Gerardo Fernández Fe: Sade, un marqués redondo


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Gerardo Fernández Fe (La Habana, 1971) Poeta y traductor. Ha publicado la novela La Falacia (1999) y Las palabras pedestres (Premio David de poesía 1995), así como reseñas, artículos y ensayos en Cuba, Espańa, México y Argentina. Ha traducido a Cioran, Barthes, Michaux, Deleuze. Vive en La Habana.

SADE, UN MARQUÉS REDONDO

Del libro “Cuerpo a diario” publicado este mes de julio por la editorial argentina Tse-Tsé.

Sade por Man Ray

Tras años de prisión, escándalos políticos y morales, huidas y nuevos internamientos carcelarios, en abril de 1803, Donatien Alphonse François, Marqués de Sade es declarado “en perpetuo estado de demencia libertina”, extraído de la prisión de Bicêtre y recluido por 3 000 francos anuales que su familia pagaría en el hospicio de Charenton-Saint Maurice para alienados de ambos sexos, a dos leguas de París.

Más allá de sus viejos desenfrenos carnales --su encarcelación en 1763 por hábitos disolutos, la violación de la mendiga Rosa Keller en 1768, la historia de las prostitutas marsellesas en 1772-- el caso Sade termina siendo un caso político.

El invariable marqués permanece encarcelado cuando estalla la revolución y tras la decisión de la Asamblea Constituyente de que todas las órdenes del rey fueran abolidas, Sade es liberado. En 1792 vemos su firma al pie de varios opúsculos y decretos pertenecientes a la Sección de Picas, en la que funge como Presidente.

Con el avance prusiano es decretada “la patria en peligro --ah, caro axioma. En enero de 1793 el rey es ejecutado; en marzo son creados los comités de vigilancia revolucionaria: control de los extranjeros, entrega de cartas cívicas, examen de documentos militares, arresto de sospechosos...

Ha llegado el momento de organizar momentáneamente el despotismo de la libertad para aplastar el despotismo de los reyes” --declara Marat ante el Comité de Salvación. En agosto del mismo año Sade es llevado a prisión acusado de moderantismo. Un mes más tarde la Convención adopta la ley de sospechosos que incluye a los parientes de los emigrados, los funcionarios cesantes, los destituidos, todos aquellos que no lograran demostrar su “fierté” revolucionaria.

Sade es condenado entonces a la guillotina, pero entre traslados de prisión en prisión y golpes de suerte, antes cae la cabeza de Robespierre y el Marqués es indultado. Siete años después, bajo el Consulado, su último y definitivo arresto se produce en los locales del editor Nicolás Massé con quien negociaba la publicación de “Crímenes del amor”, esta vez bajo cargos de escritor libertino, autor de “la infame novela Justina”, según el acta judicial.

Así llega a Charenton. Fatigado. Extremadamente obeso. Tiene 63 años. Y allí, además del montaje de obras teatrales con y para los reclusos, redacta Sade un texto que más que diario íntimo ha perdido la redondez y la exuberancia de sus novelas para convertirse en un compte rendu mensual, el relato en pasado de los acontecimientos del día.

Serán aquí el código, la clave, incluso el signo, los elementos que matizarán y harán de este texto un sitio de resonancias raras y difusas, de entretelones y vanos ciegos, donde se disimula y esconde la carne; un relato intermitente punteado con los hilos retorcidos de esa paranoia abisal que todo estado totalitario (Ancien Régime, Revolución o Imperio) termina definitivamente imponiéndonos. No habrá aquí idea de la trascendencia, sino simplemente necesidad de escriturar, en clave y abreviaturas, los episodios de cada mes: historias de dinero, diligencias pendientes, cálculos numerológicos, intercambios de sexo, rutinas de su cuerpo obeso.

El elemento “código” no tendría razón de ser --Sade no es un espía ni un disidente político contra Bonaparte-- si no estuviera presente el elemento “cuerpo”. El Marqués no descansará: aun a su avanzada edad, incluso asistido por su vieja amante Mme Quesnet, Sade iniciará una relación carnal con una joven de 16 años, Madelaine, con la complicidad e interés de la madre de ésta, ambas empleadas en el hospicio.

“El 30 Mgl. vino a hacer su 93ra como la había

prometido, se quedó dos horas, llegó a las 8 y no

se marchó sino pasadas las 10; estuvo muy

amable, prometió cuidarme mucho cuando

estemos juntos, bebió escribió y cantó, dijo que

estaría mejor alimentada y que estaba muy

contenta con su madre, que para el estómago en

la noche tomaba agua de Colonia y azúcar y que

eso la aliviaba; pareció estar de maravilla, me

trajo un par de medias, etc...”

A pesar de lo poco que se ha conservado como testimonio, se sabe de la tensión vivida por el Marqués en los últimos diez años de su vida: conflictos con una familia disputada en pleno por recuperar sus bienes, pero también con el fardo pesado de un estigma demoníaco impuesto por una sociedad reaccionaria que más que recluido lo prefería escrituralmente castrado, palmariamente ausente. Por ello los constantes registros en su celda, las prohibiciones, el odio acerado del médico-jefe Roger-Collard; por ello el hecho de que al morir este su propio hijo solicitó al Prefecto de la policía la incineración de los más de cien cuadernos que componían el manuscrito de las “Jornadas de Florbella”; y por ello, finalmente, el prurito sadiano por consignar su realidad mediante anotaciones codificadas, donde “Moisés” será él mismo, siempre en tercera persona, las “Fábulas” serán los libros prohibidos y las cartas confidenciales, y el signo Ø tendrá un marcado valor carnal:

“El 4 en la noche idea de Ø, la 82da”.

Con todo esto, sorprende --y enrarece el texto—la marcada pulsión numerológica del Marqués de Sade. Ya antes, en una novela como “Justina o los infortunios de la virtud”, en el convento de Sainte-Marie-des-Bois las monjas son clasificadas según colores: vestidas de blanco y en “clase de la infancia”, aquellas que no sobrepasaran los 16 años; en “clase de juventud”, de verde, las muchachas de 16 a 21 años; la tercera clase (azul) o “edad de la razón” que abarca desde los 21 hasta los 30 años; y finalmente la “edad madura”, vestida de doradillo, para las mujeres que pasan los 30 años.

Más adelante en el mismo texto, son enumerados los suplicios: 20 latigazos para las muchachas mal vestidas o mal peinadas, 60 para aquellas que no hayan advertido sobre la presencia de la menstruación, 100 para quien se descubriera embarazada, 200 latigazos por “imposibilidad o rechazo a las proposiciones lujuriosas...”

Como en esas prácticas culinarias sacras en las que el cuerpo del animal sacrificado para el alimento es seccionado primero a lo largo y en dos partes iguales, luego cada una de estas igualmente cortadas a la precisa mitad, y así hasta reducirlo en pedazos idénticos, manejables, limpios, cuantificables, el Sade de Charenton corta el mes, los días, las horas, sin pathos, con frialdad de maestro carnicero o de libertino que detalla su epopeya:

Si no son contados en mis detenciones los 16

meses que cumplí antes del juicio entonces

durante mi primera detención sólo he cumplido

11 años 10 meses

Para completar los

20 años quedan entonces

por cumplir........................8 años 2 (meses)

_______________________

20 a(ños)

Fue al entrar a Pelagia 8 años 2 meses que

comencé a cumplir, mostrados por el 28 de la

prefectura. Entonces Charenton es de 6 años

2 meses o 2 meses en el 7mo año mostrados por

el 27 del día de mi llegada y del 3 de enero de

1808; todavía 17 meses por cumplir hasta el 3

de junio de 1809.

Con Sade aquí estalla el número; cuando antes había estallado la carne lúbrica e iracunda. Registrar, clasificar, inventariar, todo es conmensurable en este escritor que termina siendo peligrosamente político en tanto productor de una escritura libidinal, excesiva, desaforada desde la letra misma y desde su significado, colgadura que no es posible adecentar, no apta para ser reproducida en la Escuela, la Familia, la Nación; fruto además de un hombre que no ha dejado de salivar, aun obeso hasta la redondez, fatigado en sus 74 años, cuando tres días antes de morir escribe:

“El 27 Mgl: vino a hacer su 96ta, pareció muy

sensible ante mis dolores que (yo) le detallaba;

no estuvo en ningún baile y me prometió que

tampoco asistiría a algún otro, habló del tiempo

futuro, dijo que tendría 18 años en 19 del mes

próximo, se prestó como es habitual a nuestros

jueguitos, prometió regresar el domingo o el

lunes próximo, me agradeció por lo que hacía

por ella y me hizo ver bien que ella no me

engañaba ni tenía deseos de engañarme. (...)

Mgl: se quedó 2 horas y yo estuve muy contento”.

Conteo, furor aritmético y detalles del comercio del cuerpo; paroxismo del número y de la lujuria codificada, explosión de la cifra, allí donde se detalla su apogeo, horror de la máquina contadora que se disloca o de la máquina de jugar que en el casino se dispara, corre, corre números que escapan a la vista, hasta que de golpe se detiene. Esa detención, en Sade, sólo es posible, al menos biológicamente, tras escribir la última línea de su diario: “El 30 9mbre 1814 me colocan la venda para la piel por 1ra vez”. Dos días después su cuerpo redondo es sacado de su cubículo en Charenton. Y aún así, la ficción no se detiene.