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Héctor Antón Castillo: Vía Crucis de una Bienal (Apuntes de un viaje hacia ninguna parte)


Enarbolando el lema: "dinámicas de la cultura urbana", la Novena Bienal de La Habana (marzo-abril 2006) intentó volcar el arte hacia la calle, una alternativa bastante coherente de acuerdo al deterioro de los recintos expositivos habaneros, muchos de los cuales se mantuvieron clausurados o semiutilizados durante el transcurso del evento.

A partir del contrapunto entre el afuera y el adentro, el trayecto visual oscilaría entre lo público y lo privado como ejes principales sobre los que giraría el conjunto expositivo. Por otra parte, la estrategia curatorial siguió otros derroteros como acatar la presencia del tema en otros encuentros internacionales de arte contemporáneo; así como darle continuidad al slogan "el arte con la vida" que identificó la edición anterior.

Sin embargo, la elección institucional de invadir el ámbito público se contradice con respecto a su política cultural, pues todos los esfuerzos de la institución-arte en Cuba se encaminan hacia la consolidación de una producción visual facturada para exhibirse en galerías destinadas para garantizar un mercado seguro. Bajo el signo de estas confluencias y paradojas, se inició el proceso de selección y maduración de los fragmentos que articularían el cuerpo del mayor suceso de las artes visuales en Cuba.

Entre el rumor y la duda transcurrió la anunciada participación de Spencer Tunick como uno de los invitados de lujo a la muestra oficial. Los inocentes manejaron la posibilidad de que el fotógrafo neoyorquino haría otra de sus intervenciones de cuerpos desnudos emplazados en la vía pública. En cambio, los escépticos se cuestionaban hasta qué punto la circunstancia insular desataría la imaginación del artista.

Otros especulaban acerca del impacto que provocaría escoger como sitio de la acción el monumento al apóstol José Martí en la Plaza de la Revolución, símbolo donde se funden la transparencia espiritual del legado martiano esculpido en mármol junto a las huellas de las multitudinarias concentraciones populares de fidelidad al socialismo cubano.

Casualmente, poco antes de la apertura habanera, Tunick intervino con alrededor de mil quinientos voluntarios la estatua al prócer independentista Simón Bolívar en una céntrica Avenida de Caracas. Pero las suposiciones de una oportuna correspondencia política y artística entre Venezuela y Cuba quedaron truncas al verificarse la realidad del hecho consumado.

La revolución nudista de Spencer Tunick no consiguió arrebatarle su eterno protagonismo a la revolución uniformada de la isla. Lo que pudo ser el escándalo legitimador de la Bienal, derivó únicamente en un conjunto de fotografías enclaustradas y pixeladas en un pequeño espacio del Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam. Frente al residuo de la desinhibición, las masas de espectadores observaban desconcertados el silencioso momento de la libertad desde un encierro virtual y real generado por la percepción.

En el acto de recluir lo público en lo privado a expensas de la mutilación performática, la exhibición del siempre espectacular Tunick se convirtió en la metáfora curatorial de la Bienal, donde el grueso de las propuestas constituían el saldo documental de gestos y acciones solo capaces de trascender desde lo efímero de su incidencia en medio de la cosa pública.

Una de las intenciones cercanas a la pauta curatorial estuvo a cargo de Ingrid Falk y Gustavo Aguerre. El dúo sueco FA+ recubrió con una pátina dorada alcantarillados, hidrantes para incendios, pedazos de contenes y otros accesorios públicos en una tentativa de estetizar lo feo o deteriorado de la ciudad.

Siguiendo la fórmula explotada en la década del noventa por el artista belga Wim Delvoye de contraponer lo glamouroso y lo grotesco, la intervención se trocó en un atrezzo urbano de mal gusto e incapaz de provocar una mínima reflexión.

Detectando estos brochazos dorados en la creciente suciedad habanera, los seguidores del arte contemporáneo reafirmaban a cada paso el fracaso de un remake postminimalista carente de gracia o perversidad. De este modo, la escasez irónica del gesto se robustecía en una evidencia palpable en reiteradas obras de la Bienal: el divorcio entre la ingenuidad de las propuestas foráneas y la complejidad política, social y humana del espacio intervenido.

Contra el infantilismo estratégico de asumir una Bienal como si se tratara de una descarga local se pronunció el artista cubano Eduardo Ponjuán. Este admirador de Xu Bing, Gu Wenda y Cai Guo Quiang dispuso en La Casona de la Plaza Vieja sendas instalaciones donde utilizó los envoltorios de las guaguas Yutong donadas a Cuba por los chinos en fecha reciente.

La obra más sugerente de la Bienal fabulaba en torno al vacío que media entre la imaginería popular y los rejuegos políticos. Curiosamente, una de las carpas estaba virtualmente "sostenida" por globos que reventaban con frecuencia dejando inconclusa la pieza para muchos espectadores.

Así, los globos imposibles de la utopía, emparentaban el engaño del arte con las improvisadas maniobras de sobrevivencia periféricas. ¿ Acaso yo hablo en chino ? y Amores con la china de una taza de porcelana, logran movilizar en un trayecto mental esos viajes de ida y vuelta donde los habitantes de una ciudad detenida en el tiempo caminan sin avanzar, trocando los sueños y las pesadillas como si todo no fuera más que una ilusión.

Desde su estreno en 1984, las bienales de La Habana le han ofrecido cobertura al llamado arte de las periferias marginado de los centros hegemónicos. De hecho, este tipo de producción constituye la esencia de su memoria visual. Demasiado fiel a sus presupuestos históricos, la novena versión daba señales de ahogarse entre crónicas tercermundistas privadas de incitar un cuestionamiento más allá de sus precarios límites.

"Esto es lo que nos toca y lo que debemos legitimar", sería la consigna de una opción curatorial deudora de conceptos tan manoseados en la nomenclatura de la abstracción política como diversidad, utopía e identidad. Ello prueba que mientras no cambie el diseño de la política estatal, la estrategia de la institución-arte en Cuba se verá impedida de tomar un rumbo diferente.

Intervenir con piezas en distintos soportes la Terminal Ferroviaria La Coubre constituyó una de las tentativas curatoriales atendibles en el contexto de la Novena Bienal de La Habana. Este proyecto concebido por el arquitecto cubano Augusto Rivero pretendió transformar la agonía de una sala de espera en un acontecimiento artístico que abordara la temática del viaje.

La premisa conceptual de la elección del espacio como idea se cumplía por varias razones. En primer lugar, debido a que viajar es la utopía mayor para los perdedores sociales de la isla. En segundo orden, porque obligaba a meditar sobre el anhelo de movimiento desde la quietud de su misma imposibilidad.

La dinámica de un viaje, no pudo aglutinar un elenco sólido de creadores suficientes para concretar el acierto de su esbozo como proyecto. Su fracaso visual e interactivo puso de manifiesto la apatía de reconocidos artistas cubanos hacia una oportunidad de participar en un apéndice prometedor de la Bienal. Otra vez la ficción sucumbió ante la absurdidad de una sala de espera de una terminal ferroviaria anclada en un espacio y tiempo inmutables.

Si consumir la decadencia nuestra de cada día fue una actitud común en las propuestas de la Bienal, este malogrado intento de estetizar el caos contribuyó a sobredimensionarla desde la indigencia formal de su puesta en escena.

Un "caso aparte" devino la manipulación del tema de la marginalidad con tintes demagógicos. En este sentido, las palmas se las llevó el cubano Roberto Diago. Hacinada en una galera de la antigua prisión de La Cabaña, su ciudadela era una aglomeración de casitas destartaladas y malolientes que perseguían reconstruir el aura de un barrio pobre.

El poder de tu presencia, reflejó el cinismo de reivindicar la magia espiritual de un sector de la población que arriesga su estricto margen de libertad por superar el retraso material.

Entre los invitados extranjeros sobresalió la presencia de Shirin Neshat. En la planta alta de la Fototeca de Cuba, la artista iraní residente en Nueva York mostró su video Zarin: la historia de una pálida y raquítica prostituta de oficio que cuando sale a la calle tiene la visión de hombres sin rostros apareciendo por todas partes.

Basada en la novela Mujeres sin Hombres de Sharnush Parsipur, la pieza de Neshat transita orgánicamente de lo privado a lo público, retratando a una ciudad donde la culpa y el horror de sus transeúntes solo encuentran cobija en las fantasmagorías que brotan de cualquier esquina.

A pesar de la agresiva belleza de esta videoinstalación, el público habanero interesado en las artes visuales se quedó con las ganas de disfrutar en vivo las fotografías de Shirin Neshat. Esas "paradojas psicológicas" de la mujer islámica que solo se conocen en la isla a través de los relatos y catálogos de los viajeros que regresan. De cierta manera, ocurrió algo similar a la frustrada intervención de Spencer Tunick que tantas personas esperaban.

Paul Virilio sostiene que el arte de Lucy Orta es una especie de signo de alarma: ropa sintomática de un drama, el drama de la supervivencia en la ciudad bajo condiciones normales. Acatando este dictamen, la iniciativa de traer a la artista francesa estaba suficientemente justificada. La Habana es un paraíso de la complicidad premeditada: una urbe donde casi todo el mundo procura valerse de una compañía o de una imagen para salvarse. Es decir: que abundaba el pretexto social para comprobar la razón de ser espacial de una obra difícil de activarse entre cuatro paredes.

Traducida en otra desilusión interactiva, esta colección de residuos motivó que el entusiasmo de Virilio cediera ante el desencanto de Umberto Eco cuando nos advierte: "El esteticismo consiste en creer que el arte es la vida y la vida el arte, confundiendo las zonas. Engañándose".

Exhibidos como reliquias del diseño contemporáneo, los vistosos trajes-refugio de Lucy Orta no decían nada desde su cautiverio museográfico. En estas condiciones de extrema frialdad, desaparecía el aura procesual de ficciones creíbles producto de la calidez de su interconectividad humana en tiempo real.

Una de las contadas oportunidades en que la Bienal abandonó los recintos de la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña se produjo en una acción de trabajo comunitario emprendida por el pintor y ceramista José Fúster en el barrio de Jaimanitas. Situado al oeste de la capital, esta zona costera habitada por gente de pueblo, se vio cubierta por los mosaicos multicolores de quien asume sin prejuicios elitistas la frescura espontaneidad del artesano cultivador de un barroco tropical.

En contraposición al vendaval de piezas falsamente conceptuales que atestaron las bóvedas de La Cabaña, esta mezcla de sobreabundancia y desparpajo propone lo auténticamente popular desde la perspectiva de quien se arriesga a defraudar sin exponerse a engañar. De noche, las losas vidriadas de Fúster iluminan los callejones oscuros donde han sido colocadas. ¿Serán éstas las únicas luces que perdurarán después de ser relegada al olvido la Novena Bienal?

Más que el concepto de una bienal temática, lo que volvió a prevalecer fue la imagen de un espectáculo visual presto a toda clase de disgresiones e interferencias. Afortunadamente, el recuento de las muestras colaterales demostró que la crisis de la institución-arte en Cuba no se extiende como una epidemia para contagiar a todas las individualidades artísticas y culturales de la isla.

En el aspecto curatorial, el Proyecto personal coordinado por Beatriz Gago permitió acceder a piezas notables de Ernesto Leal, Luis Gómez y James Bonachea. La exhibición ocupó tanto el lobby como el ascensor del Museo Nacional de Bellas Artes. Esta fue una de las raras ocasiones en que artistas provenientes de este lado del mundo descartaban la condición periférica como medio y fin de mirar el entorno vital sin considerar una perspectiva global.

El experimentado Flavio Garciandía llegó de su "exilio de terciopelo" en la Ciudad de México dispuesto a completar su "proyecto colectivo" titulado Auge o decadencia del arte cubano en la Sala Transitoria del Museo Nacional. Este work in progress aparentemente complejo desde la perspectiva de su entramado procesual tuvo una recepción tan fríamente snob como su propia concepción.

La propuesta de Flavio consistió en improvisar un estudio de pintor con un enorme lienzo diseñado mediante barras verticales de variados colores. Secundado en el papel por un amplio listado de artistas cubanos que lo ayudarían a terminar el cuadro, la acción plástica devino una parodia a la ejecución de un mural colectivo virtual que permitiría reconciliar en tiempo y espacio a creadores de diferentes generaciones, presupuestos estéticos, lugares de residencia y posiciones políticas.

Polémica y cuestionada, la farsa que engloba esta pieza arremete contra el sueño de pensar en una futura reconstrucción de la cultura cubana con todos y para el bien de todos. Su vacío implica la constancia de reconocer la fragilidad de construcciones mentales como identidad y desarraigo, rebeldía y consenso, veracidad y engaño.

A contrapelo de sus matices serios, la finalidad del gesto no pretendía llegar a ninguna parte, ni detonar ningún tipo de alarma ética o estética. Quizá sin proponérselo, Flavio Garciandía plasmó con su utopía conscientemente fallida lo que con tanto esfuerzo se planteó como meta sin alcanzarla la nueva directiva de la Bienal.

"El arte es todo y, a la vez, nada" -parecía declarar el pintor entre dientes al ritmo que saludaba a los fans y se movía de un lado a otro del improvisado taller derrochando una irónica credulidad.

Pero la alegoría del descalabro de la Bienal no se configuró desde la abstracción gestual sino desde la fisicalidad del objeto. El Faro tumbado pero encendido de Los Carpinteros representaba al patrón urbano por excelencia atravesado en el suelo de una galería en penumbras.

Retomando un símbolo parodiado en el arte de los ochenta como emblema identitario de un nacionalismo a ultranza, Marco Castillo y Dagoberto Rodríguez ilustraron el cansancio del vigía que aún perdido mantiene una fe ciega en la luz del mirador que le revela a primera vista los obstáculos visibles.

Otra de las piezas notorias de artistas que no formaron parte de la muestra oficial resultó el Espejismo de Humberto Díaz instalado en el patio interior de la Academia de Artes Plásticas de San Alejandro. Este paisaje tridimensional de una inundación encarnaba la imagen de cómo una apariencia sobrecogedora puede ocultar la esencia de un caos irreversible.

De un primer golpe de efecto, la causa del estrago se debe al impacto de la naturaleza que muy pronto será neutralizado por la mano del hombre. Solo que esta epidermis de la imagen resulta demasiado engañosa.

Después de obviar los ardides visuales de este environment, caemos en la cuenta de que su mismo título encierra una lógica paradójica evidente. Porque esas aldeas portátiles que no soportan los mínimos embates de las aguas y el viento, permanecen en un estado de inundación más mental que física, donde casi no hay espacio disponible para recapitular en la ambigüedad de los espejismos reales.

Avalado por las licencias que otorga las fronteras borrosas entre el arte y el no-arte, el proyecto de los refrigeradores confirmó una preocupante verdad: basta poseer un demonio aglutinador y la astucia de conseguir financiamiento para ingresar en el contexto expositivo de una Bienal de La Habana.

Según cuentan algunos participantes, la única exigencia residía en facilitarle a los artistas que pudieran hacer con estos artefactos domésticos lo primero que se les ocurriera. Esto debilitaba el rol pensante del curador, pero ofrecía el derecho a equivocarse o acertar sin responder a la cláusula de lo políticamente correcto. Aunque esta contrapartida al exceso de fotografía y video de la exhibición central, necesitó vencer un arduo proceso de negociación institucional para concretarse finalmente.

Manual de instrucciones transitó de lo sublime a lo ridículo con esa tranquilidad que brinda la opción de montar un show sustentado por ese gran desecho llamado "circunstancia periférica". Desde el General eléctrico ostentando una insignia patriótica de los hermanos Alejandro y Esteban Leyva hasta el refrigerador de Kcho atravesado por remos como si fueran los dardos de cupido o la cabeza de Jean Michel Basquiat, la muestra emplazada en el Convento de Santa Clara de la Habana Vieja tuvo una notable repercusión nacional e internacional. Además, reafirmó que evadir la retórica iconográfica con soluciones autónomas de la producción seriada, constituye un reto insuperable para ciertos artistas cubanos que gozan de apoyo institucional.

No corrió la misma suerte el proyecto Zona de contacto, una proposición para nada indecente de la curadora independiente Beatriz Gago. La idea era montar una Sex-Shop en un local de Centro Habana en el que se fabrican trofeos. Aquí cualquier tipo de público tendría la posibilidad de consumir arte erótico, simulando una visita a esos antros del vicio que no existen legalmente en Cuba.

Se intentaba establecer un vínculo entre el contenido sutil de piezas en distintos soportes y el imaginario vital de los habaneros. Pero esta sospechosa utopía acabó con la paciencia de los directivos de la Bienal. La censura que sufrió el proyecto Zona de contacto impidió que muchos creadores probaran la ductilidad de sus ocurrencias en un ambiente inusual. Tales fueron los casos de Lázaro Saavedra, Tania Bruguera o Ezequiel Suárez, así como los jóvenes Carlos José García, Katiuska Saavedra, Analía Amaya y Denys Izquierdo, entre otros.

La Novena Bienal de La Habana no pasó de ser un pretexto ideal para que las artes visuales ocuparan un lugar de preferencia en los medios de difusión masivos de la isla durante el mes que abarcó su realización. Nunca antes había estado tan desprovisto de obras el Centro de Arte Wifredo Lam. Tampoco la nómina oficial cubana incluyó a semejante cantidad de artesanos sin máscaras, privados de un imaginario contemporáneo suficiente para trascender su status de vendedores de piezas decorativas.

Aquella "mística de la Bienal" de la que hablaba Llilian Yanes cuando era su principal animadora, sucumbió fulminada por un turbión de propuestas menores acogidas por todo un gastado repertorio de ideologemas tercermundistas. Esta fue la peor Bienal de cuantas se han efectuado hasta el presente. Como los personajes de Esperando a Godot en la célebre pieza teatral de Samuel Beckett, solo nos resta esperar, seguir esperando.
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¿Cómo dorar la píldora del caos? o Las travesías imaginarias de Kcho, por Héctor Antón Castillo



Héctor Antón Castillo, periodista y escritor. Vive en La Habana.



En el ámbito del arte contemporáneo hecho en Cuba, la figura de Kcho constituye un emblema de lo vertiginoso que pueden resultar las escaladas así como lo estrepitoso de sus caídas. Si en un abrir y cerrar de ojos se convirtió en el más importante y cotizado de los creadores visuales de la isla, en otro parpadeo se transformó en una explosión tan demoledora como pasajera.



Su carrera en los últimos años se ha caracterizado por una regresión indetenible, donde prevalece una constante metamorfosis del atrevimiento en comodidad, la crudeza testimonial en una opción para que el trauma concluya en el goce colectivo ante la descarga visual. Las recientes exhibiciones del artista en el circuito del arte cubano no reafirman el empuje de una energía renovada, sino el resultado de una política cultural encaminada a ofrecerle una promoción institucional de lujo a productores rentables de firmas reconocibles.

Kcho personifica la tentativa de abordar la emigración ilegal desde su ángulo más frustrante, donde la fuga como idea termina por doblegar a la esperanza de cambiar la vida como experiencia. De este modo, la aventura de tirarse al mar a cuenta y riesgo de tantos peligros, se traduce en la solución de recrearla como el trance de una imaginación febril. Por lo que toda locura es síntoma de una irracionalidad fuera de lugar, toda inconformidad una nostalgia por los favores de la razón. También es un ejemplo del afortunado precoz que no consiguió mantener su posición en el grupo élite de creadores emergentes surgidos en la década del noventa. Los jóvenes artistas cubanos necesitan mirar atrás para respetarlo, mientras que sus colegas de promoción ya ni se imaginan cuál será el próximo resbalón de quien marcó la diferencia poética y estratégica de toda una generación.


LA PARTIDA

En plena vuelta al oficio del arte regido por la buena factura imperante en los noventa, la propuesta de Kcho era catalogada como una "contraestrategia delirante" emprendida por alguien expuesto a ser traicionado por su propia intuición. Sin embargo, la muestra El artista del mes que le dedicó el Museo Nacional de Bellas Artes en 1992 desmintió los rumores que le auguraban un fracaso seguro al joven de apenas veintidós años. Más que una presencia, la ocasión permitió captar una personalidad tan indomable como la cualidad de sus materiales. De ello dan fe gestos esculturados como El papalote, Paisaje cubano o Plan Jaba, donde la contención minimal a la hora de tratar la levedad insular aún se resiste a la expansión de pesados botes y embarcaderos.


Con respecto al empleo de la iconografía proveniente de los emblemas de la nacionalidad, este artista compartía un interés que se extendía desde hacedores de los ochenta como Alejandro Aguilera y Oscar Aguirre hasta muchos que comienzan a incidir en la década siguiente como René y Ponjuán, Osvaldo Yero o Esterio Segura. De esta manera, la palma, el machete, la bandera o el escudo nacional sirven para que Alexis Leyva Machado (Isla de la Juventud,1970) entreteja fábulas donde lo político y lo doméstico entablen una controversia matizada por el equilibrio entre la materia y el símbolo. En esta línea se ubican obras como Mi jaula, Materialización del objeto soñado o La peor de las trampas. Esta última es una escalera hecha de ramas y tela cuyos escalones son machetes afilados. La peor de las trampas (1990) era una alerta simbólica acerca de esos peligrosos complejos de identidad, empeñados en malograr la voluntad de aniquilar los cimientos del retraso tercermundista. Paradójicamente, en esta pieza la razón domina a la intuición y constituye un momento de lucidez en la trayectoria de un artista que, frecuentemente, no logra controlar los desbordamientos de su imaginación.

En medio de una etapa del arte cubano entregada a la apropiación indiscriminada de los símbolos nacionales en correspondencia a las preocupaciones identitarias, el viaje y el éxodo se convirtieron en el tópico-cliché del que saldrían las futuras obras de Kcho. Pero el colofón tuvo lugar en el Fórum Ludwig realizado en Aachen, Alemania. Resulta que la muestra de artistas cubanos invitados a la V Bienal de La Habana (1994) coincidió con la salida masiva de balseros cubanos hacia las costas de Estados Unidos. Es así como un golpe de suerte en nombre de una tragedia incalculable transformó a La regata en una obra emblemática que, según los medios de difusión alemanes, sintetizaba la crisis por la que atravesaba la isla. La compra de la instalación por el empresario y coleccionista alemán Peter Ludwig, le otorgó a Kcho la doble condición de artista capaz de imponerse en el mercado y, a la vez, dotado para tocar los conflictos sociopolíticos más punzantes del espacio donde vive y trabaja.

FLOTANDO MAR AFUERA

Casi todo el reconocimiento internacional de Kcho se debe a la creencia generalizada de ser el artista cubano que mejor reflejaba el drama de la emigración. Esto incidió en que se aferrara al tema a contrapelo de su agotamiento y, por supuesto, de la balsa como icono de la que se derivarían la mayoría de sus dibujos e instalaciones. Un buen número de sus admiradores alegan que "el mercado no te permite cambiar" o aquello de que "si la fórmula funciona, no hay por qué cambiarla". Pero este no era el punto clave del problema. Una cosa es pasarse la vida haciendo acumulaciones con toda clase de objetos como Arman o series de originales múltiples como Allan McCollum y otra banalizar comercialmente mediante repeticiones injustificadas una obra que alcanzó notoriedad al abordar las secuelas humanas del fatalismo geográfico que implica la "maldita circunstancia del agua por todas partes".

Cuando Kcho irrumpe en Madrid o en Tokio con instalaciones de gran tamaño, ya la fría monumentalidad ha desplazado a la frágil calidez del artefacto desechable. De esta forma, estaba más próximo a la visión heroica del artista-obrero creando obras alrededor del mundo sustentada por Richard Serra que al legado mitopoético de Juan Francisco Elso nunca reconocido por el Kcho inicial como una temprana influencia.

Siguiendo la ruta abierta por el pintor cubano-americano Luis Cruz Azaceta y continuada por otros tantos, el dolor volvió a tener un protagonismo estelar en galerías y museos prestigiosos del mundo. Al prevalecer la forma sobre el contenido, la riqueza del arte povera obtenida por muchos de sus cotizados precursores se hizo patente. Más que el decorativismo achacado por algunos observadores, su producción posterior tendía hacia la conversión en un souvenir naïf, donde el descuido formal y conceptual comparten idéntica suerte.


DE LAS IDEAS MOJADAS A LA IDEA SECA

El Museo Nacional de Bellas Artes volvió a reabrir sus puertas en noviembre del 2001. No es casual que el invitado para la ocasión fuera Kcho, cuya propuesta tenía el aliciente de no reincidir en el tema de la emigración marítima en precarios artefactos caseros. El proyecto se fraguó en la Isla de la Juventud y, según el testimonio de sus cronistas, consistía en la manufactura de una serie de espirales construidas de júcaro y marabú. La jungla estaba destinada a rendirle un homenaje conjunto a Wifredo Lam y Vladimir Tatlin, el creador ruso del Monumento para la III Internacional. Otra vez estuvimos en presencia de una exposición sobreabundante, producto de su densidad acumulativa y desigual escala de las piezas. No obstante, lo que recibió el público habanero fue una lección de arte afirmativo, deseoso de saborear la aceptación institucional. De este modo, se hizo visible la osadía de afianzarse como una prematura leyenda insular, capaz de igualarse a Lam y Tatlin antes que hacer coincidir en tiempo y espacio a estos maestros del arte moderno. En definitiva, la confluencia de mayor peso estaba vinculada a un fenómeno de mercado. Si La jungla (1942-43) de Lam fue adquirida por el MOMA en 1944, Kcho entró a formar parte de la colección permanente del museo neoyorquino en 1995 con solo veinticuatro años cumplidos.


Sin embargo, este no era el primer acercamiento de Kcho al sueño constructivista de Tatlin, quien se propuso "asaltar al cielo" en 1920 con un artefacto difícil de construir en su momento. Al retomar la idea de A los ojos de la historia, una torre-cafetera realizada en 1992, Kcho reafirmaba su pasión por las versiones, operación que tendría su corolario en los remakes que hizo de La regata. Recuerdo una versión de esta pieza extremadamente suave resuelta con sillas plegables, cuyo formalismo encolerizó al artista y crítico Luis Camnitzer mientras recorría los pabellones de la Bienal de Venecia.

A propósito del versionismo, ciertas estrategias deudoras del pop se apoyan en la saturación del material o del símbolo con la finalidad de parodiarlo o vaciarlo de contenido. Aunque tratándose de Kcho, la versión de la versión no responde a una intencionalidad de saturación premeditada. En este proceso de "anarquía intuitiva", el icono-balsa sufre un proceso de degradación conceptual que termina por aliviarle la carga sugestiva. En este aspecto, se revela una de las carencias vitales de este artista: la falta de un autocontrol poético que le permita manipular conscientemente el papel de los medios y los fines de sus materiales y símbolos recurrentes.

Pero qué se proponía el artista rescatando esa metáfora de "hacer posible lo imposible" desde la vulnerabilidad matérica de su estética pobre. A contrapelo del descrédito de las utopías contemporáneas, la actitud de Kcho denotaba un optimismo que neutralizaba la desesperanza latente en sus alegorías de la temeridad que significa lanzarse al mar en lo que sea con tal de avizorar otro destino. Pese a que las utopías encarnan la naturaleza esencial del arte, este revival simbólico donde se pretendió la oportuna coincidencia de Lam y Tatlin con el objetivo de sedimentar el Mito Kcho, dotaba a su aún corto trayecto artístico del carácter de un errancia tolerable y, más que nada, confortable.

Muchas figuras encumbradas del circuito internacional como el británico Damien Hirst o el español radicado en México Santiago Sierra estiman que las retrospectivas son para muertos o ancianos ilustres. Sin embargo, esta otra manera de colocarse en la posición del consagrado que merece el máximo apoyo institucional y la aprobación de todos, implicó una pose de excesiva soberbia, distante de los simulacros de humildad perpetrados por los creadores más incidentes del arte povera.


DE VUELTA AL REGRESO

Al parecer, la suerte de Kcho estaba echada en cuanto al eterno retorno de sus obsesiones insulares. Por lo visto, su encierro poético se tornó definitivo y las posibilidades de articular un relato acorde a los nuevos tiempos se volvían cada vez más remotas. Si la visión povera del arte significó una "contraestrategia" viable en los noventa, esta no tenía por qué instaurarse como el paradigma inmutable de una actitud.

Devenida en catársis local, la poética de Kcho sufrió los estragos de un éxito comercial que generó una standarización precoz. Este declive se patentizó cuando empezamos a verlo reiteradamente en curadurías masivas donde se fundían artistas de diversas jerarquías y presupuestos estéticos. Así también, ejecutó acciones como dirigir a un grupo de niños para que cubrieran un tanque de guerra con una sábana blanca en el marco de la VII Bienal de La Habana. Este recordatorio del viejo sueño de la paz mundial, indicaba el retorno a un accionismo de propaganda política, una disgresión inconcebible en un artista tan joven. Semejantes torpezas estratégicas provocaban sentir lejano a quien debía estar probando fuerzas junto a lo mejor de la vanguardia cubana, que lo consideraba uno de los suyos desde principios de los noventa.


La dispersión fragmentada de iconos como fabelas, remos, botes, propelas, kayaks y embarcaderos en dibujos, grabados y variantes de técnicas mixtas descompactan la magnitud tragicopoética del tema central de Kcho, para reacomodarlo en una coordenada comercial de línea suave, donde lo que sobrevive de la trama re-creada son los adjetivos de ciertos títulos. Digamos: Bote Con Espinas o Kayak Con Espinas. Alguien podría argumentar que si se explota tan abiertamente la complejidad de un problema es porque éste ya ha sido superado. ¿Pero era pertinente un dictamen similar en el ejemplo que nos concierne?. Aquí la lógica de la vida se entrecruza con la lógica del consumo del arte. Porque lo radicalmente grato como masaje visual es colgar de la pared de una casa o de un museo la imagen-residuo del triunfo definitivo del exorcismo sobre la persistencia de los malos recuerdos.

¿ÉTICA VS ESTÉTICA?

Todo este juego dual entre el temor y el anhelo del viaje nos remite a la idea esbozada por el escritor cubano José Lezama Lima del "peregrino inmóvil viajando únicamente en el carruaje de la imaginación". Para el autor de La fijeza, los desplazamientos ficticios constituyen una forma de entregarse a los placeres de la resurrección, en tanto que los reales provocan un encontronazo anticipado con el más allá. No por gusto solía repetir: "Yo no viajo: por eso resucito". Si es cierto que a Kcho no le gusta viajar y prefiere quedarse en casa aunque no pueda permanecer mucho tiempo dentro de ella, nada mejor que asumir el credo lezamiano para configurarlo en un desahogo visual, suficiente para exorcizar cualquier indicio de conducta irracional. Así, todo queda en el plano alegórico del pretexto, sin un compromiso serio con la verdad que aparentemente procura revelar. De ser una cosa o la otra, todo acaba en el mutismo de conflictos insuperables diluyéndose en su propia ambivalencia. ¿Sería ésta la causa de que la dureza gestual del primer Kcho incitara un consenso de alabanzas legitimadoras? ¿Habrá sido éste el motivo fundamental para desembocar en una irreverencia que no encontró ningún tipo de resistencia?

Esa pobreza de transiciones formales y conceptuales contrasta bastante con la versatilidad de artistas puntuales del povera clásico como Michelangelo Pistoletto, capaces de experimentar con materiales tan dispares como los trapos y los espejos, sin descartar las posibilidades que ofrecen medios como el performance y el arte público o fenómenos como la realidad virtual. De ello se desprende que la contrapartida entre lo tecnológico y lo precario constituye un terreno virgen en la trayectoria de Kcho. Incluso, el cinetismo es un recurso que pudiera atenuar la solemnidad museográfica que padecen la mayoría de sus piezas. Una sensación de movimiento virtual relativo al fracaso de la expansión real, le sumaría a esta visión del caos una perspectiva más libre del esquema realista en que se asienta. Si en el interior de un museo o galería, la obra de Kcho nos remite al caos encerrado dentro de una urna de cristal, el espectador atento necesita vislumbrar en tiempo real que esta misma urna siempre está a punto de hacerse trizas con apenas fijar la vista sobre la superficie de su hermetismo o transparencia.


En la carrera de Kcho abundan los títulos de efectos trágico-poéticos alusivos a la soledad y el aislamiento que, muchas veces, compensan las pretensiones formales de las obras. Es decir, que su olfato en este sentido no es para nada desdeñable. Una muestra de ello la encontramos en la agudeza infantil de Cómo el garabato se parece a Cuba, la reveladora sencillez de El dibujo es el soporte de la idea o en la irreverente ambigüedad de No me agradezcan el silencio, título de aquella casa-embarcación que instaló en la Galería Manuel Galich de la Casa de las Américas en el 2000. Por ello, resultó chocante que titulara Núcleos del tiempo a su frustrado proyecto de arte público finalmente adaptado para la Galería Villa Manuela de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Si antes la aparente sobriedad del acto de nombrar una pieza era la vía efectiva para llegar a la complejidad de su esencia, esta vez se trocaron los papeles. Ahora el espectador se enfrentaba a una sofisticación tan elevadamente abstracta que no conducía la lectura hacia esa metáfora hogareña que emanaba del conjunto visual. Además, ese "derroche cerebral" se redujo a un absurdo tan literal que desenmascaró la apropiación de un concepto para salvar una imagen anclada en el tiempo.

Núcleos del tiempo (2005) reincidió en ese adentrarse-encerrarse en la trampa insular de mirar a lo lejos delante de su propia imagen. En esta ocasión, la fábula partió del concepto del hogar como metáfora del viaje. Encima de remos-zancos reposaban objetos domésticos, recreando un ambiente de añoranza contenida, renuente a darnos una pista segura. Aquí la ambigüedad se hizo evidente. Por lo que la confusión emergió de una duda de rigor: ¿basta construir una gigantería familiar sin miedo a la claustrofobia para evitar los estragos de la inundación o solo despegando los pies de la tierra es posible alcanzar el sosiego deseado? Son las dos caras de una misma moneda, donde se mezclan el ansia de salvarlo todo sin renunciar a nada y la obsesión de vivir en una perpetua fuga imaginaria.

Cuando se tratan asuntos tan dramáticos como los que recrea este artista en sus dibujos e instalaciones, ese terreno de nadie donde gusta afincarse no es el mejor punto de observación para quien pretende ser un cronista de su tiempo. De ello se infiere una responsabilidad ética que neutraliza lo estético hasta casi vaciarlo de contenido. Hacer un arte político comprometido implica asumir los riesgos que este conlleva.

En esta situación, se agradece más el panfleto o la herejía. Mientras perduren estas condiciones de estricta ambigüedad, estaremos en presencia de un simulacro de arte político, destinado a retocar el barniz del comentario local antes que a potenciar un cuestionamiento global del fenómeno aludido.

Más allá de toda subjetividad crítica con respecto al acierto o fracaso de propuestas como Lo mejor del verano, En el mar no hay nada escrito o Núcleos del tiempo, ni el análisis formal más profundo estaría en condiciones de relegar a un segundo plano el dilema ético que subyace en la esencia de esta propuesta. Tal discusión dividiría a los espectadores en dos posiciones antagónicas: de un lado estarían los que siguen creyendo que lo importante es la perdurabilidad del oficio del arte; del otro, se hallarían quienes sostienen que una eticidad profunda le garantiza virtuosismo y longevidad a la creación. Solo los partidarios de esta última opción, podrán determinar si en el caso que nos ocupa, cabe preguntarse si la pugna entre la ética y la estética conserva su polémica vitalidad de siempre.
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