamar a algún adulto (que no fue el caso): pues ninguno de ellos podría, por lo demás, meter su corpachón caucasiano por el boquete forzado en el tragaluz.
Y, en medio de aquel caos repentino, y de las órdenes y contraórdenes de Dikran el torturador, y del correcorre en sentidos opuestos de Kosrove y Gurken, y de las gesticulaciones inútiles de Sirak y el llanto paralizante de Melik, por algún azar el pomo de mermelada cayó en mis manos, y de mis manos cayó entonces por ningún azar contra el piso, reventándose en mil añicos de vidrio y en mil lanzas filosas y microscópicas, cada una con el típico sabor y el hedor de las hayas sobrecocidas.
No estoy seguro, pero estoy seguro que lo tiré para detener aquella escena que enseguida me repugnó: romper el maldito pomo había sido mi tímida manera de dar a todos un piñazo colectivo y gritarles en pleno rostro: «Con Munka no, que es una chica», la defendería tan inesperadamente como ella a mí: «¡yo tomaré su lugar!», y hasta daría un paso al medio del pequeño corro de niños, o saltaría al vacío del primoroso paisaje con tal de escapar entonces de aquella trama o trampa o no sé.
Tras la sonora explosión, calló Munka y callamos nosotros. Aún seguiría siendo un verano de mil novecientos setenta y algo, supongo. Pero el mundo nunca sobreviviría igual.
La mermelada sepia se fue oscureciendo en silencio (primero rojo, después pardo, después marrón, después violeta, después negro), como la tardenoche misma de Armenia, y allí permanecimos nosotros, mudos, de pie, impávidos hasta rebasada la medianoche y sus gritos exasperados en boca de nuestros padres, tíos, y primos no convocados a la reunión.
Munka brillaba. Parecía vestida de novia de tan blanca que lucía su piel bajo la luna de Eurasia. Las hormigas, al parecer, habían perecido por el exceso de mermelada o de sangre: tal vez todas se habían ahogado, porque nuestros pies descalzos no dejaban lugar a la confusión. Era un hecho que la azotea estaba ahora inundada, al menos hasta mis tobillos: si bien yo era entonces muy chico, como Munka misma lo reconoció.
Dikran fue el primero que no aguantó. Hizo algo parecido a mi plan tras estrellar aquel pomo de gel: se estrelló él mismo desde otra azotea. No de aquella (a la cual no regresamos ya más en verano), sino desde el noveno piso de la Academia Premilitar David Zazonski, cuando apenas le faltaba la ceremonia de graduación para entrar a la Universidad Militar Interestatal, y convertirse en un piloto de guerra o hacerse matar en el intento.
Kosrove y Gurken quedaron enfermos de por vida. La leucemia le lamió la sangre al primero, como una lengua luenga de fuego fatuo: primero rojo, después pardo, después marrón, después violeta, después negro. Esto fue a finales de 1991, cuando ni la URSS en desintegración, ni la Armenika libre en formación, podían hacer algo por él (de hecho, era un Saroyan, y todos han terminado muy pobres).
Al segundo, fue otro tipo de cáncer, algo más lento pero igual voraz, acaso como las hormigas: una tumoración inoperable por dentro del corazón, la que no quiso ahogarse (como las hormigas) con decenas de sueros y radiaciones que lo desangraron, gota a gota de hemoglobina, antes de cumplir veintitrés.
Sirak todavía vive, pero ya está muerto. Lo atropelló un auto tras el tercer terremoto de Leninakán. Ni siquiera respira solo. Un aparato estatal se encarga de conservarlo con vida para el futuro de la patria: allí, tal vez, alguna técnica sofisticada podrá, esta vez sí, hacer algo por él.
Melik ya murió, pero sigue vivo. Puso una bomba en el Parlamento a finales del año cero, cuando en el Azgayin celebraban con bombo y platillo la primera década de la Segunda República en libertad (1991-2000). Nadie, salvo él, murió en la acción, y su nombre fue tratado en los medios como el de un mediocre Saroyan más. Pero, desde entonces, varios comandos urbanos han tomado su nombre como bandera: al parecer, con apoyo relativo de las guerrillas armenias que operan más allá de nuestras falsas fronteras.
Por lo demás, yo ni siquiera me llamo ya Vilniak. Mi madre prefirió William, si es que habíamos de vivir para siempre en América, como de hecho ocurrió. Ahora mi nombre es William Saroyan y no hago nada salvo escribir. Lo mismo cuento sobre mis primos que sobre mis padres que sobre mi amor. En cualquier variante, siempre cuento sobre la muerte. En un final, no puedo ni deseo evitarlo, para algo estuve años y décadas como espectador: ahora tengo pánico de que muera también mi memoria del espectáculo, y es por eso que trato de inventarme una entera por escrito, aunque ya sólo encuentre retazos sin mayor cohesión que sus incoherencias. Acaso terminaré siendo otro Saroyan remendón más: remedo de ningún escritor en especial, miedo de imitar demasiado a todos a la misma vez.