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CLAUDIO MAGRIS: El infinito viajar


Claudio Magris en fogonero emergente


Carlos Alberto Aguilera conversa con Claudio Magris


“¿Adónde os dirigís?”, se pregunta en Enrique de Ofterdingen, la gran novela de Novalis. “Siempre hacia casa”, es la respuesta. El suyo es uno de los grandes libros en los que el viaje aparece cual odisea o metáfora del viaje a través de la vida. Toda odisea pone el punto interrogativo en la posibilidad de atravesar el mundo haciendo de ello una experiencia real y formando así la propia personalidad. La pregunta es si Ulises —especialmente el moderno— vuelve finalmente a casa y, a pesar de las más trágicas y absurdas peripecias, ha confirmado su identidad y encontrado o corroborado un sentido de la existencia o descubre tan sólo la posibilidad de formarse; o bien si pierde el significado de su vida y se pierde a sí mismo en el camino, disgregándose en vez de construirse el suyo.

El sujeto en la visión clásica, aún extraviado frente al vértigo de las cosas, acaba por encontrarse a sí mismo en la confrontación con ese vértigo; atravesando el mundo —viajando en el mundo— descubre su propia verdad, esa verdad que al principio es tan sólo potencial y latente en él y que traduce en realidad a través de la confrontación con el mundo. El héroe de Novalis viaja por lejanías espaciales y temporales pero para llegar a casa, para encontrarse a sí mismo a través del viaje. En El principio esperanza, Bloch dice que la Heimat, la patria, la casa natal que cada cual en su nostalgia cree ver en la infancia, se encuentra en cambio al final del viaje. Éste es circular; se parte de casa, se atraviesa el mundo y se vuelve a casa, si bien a una casa muy diferente de la que se dejó, porque ha adquirido significado gracias a la partida, a la escisión originaria. Ulises vuelve a Ítaca, pero Ítaca no sería tal si él no la hubiera abandonado para ir a la guerra de Troya, si no hubiese quebrado los vínculos entrañables e inmediatos con ella para poderla reencontrar con mayor autenticidad.

El Bildungsroman, la novela de formación que se plantea un problema central de la modernidad, es decir, que se pregunta si, y cómo, puede desarrollar el individuo su propia persona insertándose en el engranaje cada vez más complejo y “prosaico” de la sociedad, casi siempre es también —desde el Wilhelm Meister de Goethe al Enrique de Ofterdingen de Novalis— una novela de peregrinación, de viaje. Pero pronto algo, en la relación del individuo con la totalidad que lo envuelve, se agrieta; en el automóvil de la sociedad moderna viajar se trueca además en un escapar, en un violento romper límites y vínculos. El viaje no sólo descubre la precariedad del mundo, sino también la del viajero, la labilidad del Yo individual que empieza —como intuye Nietzsche con despiadada claridad— a disgregar su identidad y su unidad, a convertirse en otro hombre, “más allá del hombre” según el significado más auténtico del término Übermensch, que no indica un superhombre, un individuo tradicional más dotado que los demás, sino un nuevo estadio antropológico, más allá de la individualidad clásica.

El viaje pasa a ser entonces un camino sin retorno hacia el descubrimiento de que no hay, no puede ni debe haber un retorno. Al viaje circular, tradicional, clásico, edípico y conservador de Joyce, cuyo Ulises vuelve a casa, le releva el viaje rectilíneo, nietzscheano de los personajes de Musil, un viaje que procede siempre hacia delante, hacia un malvado infinito, como una recta que avanza titubeando en la nada. Ítaca y más allá, como reza el título de un libro que he escrito; dos modalidades existenciales, trascendentales del viajar. En la segunda el sujeto, el Yo, el viajero, se lanza siempre hacia delante; en su proceder no se lleva a sí mismo, totalmente a sí mismo, sino que todas las veces aniquila su integral identidad anterior y se desprende de sí. Lâchez tout, salir de viaje, escribía Breton en 1922 exhortando al dépaysement.

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No hay viaje sin que se crucen fronteras —políticas, lingüísticas, sociales, psicológicas, también las invisibles que separan un barrio de otro en la misma ciudad, las existentes entre las personas, las tortuosas que en nuestros infiernos nos cierran el paso. Traspasar las fronteras; también amarlas —por cuanto definen una realidad, una individualidad, le dan cuerpo salvándola así de lo indistinto— pero sin idolatrarlas, sin hacer de ellas ídolos que exigen sacrificios de sangre. Saberlas flexibles, provisionales y perecederas como un cuerpo humano, y por ello dignas de ser amadas; mortales en el sentido de que, al igual que los viajeros, están sujetas a la muerte, y no ocasión y causa de muerte como lo han sido y lo son tantas veces.

Viajar no quiere decir solamente ir al otro lado de la frontera, sino también descubrir que siempre se está en el otro lado. En Verde agua Marisa Madieri, recorriendo la historia del éxodo de los italianos de Fiume después de la Segunda Guerra Mundial en el momento de la revancha eslava que les obliga a huir, descubre los orígenes en parte eslavos de su familia, en aquel entonces vejada por los eslavos por ser italiana; esto es, descubre pertenecer al mundo por el que se sentía amenazada, y que es, al menos parcialmente, también el suyo.

Cuando yo era niño e iba a pasear por el Carso, en Trieste, la frontera que veía tan cerca era infranqueable —al menos hasta la ruptura entre Tito y Stalin y la normalización de las relaciones entre Italia y Yugoslavia— porque era el Telón de Acero que dividía el mundo en dos. Detrás de esa frontera estaban lo desconocido y lo conocido. Lo desconocido porque allí comenzaba el inaccesible, ignoto, misterioso imperio de Stalin, el mundo del Este, tan a menudo ignorado, temido y despreciado. Lo conocido porque aquellas tierras, anexionadas por Yugoslavia al final de la guerra, habían formado parte de Italia. Yo había ido allí varias veces, formaban parte de mi existencia. Una misma realidad era a la vez misteriosa y familiar. Cuando regresé por primera vez, fue simultáneamente un viaje a lo conocido y a lo desconocido. Cada viaje implica más o menos una experiencia similar: alguien o algo que parecía estar cerca y ser bien conocido se revela extranjero e indescifrable, o bien un individuo, un paisaje, una cultura que considerábamos diferentes y ajenos se muestran afines y emparentados con nosotros. A las gentes de una orilla las de la orilla opuesta a menudo les parecen bárbaras, peligrosas y llenas de prejuicios hacia ellas. Pero si nos ponemos a ir de acá para allá en un puente, mezclándonos con las personas que transitan por él y pasando de una orilla a otra hasta no saber bien de qué parte o en qué país estamos, reencontramos la benevolencia hacia nosotros mismos y el placer del mundo. “¿Dónde está la frontera?”, pregunta Saramago en el confín entre España y Portugal a los peces que, en el mismo río, según se deslicen por una orilla u otra nadan ora en el Duero, ora en el Douro.

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¿Llamada de lo conocido o de lo desconocido? La salida de don Quijote querría ser el descubrimiento, la verificación y la confirmación de lo que se sabe, de la verdad leída en los libros de caballerías, de las leyes inmutables del amor y la lealtad, de la belleza de Dulcinea y la fuerza de los gigantes. También los judíos orientales que salen del gueto o del shtetl, de su aldea mísera pero familiar y regulada por el Libro, se aventuran hacia Occidente, entran en la Historia, creyendo encontrar siempre un mundo regido por las tablas de la Ley y, aún más, interpretando cada cosa, incluso la más desconcertante y antitética respecto a su visión, según los parámetros de la ley.

“Pero a campo raso llueve y nieva. Nieva historia”, como dice Yakov Bok, el mísero correveidile en busca de fortuna, en El hombre de Kiev de Malamud. Don Quijote de la Mancha y el judío-oriental se encuentran cara a cara con lo ignoto, con la violencia, la brutalidad y la vulgaridad de una realidad para ellos desconocida y que intentan no admitir; pero precisamente su amorosa fidelidad a un orden conocido les obliga a percibir con mayor agudeza el desorden del mundo en que se aventuran. El viajero es un anarquista conservador; un conservador que descubre el caos del mundo porque para conmensurarlo usa un metro que desvela su fragilidad, su provisionalidad, su ambigüedad y su miseria. Como bien sabía Kafka, sin el sentido profundo de la ley no puede descubrirse su vertiginosa ausencia en la vida. Al salir de la cueva de Montesinos, don Quijote cuenta todas las maravillas y los encantamientos que ha visto, pero cuando Sancho le objeta que a su entender no son sino despropósitos, el hidalgo le responde: “Todo pudiera ser”.

Utopía y desencanto. Muchas cosas se vienen abajo, cuando se viaja; certidumbres, valores, sentimientos, expectativas que se van perdiendo por el camino —el camino es un maestro duro, pero también bueno. Otras cosas, otros valores y sentimientos se hallan, se encuentran, se recogen en él. Al igual que viajar, escribir significa desmontar, reajustar, volver a combinar; se viaja en la realidad como en un teatro, desplazando los bastidores, abriendo nuevos paisajes, perdiéndose en callejones y deteniéndose delante de falsas puertas dibujadas en la pared.

La realidad, tan a menudo impenetrable, de pronto cede, se cuartea; el viajero, dice Cees Nooteboom, siente “las corrientes de aire que se filtran por las fisuras del edificio causal”. Lo real se revela probabilista, indeterminista, sujeto a repentinos colapsos cuánticos que hacen desaparecer algunos de sus elementos, engullidos, absorbidos en vórtices del espacio-tiempo, remolinos de la mortalidad de todas las cosas, pero también del imprevisible brote de nueva vida.

Viajar es una experiencia musiliana, confiada al sentido de las posibilidades más que al principio de realidad. Se descubren, como en unas excavaciones arqueológicas, otros estratos de lo real, las posibilidades concretas que no se han realizado materialmente pero existían y sobreviven en jirones olvidados por la carrera del tiempo, en brechas todavía abiertas, en estados fluctuantes aún. Viajar significa echar cuentas con la realidad pero también con sus alternativas, con sus vacíos; con la Historia y con otra historia u otras historias impedidas y destituidas por ella, mas no canceladas del todo.

Desde la Odisea, viaje y literatura aparecen estrechamente unidos; una análoga exploración, deconstrucción e identificación del mundo y del yo. La escritura sigue con la mudanza, empaqueta y deshace, arregla, desplaza vacíos y bultos, descubre —¿inventa?, ¿encuentra?— elementos que se le escapan al inventario e incluso a la percepción real, como si los pusiera bajo una lupa. También mi viajero danubiano habla de fisuras cortantes como cuchillas abiertas en los bastidores del teatro cotidiano, a través de las cuales espera que se filtre cuando menos un soplo o una pequeña corriente de la vida verdadera, celada por el biombo de lo real. Trascendencia de todo viajar que también cala en la carne, en el polvo, en la inmediatez del ahora que se cierne sobre nosotros y desbarata siempre, poco o mucho, las esperas. Basta cruzar la calle o el descansillo para desmentir la orgullosa garantía asegurada años atrás por el Spiegel de una sección titulada “Bestseller Service”, que prometía hablar sólo de libros de éxito de los que todos hablaban y se esperaba que se hablase: “Las sorpresas quedan excluidas”.

Vivir, viajar, escribir. Acaso hoy la narrativa más auténtica sea la que cuenta no a través de la invención y la ficción puras, sino a través de la toma directa de los hechos, de las cosas, de esas transformaciones locas y vertiginosas que, como dice Kapuscinki, impiden captar el mundo en su totalidad y ofrecer una síntesis de él, permitiendo capturar, como el reportero en la barahúnda de la batalla, sólo algunos fragmentos. Por lo demás, él mismo crea una literatura vitalísima zambulléndose en la realidad, plasmándola con rigurosa precisión, aferrando como un perro de caza sus detalles reveladores aún más huidizos y componiéndolo todo en un cuadro, fiel y a la vez reinventado, que es el retrato del mundo y del viaje a través del mundo. Quizá el viaje sea la expresión por excelencia de esa literatura, de esa narrativa non fiction teorizada por Truman Capote.

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Viajar es inmoral, decía Weininger viajando; es cruel, recalca Canetti. Inmoral es la vanidad de la fuga, nota con acierto Horacio cuando invita a no intentar eludir los dolores y los afanes espoleando al caballo, porque la negra angustia, dice su verso, va sentada en la grupa detrás del jinete que espera hacerle perder el rastro de su caballo. El yo fuerte, según el filósofo vienés abatido pronto por la convivencia con lo absoluto, debe quedarse en casa, encararse con la angustia y la desesperación sin que le distraigan o aturdan, no apartar la mirada de la realidad y la pelea; la metafísica es residente, no busca evasiones ni vacaciones. Quizá, alguna vez, el yo se quede en casa y el que viaja sea su semblante, un simulacro semejante al de Helena que, según una de las versiones del mito, había seguido a Paris hasta Troya mientras la verdadera Helena se quedaba en otro lugar, Egipto, durante los largos años de la guerra.

Weininger denunciaba en el viaje la tentación de la irresponsabilidad, quien viaja es espectador, no está implicado a fondo en la realidad que atraviesa, no es culpable de las fealdades, las infamias y las tragedias del país en el que se adentra. No ha hecho él esas leyes inicuas y no tiene que reprocharse no haberlas combatido; si el techo que le ampara una noche cae sobre él y no tiene la desgracia de quedar bajo los escombros, no ha de hacer otra cosa sino coger su maleta e ir un poco más lejos. De viaje estamos bien porque, aparte de alguna malandanza, un terremoto o un desastre aéreo, verdaderamente no puede sucedernos nada: no ponemos en juego nuestra vida.

El viaje es también un benévolo aburrimiento, una protectora insignificancia. La aventura más arriesgada, difícil y seductora se lidia en casa; es allí donde nos jugamos la vida, la capacidad o la incapacidad de amar y construir, de tener y dar felicidad, de crecer con valentía o agazaparse en el miedo; es allí donde corremos los mayores riesgos. La casa no es un idilio; es el espacio de la existencia concreta y por tanto expuesta al conflicto, al malentendido, al error, al avasallamiento y a la hosquedad, al naufragio. Por eso es el lugar central de la vida, con su bien y su mal; el lugar de la pasión más fuerte, a veces devastadora —por la compañera o el compañero de nuestros días, por los hijos— y que nos cala sin miramientos. Recorrer el mundo también significa descansar de la intensidad doméstica, apaciguarse en placenteras pausas de holganza, abandonarse pasivamente —inmoralmente, según Weininger— al fluir de las cosas.

Hay otra inmoralidad del viaje, la actitud de cerrarse ante la diversidad del mundo. El viajero mitteleuropeo es con facilidad un Ulises en batín, como ha escrito Giorgio Bergamini; alguien que querría navegar entre una butaca y una biblioteca, en el azul oceánico del atlas más que en el de las olas; alguien para quien el infinito es el signo matemático del infinito. Quien viaja sobre el papel se desacostumbra imperceptiblemente a la vida y vuelca sus pasiones sobre el gráfico de la vida, sobre las curvas estadísticas de sus fenómenos; pasa a ser un hombre sin atributos para el que, escribe Musil, la verdura enlatada se convierte en el sentido verdadero de la verdura fresca.

También cuando viaja en el mundo, el viajero mantiene tal tendencia a abrocharse bien el abrigo y subirse la solapa, cual si interpusiera una defensa entre él y las cosas. Por suerte a los viajeros danubianos les gusta el mar y, como los de mi Danubio, quizá atraviesen bajo pesados cielos las grandes llanuras de Mitteleuropa, más que nada para llegar al mar. Y a la orilla del mar “inexplicable”, como lo llamaba Camões, es donde se encuentra el dilatado aliento de la vida que nos abre a las grandes preguntas sobre el destino y al sentido del bien y el mal; el mar induce a confrontar la ambigüedad, invita a desafiarla —en el mar inmortal, escribe Conrad, se conquista el perdón de nuestras almas pecadoras. En el mar nos desnudamos, nos despojamos de las asfixiantes defensas, nos abrimos a cuanto tenemos delante. Y en ello puede ir la salvación del viajero, que, aun en el empedrado de las ciudades o en las montañas, se siente en la cabeceante toldilla de un barco embestido por altas olas, arca precaria o salvadora.

Crueldad del viaje, advierte Canetti: el viajero mira al mundo con curiosidad y de alguna manera es propenso a aceptar lo que ve, el mal y la injusticia inclusive, tendiendo a conocerlos y comprenderlos más que a combatirlos y rechazarlos. El viaje en los países totalitarios, por ejemplo, siempre es un poco culpable, una complicidad o al menos una neutralidad de hecho respecto a las violencias y las infamias celadas tras los pueblos Potemkin que se atraviesan y donde se encuentra hospitalidad. Y pese a ello poco a poco el viajero descubre, se ve obligado a descubrir la fraternidad y el destino común del mundo, a sentir que el mundo entero es su casa y que sólo este sentimiento hace que sea verdadero su amor por la casa que ha dejado atrás en su país, que de otro modo sería un hórrido y regresivo fetichismo.

Como para el vagabundo gaznápiro de Eichendorff, amor por las lejanías y amor por el hogar coinciden, porque en ese hogar se quiere también al vasto mundo desconocido y en este último se aprecia, aun en las más variadas formas, la intimidad del hogar. Dante decía que bebiendo el agua del Amo había aprendido a querer con fuerza a Florencia, pero que para nosotros la patria es el mundo como para los peces el mar: cada una de las dos aguas, por sí sola, es insuficiente y está contaminada. Viajar enseña el desarraigo, a sentirse siempre extranjeros en la vida, incluso en casa, pero sentirse extranjero entre extranjeros acaso sea la única manera de ser verdaderamente hermanos. Por eso la meta del viaje son los hombres; no se va a España o a Alemania, sino entre los españoles o entre los alemanes. “Lea literatura de viajes”, le decía a un teólogo Kant, que tampoco quería moverse de Königsberg.

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A veces los lugares hablan, otras callan, tienen sus epifanías y sus hermetismos. Como cualquier otro, el encuentro con los lugares —y con quien vive en ellos— es aventurado, rico en promesas y riesgos. Algunos lugares, Venecia o Praga, le hablan hasta al viajero más distraído e ignaro con la evidencia misma de su aparición y de la vida que en ellos bulle. Otros se confían a una elocuencia indirecta, seducen sólo a quienes los recorren conociendo lo sucedido entre aquellos árboles o en aquellas calles: la habitación donde murió Kafka, en Kierling, dice tantas cosas, pero sólo a quien sabe que entre aquellas paredes Kafka vivió sus últimas horas y mira hasta las grietas de las paredes bajo esta luz. Otros lugares se cierran en un opaco silencio y el encuentro fracasa; también el viaje, como toda aventura, está expuesto a la derrota y a la esterilidad. Y esto sucede porque el viajero —por ignorancia, soberbia o acedia— no encuentra la llave para entrar en aquel mundo, el vocabulario y la gramática para comprender aquella lengua y descifrar aquella cultura. El status viatoris que el pensamiento religioso atribuye al hombre implica también esta fragilidad, esta alternancia de gloria y caída, la capacidad de salvación unida a la exposición y al jaque mate y a la culpa.

Hay lugares que fascinan porque parecen radicalmente diferentes y otros que encantan porque, ya la primera vez, resultan familiares, casi un lugar natal. Conocer es a menudo, platónicamente, reconocer, es el brote de algo acaso ignorado hasta ese momento pero asumido como propio. Para ver un lugar es preciso volver a verlo. Lo conocido y lo familiar, continuamente redescubiertos y enriquecidos, son la premisa del encuentro, la seducción y la aventura; la vigésima o centésima vez que se habla con un amigo o se hace el amor con una persona amada son infinitamente más intensas que la primera. Esto vale también para los lugares; el viaje más fascinador es un regreso, una odisea, y los lugares del recorrido acostumbrado, los microcosmos cotidianos atravesados durante años y años, son un desafío ulisiano. “¿Por qué cabalgáis por estas tierras?”, pregunta el alférez en la famosa balada de Rilke al marqués que avanza a su lado. “Para regresar”, responde el segundo.

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CLAUDIO MAGRIS, consideraciones de frontera

CLAUDIO MAGRIS

De la otra parte. Consideraciones de frontera


Lec, un escritor polaco, cuenta que en una ocasión, estando en Pancevo, en la orilla izquierda del Danubio y mirando sobre el río hacia la orilla opuesta en dirección a Belgrado, había sentido estar todavía en su patria, en su casa, porque aquella orilla sobre la que se encontraba en un tiempo señalaba la frontera de la vieja monarquía austrohúngara, que él, incluso muchos años después de su caída, continuaba a considerar como su mundo, mientras más allá del río comenzaba un mundo diverso. Al otro lado del río comenzaba para él “la otra parte”. Otro escritor polaco, Andrej Kusniewicz, comenta esta página de Lec y se reconoce plenamente en estos sentimientos: también para él ese confín perdido señala los límites de su mundo. Para ambos, Belgrado está de la otra parte.

Tanto en un caso como en el otro el escritor parece conocer bien cual es su lugar, detrás de cual frontera él se siente en casa. Otras veces, y con mayor frecuencia, la identificación se hace más difícil. Una vez, cuando era estudiante y vivía en Freiburg, en la Selva Negra, en una de aquellas posadas que para un joven constituyen una verdadera universidad del saber y de la vida, fui llevado, con algunos amigos, a Strasburgo, donde nunca había estado. Era el invierno de 1962-63. Nuestro cicerón era un señor mucho mayor que nosotros, también él frecuentador de la posada Goldener Anker, El Ancla de Oro: un alemán de la Selva Negra como cualquier otro, y que había tenido un destino particular. Poco antes de la llegada del nacionalsocialismo, había abandonado Alemania, llevado no por la necesidad, por cuanto pertenecía a la raza aria predilecta del Führer, sino solo por razones políticas, o mejor aún, morales. Su patriotismo por la humanidad no había cancelado el amor por su patria, Alemania, y luego tampoco había disminuido su dolor por la sucesiva catástrofe germana, por la destrucción y posterior división de su país. Cuando atravesó la frontera entre Alemania y Francia por supuesto que no pensaba olvidar a su patria ni tampoco volverle la espalda: simplemente sentía que en aquél momento, y mientras durara el régimen nazista, su auténtica patria, o mejor, su auténtico lugar, estaba en otra parte.

La frontera es doble, ambigua: ora es un puente para encontrar al otro, ora una barrera para rechazarlo. Con frecuencia es la obsesión de situar algo o alguno de la otra parte; la literatura, entre otras cosas, es también un viaje que busca desacreditar este mito de la otra parte, que intenta comprender que cada uno se encuentra aquí y allá, que cada uno, como en un misterio medieval, es el Otro. El escritor que ha inventado el paisaje literario triestino y que murió combatiendo por la unión de Trieste a Italia, Scipio Slataper, comienza Il mio Carso intentando decir quién es y descubre que, para representar su identidad profunda, debe inventarla y decir que es otro, nacido en otro lugar, en cualquier lugar de ese mundo eslavo que se encuentra en conflicto con la italianidad de Trieste, aun cuando forma parte de la civilidad triestina. (...)

Los confines son cambiados de lugar, desaparecen e improvisamente reaparecen; con ellos se transforma de manera errabunda el concepto de lo que llaman Heimat, patria. Ciudad e individuos con frecuencia se percatan de que son “ex” y esta experiencia del extrañamiento, de la ajenidad, de la pérdida del mundo no concierne solo a la geografía política sino a la vida en general. Mi Stadelmann diría que cada uno es un ex de algo, aunque no sepa que lo es.

Tal vez para mí la experiencia originaria del hecho de contar, de la relación que existe entre el hecho de narrar y los equívocos de la vida y de la historia, se remonta a un grotesco y doloroso desplazamiento de confines del que casualmente fui testigo de pequeño, aquél absurdo “Kosakenland” que los alemanes, durante la Segunda Guerra Mundial, habían prometido a sus aliados cosacos y que, por algunos meses, estuvo situado en Carnia, la áspera y desvalida región del Friuli, hasta la catástrofe final.

Hacia aquellas tierras los cosacos no solo habían trasladado sus casas de campaña, sino incluso sus propias raíces; habían trasplantado su pasado y su estepa hacia aquellas regiones, de cuya existencia, hasta poco antes, ni siquiera habían oído hablar. Convencidos de que combatían por la libertad, se habían puesto al servicio de la tiranía más feroz. En nombre de la patria que buscaban, y en el deseo de encontrar un punto fijo, un estable y tranquilo confín propio, ellos despojaban a otros de su patria, de sus confines.

Esta historia cosaca muestra como el confín, que corre entre la verdad y la mentira, muchas veces es incierto, aunque si nuestra tarea es aquella de buscar incesantemente la posibilidad de establecerlo. La escenificación de la verdad en ocasiones se convierte en su contrario, la verdad viene enmascarada y se transforma en mentira; también en este caso es un confín que viene inadvertidamente transgredido o confundido. La frontera entre mentira y verdad, de por sí dividida por una clara línea de separación, como el sí y el no de las palabras del Evangelio, viene frecuentemente cancelada y desplazada de la historia y de la ideología.

Mi educación sentimental ha estado signada por muchas experiencias de frontera perdida o buscada, reconstruida en la realidad y en el corazón. Después de aquella del fantasmal estado cosaco, la otra experiencia fundamental en este sentido ha sido, para mí, la del éxodo de trescientos mil italianos que, al final de la Segunda Guerra Mundial, abandonaron Istria. La Yugoslavia de Tito, luego de liberarse con su extraordinaria guerra de resistencia, no solo había recobrado tierras eslavas, sino que se había anexado también, con Istria y Fiume, tierras italianas. Los años precedentes estuvieron caracterizados por la opresión fascista de los eslavos y la desvalorización de sus derechos, incluso por parte de muchos italianos no explícitamente fascistas pero sí nacionalistas. La revancha yugoslava a la insignia del totalitarismo fue violenta e indiferenciada. En aquellos años signados por el miedo, la intimidación y el delito, cerca de trescientos mil italianos dejaron, en diversos momentos, sus tierras y sus casas, para errar por el mundo y vivir, por muchos años, en campos de refugiados. Esta gente, que había perdido todo, era frecuentemente incomprendida e ignorada en su dramática situación, y por esto tendía a su vez a encerrarse entre otras fronteras que se erigían en los corazones, las fronteras de la amargura y del resentimiento que aislaban a estos exiliados no solo de su tierra perdida, sino también, continuamente, de aquella en la que venían a insertarse y que los ignoraba o los hacía sentir parcialmente extranjeros.

Otras fronteras todavía más complejas venían a crearse en torno a aquellos exiliados que, aún sufriendo el drama del exilio y de la incomprensión por parte de la Italia oficial y aún oponiéndose a la violencia nacionalista eslava que los repelía, se negaban a unirse a los sentimientos nacionalistas italianos y por ende a cualquier indiscriminada negación o rechazo de los eslavos y continuaban a ver en el diálogo entre italianos y eslavos su más auténtica identidad. Ellos continuaban considerando y apreciando su mundo istriano y adriático, un mundo mixto y compuesto, no solo italiano y no solo eslavo sino más bien italiano y eslavo, siendo odiados por esto tanto por los nacionalistas eslavos como por los italianos, llegando por tanto a encontrarse en una especie de tierra espiritual de ninguno, rodeada de otras fronteras.

Aquél confín oriental de Italia ha sido escenario de otra migración, cuantitativamente mucho más modesta, pero mucho más ignorada y trágica, que he evocado en Un altro mare y en Microcosmi: el caso de los dos mil obreros italianos de Monfalcone, militantes comunistas convencidos que habían conocido las prisiones fascistas y los Lager alemanes. Mientras ocurre el éxodo istriano, ellos dejan todo para trasladarse y establecerse en Yugoslavia y contribuir a la construcción del comunismo. Cuando Tito rompe con Stalin, son perseguidos por estalinistas y deportados a dos gulag, donde son torturados violentamente y resisten en nombre de Stalin, que a sus ojos representa el Ideal y la Causa. Más tarde, cuando regresan a Italia, son acosados por su condición de comunistas y hostilizados, como incómodos testimonios del pasado estalinista, por parte del PCI ; una vez más se encuentran en la otra parte, en la parte equivocada en el momento equivocado, rodeados por fronteras mucho más duras y feroces.

Todo confín tiene algo que ver con la inseguridad y con la necesidad de una seguridad. La frontera es una necesidad, porque sin ella -sin una distinción- no hay identidad, no hay forma, no hay individualidad y mucho menos una existencia real, ya que esta última viene succionada por lo informe y lo confuso. La frontera constituye una realidad, establece contornos y demarcaciones, construye la individualidad, personal y colectiva, existencial y cultural. Frontera es forma, y por tanto es también arte. La cultura dionisíaca, que proclama la disolución del yo en un confuso magma potencial que debería ser liberatorio y sin embargo es totalitario, priva al sujeto de cualquier capacidad de resistencia y de ironía, lo expone a la violencia y a la anulación, disuelve cualquier unidad portadora de valores en un polvillo gelatinoso y salvaje. El yo es como el barón de Münchhausen, debe salir de las arenas movedizas levantándose por su propia coleta. Puede contar solamente con esa coleta y con esa difícil y contradictoria posición, pero esta irónica condición es su fuerza. La ironía disuelve -o deshace- los confines rígidos y forzosos, pero construye confines humanos, flexibles y tenaces; la ironía se opone a cualquier misticismo indistinto y a toda asamblea totalitaria y potencialmente latente, porque distingue, articula, redimensiona y autoredimensiona. La ironía es guerrilla contra el énfasis abdominal y el minimalismo posmoderno; es una virtud tierna y fuerte.

La Odisea, ese gran libro entre los libros y novela entre las novelas es tal vez, en primer lugar, una epopeya de los confines, del individuo que construye su personalidad, o lo que es igual, la delimita respecto al fluir indiferenciado, hechizante y destructor de la naturaleza que quiere disolverlo; es el yo que se enriquece en su relación con la diversidad, aunque sin ser anulado o absorbido. El diálogo, que une a los interlocutores, presupone la propia distinción y una pequeña pero insuprimible y fecunda distancia.

Dos modelos de odisea se erigen como posibles en la época contemporánea. Por una parte, según el modelo tradicional y clásico que va de Homero a Joyce, la odisea como viaje circular, como camino del individuo que parte, atraviesa el mundo y finalmente retorna a Ítaca, a casa, enriquecido y siempre cambiado por las experiencias que ha tenido en su viaje pero confirmado en su identidad. Es por tanto el arribo a una identidad más profunda, edificando sólidas y seguras fronteras de la propia persona, ni obsesivamente cerradas al mundo ni disueltas en una caótica confusión.

Por otro lado, está la odisea rectilínea, relatada por ejemplo por Musil, en la cual el individuo no regresa a casa, sino que prosigue en línea recta hacia el infinito o hacia la nada, extraviándose por el camino y cambiando radicalmente la propia fisonomía, convirtiéndose en otro, destruyendo toda frontera de la propia identidad. Musil narra la explosión de la individualidad y por tanto el debilitamiento de las articulaciones que le dan forma y confín, sobre todo en dos personajes de El hombre sin atributos, Moosbrugger y Clarisse, que más que individuos son complementos de pulsaciones, sueños colectivos o vertiginosas identificaciones del yo con lo real, en las que ese yo se desborda y se pierde, sin llegar a establecer una frontera entre él y el mundo.

Detrás de toda esta literatura está, explícita o implícita, la gran lección de Nietzsche, explorador y destructor de toda ficticia identidad individual, fragmentada por él en una “anarquía de átomos” en la que la tradicional y milenaria estructura del sujeto individual, que desde tiempos inmemoriales ha construido fatigosamente sus propias fronteras, parece hallarse ya a punto de disolverse, de perder los propios confines y de transformarse en una pluralidad aún no precisamente definida, casi en un nuevo estadio antropológico. Buena parte de la más grande literatura moderna y contemporánea está signada por una doble relación del yo con las propias fronteras, con su disolución (incluso lingüística) y su rigidez, ambas letales.

Es necesaria una identidad irónica, capaz de liberarse de la obsesión de encerrarse y también de la de superarse. Muchas veces el escritor de confines se encuentra entre Scilla y Cariddi, entre la retórica de una identidad compacta y aquella de una identidad huidiza. Todos conocemos y despreciamos a los primeros, esos escritores que se convierten en fieros custodios de la frontera -de la italianidad, de la germanidad, de la españolidad, de la eslovenidad. Pero también aquellos que los combaten desde posiciones mucho más nobles con frecuencia son víctimas de otra retórica de confín, aquella que quiere negar a cualquier precio cualquier confín, de ponerse siempre de la otra parte, de sentirse -por ejemplo- en Trieste italiano entre los eslavos o eslavo entre los italianos...

Muchas veces esta posición es políticamente meritoria en un clima de ásperos conflictos étnicos, aunque corre el riesgo de convertirse en una fórmula estereotipada, una cómoda coartada literaria, y a su vez de ser indulgente con ese pathos del confín que se niega a sí mismo, a esa obsesiva interrogación sobre la identidad que se expresa en la declarada complacencia de no reconocerse en alguna identidad precisa. También una apasionada y problemática literatura de confín, agobiada por la proclamación de la propia no pertenencia o desarraigo, puede convertirse en un rancio repertorio de lugares comunes, como los rimadores de antaño, dispuestos siempre a sugerir la rima útil. La crítica feroz al propio mundo natal, aunque preferible a la desabrida celebración, se convierte fácilmente en un gastado topos: los escritores triestinos que satirizan Trieste, los praguenses que se encarnizan contra Praga, los vieneses que desprecian Viena, etc, por lo general se balancean entre la auténtica liberación y la visceralidad convencional.

El mejor modo de liberarse de la obsesión de la identidad es aceptarla en su siempre precaria aproximación y vivirla espontáneamente, es decir, olvidándose de ella; así como se vive sin pensar todo el tiempo al propio sexo, al propio estado civil o a la propia familia, también es mejor vivir sin pensar demasiado en la vida. Una vez que conocemos su propia relatividad, es conveniente aceptar los propios confines, como se aceptan los de nuestro propio cuarto.

Vividos de este modo, con simplicidad y con afecto, esos confines se convierten en una valiosa potencialidad de la persona. Decía Dante que nuestra patria es el mundo, como lo es para los peces el mar, pero que a fuerza de beber el agua del Arno había aprendido a amar intensamente Florencia. Esas dos aguas, que se encuentran y se mezclan sin abolir el confín, se completan recíprocamente. Es falsa la una sin la otra; sin el sentido de pertenecer a ese mar, el apego al Arno puede convertirse en una angustia regresiva, y sin el amor concreto por el río natal, quejarse del mar deviene una vacua abstracción.

Tal vez ha sido sobre todo la civilización hebrea de la diáspora quien a contribuído a relacionar, en una sanguínea simbiosis, arraigo y lejanía, amor a la casa y fuga nómada que encuentra una casa provisional en una anónima habitación de hotel, en el andén de una estación, en un miserable café, etapas del exilio y del camino hacia la tierra prometida, y por tanto concretos aunque fugaces confines de una patria verdadera.

En una historia hebrea-oriental, de la cual he sacado el título para un libro sobre el exilio, un hebreo, en una pequeña ciudad de Europa del este, se encuentra a otro que se dirige a la estación cargado de equipajes y le pregunta a dónde va. “A América del Sur”, responde el otro. “Ah”, responde el primero, “vas muy lejos”. A lo que el otro, mirándolo desconcertado, replica: “¿Lejos de dónde?”. En esta historia, el hebreo oriental no tiene patria, no tiene un punto de referencia respecto al cual poderse considerar cercano o lejano y está por tanto lejos de todo y de todos, no posee una patria histórico-política, y por tanto no tiene fronteras. Pero al mismo tiempo él tiene su propia patria en sí mismo, en la ley y en la tradición en la que él se ha establecido y que se han arraigado en él, por lo que no está nunca lejos de la propia casa, estando siempre al interior de la propia frontera. Así, esta última se vuelve un puente abierto al mundo.

Pero la frontera es un fetiche cuando es vivida como barrera para rechazar al otro. La obsesión de la propia identidad, que tanto más se rodea de fronteras cuando más persigue una imposible y regresiva pureza, conduce a una violencia de la que la atroz y obtusa guerra en la ex-Yugoslavia es un ejemplo extremo, aunque no único en Europa. Como cada fetiche, la frontera exige con frecuencia tributos de sangre, y en los últimos tiempos el resurgir de la entronización de fronteras, el desencadenamiento de furibundos y viscerales particularismos, cada uno de los cuales se cierra en sí mismo idolatrando la propia peculiaridad y rechazando todo contacto con el otro, ha desatado luchas feroces. Las diversidades, redescubiertas y justamente apreciadas como variantes del universal humano, se convierten en la negación y la destrucción si se absolutizan. A este fetichismo se contraponen las palabras de Nietzsche, descaminadas o confusas si se toman al pie de la letra, pero iluminante metáfora de la verdad: “¿Por qué ser hostil con el vecino, cuando en mí y en mis padres hay tan poco para amar?”.

No sólo existen los confines entre los estados y las naciones, establecidos por tratados internacionales -y también por la fuerza. También la pluma que garabatea diariamente, como dice Svevo, traza, aparta, disuelve y reconstruye confines; es como la lanza de Aquiles, que hiere y cura. La literatura es de por sí una frontera y una expedición a la búsqueda de nuevas fronteras, un desplazamiento y una definición específicos. Toda expresión literaria, toda forma es un umbral, una zona en el límite de innumerables elementos, tensiones y movimientos diversos, una mudanza de los confines semánticos y de las estructuras sintácticas, un contínuo desmontaje y remontaje del mundo, de sus cornisas y sus imágenes, como en un teatro inmóvil en el que incesantemente se reajusten las escenas y las perspectivas de la realidad. Todo escritor, lo sepa o lo quiera o no, es un hombre de frontera, se mueve a través de ella; deshace, niega y propone valores y significados, articula y desarticula el sentido del mundo con un movimiento sin pausa que es un contínuo deslizamiento de fronteras.

La escritura trabaja en los confines y en su propio desplazamiento, en el instante preciso en que se difumina y traspasa. El compromiso moral, la actitud combativa cotidiana a que también alude la literatura, impone el hecho de instituir y defender de contínuo las fronteras; de derribar aquellas que parecen falsas y de erigir otras; de obstruir la entrada del mal. Un mundo sin fronteras, sin distinciones, sería el horrible mundo del “todo vale” imaginado con horror por Dostoievski, un mundo susceptible de cualquier violencia y cualquier atropello o superchería. En este sentido, se lucha contra los confines, pero para instaurar otros.

Por otra parte, persiste la fascinación del momento en el que una cosa se transforma en otra, la incesante metamorfosis del mundo que es la esencia misma de la vida, esa que consiste en un contínuo rebasamiento de los confines. Siempre me han fascinado los confines entre los colores y su modo de borrarse en las degradaciones (claroscuros) del traspaso; con frecuencia la difuminación, sobre todo al relacionarse con el agua, llega a ser la suma misma del sentido de la vida y de la poesía que trata de aferrarlo. También el viaje, estructura narrativa que me atrae con mucha insistencia, se desarrolla según un ritmo que es el de un contínuo traspasar, desdibujar y decolorar de confines. No es casual que estos viajes transcurran sobre el agua : a través de los ríos, en las lagunas, en el lugar de encuentro entre el río y el mar, en la reverberación del mediodía marino que simboliza la seducción y la destrucción inmanentes en un absoluto sin confines.

La imagen insistente de la línea en la que el agua del río se encuentra con la del mar puede ser un signo de esta fascinación por la difuminación decolorante.

Cada relato aporta una forma a la vida, y por ende instituye una frontera; el encanto de la decoloración tiene sentido solo si, no obstante el vértigo de la metamorfosis, se intenta fijar, al menos por un instante, una imagen que lo salve de lo confuso. La literatura es también un análisis del transcurrir de sentimientos y pasiones, de ese proceso contínuo y ambivalente en el que un sentimiento se disipa en otro contiguo, hasta llegar a convertirse en un sentimiento opuesto -también en este caso se trata de rebasar una frontera, de descubrir a un tiempo su necesidad y su precariedad.

La literatura enseña a rebasar los límites, pero también consiste en el trazado de límites, sin los cuales no puede existir siquiera la tensión por superarlos para alcanzar algo más alto y más humano. Desafortunadamente, las fronteras de nuestro presente histórico no tienen que ver sólo con la literatura, sino más bien con una dimensión mucho más violenta e inmediata. Lo sucedido en Yugoslavia revela el peso terrible del pasado y de la historia, el poder mortal de pluriseculares confines del odio y la división. Después de los eventos de 1989, se asiste a la construcción de nuevos muros y confines -étnicos, chovinistas- específicos. Amén de que sobre nuestro futuro se perfila el espectro de la migración de millares de hombres que, empujados por el dolor y el hambre, probablemente abandonarán sus raíces, sus fronteras, provocando el odio y el miedo, lo que a su vez conducirá a erigir nuevas barreras. De la eficacia de la respuesta a estos desplazamientos epocales -respuesta que debería estar libre de odio y demagogia sentimental- es que dependerá la existencia o al menos la dignidad de Europa.

Yugoslavia es sólo un ejemplo de una enfermedad mortal que serpentea por todas partes. Cuando hace algunos años vi clavar con orgulloso entusiasmo las estacas que señalaban la frontera entre Croacia y Eslovenia recordé una historia que me contaron unos amigos estonios y letones. En 1929 o 1930, algunos estudiantes letones entraron en Estonia, subieron al Suur-Munamäki, la colina más elevada del Báltico (317 metros), cuatro más que el más elevado cerro letón, y rebajaron aquellos cuatro metros para arrebatarle a los estonios su primado, que a su vez lo restablecieron enseguida, reamontonando en la cima cuatro metros de tierra y añadiéndole luego una torre. También existen confines de altura. Es necesario ser capaces de verlos -incluso cuando se alzan orgullosos, como el muro de Berlín hasta hace poco tiempo- como cúmulos de ruinas -como cada frontera- y saber que nuestra tarea consiste en retirar esas ruinas y amontonarlas allí donde menos molesten, como hacían en 1945 las famosas Trümmerfrauen berlinesas.

La figura de esta mujer con la escoba, que barre escombros y muros resquebrajados, podría ser la figura ideal, simbólica, del ángel del confín.

Pero es una figura improbable. Cada vez es más difícil, en la actual irrealidad del mundo, responder a la pregunta de Nietzsche: “¿Dónde puedo sentirme en casa?”.
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Más allá del lenguaje, CLAUDIO MAGRIS

Claudio maGris
clauDio MagRis

En una escena de La noche, de Antonioni, se veía en manos de un personaje una copia de Los sonámbulos de Hermann Broch. Pero las obras maestras de este escritor, no obstante a ser bien acogidas, aún no son lo bastante conocidas como merecen; nacido en Viena en 1886 y muerto en los Estados Unidos en 1951, tal vez ha quedado relegado a un segundo plano con relación a otros autores austriacos, más o menos grandes, que en los últimos decenios han gozado de una fama creciente, más que justificada en algunos -entre ellos, por ejemplo, Musil y Canetti-, y extendida con frecuencia a figuras más mediocres cuyo único mérito era su pertenencia a la mitteleuropa asburgica.

Los escritores austriacos más fácilmente asimilados -y difundidos- pertenecen a dos categorías: los nostálgicos del mundo de ayer, transfigurado como imagen del orden y la seguridad, y los agoreros de la crisis, para los cuales la vieja Austria es la Babel del desorden y de la bancarrota de valores, el laboratorio del nihilismo, el modelo de toda la civilización contemporánea fundada sobre la nada.

Broch intimida a los nostálgicos porque ha desmitificado la festiva Viena finisecular cual apocalíptico vacío de valores enmascarado por el kitsch operístico, e inspira sospechas entre los posmodernos admiradores del vacío -o que se dejan seducir por él- porque somete esto último a una crítica implacable, racional e incluso religiosa -de una religiosidad inconfesa, caracterizada por una original simbiosis de hebraísmo y catolicismo, presente incluso, aunque en modo diverso, en Joseph Roth. En ambos casos, se trata de una visión que, al estar permeada por esta acepción de lo sagrado, se revela particularmente eficaz para entender el caos contemporáneo, sus verdades y sus fetiches. Broch propone valores fuertes aunque ocultos en el delirio de su época -que es aún la nuestra; si el vasto consumo de literatura austríaca ha estado muy influenciado por la exaltación de lo excéntrico, lo irracional o lo sofisticado, Broch -con la claridad de su ética, de su formación científica y de su concepción religiosa igualmente contraria a cualquier pacata coquetería con lo oculto- difícilmente se deja perturbar por este gusto, que él mismo fustiga como kitsch y al cual contrapone el sentido de la totalidad de la vida, que incluye en sí mismo el significado que le confiere unidad.

Esta unidad de la vida -y del gran estilo poético-filosófico que la descifra y al mismo tiempo la funda, como ha escrito Broch en ensayos memorables- se ha quebrado, y él ha puesto al desnudo sus consecuencias, que bien pueden ser la disgregación, o la estéril complacencia en su análisis o los pomposos intentos por esconderla, restaurando ideales quebrantados o sustituyendo los auténticos valores perdidos con edificantes paliativos ideológicos o sentimentales.

Broch es un genial desenmascarador del sonambulismo, es decir, de ese auto-embotamiento con el que los hombres se esconden a sí mismos su propio vacío, con una horrible buena fe que es su mayor falsificación, y que animaba a la abuela de Biagio Marin, como cuenta el poeta, a decirle: “Recuerda que quien ignorantemente peca, ignorantemente se daña”. Justamente, Marin consideraba estas palabras como una de las grandes enseñanzas morales de su vida. Si a veces -en ciertas circunstancias en las que, no obstante cualquier esfuerzo, es imposible darse cuenta de la situación y de los valores realmente en juego- la susodicha buena fe puede ser una excusa, generalmente, sin embargo, deviene un agravante, porque es el resultado de un largo proceso de deterioro de la propia conciencia, aturdida, embriagada o abatida por la costumbre de la mentira y el mal, al punto de llegar a ser incapaz de distinguir entre el bien y el mal, convencida de estar en lo justo incluso cuando se mancha de culpas porque no quiere mirar de frente la realidad, la dificultad y la responsabilidad de elegir, la necesidad de juzgar y de ser juzgada. Si se comete un acto de violencia o una injusticia sabiendo que se hace el mal, al menos existe la posibilidad de corregirse o de reparar los errores; posibilidad que no existe cuando se es tan obtuso que es imposible reparar en lo que se hace o tan arrogante o ciego como para considerarlo justo. Una buena parte de los peores culpables están sumidos en una espantosa buena fe y cumplen ignorantemente con sus delitos; los racistas que linchan a un desdichado extranjero están convencidos de que, de un modo o de otro, estos desgraciados merecen esta violencia y que es un bien extirparlos de la sociedad. Si habrá un día del Juicio Final, esta ignorancia, una suerte de obscena inocencia, posiblemente les será atribuida, como pensaba la abuela de Marin.

Tal ignorancia no concierne sólo a la dimensión moral; implica también una relación con toda la realidad, la historia y la existencia, y con la incapacidad de mirarla a la cara sin obstáculos, de sostener su desnuda y quemante tensión. Cuanto más lacerante se vuelve esta tensión, tanto más se defienden aquellos que temen no resistirla, pretendiendo ofuscar la percepción, vivir como sonámbulos, palabra que da título a la gran trilogía narrativa de Broch (1929-1932).

Para Broch, el mundo se asemeja a ese palco vacío en cada teatro de cada ciudad del imperio austroasbúrgico y reservado para la eventual visita del soberano, que obviamente nunca o casi nunca aparece, de manera que el centro ideal de aquella civilización es algo que falta, que no está, y que se trata de cubrir con una profusión de ornamentos eclécticos, como los edificios falso-renacentistas o falso-góticos del Ring vienés. Ya bien sea en los ensayos como en sus novelas, Broch muestra genialmente el agotamiento, la irrealidad -y por tanto la angustia, la impotencia vital y afectiva- de un mundo sin valores; mezclando elementos tradicionalistas (como la idealización del Medioevo) y una sensibilidad extraordinariamente capaz de sumergirse en el delirio de la época -especialmente en los años de entreguerras-, nos hace ver la irracionalidad de una civilización que se cree racional, pues los compartimentos separados en los que ella se ha fragmentado funcionan ocultamente pero cada uno por su cuenta, de manera que el conjunto -es decir la vida, la realidad, la misma persona- es un caos.

Broch es un gran artista cuando representa -por ejemplo en Los sonámbulos o en Los inocentes- la alienación del individuo que, una vez perdido su sistema de valores, los sustituye con ficticios y miserables simulacros, con los ídolos psicológicos, ideológicos o sentimentales fabricados por la opinión común; este individuo es el sonámbulo que no quiere percatarse de que duerme y vaga en la irrealidad, acrecentando así la propia nada y la propia y oscura angustia.

En las páginas de Broch esta grandiosa temática epocal se desliza en la concreta realidad de la existencia, del cuerpo, de los sentimientos, del sexo. Nutrido de una sólida formación matemática -y también en esto, hijo de aquella cultura austríaca que era grande sobre todo por la simbiosis de ciencia y poesía- Broch ha desenmascarado la malignidad del siglo, el mal totalitario -sufrido sobre la propia piel de hebreo exiliado en América durante el nazismo-, así como ese otro mal, tan siniestro como el anterior, que es la impalpable, aparentemente desconocida connivencia con eso, practicada incluso en los gestos cotidianos.

Nostálgico del orden, Broch sabía que la verdad de su tiempo era el desorden y que el deber moral del poeta -como dijo Canetti en el discurso pronunciado por sus cincuenta años- era el de ser el perro de su propio tiempo, de no encerrarse en la propia pureza sino ir a olfatear en cada esquina, incluso en la más escuálida y repelente, la verdad de la propia época, aliviando el dolor y desalojando de su guarida el mal escondido entre las inmundicias.

Según Broch, la novela experimental de vanguardia -Joyce, Kafka- puede ser para la contemporaneidad lo que Homero y su gran estilo fueron para el mundo clásico. La novela entonces viene a ser para el escritor un instrumento cognoscitivo para atrapar el espíritu de la época, que narra los sucesos, los sentimientos y los pensamientos de los hombres en los que estos encarnan. Para percibir y retratar verdaderamente a una época -en este caso la contemporánea- que se ha disgregado en una atomización centrífuga y heterogénea y ha perdido toda unidad de valor y estilo, la novela debe hacerse polifónica y polihistórica, asumir en su estructura la inconexa multiplicidad de estilos de la época misma y su falta de centro y de unidad. La novela debe ser al mismo tiempo narración épica, himno y lírica, reflexión ensayística, teoría filosófica impregnada y vivida en la existencia de los personajes, una experimentación de las formas épicas que hace de Broch uno de los más audaces innovadores de la novela.

Una obra maestra como La muerte de Virgilio toca los límites extremos de la novela. “Poeta en contra de su voluntad”, como él mismo se definía, Broch consideraba que el arte está llamado a expresar lo que la filosofía ya no puede afirmar, es decir el valor, o al menos la exigencia del valor; para hacer esto el arte debía declarar su propia insuficiencia, considerarse un sirviente -todavía insustituible- de algo mayor a lo cual -pero sólo a eso- podía únicamente aludir. La poesía es para Broch el gesto que, al límite de lo inexpresable, muestra lo que está más allá de ese confín -“más allá del lenguaje”, como dice la última frase de La muerte de Virgilio. Más allá de ese límite está lo Absoluto y la poesía no puede alcanzarlo, pero puede conducir a los hombres hasta ese umbral, haciéndoles ver que lo verdaderamente importante está del otro lado, aunque recordando siempre que la razón y la moral impiden definir presuntuosamente lo indecible, como hacen sin embargo los falsos profetas.

El poeta es como Moisés, que no puede llegar a la tierra prometida pero sabe mostrar el camino que a través del desierto lleva en esa dirección. “La impotencia de la escritura para eliminar el mal en el mundo”, como observa Cusatelli a propósito de Canetti, también es sentida intensamente por Broch, sólo que en el conocimiento de ello radica el significado -incluso moral- de su misma escritura.

Incluso La muerte de Virgilio, publicada en 1947 después de muchos años de escritura, expresa con ardiente poesía una dolorosa condena del arte. La novela es un monólogo interior de quinientas páginas que abarca las últimas horas de Virgilio, la extinción de su conciencia que, antes de disolverse en el Todo, revive su entera existencia en una fusión simultánea de todos los planos de la realidad -personal, histórica, cósmica- ahondando en su ilimitado océano. Nacido de esa literatura austríaca tan sensible a la fluctuante relación entre la palabra y la vida, el libro constituye un esfuerzo extremo del lenguaje para proclamar la propia extinción en el silencio, el último gesto de la forma sobre el borde de lo informe. Como la palabra, también el individuo se disuelve en el infinito de la muerte, cancelando todo falso rastro antes de desvanecerse. Broch -subraya Ladislao Mittner- sabe confrontarse a fondo, a cualquier nivel, con el absoluto de la muerte.

Broch siente una especial fascinación por los períodos de transición, suspendidos entre el fin de un sistema de valores (el “no más”) y la espera de uno nuevo (el “aún no”), anticipado en la tensión utópica y mesiánica de la esperanza (el “sin embargo ya”). En tales épocas -como la contemporánea, y su espejo simbólico, aquella augusta entre el paganismo moribundo y la llegada del cristianismo- la poesía señala una meta que ella misma no puede alcanzar y un vacío que no puede llenar. Virgilio se convierte entonces en el prototipo del poeta moderno, que pone en duda su razón de ser, y justamente de esta duda viene su autenticidad y justificación.

En épocas de crisis, como en aquella vivida por Virgilio o por Broch, la poesía revela sobre todo la necesidad de ir hasta el fondo de la crisis, de recorrer el camino en el desierto y en el vacío hasta llevar apocalípticamente a vías de hecho la destrucción del mal -y por extensión del viejo mundo-, que debe perecer para que, mesiánicamente, pueda producirse la salvación y el nacimiento de lo nuevo.

La muerte de Virgilio -como casi toda la obra de Broch- posee una extraordinaria potencia en su capacidad de evocar las cuerdas esenciales de la vida, el amor, la angustia, la culpa, la felicidad, el sueño y la muerte. Broch ha logrado escribir una obra atrevidísima y aún así comprensible, rezumante de problemática filosófica y tensión cognoscitiva y sin embargo disuelta en un canto lírico; ha logrado crear un lenguaje que, no obstante su densidad de conceptos y construcciones abstractas, se diluye en música y parece volver a las fuentes originarias de toda expresión.

La poesía, que para Broch es “ansiedad de conocer”, es también réplica del poder. Virgilio es poeta porque quiere destinar la Eneida al fuego, impidiendo así que sea utilizada por Augusto para glorificar al Imperio. El poeta moderno no puede celebrar, más bien debe negar toda Ciudad terrena; si el poeta homérico de los orígenes podía cantar las tropas, las jerarquías y los héroes, elevar exclamaciones de júbilo por Augusto sería una mentira, como también lo sería encomiar a un líder político del siglo veinte. Si Virgilio al final renuncia a quemar la Eneida, eso se debe, observa Renato Saviane, a un sacrificio todavía mayor: el poeta comprende que debe asumir la responsabilidad de sus acciones y que, luego de haber cantado al Imperio en su poema, no puede cancelar ese más bien respetable compromiso con el poder y presentarse inocente y puro ante la muerte, sino que debe asumir, incluso en el momento extremo, el peso de esta culpa.

En una espléndida página de La muerte..., el poema virgiliano se despoja de nombres, se libera de toda gloriosa nomenclatura y de toda palabra deseosa de capturar lo inefable y vuelve a ser murmullo imperceptible, hálito del mundo, fluir de la vida y desembocar en la muerte, en el silencio donde nace y se extingue todo lenguaje. Escritor desigual, no carente de un pathos redundante y de cierta ideología regresiva, Broch es una voz que ayuda a entender nuestro presente y que, escribe Luigi Forte, recorre “el camino de la angustia de un siglo” expresando “la gran nostalgia de una patria que es posible presentir en el dolor, en la gélida soledad de toda criatura”. Como toda gran obra poética, este libro de Broch (La muerte de Virgilio) nos hace ver cuan mezquina es una literatura incapaz de proyectarse sobre sí misma.

1994
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¿fuera los poetas de la República? CLAUDIO MAGRIS

¿Fuera los poetas de la República?

Claudio Magris



publicado en cacharro(s) 6-7 (y medio), junio-diciembre de 2004
traducción del escritor
Atilio Caballero.


Se cuenta que Platón, al convertirse en discípulo de Sócrates, haya quemado una tragedia que había apenas terminado de escribir. No lo hace porque esté realmente insatisfecho del valor poético de la obra, con la que incluso se había propuesto, como recuerda Diógenes Laercio, participar en uno de los más importantes certámenes literarios de Atenas. De Platón a Kafka -el cual, antes de morir, había encargado a su amigo Max Brod que destruyera sus obras inéditas, entre ellas El proceso y El castillo-, el gesto del gran escritor que destina sus propios libros al fuego no nace nunca de una valoración literaria, sino de razones más profundas. Platón destruye su tragedia -y las otras que se supone haya escrito- cuando se convierte en discípulo de Sócrates y se consagra a la filosofía, a la búsqueda de la verdad, algo que le parece incompatible con la literatura -incluso con aquella más alta y más amada por él, como Homero y los grandes trágicos, que en un famoso capítulo de La República son excluidos del Estado ideal y de la formación espiritual del ideal ciudadano de este Estado.

La sentencia platónica es inaceptable porque, si fuese llevada a efecto, llevaría al totalitarismo, al poder absoluto de un Estado que no tolera expresiones diferentes de su modelo de valores, violentando al individuo y su derecho a la diversidad. Pero para rechazar la condena platónica de la literatura -y del arte en general- es necesario ajustar cuentas a fondo con ella y con su verdad más peligrosa y torcida, que de ser ignorada hace imposible rendir justicia a la literatura, menospreciar y al mismo tiempo reconocer su seducción, apresar su tiránica y liberatoria ambigüedad y por tanto el significado que esta tiene para la vida del ser humano y para la formación de su personalidad.

Un doble estigma, según Platón, justifica esta exclusión de la literatura. Por un lado, ella muestra, sin ofrecer un explícito juicio moral, el absurdo y la injusticia de la vida, el abismo de dolor que golpea al inocente y la felicidad que sonríe al malvado, la perfidia de los mismos dioses -seductores, pero no ejemplos de bondad y justicia; más bien celosos, envidiosos, ávidos, vengativos y violentos- que inducen a los hombres a la culpa y los castigan luego de haberlos impelido a expiar aquellas culpas. Hay belleza en el arte, pero esta, nos recuerda Gadamer, no siempre es, como según Platón debería ser, la manifestación del Bien y de la Verdad.

Lejos de ofrecer modelos de vida que eduquen al hombre en la virtud, el arte puede resultar cómplice con la injusticia y la violencia que reinan en el mundo. No es sólo ficticia mímesis, copia de aquella engañosa e imperfecta realidad sensible que para Platón, a su vez, es sólo una copia de la Idea, única realidad verdadera. En el arte el individuo da voz a sus propios sentimientos, y de esta manera termina frecuentemente coqueteando con el propio egoísmo, por mimar con complacencia las miserias, las contradicciones y la banalidad de su estado de ánimo, por perdonar las propias debilidades y encerrarse en el propio narcisismo.

Todo ello convierte al arte en algo nocivo para la formación del individuo -al menos para Platón, que sin embargo ha amado como pocos su encanto, su fuerza arrasadora y transformadora, su capacidad de ver tanto los demonios como los dioses, su “divina manía”, que él mismo celebra en su diálogo Ion, dedicado a un aedo. Es posible entender esta contradicción platónica en términos teóricos, pero para comprenderla en toda su viva realidad, para entender su nacimiento y la forma en que él la vivió, es necesario el arte, la literatura. La filosofía y la religión formulan las verdades, la historia afirma los hechos, pero, como advierte Manzoni, solo la literatura -el arte en general- dice cómo y por qué los hombres viven aquellas verdades y aquellos hechos; cómo, en la vida de los individuos, los valores universales que estos profesan se mezclan con las cosas pequeñas, mínimas e ínfimas con las que está concretamente entretejida su propia existencia; como las verdades filosóficas, religiosas o políticas se entrelazan con las esperanzas y los temores de los hombres, con sus deseos, senectud y muerte. Si Dios se hace hombre, es la literatura quien puede contar esta encarnación, mostrando el absoluto en los gestos cotidianos.

Es la literatura quien puede salvar estas pequeñas historias, iluminar la relación entre la verdad y la vida, entre el misterio y la cotidianeidad, entre el simple individuo y la Babel de su época. Es la “novela de formación”, que florece entre los siglos XVIII y XIX no sólo aunque sobretodo en Alemania, que cuenta, por ejemplo, si es posible y cómo que un individuo, creciendo en contacto con una sociedad cada vez más compleja y laberíntica, forme armoniosamente su propia personalidad, desarrollándola en todas sus potencialidades latentes, o por el contrario venga triturado por el férreo mecanismo del mundo o se inserte en su engranaje pero pagando un alto precio, sacrificando su múltiple riqueza interior, renunciando a sus sueños, pasiones, proyectos y encogiéndose hasta convertirse en un mero instrumento de ese mismo engranaje.

La historia habla de los sucesos, la sociología describe los procesos, la estadística proporciona los números, pero es la literatura quien nos permite tocar con la mano allí donde éstos toman cuerpo y sangre en la existencia de los hombres. Sabemos qué ha sido la Francia de la Restauración y qué cosa es la metrópoli contemporánea gracias a las tentaculares novelas de Balzac, que nos hablan de cómo los hombres han amado, deseado o mentido, y gracias también a novelas como Berlín Alexanderplatz de Alfred Döblin u otras obras de vanguardia, en las que la complejidad, la organización, la desconexión y el caleidoscopio de la vida metropolitana vienen a ser un montaje y collage narrativo, estilo y aliento de la narración. Es por esto que Sciacia ha podido decir que “nada de sí ni del mundo sabe la generalidad de los hombres si la literatura no se lo enseña”.

La literatura, y en particular la novela, o mejor la épica moderna, es mímesis de la realidad, de su hormigueo impuro y fugaz, de su caótica caducidad. Ella se asemeja a un periódico y por momentos a un periodicucho de la vida, en su cotidianeidad baja y disolvente; Dostoievski o Dickens -aunque también Dante y la Biblia- son cronistas de lo efímero, sobre el que proyectan una luz de lo eterno, violenta como un reflector que saja la noche o la linternita de bolsillo de un detective en un lugar tenebroso. Puede haber salvación en este descenso a los infiernos, la piedad de quien se relaciona con el lodo de la existencia para asumirlo sobre él como un mesías afligido, y también complicidad, la complacencia en la miseria antes que la esperanza de aliviarla.

En su fidelidad al fluir legamoso de los acontecimientos, la literatura es también un sismógrafo de los acontecimientos políticos, que en el caos de su inmediatez generalmente no dejan entrever sus propias lógicas y significados. Carlo Bo, rememorando los momentos más confusos y dramáticos de la reciente historia italiana, decía que estos turbulentos y convulsos sucesos parecían estar a la espera de un narrador que les diese forma y figura. En su ensayo Literatura bastarda -la relación entre narrativa, periodismo y crónica informativa-, Claudio Marabini, recordando que literatura significa sobre todo “meterse lo más posible en el pellejo de los otros”, observa como la sangrienta confusión de los últimos decenios y años de nuestra vida social -el asesinato de Aldo Moro, la muerte de Calvi, Tangentopoli y tantos otros acontecimientos ora luctuosos ora tragicómicos- sea el material de un gigantesco, laberíntico folletín que espera por su narrador. Tal vez cuando tengamos -si la tenemos- esta gran novela, podremos saber qué ha sido esta Italia, de la que ninguno -ni siquiera quien ha vivido de cerca estos sucesos, incluso en el ojo del ciclón- logra ver su verdadero rostro.

Tal vez nunca como en nuestra época la literatura ha reclamado y fomentado tanto una función cognoscitiva: en el período entre finales del XIX y los años treinta -el gran período cultural del Novecientos, hasta el momento la frontera más avanzada alcanzada por la literatura- escritores como Musil, Joyce, Kafka, Svevo, Mann, Broch, Faulkner y otros han reclamado a la narrativa este conocimiento del mundo que el enorme desarrollo de las ciencias no permitía que se le fuese confiado, porque ellas, con la extrema especialización que convertía a cada una en algo casi inaccesible a los cultores de todas las otras y más todavía al hombre medio, habían fragmentado cualquier sentido de unidad del mundo. Sólo una novela que asuma estas problemáticas científicas, mostrando el modo en que los hombres han vivido y viven estas transformaciones, podría captar el sentido de la realidad y de su disolución, consentida aunque profundizada y dominada en las mismas formas experimentales del narrar, en la disgregación y recreación de las estructuras narrativas.

Hoy la literatura tiene un nuevo reto, que nace de su diferencia respecto a la ciencia y de la distancia entre el conocimiento científico y la posibilidad de que este entre en el patrimonio cultural común. Durante siglos los descubrimientos científicos -de Galileo o de Newton, por ejemplo, tal vez incluso los de Einstein- entraban, aunque fuese de manera aproximativa e imperfecta, en la mente del hombre, incluso de aquél que carecía de una preparación especializada, e influían en su modo de ver y percibir el mundo, y por tanto -para el escritor, el artista- de representarlo. Con la mecánica cuántica -y no sólo con ella- parece haberse abierto un abismo entre la ciencia y la comprensión (y por consiguiente la fantasía, la sensibilidad), incluso superficial, por parte de los no entendidos.

La ciencia contemporánea -según algunos el proceso comenzó con Galileo- parece haber reducido la evidencia sensible, presente durante siglos en el conocimiento de la naturaleza, a favor de una inevitable y creciente abstracción que parece imposible trasladar a la fantasía, convertir en imagen y metáfora, poner en concordancia con la vida. De este modo la ciencia no parece influir sobre la percepción y la representación, mental y artística, del mundo; paradójicamente, por tanto, el saber científico -un saber fuerte que domina el mundo- no logra convertirse en cultura, salir de su especializado ámbito, incidir sobre el sentir de los hombres. El descubrimiento del DNA -capaz de alterar radicalmente la realidad y los valores- es, a grandes rasgos, aprehensible, pero la mecánica cuántica se manifiesta sobre otra realidad, donde entran en vigor otras leyes y sobre todo otras lógicas, refractarias a las categorías de nuestro razonamiento y de nuestra sensibilidad.

Esto no quiere decir que el universo deba estar organizado conforme a leyes correspondientes a las estructuras de la mente y la percepción humana; transformar en metáfora poética los conocimientos cada vez más abstractos de una naturaleza indefinible es el arduo desafío cultural que hoy enfrenta la literatura.

La literatura defiende lo particular, lo individual, las cosas, los colores, los sentidos y lo sensible contra la falsedad universal del reclutamiento y la homogeneización de los hombres y contra la abstracción que los esteriliza. A la Historia, que pretende encarnar e instituir lo universal, la literatura contrapone todo aquello que ha quedado al margen del acontecer histórico, dando voz y memoria a lo que ha sido rechazado, excluido, destruido y cancelado en la carrera del progreso. La literatura defiende lo particular y lo descartado contra la norma y los procedimientos; ella recuerda que la totalidad del mundo está quebrantada y que ninguna restauración puede simular la reconstrucción de una imagen armónica y unitaria de la realidad, que sería falsa.

La poesía de los modernos -escribe August Wilhelm Schlegel, fundador del Romanticismo- es la nostalgia de una imposible totalidad del vivir y por tanto expresa el vacío, la ausencia, lo inconcluso de la vida y de la representación que quiere serle fiel, sin ceder a la tentación de adornarla retóricamente, como si todo fuese fácil y estuviera bien. Gran parte de la literatura contemporánea es todavía romántica, en el sentido en que el romanticismo ha estado -señala Giuseppe Bevilacqua- soñando la utópica redención global de la sociedad y de la vida y -desilusionado del fracaso de la revolución, que por reacción induce a muchos románticos a afiliarse políticamente en posiciones conservadoras y retrógradas- en confiar a la poesía la tarea, por otro lado imposible, de realizar un absoluto poético-existencial (la verdadera vida, el vivir poéticamente) en una sociedad que, cuanto más perfecta se quiere, tanto más sofocante e invivible parece.

El arte moderno ha asumido sobre sí, en su misma estructura formal, la disonancia de la condición humana y ha rechazado cualquier adulación artística, sintiéndola falsa respecto a la existencia como falsa sería una bruñida estatua neoclásica de la Victoria alzada para, después de Auschwitz, celebrar la derrota del nazismo. No sólo las obras más arduas y difíciles, como las de Joyce y Beckett, sino también aquellas aparentemente más accesibles pero al mismo tiempo radicales en su representación de la nada y el desencanto, como La educación sentimental de Flaubert, han rechazado toda profesión retórica de noble y fácil humanidad. La literatura que dice la verdad más radical sobre la condición existencial e histórica es aquella del rechazo y la negación, que pone el acento sobre el malestar de la civilización y sobre la misma laceración del yo individual, ya no más Su Majestad el yo que emite actas gubernamentales, sino un yo cada vez más escindido y fragmentado, reducido a un efímero y oscilante punto de encuentro de sucesos y sensaciones, poco más que ese sedimento dejado por una tradición y una historia evaporadas.

El escribano Bartleby, el inmortal protagonista del relato homónimo de Melville, a cada pregunta, orden expresa u ofrecimiento responde: “Preferiría no hacerlo”. En este perseverante y extremo no, similar a la renuncia de los personajes kafkianos, hay un amor más profundo por la vida que cualquier fácil consenso, un amor que se expresa en la soledad, en el silencio, en una anarquía tanto más radical cuanto más tímida y renuente. La ironía también puede revelar el abismo, como la leve, demoníaca y vertiginosa ironía de Svevo, una de las miradas más inexorables dirigidas a la Medusa. Hoy más que nunca, el sentido de la literatura es el liberarse de ídolos falsos, de todo aquello que pretende falsamente reemplazar los valores auténticos. Como dicen los célebres versos de Eugenio Montale: “De eso hoy sólo podemos decirte / lo que no somos, lo que no queremos”. Para la literatura vale lo dicho en los Evangelios a propósito de la palabra de Cristo: también ella trae la espada, no la paz; ha venido a dividir al hijo del padre y al hermano del hermano, a esparcir inquietud, a poner en duda todo orden social y político. Botero, el teórico de la Razón de Estado, decía que las letras no son de utilidad para el Príncipe -o sea el Estado- porque inducen a la melancolía. Acto de comunicación y por tanto acto social por excelencia, la literatura posee también un irreductible núcleo antisocial, como bien sabía Platón: con frecuencia políticamente comprometida, la literatura es también sabotaje de todo proyecto político.

En su rechazo la literatura puede expresar un apasionado sí a la cálida vida, como la llamaba Saba. Ella también es liberatoria porque está libre del principio de no contradicción; puede expresar verdades antagónicas porque no formula juicios teoréticos, ni mucho menos proclama ideologías, más bien revela experiencias y por tanto puede manifestar la fe en Dios y al mismo tiempo su negación, porque cada individuo, en la odisea de su vida, puede tener ambas vivencias y la literatura habla de esta experiencia, sin dejarse aferrar por la formulación de un credo. En los relatos de Isaac B. Singer encontramos la epifanía de la fe junto a aquella de la nada más radical sin que sea posible saber si Singer sea o no creyente.

Todo escritor conoce bien, advierte físicamente la diferencia que existe entre lo que él escribe en propio, para expresar una posición o un juicio particular, y lo que él dice cuando habla a través de sus personajes o sus lugares, escuchando lo que ellos le sugieren y que tal vez hasta ese momento ignoraba poseer dentro de sí. En la literatura todo es metáfora, algo que dice algo de otra cosa; un no puede ser un sí y esta es su libertad, su ángulo de trescientosesenta grados abierto al mundo. En la literatura no cuentan las respuestas dadas por un escritor, sino más bien las preguntas que hace y que son siempre más amplias que cualquier respuesta satisfactoria o concluyente. Como en la vida, en definitiva, donde las personas que creemos fundamentales en nuestra existencia no son tanto aquellas que comparten nuestras respuestas acerca de las cosas últimas sino más bien aquellas que se hacen nuestras mismas preguntas alrededor de esas cosas.

La literatura posee una propia y férrea necesidad, pero ama el juego. La necesidad suprapersonal traspasa y supera muchas veces el deseo y la voluntad del mismo autor; a veces se quisiera decir algo que está muy cercano a uno pero que el texto rechaza, o bien tachamos algo que ese texto exige. En la fábula El claro de Marisa Madieri, la pequeña Dafne quiere escribir algunos cuentos sobre sus vivencias personales eliminando el episodio donde la serpiente se come al mirlo, que la angustia y turba su encanto por el mundo, pero se percata de que no puede hacerlo.

La literatura todavía ama el juego, la libertad de inventar la vida como el Barón de Münchhausen, de convertir incluso la tragedia en algo ligero como un globo de colores que escapa de la mano y vuela por su cuenta. Los poetas saben esconder la profundidad en la superficie, decía Hofmannsthal, disimular los abismos más inquietantes en la levedad de una sonrisa y lo aparentemente fútil, como sucede en Sterne, de tal modo que podamos sentir todavía de manera más intensa los vértigos de esa oscura vorágine. La literatura inventa el lenguaje, transgrede la gramática y la sintaxis, creando a su vez un orden nuevo; crea palabras, volviendo casi al origen de la vida, como Joao Guimarães Rosa en su Gran Sertón Vereda. Esta airosa libertad es quizás su mayor don.

Hay una irresponsabilidad que la literatura reivindica como un derecho inalienable y que protege de la insoportable seriedad de la vida, de sus deberes y sus agobios, recordando que es necesario ir a la escuela, pero también hacer novillos. La literatura enseña a reír de aquello que se respeta y a respetar aquello de lo que se ríe, como sucede con algunos profesores venerables que son objeto de las bromas, con una afectuosa ironía y autoironía que es lo contrario del áspero y supuesto escarnio. Esta resuelta soltura de la persona es una actitud clásica y el clasicismo libera, como dice un personaje de Fontane, el gran narrador prusiano del XIX, porque da sentido del espesor, de la complejidad, como también del absurdo y de la vanidad de las cosas, enseñando a aceptarlas y amarlas sin idolatría.

Entre las tantas razones que existen para estudiar la literatura y las lenguas clásicas, existe una, y no de las últimas, que constituye la gratuidad de las lenguas muertas, de esos perifrásticos, de esos conjuntivos que parecen no servir para nada y que tal vez por esto mismo ayudan a entender a los hombres con desencantada benevolencia y enseñan, sobre todo, con el orden del lenguaje, la moral adecuada. Muchas marranadas y tonterías nacen cuando se embrolla chapuceramente el lenguaje y se pone el sujeto donde corresponde un acusativo o un complemento al lugar del nominativo, mezclando las cartas y cambiando los roles entre víctimas y culpables, aboliendo distinciones y jerarquías en una fraudulenta acumulación de conceptos y sentimientos que deforma la verdad. Tal vez, si aprendemos la gratuidad de todos aquellos proparossitome y properispomene, o de ese venerable paradigma del verbo hystemi, todo lo demás nos será dado como excedente.

Irresponsabilidad, juego de la literatura. Pero el verdadero juego es algo muy serio: lo saben los niños cuando juegan a policías y ladrones, conscientes de la ficción, aunque con una seriedad y una pasión que más tarde raramente lograrán aplicar a las ficciones aparentemente reales de sus actividades de adultos. Existe incluso un juego árido y estéril, en el que con frecuencia se complacen los literatos, una enmascarada aridez de las palabras que enaltecen los sentimientos, casi una perversa autorización a no participar a la cálida vida en el momento mismo en que se le canta. Todo aquél que ame la literatura debe ajustar cuentas a fondo, como ha aclarado Thomas Mann, con el siempre inminente peligro de que el amor por la palabra se convierta en idolatría, fetichismo. En todo escritor –y no sólo en el esteta ordinario– serpentea la tentación que la tradición, tal vez injustamente, atribuye a Nerón, de preocuparse, cuando Roma arde, más de los versos que lloran el fuego y sus víctimas que de las propias víctimas y su dolor.

Muchos escritores, grandes incluso, que han sabido hablarle al corazón, han revelado tener uno demasiado pequeño y áspero, que se inflama por envidias miserables o afán de reconocimiento más que por el amor o el dolor. Los grandes escritores -dígase Tolstoi o Dostoievski- han sido, no obstante esta misma condición, los primeros a denunciar, incluso en sí mismos, esta mezquindad humana de la literatura. Escribir -un ejercicio ascético y totalizante, que absorbe la atención y la energía de la persona- puede llevar implícito un riesgo de inhumanidad. La escritura busca la vida, pero puede perderla justo porque está por completo concentrada sobre sí misma y su propia búsqueda. En una ocasión, en París, durante una conversación sobre mi libro Danubio, Maurice Nadeau me preguntó si, para mi viajero danubiano, la literatura era un medio para alcanzar el sentido de la vida o un obstáculo en este camino. Después de pensarlo mucho le dije que, si necesariamente debía responder, ella era el 50,001 salvación y 49,999 perdición y que podía ser salvación sólo si se era consciente de su potencial negativo.

Nadie ha entendido como Kafka este nudo inextricable entre el bien y el mal innato a la literatura. El dijo que habría querido ser Amshel, tal como suena su nombre en hebreo, es decir, enraizado en aquella urdimbre de valores y afectos humanos, en aquella plenitud vital y moral que para él representaba el judaísmo. La literatura fue para él la senda que guió esta búsqueda de lo humano, y ella lo enzarzó en esta búsqueda, a la que él terminó por dedicarle toda su energía y su atención, perdiendo la meta al estar totalmente atrapado por el ansia de acertar el verdadero camino. Así, escribe Giuliano Baioni, nunca pudo llegar a ser Amshel, el hombre completo, y se convirtió en Franz Kafka, gran escritor aunque hombre manco y culpable de su perfección literaria, que era, al mismo tiempo, mutilación humana. Pero sin Franz Kafka no sabríamos qué significa ser Amshel, qué significa esa vida que le ha faltado al escritor.

Desde el más grande de los libros, la Odisea, la literatura es un viaje en la vida. La literatura moderna no es un viaje por el mar, si no más bien a través del polvo y la desolación, como el de Don Quijote; a través del desierto, hacia una Tierra Prometida a la que, como Moisés, nunca llegaremos. La literatura no puede ser enrolada por ninguna religión, filosofía o política que proclame estar ya en la Tierra Prometida o de estar a punto de alcanzarla. La literatura, el arte, aún indican el camino hacia la Tierra Prometida, la justa dirección. Es comprensible entonces que los poetas sean expulsados de la República, como inmigrantes abusivos y clandestinos. Pero estos vagabundos, como los nómadas del desierto, son los guías que muestran las pistas para atravesarlo.
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