Virgilio Piñera, "Los siervos"

presentada por la revista cacharro(s) en el expediente 5, marzo-mayo de 2004. Descargar este número en word.

ver referencia a "los siervos" en lanzar la flecha bien lejos

publicada originalmente en la revista ciclón, no.6, vol I, noviembre 1955



PERSONAJES POR ORDEN DE APARICIÓN:

Orloff . . . . Primer Ministro
Fiodor . . . Secretario del Partido
Kirianin . . . General del Ejército
Nikita . . . . Filósofo del Partido y Siervo
Stepachenko . . Espía
Adamov . . . Señor encubierto
Kolia . . . . Obrero
Un oficial


ACTO ÚNICO

CUADRO PRIMERO

Decorado:
Un despacho. Óleo de Lenin al fondo. A la izquierda, óleo de Stalin. A la derecha, gran mapamundi. Debajo del cuadro de Lenin, mesa de trabajo. Al centro de la escena, cuatro butacas de cuero rojo. Junto a una de las butacas, una lámpara de pie, encendida. Orloff, Kirianin y Fiodor están sentados en las butacas.

Escena Primera.
Orloff, Kirianin y Fiodor.

Orloff: Acá entre nosotros, confesemos, camaradas, que Nikita es un maestro. ¡Declararse siervo a estas alturas! Tal cosa no es posible, y sin embargo...

Fiodor: Puede ser una conspiración.

Kirianin: Imposible, camarada. El miedo te hace ver fantasmas. Toda la tierra y todos los hombres están comunizados. (Pausa.) Parece que el camarada olvida el triunfo de la revolución mundial. ¡Y en toda la línea!

Orloff: Camarada Kirianin, no perdamos el tiempo relatando lo que ha hecho el comunismo en un siglo. Discutamos sobre las medidas a tomar con el camarada Nikita.

Kirianin: ¡Nikita! ¡Nikita! De Nikita a nikitismo sólo hay un paso. Y entonces... ¡la debacle!

Fiodor: Pues bien, ese es el paso que Nikita no debe dar. Parémosle en seco.

Kirianin: Muy fácil decirlo, pero... hacerlo. (Pausa.) Camarada Orloff, propongo la desaparición del camarada Nikita.

Orloff: Nada de desapariciones por ahora. Los mártires son peligrosos. Que Nikita siga viviendo ignorado.

Kirianin: Todo esto me sorprende en Nikita. Es el filósofo oficial del Partido. Ahí están sus libros: cuarenta tomos escritos martillando sobre el igualamiento del género humano, y todo eso para declararse siervo de la noche a la mañana. (Pausa.) Sin duda, hay algo podrido en Nikita.

Orloff: Cuando un hombre se convierte en acción no puede hacer otra cosa que actuar. Si Nikita luchó para subir, ahora tiene que luchar para bajar.

Kirianin: Eso es lo que vamos a impedir que haga. Si el Partido ha subido hasta su punto más alto, si de ahí en adelante no hay más altura, no veo por qué tengamos que empezar el descenso. (Pausa.) Si Nikita quiere bajar, que baje las escaleras de su casa...

Orloff: El momento es bien grave para gastar bromas. (Pausa.) No olviden ustedes que Nikita ha lanzado un manifiesto preconizando el servilismo, declarándose siervo y pidiendo entrar al servicio de un señor.

Kirianin: Pero ni en Rusia ni en todo el planeta quedan señores.

Fiodor: Eso quisiera saber: ¿siervo de qué señor?

Orloff: Nada de esto tiene importancia. Lo esencial es que Nikita se ha declarado siervo. (Pausa.) Y esa declaración ha sido publicada en Pravda por el propio Nikita. ¡Qué descaro!

Fiodor: ¿Y cuál ha sido la reacción de las masas?

Orloff: Bien, para decir verdad no han reaccionado en ningún sentido. Cuando se ha llegado a la cima del mejor de los mundos, es difícil reaccionar. (Pausa.) Las masas han leído el manifiesto sin leerlo.

Kirianin: Entonces no veo la razón de esta conferencia. He suspendido mi cacería. (Se levanta.) Creo que estoy a tiempo todavía...

Orloff: (Haciéndole sentar de nuevo.) Me extraña, camarada Kirianin, tanta ligereza. Si es cierto que las masas, ebrias de felicidad, leen sin leer, no es menos cierto que Nikita pueda empeñarse en hacer que las masas lean leyendo.

Fiodor: ¡Formidable! Así empezó el Partido y así puede acabar el Partido. (Pausa.) Sin duda, el momento es grave.

Kirianin: Podríamos reeducar a Nikita.

Orloff: ¡Cuándo se ha visto que un comunista pueda ser reeducado!

Kirianin: Nikita es comunista, Nikita se declara siervo. Nikita se reeduca, por tanto, un comunista puede ser reeducado.

Fiodor: Eso es precisamente el clavo ardiente en este asunto. Teóricamente, un comunista no puede descomunizarse. Digo teóricamente pensando en los viejos tiempos del capitalismo. En esos tiempos, un comunista débilmente comunizado, podía pasarse al campo capitalista. Pero camaradas, ¡hoy! Hoy los cientos de millones del planeta Tierra son todos comunistas. Si no hay capitalismo, si sólo hay comunismo, ¿a qué campo pretende pasarse Nikita?

Orloff: Muy claro: al campo del servilismo. (Pausa.) Nikita quiere empezar de nuevo.

Kirianin: ¡Es un viejo romántico! (Da un puñetazo sobre el brazo de la butaca.) ¡Chochea, sí, chochea!

Orloff: ¡Calma, mucha calma! Nada resolveremos gritando y gesticulando. (Pausa.) El problema es este: encontrar una solución al caso Nikita.

Kirianin: ¿Cuál es la solución?

Orloff: Por el momento, ninguna.

Fiodor: Yo propongo una desaparición discreta.

Orloff: Nada de desapariciones. Mientras Nikita esté visible para todo el mundo nadie lo verá, pero si Nikita se hace invisible para todo el mundo, todo el mundo arderá en deseos de verlo.

Kirianin: Pero Nikita podría morir de "muerte natural"...

Orloff: Entonces el pueblo, al enterarse de la muerte natural de Nikita, leerá, leyéndolo, el manifiesto. De ahí a elevarle un sepulcro frente al sepulcro del Antisiervo, no hay más que un paso.

Kirianin: ¡Uf! Eso sí sería grave: masas servilizadas desfilan en silencio ante la tumba de Nikita, el gran servilista.

Orloff: Te ríes, pero eso sería, prácticamente, la situación. (Pausa.) No, nada de desapariciones.

Fiodor: Entonces dejémoslo al tiempo. El tiempo se encarga de todo. Es con el tiempo con lo que hemos llegado a la dominación mundial.

Orloff: Pero también tiene Nikita su parte en el festín del tiempo.

Kirianin: Nikita es una bomba de tiempo.

Orloff: Justo eso: una bomba de tiempo. (Pausa, se pone de pie.) El Partido nunca supo de una situación como esta. Estamos inmovilizados.

Kirianin: ¡Movilicémonos! (Camina a grandes pasos.)

Fiodor: ¡Movilicémonos! (Camina a grandes pasos.)

Orloff: (Desplomándose en la butaca.) ¡Inmovilicémonos! (Pausa.) Debemos lograr a toda costa que siga Nikita pasando desapercibido a las masas.

Fiodor: ¿Cómo lograrlo? Camarada Orloff, no apruebas la "muerte natural" de Nikita, tampoco un gran proceso público...

Orloff: ¡No, ni hablar de eso! Sería una hecatombe.

Fiodor: Bien, no proceso público, no proceso secreto, no ejecución pública ni privada. Y entretanto, Nikita amenazando...

Kirianin: El camarada Orloff dice que no habrá peligro en tanto el servilismo de Nikita siga pasando desapercibido a las masas. (A Orloff.) ¿Me he expresado bien?

Orloff: Sí, ¿y qué más?

Kirianin: Pues bien; empecemos nosotros mismos por hacernos los desapercibidos.

Orloff: No es mala idea. (Reflexionando.) Aunque tiene un pero: Nikita sabe que nosotros sabemos...

Kirianin: No se lo demostraremos. Hagamos la comedia. Es un modo de ganar tiempo.

Fiodor: También Nikita hará su comedia, también ganará tiempo. (Pausa.) Yo estoy por los procedimientos sumarísimos.

Orloff: Si al menos quedaran en el mundo unos cuantos capitalistas...

Kirianin: (Estupefacto.) ¿Capitalistas?

Orloff: Así como suena: ¡capitalistas! Si todavía existiera un reducto del capitalismo el servilismo de Nikita estaría liquidado.

Fiodor: No entiendo.

Orloff: Muy sencillo; diríamos esto: Nikita es un traidor, Nikita se ha pasado al bando de los perros capitalistas. A la semana nadie se ocuparía de Nikita.

Kirianin: ¡Qué tiempos aquellos! ¡Era la Edad de Oro! Entonces se podía gritar: ¡Abajo el capitalismo! En cambio, hoy no contamos con un solo enemigo.

Orloff: Nikita es un enemigo.

Kirianin: Un enemigo intocable. Nos impide gritar contra él, escribir contra él, y meterle unas balas en el pellejo.

Orloff: He ahí el problema: Nikita es un enemigo contra el cual nada pueden nuestras viejas consignas y nuestras gastadas técnicas. (Pausa.) Será cuestión de empezar de nuevo.

Fiodor: Juguemos su juego.

Kirianin: Caeríamos de lleno en el nikitismo.

Orloff: He ahí la broma: Nikita tiene juego y nosotros no tenemos juego. Nosotros somos comunistas y nada más; él es comunista y también es nikitista.

Fiodor: ¿Qué sabemos del nikitismo? Nada de nada.

Kirianin: Bueno, sabemos que Nikita se ha declarado siervo.

Orloff: ¿Y qué hay con eso? (Pausa.) Camarada, te reto a que encuentres el manual comunista que trata del nikitismo. ¿Con qué se come eso?

Kirianin: Estamos perdiendo el tiempo con exquisiteces intelectuales. Menos palabras y más acción.
Fiodor: ¡Ja, ja! Más acción. (Pausa.) ¿Y quién la vende? ¡Nikita!

Orloff: ¡Triste verdad! Nikita tiene todas las acciones en su mano.

Fiodor: No hemos adelantado un paso. En pocos minutos Nikita entrará en este despacho y todavía no tenemos un plan de acción definido.

Kirianin: Finjamos que el servilismo nos resulta indiferente. (Pausa.) Al menos, el servilismo declarado, porque en cuanto al otro... ¡Ja, ja, ja!

Orloff: ¿Qué dejas entrever, camarada?

Kirianin: Hablo muy claramente: somos señores encubiertos pero señores al fin y al cabo.
Fiodor: No lo podemos negar.

Orloff: Pero sí se lo negaremos a Nikita hasta tanto no podamos pulverizar a Nikita.

Kirianin: Interroguémosle encubiertamente.

Fiodor: De todos modos será un interrogatorio, y Nikita sabrá que lo estamos interrogando.

Kirianin: ¿Con qué pretexto lo llamaremos?

Orloff: Para discutir simples procedimientos de forma. Por ejemplo, ese discurso sobre la felicidad del mayor número sería un excelente pretexto.

Kirianin: Nos exponemos a que nos diga que, visto que la felicidad del mayor número es un hecho consumado, él desea empezar a ser el primer infeliz de la infelicidad del mayor número... (Pausa.) No, no despertemos a la fiera.

Orloff: En cuanto a eso, vive tranquilo. Nikita es un viejo zorro. Dudo mucho que asome la oreja en esta entrevista.

Kirianin: ¡Qué eufemismo!

Orloff: Bueno, en este interrogatorio. (Pausa.) ¿Lo llamamos?

Kirianin: Manos a la obra.

Fiodor: Mucha prudencia. Comportémonos como iguales de Nikita. No dejemos ver nuestro señorío.

Orloff: Cierto, con Nikita hay que andar con pies de plomo. (Pausa.) Ahora, charlemos con Nikita. (Toca el timbre.) Con pies de plomo. (Se dirige lentamente a la mesa y coge unos papeles.) Con pies de plomo...

TELÓN

CUADRO PRIMERO

El mismo decorado.

Escena Segunda.
Orloff, Fiodor y Kirianin. Entra Nikita.

Nikita: ¡Salud, camaradas!

Orloff, Fiodor, Kirianin: (A coro.) ¡Salud!

Nikita: ¿Alguna novedad, camaradas? He llegado ayer del Cáucaso y no he tenido tiempo para leer nuestra venerable Pravda.

Orloff: (Llegando junto a Nikita.) No hay novedades, camarada. Todo marcha perfectamente. (Pausa.) ¿No tomas asiento?

Nikita: Gracias, prefiero estar un rato de pie. Llevo dos horas sentado en mi despacho...

Orloff: (Hojeando los papeles.) Te hemos llamado para discutir unas cuestiones de forma.

Nikita: ¿Sobre qué asunto?

Orloff: Sobre la felicidad del mayor número posible.

Nikita: Veamos.

Orloff: (Leyendo.) "La felicidad del mayor número, habiendo sido felizmente alcanzada, no podrá existir necesariamente otra felicidad mayor que la felicidad alcanzada por el mayor número". (Pausa.) ¿Encuentras en este párrafo, Nikita, algún vicio de forma?

Nikita: La forma es perfecta, inobjetable.

Orloff: ¿Y en cuanto al fondo?

Nikita: Habiendo alcanzado la felicidad de mayor número –cuestión de fondo que ya no se plantea, puesto que hemos alcanzado la felicidad del mayor número– sólo nos quedan por ventilar puras cuestiones de forma sobre la felicidad alcanzada por el mayor número.

Fiodor: (A Kirianin.) El viejo zorro no caerá en la trampa. (A Nikita.) ¡Bravo, Nikita! ¡Dialécticamente irrefutable! (Pausa.) Se me ha ocurrido, en vista de que el Partido ha salvado todas las etapas de las cuestiones de fondo, que ha llegado el momento de desarrollar hasta sus últimas posibilidades todas las cuestiones de forma...

Nikita: Me hago cargo, camarada Fiodor.

Fiodor: Pues bien, nos parecería una gran cosa que el camarada Nikita se dedicara, de hoy en adelante, a redactar los cientos de miles de cuestiones de forma, que son el resultado de los cientos de miles de cuestiones de fondo.

Nikita: Quiere decir, que el Partido, habiendo superado la fase activa, está ahora en fase contemplativa.

Orloff: El Partido repitió la hazaña del Creador. Es el único Partido que haya logrado semejante tour de fource. (Se repantiga en la butaca, se frota las manos.) Y bien, Nikita, después de recrear el mundo a nuestra imagen y semejanza, nos hemos dedicado a contemplar el mundo.

Nikita: También nos parecemos al Creador, que duerme con un ojo abierto... y el fusil al hombro. Al menor asomo de rebelión: ¡pin, pan, pum!

Orloff: En el mejor de los mundos las posibilidades de rebelarse son mínimas.

Kirianin: (Mirando fijamente a Nikita.) ¿Rebelarse? ¿Pero quién tomaría las armas contra la felicidad?

Orloff: No sigo bien tu pensamiento, Nikita. Hablas de rebelión. El Partido ha hecho tan bien las cosas que no tiene necesidad de mantener abierto ninguno de los dos ojos. Puede dormir a pierna suelta. (Pausa.) Me extraña sobremanera que el camarada Nikita, comunista de pies a cabeza, plantee la posibilidad de una rebelión armada.

Nikita: Me extraña sobremanera que el camarada Orloff tome mis palabras al pie de la letra y se retrotraiga a los tiempos heroicos de las barricadas. He sido llamado aquí, si no me equivoco, para departir sobre puras cuestiones de forma. Una de ellas, y en ella se me ocurrió pensar por pura cuestión de forma, fue la pura cuestión de forma del ojo abierto mientras se duerme en previsión de... Porque, así como no hay cosa más dulce –y cito a Dante– que acordarse del tiempo feliz en la desgracia, no hay igualmente, cosa más dulce que acordarse del tiempo desgraciado en la felicidad... Y esto, por supuesto, en pro del desarrollo intensivo de las puras cuestiones de forma.

Orloff: Yo quisiera hacer comprender al camarada Nikita, que cuando se habla del desarrollo intensivo de las puras cuestiones de forma, es sólo con vista al presente feliz que vive el Partido, y no con vista al pasado azaroso que ha vivido el Partido.

Kirianin: El pasado del Partido está muerto y enterrado.

Nikita: No me opongo a ello, pero como aquí estamos tratando del desarrollo intensivo de las puras cuestiones formales, yo quiero poner mi grano de arena. Propongo que la brillante frase del camarada Kirianin –"el pasado del Partido está muerto y enterrado"– sea cambiada por esta otra: "El Partido del pasado está muerto y enterrado".

Orloff: ¿Estarías dispuesto a firmar esa proposición?

Nikita: Aunque el camarada Orloff sabe de sobra que las publicaciones en nuestra república son anónimas, yo acepto sin embargo poner mi firma al pie de mi proposición formal, pero con una condición.

Orloff, Kirianin, Fiodor: (A coro.) ¿Cuál?

Nikita: Que se especifique muy claramente que si he firmado dicha proposición ha sido para cooperar con mayor eficacia al desarrollo intensivo de las puras cuestiones de formas y que, por lo tanto, mi firma es sólo una pura, inocente cuestión de forma.

Orloff, Kirianin, Fiodor: (A coro.) ¡Traidor!

Nikita: (Flemático.) De acuerdo. Soy un traidor, pero... formal. Aunque lo quisiera no podría ser un traidor real. No existe otro estado al que yo pueda revelar secretos de estado que, por otra parte, serían sólo secretos sobre puras cuestiones de forma.

Orloff: (Sombrío.) Dejemos ya las puras cuestiones de forma y vayamos al grano...

Nikita: (Interrumpiéndole.) Bueno, al grano formal...

Orloff: (Se acerca a Nikita hasta tocar la frente de este con su dedo.) ¡Ese grano –grano cochino, grano infeccioso, grano renegado– eres tú, Nikita! (Pausa.) ¡Te has declarado siervo!

Nikita: (Hace una reverencia, besa a Orloff la mano, cae de rodillas.) Siervo soy, señor. (Camina de rodillas y besa los pies de Kirianin y Fiodor.)

Orloff: Levántate, Nikita. Nos repugna tu pantomima.

Nikita: (Trata de pararse, pero vuelve a caer de rodillas.) No puedo, señor, no puedo pararme, sólo puedo prosternarme. (Continúa arrodillado con la cabeza en el suelo.)

Kirianin: (A Orloff.) Buena la hemos hecho. Ahora no podremos seguir en el desapercibimiento.
Fiodor: (Sacando su pistola.) Voy a matar a ese perro inmundo.

Orloff: (Le quita la pistola.) ¡Estás loco! Eso sería la chispa. Mañana tendríamos miles de siervos arrodillados en la plaza Roja. Localicemos la peste.

Kirianin: Exacto: localicemos la peste. Aislemos al apestado.

Orloff: (A Nikita.) Escucha bien, Nikita.

Nikita: (Agarrando el pie calzado con bota de Orloff y poniéndolo sobre su cabeza.) Escucho, mi amo.

Orloff: Supongo que te has declarado siervo por una cuestión formal. (Mira ansiosamente a Kirianin y a Fiodor.)

Nikita: (Incorporándose.) Nada de cuestiones formales, señor. Sólo sé que soy un siervo, humildísimo siervo de cualquier amo.

Kirianin: ¿No estás contento con la felicidad colectiva?

Nikita: ...Excelentísimo señor, no me place la felicidad colectiva. Prefiero la felicidad personal de ser el humildísimo siervo de tan grandes señores.

Orloff: Bien sabes que un comunista sólo puede ser comunista y no otra cosa. (Agarra a Nikita por los hombros y lo sienta en la butaca.) Un comunista jamás se arrodilla ante nadie. Por eso suprimimos a Dios.

Nikita: (Se desliza de la butaca y cae nuevamente de rodillas.) No puedo, señor, no puedo sino arrodillarme. (Pausa.) Además, señor, no soy comunista, soy servilista. (Vuelve a poner la cabeza en el suelo.)

Orloff: (A Kirianin.) Tiene el siervo metido en el cuerpo.

Kirianin: Torturémosle.

Fiodor: Nikita te lo pediría de rodillas. ¡Qué mejor cosa para un siervo que ser torturado por su señor!

Kirianin: ¡Diablos! No hay por donde agarrar a este hombre.

Orloff: Di mejor a este siervo. Su servilismo nos domina.

Kirianin: Se me ocurre algo formidable. Vamos a obligarle a hacer el señor.

Orloff: ¡Magnífica idea! Será la única tortura acertada. (Pausa.) ¡Manos a la obra!

Fiodor: No entiendo bien la cosa.

Orloff: Ustedes caerán de rodillas, en tanto que yo, pistola en mano, exigiré a Nikita daros de puntapiés en el trasero. (Pausa.) Esto lo haremos a título de ensayo. Los días siguientes turnaremos nuestros traseros a fin de repartir comunistamente sus patadas, y así proseguiremos hasta que Nikita quede completamente desintoxicado. (Pausa.) Caed ahora de rodillas.
(Kirianin y Fiodor caen de rodillas.)

Orloff: (A Nikita.) Camarada Nikita.

(Nikita no se mueve.)

Orloff: Siervo Nikita.

Nikita: (Incorporándose.) ¿Qué quiere, mi señor?

Orloff: (Le apunta con la pistola.) Te ordeno ser el señor de estos dos siervos. Dales en el trasero unas cuantas patadas de desprecio.

Nikita: (Poniéndose de pie.) ¡Oh, señor, qué alegría! Ya tengo partidarios. (Se arrodilla junto a Kirianin y Fiodor.) Ahora somos tres siervos. Pidamos a este magnífico señor que nos dé unas cuantas patadas en el trasero.

Orloff: (Violento.) ¡Nikita, poneos de pie!

Nikita: (Lloroso.) ¡Oh, señor, no puedo sino arrodillarme!

Orloff: (Le apunta de nuevo con la pistola.) ¡Te voy a matar como a un perro! ¡Levántate! (Nikita se pone de pie.)

Orloff: (Le pone el cañón de la pistola en la sien.) ¡Insúltalos!

Nikita: (Balbuceando.) Señor...

Orloff: El señor eres tú, ¿me entiendes? ¡Adelante!

Nikita: (Haciendo un gran esfuerzo.) Perros siervos... (Pausa.) ¡Oh, no puedo, señor, no puedo, soy también un perro siervo!

Orloff: ¡Adelante! He dicho.

Nikita: Perros siervos... (Pausa.) No puedo, amo mío. No puedo hacer el papel de vuestra señoría. Prefiero la muerte.

Orloff: (Le da un empujón.) ¡Anda! Da de patadas a tus siervos. (A Fiodor y Kirianin.) ¡Presentad el trasero a Nikita!

(Fiodor y Kirianin presentan el trasero.)

Nikita: No podría patear el trasero a un señor y estos son señores disfrazados de siervos. Sería un crimen de leso trasero. Por menos que eso el difunto Zar ejecutaba a millones de siervos.

Orloff: Esos siervos son los santos de nuestra religión. Murieron para que no hubiese más siervos sobre la tierra.

Nikita: Y yo voy a morir para que hayan siervos en la tierra. Es una fatalidad. Tengo la plena seguridad que voy a encontrar un amo, aunque ese amo me envíe al patíbulo. Ese amo está ahí, ya lo veo, lo oigo, lo toco casi, es mi verdugo, pero lo adoro porque mi trasero no puede hacer el siervo si no tiene su patada. (Pausa.) ¡Señor, matadme, pero no patearé esos traseros! Haría traición a la sociedad de los traseros.

Orloff: (Cambiando de tono.) Fiodor, Kirianin, ¿qué quiere decir esa posición? Estamos aquí con el camarada Nikita para discutir cuestiones de pura forma, y francamente, no veo ningún vicio de forma en vuestros traseros.

(Fiodor y Kirianin se ponen de pie.)

Orloff: (Guardando la pistola.) Camarada Nikita, ¿de modo que la frase "la felicidad del mayor número, habiendo sido felizmente alcanzada, y no pudiendo existir otra felicidad que la felicidad alcanzada por el mayor número", no adolece de ningún vicio de forma?

Nikita: La forma es perfecta, inobjetable.

Orloff: ¡Magnífico! Entonces pasemos a la frase siguiente.

Nikita: Pasemos, camarada, a la frase siguiente.

Orloff: "Si la religión es el opio de los pueblos, no habiendo religión no hay opio, debido a la felicidad alcanzada por el mayor número..."

TELÓN

CUADRO SEGUNDO

Decorado:
Casa de Nikita. Sala pequeña. Al centro, un sillón de tapicería con respaldo alto. Frente al sillón, una sillita de pino. Puerta a la derecha del actor. Puerta al fondo. Suena el timbre. Aparece Nikita por la puerta del fondo. Camina entre las dos sillas, las mira un momento y se dirige a la puerta.

Escena Primera.
Nikita, Stepachenko.

Stepachenko: (Con el sombrero puesto y un diario bajo el brazo.) ¿Vive aquí Nikita Smirnov?

Nikita: Yo soy Nikita Smirnov. Pase adelante, camarada. (Stepachenko entra y Nikita cierra la puerta.) ¿A quién tengo el honor de recibir en mi casa?

Stepachenko: (Siempre con el sombrero puesto abre el diario.) Me llamo Sergio Stepachenko. (Pausa.) Dice aquí en Pravda que el camarada Nikita se declara siervo.

Nikita: En efecto, me he declarado siervo.

Stepachenko: También dice el manifiesto que el camarada Nikita busca un amo.

Nikita: En efecto, busco un amo. (Pausa.) Pero será mejor que nos sentemos. Perdone la pobreza de esta vivienda, pero está a tono con mi nueva condición. Tome asiento.

(Stepachenko contempla un momento los dos asientos. Sin vacilar se sienta en el sillón. Sigue con el sombrero puesto.)

Nikita: (Aparte.) Buen comienzo. Parece conocer sus derechos. (Pausa.) ¿Qué negocio me viene a proponer?

Stepachenko: (Arrellanándose.) Creo ser, sin vanidad personal alguna, el único camarada que ha leído tu manifiesto leyéndolo realmente. (Pausa.) ¿Sabes por qué? Estaba a punto de declararme amo cuando me cayó tu manifiesto bajo los ojos. Me dije: Pues si alguien pide un amo, ¿qué mejor amo que yo?

Nikita: Bueno, no hay que precipitarse. (Pausa.) Soy exigente.

Stepachenko: Yo también soy exigente. Así como así no se es siervo de este señor.

Nikita: Lo mismo digo yo: así como así no se es señor de este siervo.

Stepachenko: Perfecto. (Pausa.) ¿Puedo saber tus exigencias?

Nikita: En primer lugar, no acepto ser siervo de un ruso blanco teñido de rojo. ¿Lo eres tú?

Stepachenko: (Dando un puñetazo y soltando la risa.) ¡Formidable! Es también esa mi primera exigencia: no acepto ser señor de un ruso blanco teñido de rojo. ¿Lo eres tú?

Nikita: Parece que ni tú ni yo lo somos, y eso es un buen comienzo. Sería traicionar nuestro credo revolucionario si aceptásemos contubernio con un ruso blanco teñido de rojo. Nos tacharían de reaccionarios, y a fe mía, con harta razón. (Pausa.) La segunda condición que pongo es que deberás darme patadas en el trasero.

Stepachenko: (Dando un puñetazo y riendo a carcajadas atronadoras.) ¡Por las barbas de Lenin! Parece que lees en mi alma. Si quieres que sea tu señor deberás dejar patearte el trasero.

Nikita: Vayamos a la tercera y último. Si te la expongo es por pura cuestión de forma. Esa condición está en la masa de la sangre del amo.

Stepachenko: Te escucho.

Nikita: Me entregarás al verdugo si me rebelo.

Stepachenko: (Serio.) ¡Perro sarnoso! Claro que te pondré en manos del verdugo si llegaras a rebelarte. (Pausa.) Pero, ¿por qué te rebelarías? ¿No has escogido tú mismo el servilismo?

Nikita: Sí, pero podría suceder que me llegase a cansar de tus patadas en el trasero. Además, puede llegar a ser peligroso un siervo declarado. Hay que preverlo todo.

Stepachenko: Una golondrina no hace verano y un siervo solo no puede fomentar una revolución. En cambio, me parece más lógico que pueda denunciarte como siervo declarado si esto conviene a mis intereses cerca del Estado.

Nikita: Sí, me decapitarían a mí solo porque aún cuando te hayas declarado señor, los señores acabarán por entenderse con los señores.

Stepachenko: Lo más malo que podría ocurrirme sería tener que volver a mi encubrimiento. Pero no por ello dejaría de ser señor. (Pausa.) Si tuvieras cerebro como los señores podrías entender esto.

Nikita: Hay un momento en que el señor puede pensar que su siervo tiene cerebro.

Stepachenko: ¿Qué momento es ese?

Nikita: El de la rebelión del siervo. En ese momento el señor se entera que el siervo posee un cerebro, pero como en casa del señor no puede haber dos cabezas, el señor llama al verdugo para que este corte la del siervo.

Stepachenko: Escucha, Nikita, todo eso está muy bien, pero si llegamos a entendernos prefiero menos dialéctica y más servilismo.

Nikita: Comprenderás que si utilizo muchos argumentos para defender mi causa, es porque un buen siervo debe asegurarse de que ha escogido un amo bien cruel.

Stepachenko: En cuanto a eso, vive tranquilo. Te aseguro que mis órdenes y mis patadas son terribles.

Nikita: He leído en no sé qué libro que un gran señor propinó tal patada al trasero de su siervo que lo lanzó a dos metros de distancia. He ahí una prueba contundente del desprecio humano. (Pausa.) Pero, dime algo a título de simple curiosidad.

Stepachenko: Estás preguntando muchas cosas y diciendo muchas otras, Nikita. Eso no está bien en un siervo.

Nikita: Todavía no eres mi señor ni todavía soy tu siervo. Todavía no he caído de hinojos a tus plantas. Tengo que estar seguro de que eres digno señor de este siervo.

Stepachenko: (Nervioso.) ¿Es que no llegaremos a un acuerdo? Sería una lástima. Eres el servilismo hecho carne.

Nikita: Eres demasiado impaciente. La autoridad se te ve en la punta de los dedos. Confiesa que estás loco por darme una patada. Por supuesto, una patada en el trasero. (Pausa.) Pero, dime: ¿Qué te movió a declararte amo?

Stepachenko: Quiero darte patadas, quiero mandarte al infierno. Además, quiero mandar.

Nikita: ¿Sobre uno solo?

Stepachenko: Por el momento. Después, sobre muchos.

Nikita: Sin embargo, te arriesgas demasiado. Puedes cortar la cabeza a un siervo pero muchos siervos acabarán por cortarte la cabeza. Los historiadores llaman a eso la rebelión de los siervos.

Stepachenko: Ahora estamos en la etapa de la declaración de los siervos.

Nikita: Después de la declaración viene la rebelión.

Stepachenko: Hace un momento decías que la tercera condición para entrar a mi servicio era, que si te rebelabas, yo debía ponerte en manos del verdugo.

Nikita: Condición sine qua non.

Stepachenko: Bien, dale la vuelta a esa condición y pon al amo pidiendo que corten su cabeza al menor asomo de sumisión a sus siervos.

Nikita: Si yo digo que el siervo pide horca al menor intento de rebelión, lo hago para poner de manifiesto el profundo servilismo del siervo, pero nunca olvides que un siervo que se rebela no es más un siervo. Su acto de rebeldía lo convierte automáticamente en un rebelde.

Stepachenko: Se plantea una contradicción: en nuestro contrato tú estableces una cláusula categórica: "mi cabeza será cortada al menor acto de rebeldía". (Pausa.) Sin embargo, te contradices al afirmar que tus actos de rebeldía te convierten automáticamente en un rebelde.

Nikita: Contradicción aparente, fácilmente salvable. El siervo en frío dice una cosa, el siervo en caliente, otra.

Stepachenko: En ese caso, no tendré la ocasión de cortarte la cabeza. Por el contrario, será el siervo en caliente quien trate de cortar la mía.

Nikita: Escucha: yo no puedo acelerar el curso de la historia. Es el siervo en frío, sumiso a su amo, servil con su amo, quien en este momento pide a su amo que su cabeza sea entregada al verdugo al menor acto de rebeldía. Nada debe poner en peligro el buen servilismo del siervo.

Stepachenko: Entonces...

Nikita: Pero si algo pone en peligro el buen servilismo del siervo, si ese algo lleva al siervo de lo frío a lo caliente, entonces esa cláusula se convierte en papel mojado. (Pausa.) ¿Recuerdas a los extintos sacerdotes católicos? Algunos de ellos juraban y después abjuraban.

Stepachenko: (Riendo.) De todos modos puedes morir en la horca.

Nikita: No por ello dejaré de ser una cuestión candente. Chispazo para la hoguera que te abrasará en su momento.

Stepachenko: No aceleres el curso de la historia... Disfrutemos la nueva situación. (Pausa.) ¿Qué te parece si te doy la primera patada? (Se pone de pie.)

Nikita: Antes déjame lustrar tus botas. El servilismo tiene sus grados. (Saca un pedazo de franela.)

Stepachenko: Quiero saber cuándo puedo empezar a ser el amo. No vas a ser tú quien dé las órdenes. ¿Soy o no soy tu señor?

Nikita: (Prosternándose.) Tú mandas, mi señor. Tus deseos son órdenes.

Stepachenko: Tráeme un vaso de vino.

Nikita: (Se pone de pie, tiembla.) No hay vino en casa, señor.

Stepachenko: ¡Cómo! Perro inmundo, ¿te has bebido el vino? (Le da una patada en el trasero.)

Nikita: ¡Oh dioses del panteón rojo! Cuánta dicha. Mi trasero os agradece.

Stepachenko: ¿Qué estás mascullando, vil gusano? Lustra mis botas.

Nikita: (Lustra las botas a Stepachenko.) ¡Oh siervos sacrificados de nuestra vasta Rusia, haced que mi amo sea cruel, duro, autoritario, tiránico y gran pateador de traseros!

Stepachenko: (Enojado.) ¿Sigues murmurando? (Pausa.) ¿Dónde está el knut? ¿Es que no hay knut en esta casa?

Nikita: (Poniéndose de pie.) No, Stepachenko. El señor rojo no pronunciará esa palabra infamante, triste recuerdo de la Rusia blanca. El nuevo señor debe estar a tono con los tiempos modernos.

Stepachenko: ¿Qué se te ocurre entonces? Pero, ¡pronto! Ardo en deseos de flagelarte. Cada momento que pasa me siento más señor.

Nikita: ¡Y yo más siervo! (Se queda pensativo.) ¡Ah, ya lo tengo! El knut se llama Pravda.

Stepachenko: ¿Pravda?

Nikita: Pravda es una palabra roja. Pone los traseros al rojo.

Stepachenko: Ahora mismo salgo a comprar una Pravda de siete colas. (Pausa.) Y ya sabes, perro sarnoso, quiero tener vino esta noche. Además, velarás mi sueño.

Nikita: (Prosternándose de nuevo.) Tus deseos son órdenes, señor. (Pausa.) ¿Puedo decirte algo de la mayor importancia?

Stepachenko: Te escucho, pero que sea de la mayor importancia.

Nikita: Estoy vigilado. Ya deben saber que tengo un amo. Por mi parte, estoy dispuesto al sacrificio. Antes la muerte: no renunciaré a mi condición de siervo.

Stepachenko: Sé muy bien que estás vigilado. Acabarás en la horca, pero mientras tengas vida te daré buenas patadas en el trasero. (Le da dos patadas.)

Nikita: Entonces, amo mío, si te parece bien comenzaré a servir desde mañana en tu casa. (Solemne.) Sólo la muerte podrá separarnos. (Pausa.) ¿Sería mucho pedir, señor, que me recibieras con la Pravda en la mano?

Stepachenko: Concedido. Te obsequiaré con una lluvia de vergajazos rojos.

Nikita: Esos vergajazos serán los primeros heraldos de la rebelión de los siervos.

Stepachenko: Pero, ¿cómo osas expresarte con ese lenguaje?

Nikita: Las manos de mis hermanos cortarán la cabeza de tus nietos.

Stepachenko: ¿Te has vuelto loco? (Pausa.) ¡Y no tener aquí mi Pravda para darte unos buenos vergajazos!

Nikita: Puedes darme una patada en el trasero. Es un magnífico aperitivo para tu pie y para mi trasero. Entre la patada y el vergajazo hay diferencias de grado, pero no de substancia.

Stepachenko: Cuando seamos miles de señores poderosos, tú y tus siervos, hermanos, cerraréis la boca y abriréis el trasero. (Le da una patada.)

Nikita: Tu oráculo no puede fallar. Será la rebelión de los traseros.

TELÓN

CUADRO SEGUNDO

Decorado: Lujoso dormitorio en casa de Stepachenko. Cama con dosel y colgaduras. Piel de oso blanco al centro. Tapices en las paredes. Butaca junto a la cama. Stepachenko está acostado. Ronca.

Escena Segunda.
Stepachenko, Nikita, Adamov.

Stepachenko: (Despertando sobresaltado.) ¡Nikita! ¡Nikita!

Nikita: (Pantalón negro, casaca blanca con botones rojos.) ¿Llamaba el señor?

Stepachenko: (Juntando las manos.) Nikita, ¿sabes? Soñé que te cortaban la cabeza. (Pausa.) Era muy chistoso.

Nikita: Después de todo, señor, no tiene gran importancia. Una cabeza más o menos.

Stepachenko: Claro que no tiene importancia la cabeza de un cochino siervo como tú. Además, ¿de qué sirve la cabeza a un siervo? Con tal que tenga un trasero.

Nikita: Señor, está demostrado que los sueños no quieren decir nada.

Stepachenko: No dirás lo mismo cuando veas tu cabeza en el tajo. (Pausa.) ¿Qué hora es?

Nikita: Las doce pasadas.

Stepachenko: ¡Diablo! Tengo que salir. (Pausa.) ¿Ha venido alguien?

Nikita: Sí, señor. En la sala aguarda un señor.

Stepachenko: ...¿un señor? ¿No te equivocas? ¿No soy yo el único señor?

Nikita: Parece que no, porque me dijo que estaba dispuesto a pagar un buen precio por mi cabeza.

Stepachenko: ¿Oigo bien? ¿Por tu cabeza ha dicho? (Pausa.) ¿Y por qué pretende tu cabeza?

Nikita: Lo ignoro, señor. Acto seguido me dio una patada en el trasero.

Stepachenko: (Asombrado.) ¿Te dio una patada en el trasero?

Nikita: Y dijo que no había duda alguna en cuanto a mi trasero.

Stepachenko: ¿Qué crees que quiso decir?

Nikita: Que yo tenía trasero de siervo.

Stepachenko: No te venderé por todo el oro del mundo. Tu cabeza me pertenece. Que se busque otra cabeza y otro trasero. (Pausa.) Despídelo.

(Nikita sale y vuelve a entrar.)

Nikita: ¡Oh señor! Le he dicho que su señoría no podía recibirle y me ha dado una terrible patada en el trasero.

Stepachenko: (Salta de la cama y da a Nikita una patada.) Despídelo.

(Nikita sale y vuelve a entrar.)

Nikita: Me ha propinado, señor, otra patada. Dice que él es tan señor como el señor.

Stepachenko: Eso lo veremos. (Pausa.) Dile que pase. (Se acuesta de nuevo.)

(Salida de Nikita.)

Adamov: (Entra y saluda con extremada cortesía.) ¿Tengo el honor de conocer al grandísimo señor Sergio Stepachenko?

Stepachenko: (Seco y cortante.) ¿Cómo os llamáis? ¿Qué os trae por mi casa?

Adamov: Mi nombre es Basilio Adamov. Vivo en los Urales. Tengo muchas almas bajo mi férula. Estas almas han leído el manifiesto de Nikita y en consecuencia han declarado su servidumbre. Pido la cabeza de Nikita.

Stepachenko: No la venderé por todo el oro del mundo. (Pausa.) En cambio, os sugeriré algo muy interesante.

Adamov: (Impaciente.) ¡Bah!...

Stepachenko: Cortad todas esas cabezas.

Adamov: Son ochocientos brazos que trabajan para mí y cuatrocientos traseros a los que doy patadas. Lo menos que puedo hacer por ellos es perdonarles la cabeza. Manera de preservar la productividad. (Pausa.) En cambio, vos tenéis un solo siervo. Os pago bien su cabeza.

Stepachenko: No me pidáis tal cosa. No me puedo pasar sin siervo.

Adamov: Tomad un siervo provisionalmente. Es la misma cara y el mismo trasero. Necesito a Nikita para hacer un escarmiento.

Stepachenko: No puedo. Requerid los servicios de la autoridad.

Adamov: El gobierno cortaría las cabezas de mis siervos. No me conviene vuestro consejo.

Stepachenko: ¿Se han rebelado vuestros siervos?

Adamov: No se han rebelado, pero han declarado su servidumbre.

Stepachenko: ¿Cómo traducen en la vida práctica esa declaración?

Adamov: Me dijeron: ya que el señor nos patea el trasero, no queremos una igualdad teórica.

Stepachenko: No les falta razón.

Adamov: Uno de esos hijos de perra tuvo la osadía de decirme: la igualdad debe ser igual para todos: si el señor puede patearme el trasero, yo también puedo patear el trasero al señor.

Stepachenko: Acá entre nosotros, Adamov, esa es la verdadera camaradería. Claro, que tal camaradería no es posible, ya que es muy agradable dar patadas en el trasero y muy desagradable dejar darse patadas en el trasero.

Adamov: En tiempos de los Zares la cosa estaba más definida. Cada parte sabía su papel y cada parte tenía su nombre bien especificado.

Stepachenko: Al menos, el siervo tenía derecho a llamarse siervo. Era su único derecho.

Adamov: Y el señor a llamarse señor. Tampoco nosotros podemos llamarnos señores.

Stepachenko: Cosa que no tiene la mayor importancia ya que somos los opresores.

Adamov: De acuerdo. Uno puede seguir siendo señor aunque tenga que serlo encubiertamente. Eso no molesta. Pero a un siervo le molesta que le hagan pasar por camarada con todos lo derechos, siendo en realidad siervo sin ninguno de los derechos.

Stepachenko: La igualdad condicionada es una píldora muy difícil de tragar.

Adamov: Mal que bien la iban tragando, pero ese cochino de Nikita ha echado todo por tierra. Dadme su cabeza.

Stepachenko: No está en mi poder daros la cabeza de Nikita.

Adamov: ¿No sois el dueño de sus actos y de su vida?

Stepachenko: Si os concediera la cabeza de Nikita querría decir que me he declarado señor, y entonces el Partido pediría mi cabeza. No olvidéis que sólo podemos ser señores encubiertos. (Pausa.) Pedid consejo al Partido.

Adamov: La actitud política del Partido es que la explotación deberá ser practicada bajo cuerda... ¿Cómo queréis que el Partido permita la declaración de servilismo de cuatrocientos camaradas?

Stepachenko: Por supuesto que no. El Partido no puede traicionar sus ideales.

Adamov: ¡Ja, ja! En apariencia, porque en el fondo...

Stepachenko: ¡Cómo, Adamov! Hay que guardar las formas.

Adamov: Estoy de acuerdo. Cara de ángel y pata de demonio con pezuña y todo... Para que el fondo no se vea hay que tapar el hoyo con la hojarasca de la forma.

Stepachenko: Pero ya veis que los camaradas del fondo están empujando las hojas con la forma de sus cabezas.

Adamov: Esta es la broma pesada. (Pausa.) Por eso os digo: una cabeza cortada a tiempo siembra el terror.

Stepachenko: Aparte de que yo no puedo cederos la cabeza de Nikita sin que la mía corra grave riesgo, creo que será contraproducente decapitarlo a presencia de vuestros cuatrocientos siervos.

Adamov: ¿Por qué?

Stepachenko: Los siervos declarados, hasta ahora sumisos, se convertirían en feroces leones.

Adamov: ¡Diablos, diablos! (Pausa.) Decidme, ese Nikita, ¿no es el filósofo del régimen?

Stepachenko: El filósofo oficial del régimen. A la altura en que se encuentra el Partido, con todas las contradicciones salvadas, ¡ejem!, el cargo de filósofo es un cargo de pura forma. Ahora bien, Nikita, mediante una jugada maestra, lo convirtió en un cargo a fondo.

Adamov: Bueno, un filósofo es siempre, y ante todo un siervo.

Stepachenko: Sí, para ser un filósofo hay que ser un descontento. Condición sine qua non de la filosofía.

Adamov: Yo diría, si es que no va a asustaros el fondo de la cuestión, que Nikita es un revolucionario.

Stepachenko: ¡En toda la línea! No va a quedar contento con su servidumbre declarada. Irá más allá.

Adamov: Una cosa no entiendo, querido Stepachenko. ¿Cómo habéis venido a ser el amo de Nikita?

Stepachenko: (Sonríe socarronamente.) Todo filósofo debe ser vigilado de cerca.

Adamov: Comprendo.

Stepachenko: Escuchad, mi querido Adamov: ¿queréis realmente que la cabeza de Nikita ruede por el suelo?

Adamov: Daría toda mi fortuna.

Stepachenko: Pues bien, seguid mis consejos. (Pausa.) Llamaré ahora mismo a Nikita y le diré todo cuanto me habéis propuesto.

Adamov: ¿Vais a decirle que quiero su cabeza? No olvidéis que para un filósofo es la cabeza lo más preciado.

Stepachenko: No pronunciaré esa palabra. En cambio, diré a Nikita que vos queréis llevarlo ante vuestros siervos para que estos aprendan a presentar dignamente el trasero al señor. En una palabra, que Nikita enseñe a vuestros siervos tener conciencia de sus traseros.

Adamov: No entiendo ni jota de todo esto. (Pausa.) Nikita nunca hará este viaje.

Stepachenko: Nikita aceptará con alma y vida. Nikita firmará un documento ante nosotros declarando el objeto de su viaje. Desde ese momento, Nikita estará perdido.

Adamov: ¿Queréis decir que será decapitado?

Stepachenko: ¡Descabezado! (Pausa.) (Grita.) ¡Nikita! ¡Nikita!

Nikita: (Entra y se arrodilla.) Presente, señor.

Stepachenko: Escucha, Nikita, el magnífico señor Basilio Adamov ha venido desde los montes Urales para suplicarme...

Adamov: (Interrumpiendo.) Sí, para suplicarle...

Stepachenko: ...Para suplicarme que tú le acompañes hasta ese lejano lugar.

Adamov: Viajarás como un príncipe.

Nikita: Viajaré como un siervo.

Stepachenko: Bien, Nikita, el objeto de ese viaje es el siguiente: el magnífico señor Basilio Adamov tiene bajo su férula a cuatrocientos siervos no declarados. (Aparte, a Adamov.) Si supiera que están declarados y vueltos a declarar... (A Nikita.) Adamov confía que si tú les ofreces una demostración de tu trasero en funciones de tu servilismo, esos cuatrocientos camaradas declararán su servilismo. (Pausa.) ¿Aceptas?

Nikita: Todo sea por el triunfo de los traseros serviles. Acepto.

Stepachenko: (Coge un papel y se lo pone bajo la nariz.) Firma esta declaración.

Nikita: (Firmando.) Aunque deben estar ya declarados, son cuatrocientos traseros... yo, maestro de cuatrocientos traseros. (Se vuelve y besa las manos de Adamov.)

Adamov: Nikita, eres un siervo obediente. ¡Pide lo que quieras!

Nikita: (Mirando a Stepachenko.) No me atrevo, señor, sería demasiada felicidad.

Stepachenko: ¡Ánimo, Nikita! El señor te concede de antemano cualquier petición. ¡Anda! Pide lo que quieras.

Nikita: (Presentando el trasero a Adamov.) Señor, concededme el inmenso placer de una patada vuestra en este sucio trasero.

(Adamov le da una patada.)

Nikita: ¡Traseros, patadas, traseros!

TELÓN

CUADRO TERCERO

Decorado:
El mismo decorado de la Escena II, Cuadro II.

Escena Primera.
Nikita, Stepachenko, Kolia.

Stepachenko: (Entrando.) ¡Nikita, mis zapatos, mi traje!

Nikita: (Entra con los zapatos y el traje de Stepachenko.) Acá los tiene, señor.

Stepachenko: ¿Qué te pareció Adamov?

Nikita: Tiene madera de amo, señor. Me ha dado una patada soberbia.

Stepachenko: Vendrá por ti a las doce.

Nikita: Estoy preparado, señor.

Stepachenko: Voy a dar un paseo. Regresaré a las doce. (Pausa.) ¿Te gusta declarar a los siervos, no?

Nikita: Me gusta declararlos, señor.

Stepachenko: ¿Crees de veras eso de los siervos?

Nikita: Creo en lo que veo, señor, y veo millones de siervos.

Stepachenko: ¿Quiénes son ellos para declarar nada o para que tú declares su servilismo? Ya el Estado los ha condicionado.

Nikita: Perdone el señor, pero ha sido el señor quien me ha ordenado declare el servilismo de los siervos del magnífico señor Basilio Adamov.

Stepachenko: ¿Estimas que hay mucha gente que piensa como tú?

Nikita: Señor, yo pienso lo que pienso, y lo que yo pienso está escrito. Puede ocurrir que mucha gente acepte mis escritos.

Stepachenko: También puede ocurrir que rechacen tus escritos.

Nikita: Muy posible, señor.

Stepachenko: También puede ocurrir que el Estado rechace tus escritos.

Nikita: También el Estado, señor.

Stepachenko: En ese caso...

Nikita: Se cumplirá vuestro sueño, señor. Rodaría mi cabeza.

Stepachenko: ¿Piensas que hay explotadores y explotados?

Nikita: Pienso que hay explotadores y explotados encubiertos.

Stepachenko: ¿Y por qué te empeñas en hacer pública esa condición encubierta de unos y otros?

Nikita: Es un modo de protestar.

Stepachenko: Los criados y los filósofos siempre andan protestando.

Nikita: Queremos que el Estado nos conceda un status.

Stepachenko: ¿Qué status?

Nikita: El de siervos. Estamos dispuestos a servir en tanto que siervos que puedan propalar que son siervos. Si es una fatalidad histórica que haya señores y siervos, al menos que uno sepa a qué atenerse.

Stepachenko: Pero ya has visto que ningún señor encubierto se ha visto en la necesidad de declararse.

Nikita: Terminarán por hacerlo.

Stepachenko: ¿Cuándo?

Nikita: Cuando los siervos se definan, los señores se verán obligados a quitarse la máscara.

Stepachenko: No te entiendo.

Nikita: Un siervo declarado declara implícitamente a su señor. El señor no puede negar su condición de señor. (Pausa.) El opresor arriba, el oprimido debajo. Entonces todo marcha como sobre ruedas.

Stepachenko: ¿No se rebelan, pues, los siervos?

Nikita: El siervo declarado puede pasar a la segunda fase.

Stepachenko: ¿Cuya es?

Nikita: El siervo rebelado.

Stepachenko: Hay otra fase.

Nikita: (Con sorna.) ¿Cuya es, señor?

Stepachenko: El siervo decapitado.

Nikita: Hay una cuarta fase, señor.

Stepachenko: ¿Cuya es, Nikita?

Nikita: El señor decapitado.

Stepachenko: ¿Quieres decir que el siervo puede triunfar?

Nikita: El siervo puede convertirse en señor y el señor en siervo.

Stepachenko: Es muy chistoso.

Nikita: Sí, señor. Es muy chistoso. Es el eterno retorno.

Stepachenko: (Se pone el sombrero.) Te pierdes por las grandes frases, Nikita. Ten cuidado que las grandes frases no pierdan tu pobre cabeza. (Sale.)

Nikita: (Se toca la cabeza.) Te queda poco, cabeza. (Se toca el trasero.) Trasero, te queda poco.

(Se escucha un silbido desde la puerta del fondo. Nikita abre la puerta. Entra Kolia, joven de veinte años.)

Nikita: ¡Hola, Kolia! ¿Qué ocurre?

Kolia: (Asustado.) Stepachenko es un espía.

Nikita: Querido Kolia, ¿y vienes a decirme eso? Lo sé mejor que tú.

Kolia: Tienes que salvarte.

Nikita: Kolia, sabes la consigna: cada uno su parte. Limítate a la tuya.

Kolia: Nos quedaremos sin jefe, camarada siervo.

Nikita: Lo he previsto todo, camarada siervo. Tengo un sucesor y ese sucesor tiene otro sucesor.

Kolia: Puedo matar a ese perro espía de Stepachenko. Está parado en la esquina.

Nikita: Limítate a tu parte. No eres tú su verdugo. (Pausa.) ¿Alguna novedad?

Kolia: En el club de la siderúrgica Taiga han retirado discretamente los ejemplares de Pravda que contienen tu manifiesto.

Nikita: La cosa marcha. (Pausa.) Escucha: mañana seré juzgado sumariamente y decapitado o algo por el estilo. Hay que dar un golpe de efecto. (Reflexionando.) Contamos con los camaradas de la siderúrgica, con los del ferrocarril subterráneo...

Kolia: Los camaradas panaderos son buena gente.

Nikita: Aún no han despertado del todo. Quedan muchos indecisos. (Pausa.) Así que contamos con los de la siderúrgica, el ferrocarril subterráneo y con los zapateros... (Pausa.) Mañana a las dos de la tarde, hora en que supongo que mi proceso marchará a velas desplegadas, que esos veinticinco mil camaradas siervos se declaren.

Kolia: ¿Cuál será la demostración?

Nikita: Huelga de brazos caídos hasta tanto no se les reconozca el derecho al servilismo declarado.

Kolia: Acaso eso evite tu muerte.

Nikita: Por el contrario, va a apresurarla, pero es un buen golpe de efecto que mis jueces se enteren que hay veinticinco mil camaradas que leen leyendo de verdad.

Kolia: También pueden cortar esas veinticinco mil cabezas.

Nikita: Mejor que mejor. El doble de esas cabezas, el triple de esas cabezas declarará su servilismo a paso de carga. No hay como los ejemplos sangrientos. (Pausa.) Ahora, márchate.

Kolia: Eres nuestro salvador, Nikita.

Nikita: No, Kolia, no soy un salvador, soy un declarador. Ni me salvo ni salvo a los siervos; sólo declaro el servilismo.

Kolia: Pero una vez que seamos siervos declarados podremos rebelarnos y triunfar.

Nikita: Entonces seremos señores y otro Nikita será el declarador de turno. No hay otra verdad. (Pausa.) Márchate.

(Kolia sale por la puerta del fondo.)

Stepachenko: (Entrando.) Dime, Nikita, ¿qué hace un amo cuando pierde a un siervo?

Nikita: Toma otro siervo. Hay grandes reservas, señor.

Stepachenko: ¿Declarados o encubiertos?

Nikita: Eso depende de los siervos, señor.

Stepachenko: O de los señores. Estimo que el servilismo encubierto da un mayor margen de explotación.

Nikita: Sigo diciendo al señor que todo depende, en definitiva, de los siervos. Los siervos elegirán el servilismo declarado, pese a los señores.

Stepachenko: Vienen por ti a las doce. Parece que me quedo sin siervo declarado. (Pausa.) ¿Buscarás nuevo amo?

Nikita: Un siervo no se comprende sin un amo.

Stepachenko: ¿Será acaso el verdugo tu nuevo señor?

Nikita: Ciertamente, señor. Yo no creo en los sueños, pero creo en la fatalidad.

TELÓN

CUADRO TERCERO

Decorado: el mismo del cuadro I, escena I.

Escena Segunda.
Orloff, Kirianin, Fiodor, Nikita, Stepachenko, un oficial.

Orloff: (Dando lectura a un panfleto.) "¡Camaradas! En vista de que la igualdad social no es tan igual como parece, en vista de que el comunismo se compone de partes desiguales de señores y siervos –mayor número de partes serviles, menor número de partes señoriales– y en vista de que las partes serviles están obligadas por la razón del Estado a no manifestar su verdadera condición, en vista de todo eso, nos, siervos encubiertos, nos declaramos siervos serviles y juramos defender el servilismo hasta la muerte". (Pone la hoja sobre la mesa.) ¿Qué les parece el panfleto?

Kirianin: Parece que la igualdad aparente está a punto de entonar su canto de cisne...

Fiodor: La broma pesada en todo este asunto es que no se trata de puras cuestiones de forma. Estos siervos plantean un problema real.

Orloff: Vaya usted a meterles en la cabeza que la contradicción está en la base de todos los actos. La igualdad supone la desigualdad. Un comunista es igual a otro comunista aunque uno sea señor y el otro siervo.

Kirianin: (Irónico.) Nadie como los señores para comprender las contradicciones de la naturaleza del hombre. Es la parte del león.

Fiodor: Fundemos un Estado compuesto exclusivamente de señores.

Orloff: ¿Es posible eso, querido Fiodor?

Fiodor: Muy posible: hagamos señores a los siervos.

Orloff: El Estado señorial presupone buena cantidad de siervos. Ahora bien, esos siervos, convertidos en señores, buscarán siervos. El nuevo status quedaría automáticamente desvirtuado.

Kirianin: Entonces fundemos un Estado de siervos.

Orloff: Una vez instaurada la república de los siervos, estos por puro espíritu de emulación se esforzarán por devenir señores. (Pausa.) No, nada de eso sirve de nada. La única verdad es la que tenemos nosotros: un Estado comunista con absoluta nivelación social, pero también con siervos y señores, se entiende, unos y otros encubiertos, a fin de salvar la contradicción. He ahí la verdadera igualdad.

Fiodor: Nuestra igualdad.

Kirianin: Nuestra igualdad.

Orloff: Nuestra igualdad. (Pausa.) No hay otra. Todo aquel que no acepte la desigualdad de nuestra igualdad será pasado por las armas.

Kirianin: Y la igualdad de nuestra desigualdad... (se anima.) Porque lo igual y la igualdad, los iguales y los iguales, la igualación y el igualamiento se abrazan en la igualdad y en la igualdad desigual y en la desigualdad igual tienen su fin... Porque...

Orloff: Muy bien por el camarada Kirianin. Es una tirada brillante. (Pausa.) Con discursos tan iguales el igualitario Estado está salvado. (Pausa.) Ahora llamemos a nuestro desigual. (Toca el timbre.)
(Entran Nikita, Stepachenko, acompañados por un oficial.)

Orloff: (A Nikita.) Nikita Smirnov, se le acusa de haberse levantado contra el Estado. (Pausa.) ¿Por qué se levanta?

Nikita: Para caer.

Orloff: ¿Por qué quiere caer?

Nikita: Para levantarme.

Orloff: ¿Por qué quiere levantarse?

Nikita: Para caer.

Orloff: Se le acusa de haber escrito un manifiesto contra la seguridad del Estado. (Pausa.) ¿Por qué lo escribió?

Nikita: Para manifestarme.

Orloff: ¿Por qué se manifestó?

Nikita: Para caer.

Orloff: ¿Por qué quiere caer?

Nikita: Para levantarme.

Orloff: ¿Por qué quiere levantarse?

Nikita: Para caer.

Orloff: Se le acusa de poner en duda la igualdad desigual de clases. ¿Por qué duda?

Nikita: Para clasificarme.

Orloff: ¿Por qué se clasifica?

Nikita: Para caer.

Orloff: ¿Por qué cae?

Nikita: Para levantarme.

Orloff: ¿Por qué se levanta?

Nikita: Para caer.

Kirianin: (A Stepachenko.) Haga su deposición, camarada Stepachenko.

Stepachenko: Cuando leí el manifiesto...

Orloff: ¿Leyó usted, leyéndolo, el manifiesto?

Stepachenko: (Pálido.) ¿De qué otro modo podía enterarme que este perro sarnoso pedía un amo, y se declaraba siervo?

Orloff: Tenía que enterarse, leyendo sin leer el manifiesto, que el perro sarnoso pedía en el manifiesto un amo.

Stepachenko: Confieso que lo leí leyéndolo.

Orloff: Para desintoxicarse leerá otra vez, sin leerlo, ese manifiesto. (Pausa.) Prosiga.

Stepachenko: Cuando leí, ejem, leyéndolo el manifiesto de Nikita Smirnov ardí en santa cólera. Yo soy un señor encubierto que, por supuesto, sabe que es un señor encubierto sin confesarlo, y no podía permitir que un cochino siervo encubierto se manifestase en términos de siervo declarado. (Pausa.) Decidí amarrarlo corto. Toqué a su puerta y me ofrecí como señor declarado al siervo declarado. Le di unas cuantas patadas declaradas.

Orloff: ...¿declaradas?

Stepachenko: Confieso que declaradas.

Orloff: Tiene que desintoxicar esa pata declarada. Dé a Nikita una patada de igual a igual.

Stepachenko: ¿No es la misma patada?

Orloff: No, es una patada encubierta. Proceda.

Stepachenko: (Se dirige donde Nikita y al tiempo que le da una patada, le da un apretón de manos.) ¡Salud!

Orloff: Bien, continúe.

Stepachenko: Mas no estaba satisfecho con patear el trasero declarado de Nikita Smirnov. Tenía que conseguir su cabeza. Entonces vino a casa el señor encubierto Adamov a pedirme la cabeza de Nikita. No se la di, pero Nikita firmó este papel (muestra un papel) donde se compromete a enseñar a los siervos declarados del poderoso señor Basilio Adamov a presentar el trasero declaradamente.

Orloff: ¿Esos cochinos siervos declarados no saben todavía presentar el trasero?

Stepachenko: Todavía.

Orloff: ¡Qué felicidad! Podrán volver al encubrimiento. (Pausa.) Prosiga.

Stepachenko: Nikita aceptó encantado, y va a perder, encantado, la cabeza.

Orloff: Nikita, ¿acepta esta firma por suya?

Nikita: La acepto por mía.

Orloff: ¿Por qué firmó?

Nikita: Para caer encantado.

Orloff: ¿Por qué cae encantado?

Nikita: Para levantarme encantado.

Orloff: ¿Por qué se levanta encantado?

Nikita: Para caer encantado.

Orloff: Nikita, declárese siervo encubierto.

Nikita: No puedo, me he declarado siervo declarado.

Orloff: ¿Prefiere perder la cabeza?

Nikita: Prefiero perder la cabeza encantado. Y por añadidura, encantado, el trasero.

Orloff: (Lo tutea.) ¿No dices que para un siervo es el trasero lo más preciado?

Nikita: Sí, cuando puede exhibirlo. Un trasero encubierto es vergonzante. Un trasero encubierto parece un mendigo que dé aires de gran señor.

Orloff: Es una filosofía basada en el trasero.

Nikita: Exacto. El nikitismo es la filosofía del trasero.

Fiodor: Estalló la bomba. (A Nikita.) ¿Nikitismo? ¿Qué es eso?

Nikita: Un sistema filosófico-político basado en las relaciones existentes entre la pata del señor declarado y el trasero del siervo declarado.

Orloff: Me cuesta trabajo comprender tal filosofía. El sistema filosófico denominado nikitismo puede ser válido aunque el señor, el siervo, la pata y el trasero actúen encubiertamente.

Nikita: El sistema sólo recibirá el nombre de nikitismo si el señor, el siervo, la pata y el trasero han declarado su señorazgo y su servilismo.

Orloff: Pero... ¿si el señor, siervo, pata y trasero persisten en su encubrimiento, no puede el sistema seguir denominándose nikitismo?

Nikita: En ese caso recibirá el nombre de comunismo.

Orloff: Escucha, ¿cuál de los dos sistemas acabará por triunfar?

Nikita: El comunismo.

Orloff: (Jubiloso.) ¡Cómo! Entonces, ¿te retractas?

Nikita: Nada de retractaciones. (Pausa.) Los nikitistas o "declarados" después de luchas cruentas pasan a ser comunistas encubiertos.

Orloff: ¿También tú?

Nikita: Si no me cortan la cabeza, también yo. (Pausa.) El final de todo, es el comunismo encubierto, siempre en jaque por el comunismo declarado.

Orloff: Supongo que habrá un término en todo eso.

Nikita: No hay nunca un final. Es el eterno retorno.

Orloff: Eres anticuado. No crees en el progreso.

Nikita: Creo en el progreso de las patas y en el progreso de los traseros.

Orloff: En ese caso te cortaremos la cabeza. (Pausa.) Será la única cabeza.

Nikita: ¿Y las cabezas de los siervos del poderoso señor Basilio Adamov?

Orloff: Cuando vean la tuya en el cesto, meterán las suyas en un cesto de seguridad y presentarán furtivamente el trasero.

Nikita: (Mira su reloj.) Las dos de la tarde.

Orloff: Unos minutos más y ya no tendrás cabeza.

Nikita: En este momento acaban de declarar su servidumbre veinticinco mil camaradas. (Pausa.) Podéis cortar sus cabezas.

(Suena el timbre del teléfono.)

Orloff: (Nervioso, descuelga, vuelve a colgar.) ¡Veinticinco mil siervos! (Al oficial.) Llévese a Nikita. Tráigame su cabeza. Llévese a Stepachenko.

Oficial: ¿También la cabeza de Stepachenko?

Orloff: No. Ponga a Stepachenko a desintoxicar la pata apestada.

(Sale el oficial con Nikita y Stepachenko.)

Orloff: (A Fiodor y a Kirianin.) El nikitismo está en marcha.

Fiodor, Kirianin: (A coro.) Pero, ¿por qué tiene que marchar? Paralicémoslo.

Orloff: Está en marcha. (Pausa.) Vamos a almorzar, después a cenar... después a almorzar, después a cenar... Es el eterno retorno.

TELÓN