Carlos Victoria, Hijos




A José Antonio Evora

Una vez, hace ya más de veinticinco años, conocí a un hombre que tenía un secreto. Trabajábamos juntos en un aserradero en las afueras de Camagüey; él medía la madera con una cinta que se había convertido en parte de su cuerpo; uno no lo concebía sin el estuche de metal que guardaba la tira. Este hombre se llamaba Marcelo Rondón.

Decir que un hombre tiene un secreto es una forma de arrogancia o piedad: casi todos los hombres tienen un secreto, y casi nunca el secreto es tal, pues siempre hay gente a su alrededor, o por lo menos una o dos personas que lo saben. El caso de Marcelo no era una excepción; muchos sabían lo que jamás le había contado a nadie. Cuando me enteré, por azar, de lo que encubría, este hombre se hizo de inmediato importante para mí; su secreto era también el mío. Pero precisamente porque era algo que los dos callábamos, quedaba descartada la menor franqueza entre los dos.

Iré al grano: la madre de este hombre, al igual que la mía, padecía de una grave enfermedad mental. Y como yo, era hijo único y vivía solo con ella. Sin embargo, él andaba por los sesenta años y yo apenas pasaba de los veinte. Nada separa tanto como la edad; negarlo resulta un grotesco consuelo, o una taimada hipocresía. En medio de la lluvia de aserrín, del escándalo de las cepilladoras, de la mole de cedros y algarrobos junto a la línea del ferrocarril, Marcelo y yo, cada uno por su lado, trajinábamos sin concedernos un saludo o un roce; un viejo y un joven con un mismo secreto que no encontraban nada que decirse.

¿Sabía él de mí, de nuestra semejanza? Yo no tenía manera de averiguarlo. Marcelo se amarraba un pañuelo en la cara para tener a raya las virutas y el polvo, pero tal vez también para no contestar preguntas insidiosas. Un sombrero de yarey, con un tono rojizo de ácana o caoba, le tapaba casi toda la frente, dejando al aire uno que otro mechón encanecido. Entre el sombrero y el pañuelo sobrevivían los ojos, pero era inútil buscar su mirada: no es que la escamoteara, es que permanecía todo el tiempo fija en la cinta de medir, en la hoja de la sierra, en el montón de tablas; en cualquier cosa menos en otro rostro. Ramiro, el canteador, había dado en el clavo al decir:

“Marcelo está aquí pero no está. Ni habla ni oye ni ve. En una gente así no se puede confiar.”

“El pobre,” le contestó Abel, el otro canteador. “Dicen que vive solo con la madre loca, que no sale del cuarto.”

Esa tarde llovía y nos habíamos guarecido los tres, Ramiro, Abel y yo, en un portal al lado del gramil. El agua circulaba por los surcos que habían dejado en su ir y venir las carretillas en las que se cargaba la madera aserrada. Ya había sonado el pito de la hora de salida y casi todos los trabajadores, ignorando el chubasco, se habían ido a sus casas, o a un bar cercano donde muchos acostumbraban a hacer una escala al final del día, como si el licor les metiera en el cuerpo el vigor necesario para cruzar después la puerta del hogar. Nosotros tres nos habíamos quedado recogiendo los tablones regados en el patio, pero el aguacero arreció de repente y tuvimos que echarnos a correr hasta aquel cobertizo derrengado.

“Nadie la ha visto desde hace años,” agregó Abel. “Y él tampoco habla de eso. Mi abuela dice que él no quiere que nadie sepa que ella está enferma.”

Los miré de reojo para tratar de adivinar si ellos sabían también de mi madre y de mí. Otros en el aserradero lo sabían, y una vez un tal Julián me preguntó por ella con un dejo de sorna. Pero en las caras de estos dos no existía la trastienda.

“Debe ser vieja,” dijo Ramiro, un poco avergonzado.

“Viejísima. Se volvió loca después que el marido, el padre de Marcelo, se suicidó. No me acuerdo si se pegó un tiro o se ahorcó. Mi abuela es la que sabe.”

Esa tarde fue la primera vez que oí hablar del asunto. Me pregunté, mientras bordeaba los charcos a la entrada del aserradero, por qué nunca me había fijado en ese hombre. Al otro día me costaba trabajo quitar la vista de su cuerpo seco, recio y cetrino como un árbol quemado. Pero no se dio cuenta de mi impertinencia, o a propio intento la pasó por alto, enmascarado con su pañuelo verde, pendiente del grosor del roble o la majagua, manipulando su cinta de medir como un químico mueve sus probetas, o un cirujano su bisturí filoso.

Pasaron las semanas. Ya por entonces no me quedaba duda de que Marcelo sentía, pese a su cerrazón, mi mirada importuna. Me aprendí de memoria su resuello, sus gestos; su andar cauto, encorvado, cuando rondaba los troncos de dagame o iba desde la sierra hasta la partidora; su maña para trepar una loma de leña; su brusquedad al ladear la cabeza cuando el gramilero gritaba su nombre. Una noche en mi casa, delante de un espejo, imité con un cinto y dos palos de escoba su forma de medir las piezas machihembradas de júcaro y pino.

A la hora del almuerzo procuraba sentarme cerca de él al final del ralo comedor, un barracón en el que retumbaba la bulla de los trabajadores, que devoraban las raciones magras y desabridas como si se tratara de un manjar servido en fuentes repujadas, mientras bromeaban y fanfarroneaban con la boca llena. Marcelo, al fondo, pegado a una pared, masticaba en silencio escudriñando el plato, con el sombrero hundido hasta las cejas.

“¡Marcelo jama y jama!,” gritaba el gramilero.

El aludido, por toda respuesta, mojaba el pan en la sopa aguachenta, sin levantar un segundo la vista. Después de haber limpiado completamente el plato con la cuchara, y a veces con los dedos, observaba por la ventana abierta la rueda gigantesca de la sierra, que a esa hora reposaba. Yo me quedaba remoloneando un rato entre las mesas, sin encontrar una excusa para decirle algo. Las moscas, apelotonadas como motas de tizne, se disputaban los restos de comida. El calor y la inseguridad me hacían sudar hasta que moretones empapados me manchaban la camisa y el short. Por último, con un súbito estruendo, los aparatos del aserradero arrancaban, y Marcelo y yo volvíamos al trabajo: él a medir con su perpetua cinta y yo a ordenar las tablas que salían en tongas de los cepillos y las canteadoras.

Una tarde fui al bar y me quedé tomando hasta que anocheció. Marcelo nunca tomaba allí, aunque tenía fama de bebedor; me habían dicho que dos o tres veces por semana compraba una botella, la metía en un cartucho y se marchaba directo a su casa, donde lo esperaba alguien muy parecido a quien me esperaba en la mía. Yo empezaba a beber por ese tiempo, pero prefería hacerlo en otros sitios, con amigos que aspiraban a ser grandes poetas y que confundían, como yo, el lenguaje exaltado del alcohol con el idioma esquivo de la poesía.

Pero esta vez me había trazado un plan, y por eso me afincaba en la barra empinándome los buches de ron, desgañitándome junto con los hombres con quienes pasaba tantas horas del día, alardeando sobre querindangas, contrabandos y broncas, dando manotazos al aire para inspirar respeto. Me había sentado deliberadamente al lado de Abel, el canteador, el único que podía ayudarme. Porque yo necesitaba ayuda. Sólo que no debía demostrarlo, y de mi astucia para disimular dependía el que pudiera lograr lo que buscaba.

Cuando los tragos ya habían atarantado al hablanchín enjambre de borrachos, y algunos se sobaban con el afán de afecto que desata el licor, le pregunté a Abel con una calculada displicencia:

“¿Por dónde vive Rondón?”

“¿Marcelo? En casa del carajo, en Villa Mariana.”

“¿Pero en qué calle?”

“¿Qué pasa, letrado, quieres que el viejo te mida alguna tabla?”

Pepe el carretillero, que estaba cerca de nosotros, gritó de pronto:

“¡Caballeros, el letrado quiere que el viejo Marcelo le mida la cosa!”

Y al final de la barra la voz pastosa de Ramón se alzó:

“Que no joda el letrado, que la cosa de él seguro se mide con el dedo chiquito.”

Las carcajadas opacaron los lamentos de un charro. En ese instante supe que mis gestiones en esa algarabía enchumbada de vaho no llegarían a ninguna parte. Salí mareado a la noche nublada, que oscurecía las naves del aserradero, sabiendo que mi madre debía estar alterada por mi inusual demora, y probablemente conjuraba entre llantos visiones de secuestros o celadas sangrientas.

Pero semanas después tuve un golpe de suerte, la última noche de carnaval, que en Camagüey se llama la noche de San Juan. La gente abarrotaba las calles buscando olvido y gozo. Un fotógrafo ambulante nos acababa de hacer una foto en una esquina de Padre Valencia a mis amigos poetas y a mí, chocando en un brindis las pergas de cerveza; mientras ensayábamos nuevas maromas para inmortalizar la borrachera gracias a la cámara del pobre diablo (un sobreviviente de otro mundo, otra época), vi cruzar en medio del tumulto un sombrero con manchas rojizas. En un segundo se perdió en el molote.

Ni siquiera me despedí de mis socios de juerga; de sopetón me escabullí entre los cumbancheros, pasé corriendo frente a las tarimas donde los músicos en su frenesí parecían proponerse sacar lascas de cuero a los tambores, mientras los bailadores se desmadejaban; en el disloque casi pierdo un zapato; pero en un par de cuadras volví a ver el sombrero, el andar encorvado de Marcelo Rondón.

Lo seguí a través de torcidos callejones hasta dejar atrás la línea del ferrocarril. Luego recorrimos la avenida principal del barrio La Vigía, en dirección contraria a los fiesteros que bajaban hacia el centro de la ciudad, en grupos o en parejas, algunos aferrados a botellas de vino, otros bailando al ritmo de las congas lejanas, urgidos por la música, las ganas de perderse en la bullangería. Un mamarracho, con un antifaz rojo, recostado a un farol, cuqueaba a los pasantes con nombretes obscenos. Marcelo no le prestó atención. Apresuraba cada vez más el paso, pensando quizás en la mujer que no salía del cuarto, a quien había dejado sola por irse a parrandear.

Llegué jadeante, sin perderlo de vista, hasta los vecindarios de las afueras, con sus solares plagados de marabú, sus casas pobretonas, sus calles de tierra salpicadas de baches, adonde el San Juan no llegaba jamás; el silencio cundía por los techos de guano, se cuajaba sobre las cercas rotas, amordazaba los puentes de tabla. Sólo el ladrido de los perros quebraba aquí y allá el profundo sosiego. Lo seguía como a media cuadra cuando de repente se viró, sin darme tiempo a buscar escondite; no sé si pudo distinguirme o no; siguió de largo y un poco después entró en un caserón desvencijado, rodeado de un jardín en el que descollaba un limonero. Cerró la puerta y yo me quedé quieto, en medio de la calle, bajo unos árboles mojados de relente. La luna llena se abría paso entre nubes. Di media vuelta, temiendo perderme en este barrio que conocía muy poco. Llegué a mi casa casi de madrugada.

El domingo siguiente, de mañana, regresé más seguro de mí mismo, protegido por la claridad, dando la inofensiva impresión de un caminante que va a hacer un mandado, o que estira las piernas en un día favorable y aprovecha la fresca. Hombres regaban mustias hortalizas; mujeres oreaban la ropa en los cordeles; niños fingían ser raudos jinetes enhorquetados en caballos de palo. De una cocina brotaba inocultable el aroma que emanan al tostarse los granos de café. Todo conminaba a salir a la luz, a regodearse en la tenue brisa, pero la casa decrépita de Marcelo permanecía cerrada, como si sus moradores se nutrieran de sombra. Sin embargo, cuando pasé frente a la puerta levemente ladeada me pareció escuchar un crujido, un ligero rechinar de bisagras; tal vez lo imaginé; no me atreví a volver la cabeza.

Esa semana en el aserradero me miró un par de veces, con una expresión vaga, distraída; así uno mira un paisaje, o un árbol. Hasta entonces no me había dado cuenta de que sus ojos, emparedados entre el sombrero y el pañuelo que le cubría la nariz y la boca, para mí no eran ojos: eran sólo escritura. Pero necesitaba tiempo para entenderla y memorizarla.

Ese domingo fui de nuevo a su barrio, en el que ya empezaba a sentirme confiado; una modista que pedaleaba en su máquina de coser en un portal me saludó con familiaridad; un niño me agarró la camisa y luego se alejó, riéndose y brincando.

Me gustaría recordar con toda exactitud esa mañana, pero han pasado más de veinticinco años y olvido por ejemplo detalles tan vitales como la ropa que llevaba puesta. Recuerdo que temblaba. Había visto de lejos la puerta entreabierta, y un taburete bajo el limonero. Al pasar frente a la casa miré hacia el otro lado, a un placer lleno de matorrales.

En ese instante escuché mi nombre. Me asustó de tal forma oír la voz que de pronto olvidé cómo yo me llamaba. Pero Marcelo lo repitió sin énfasis, como si pronunciara el nombre de una calle.

Estaba recostado, sin sombrero, al marco de la puerta. Estoy casi seguro de que fumaba un cigarro, aunque el nerviosismo no me dejaba ver con claridad. Después de un titubeo atravesé el jardín, tal vez pasándome la mano por el pelo.

“Pasa,” me dijo.

Entramos en la sala, ancha y con pocos muebles.

“Puedes verla,” me dijo. “Está dormida, allí adentro del cuarto. Abre esa puerta.”

Estuve a punto de flaquear, pero lo obedecí. Tuve primero que acostumbrar la vista a la penumbra, saturada de un olor a humedad. Sentía que entraba a un monte. Las cortinas, los cuadros de santos, la mampara, la cómoda, la mesita de noche, el gavetero, el espejo manchado, se apiñaban como quietos arbustos. En el medio de toda esa espesura resaltaba una cama de hierro, con el colchón hundido, que en ese instante se encontraba vacía. Un rosario colgaba de la cabecera. En un rincón oscuro, en un balance, dormitaba la anciana, con la cabeza apoyada en la pared. No sólo la cabeza; también parte del cuerpo. Su figura, frágil y consumida, se pegaba a las tablas como una enredadera. El cabello completamente blanco ocultaba la mitad de su rostro; de su boca escapaba un resuello inaudible; el mentón descansaba sobre el pecho.

Salí en puntas de pies, y sin decir una sola palabra le toqué levemente el brazo a Marcelo, como un saludo, o una despedida. El se quedó fumando, parado en el umbral del comedor, y yo crucé la sala en silencio, aguantando la respiración, cuidando no tropezar, y tratando de no hacer ni el más pequeño ruido abandoné la casa, para dejar en paz a la soñadora y su guardián.