Carlos M. Luis

1-

Máscaras enfrentan hombre invisible.
Voz:
Máscaras nacen dentro de los espejos
Y sucede entonces que:
Osamentas y otras muecas completan cuadro donde máscaras quedan como indicio de un pasado y el pasado deposita en el río sus excrementos.

-2-
Acto Primero:
Personaje contempla pedazo de carroña
Acto Segundo:
Aparecen fantasmas (como son invisibles sólo se escuchan sus aullidos)
Acto Tercero:
Entran en el escenario unos perros que comienzan a ladrar.
Acto Cuarto:
Sale autor al escenario y dice: "En esto consiste la lógica de la obra’’
Telón.

-3-

Es de sobra conocido que durante los sueños perdemos nuestro sentido de dirección.
Esta explicación, de por sí suficiente, nos llevaría hacernos las siguientes preguntas:
¿Qué le sucede a las cosas cuando las olvidamos?
¿Qué tiene que ver esto con los sueños?
Conclusión:
La materia de los sueños no se pierde cuando estamos despiertos.

O sea, que una parte de nuestro cuerpo se confunde con la otra parte de nuestros sueños y que ambas partes, separadas, se buscan por toda la eternidad.

-4-

Circo donde todos llevamos sombreros.
Sombreros caen al suelo. Público desaparece.
Me recuerda sueño:
Habitación muy oscura. Encaramados en unos grandes muebles una tribu de indios amenaza con matarnos a mi madre y a mí. Mi madre se detiene en el umbral de una puerta y yo le grito que huya porque los indios podrían flecharla.
Para interpretar el sueño tendría que encontrar sombrero en medio de la oscuridad.
Luz. Público que llenaba la carpa aplaude frenéticamente.

-5-

Mi dios excrementa otros dioses
Y moscas salen de sus narices
¿A quién escoger?

-6-

¿Cómo nos escapamos?
Por los orificios de los viejos.
Tendremos que apurarnos antes de que se cierren.

-7-

Insectos cuando pasan dibujan mi rostro.
Lluvia lo borra.
Me libero de tener que decir que sí.

-8-

Detrás de cortinaje: muñeco hace guiños.
Corremos y soñamos.
Regresamos y muñeco nos espera.
¿Cómo comunicarnos con él?

-9-

Un hueco.
Otro.
Encaramados unos sobre los otros.
Espacio queda vacío.
A lo lejos: serpiente.
Exclamación:
¡Todos somos huecos!

-10-

Blanco sobre blanco.
Miro: no encuentro nada.
Ante blanco: razón sin palabras.
Y en ese silencio la muerte pariendo.

-11-

Personaje con cajitas.
Adentro: signos de interrogación.
Música de otro espacio.
Personaje sin cajitas.
La realidad se repite.

-12-

Dentro de cada espejo las miradas no saben hacia dónde ir.

-13-

Las manos.
Los espacios.
En el espacio de la mano
Que caiga el telón.
Detrás, todos sin manos.

-14-

Residuos de lo que somos o no somos.
Aparece personaje desnudo
Dice:
¡Ah sí! Las cartas, las rosas, el juguete, los números…
Otro personaje surge
Dice:
¡Mire usted qué cosa!
Autor:
Debo repetir este acto.

-15-

Al fin hemos llegado
Sin saber cómo
A este espacio saturado
De alambres que rodean el aire
A las formas que definen cada paso
A la caída en……………………….
En los restos y detritus
De las palabras que nos hacen perder el tiempo.

-16-

¡Vaya qué laberinto!
Pero, ¿dónde estás?
Encuentro:
Sombras partidas en pequeños pedazos.
Ahora comprendo:
Mi mirada la pertenece al otro.

-17-

Salieron ¿o entraron? Nadie se puso de acuerdo sobre este hecho.
Portavoz 1.- Seguimos esperando.
Portavoz 2.- Seguimos esperando.
Portavoz 3.- Seguimos esperando.
Después ocurrieron los siguientes acontecimientos:
Pasa gato/señora cae al suelo/auto desvencijado/carbones en los bolsillos/pedazos de papel con mensajes/botellas vacías.
Otro escenario:

Portavoz 1.- La situación continúa siendo la misma.
Portavoz 2.- La situación continúa siendo la misma.
Portavoz 3.- La situación ha cambiado.
Esto provocó varios trastornos. En orden de importancia:
Explosión.
Huída.
Aparición.
Ruidos.
Lo que sucedió después nadie pudo recordarlo claramente pero alguien creyó haber visto a… (al punto de decirlo lo olvidó)
Lo que trajo por consecuencia que los portavoces exclamaran a voz en cuello y al unísono:
¡TODO ESTÁ HECHO/ALGO ESTÁ POR HACER/NO HAY NADA QUE HACER!

-18-

Obra puede tener las siguientes variantes:
Entran dos personajes (mal vestidos) en una estación de trenes o de ómnibus. Toman asiento uno al lado del otro. Ambos se dirigen la palabra.
Primera conversación posible: sobre la demora de los trenes o de los ómnibus.
Segunda conversación posible (esta vez algo más extensa): discuten sobre la carestía de la vida.
Tercera conversación posible (en alta voz): Quien de los dos puede aguantar la eyaculación durante más tiempo.
De acuerdo con las tres conversaciones el escenario puede tener distintas variantes:
1.- Personajes entran con periódicos bajo el brazo y comienzan a leerlos en alta voz.
2.- Personajes cesan de leer prestándole atención a cada una de las conversaciones.
3.- Personajes, de pie, comienzan a golpearse con furia.
Aquí podría concluir la obra. Sin embargo, tanto el autor como el lector tienen la opción de continuarla en cualquier forma que estime conveniente.

-19-

¡sssssssssssssilencio!
Celesta + violín = sonidos
¿cómo entró?
Por la puerta invisible
¿Quién?
El Pierrot Lunar.

-20-

Latidos de lo oscuro
Alrededor: una mirada
¡Te encontré! ¡Te encontré!
¿Dónde?
En la Capilla de Rotchko.

-21-

John Cage
Juan Enjaulado
En la otra parte
¿Silencio?
No: su música.

-22-

Ir
Detrás
Alguien nos dice: ¡escuche!
Algunas letras se olvidaron.

-23-

De qué
Y por qué
Pues ahora
Que nunca fue
Un traspiés
Digo:
¡¡¡¡Beckett!!!! ¡No somos nada!

-24-

Paisaje. Rastros de cosas.
Altoparlante: Siento una voz que me dice…
Multitud: ¡Ahí está el detalle!
Individuo 1.- (en voz baja): Contra viento y marea
Individuo 2.- (voz aún más baja): No estamos en nada
Altoparlante: La muerte en bicicleta
Multitud: Hay que vivir el momento feliz…
Individuo 1.- (rascándose todo el cuerpo): A la una, a las dos y a las tres
Individuo 2.- (rociando el piso con su orina): Cachín, cachán, y cachumba
Hay cambios en el paisaje. Aparecen árboles enanos.
Altoparlante: La cosa está que arde
Multitud: ¿Y para qué hemos venido aquí?
Individuo 1.- Aquí lo que no hay es que morirse
Individuo 2.- ¡Cállense la boca y déjenos morir!
El paisaje se torna como una sombra en forma de ameba
Altoparlante: Ni pitos ni flautas
Multitud: Sin camino no podemos huir
Individuo 1.- ¡De esta obra no sale nadie!
Individuo 2.- Mejor irnos con nuestra música a otra parte.
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Carlos A. Aguilera: Joseph Roth, el Mal como Institución

otros textos de Carlos A. Aguilera en Fogonero Emergente

¿Es posible huir del mal y a la vez ser la encarnación del mal mismo? ¿Entrar y salir del horror de la misma manera que un ratón atraviesa un hueco, que un chino se pierde en el horizonte? ¿Es posible huir del mal, en su variante política, y a su vez no poder escribir otra cosa: el mal como principio y final de todo, delirium? Si tuviese que pensar un nombre que resumiera estas preguntas, diría simplemente, Joseph Roth.

No sólo porque La marcha Radetzky, su libro más conocido, es una mezcla de mitos judíos con ideología. En este caso la ideología plural y “kakánica” que encarnaba el imperio austrohúngaro inmortalizado por Musil en su extraordinaria novela, sino por pequeñas obras maestras como Confesión de un asesino, todo un repaso a la caricatura política de los diferentes lugares del imperio, u Hotel Savoy, una metáfora de la relación individuo-masa en un contexto opresivo. O por panfletos como El Anticristo (Ediciones Península, Barcelona, 2002), uno de los mejores punzonazos contra la cultura de la máquina, ésa que encarnaban el cine, los periódicos, el vivir rápido que además de Roth “denunciaron” otros en la época, y contra el tercer reich, siempre tan dispuesto al chantaje entre romanticismo y tecnología.

Roth, que había nacido en Brody en 1894, ciudad frontera con Rusia, y en el breve transcurso de su vida (murió en Paris meses antes de cumplir los 45 años...) había sido monárquico, comunista, anarcointelectual, homeless, defensor y detractor de los rituales judíos, periodista, supo ver como muy pocos el despotismo que comenzaba a devastar a la antigua Prusia, a Europa.

Su anticristo, mucho más cerca del Nosferatu de Murnau que del übermensch de Nietszche, no es más que un viaje imaginario e irónico por el desastre de los “nuevos tiempos”, dominado según él por Hollywood –a la que repetidas veces llama HölleWut, rabia del infierno–, los totalitarismos (el alemán, el ruso...) y el diablo. Diablo que había llegado en forma de Hitler a Berlin, donde Roth había vivido ininterrumpidamente doce años antes de marcharse a los hoteluchos de la ciudad luz, y donde más que el odio al judío, comenzaba ya todo un proyecto de estado contra la diferencia, lo otro.

Escribe: “No reconocemos al Anticristo, porque se nos presenta con el ropaje del pequeño burgués (...). Según la idea legendaria que teníamos de él, debería haber venido con arreos infernales, con los atributos que nos cuenta la tradición: cuernos, cola y pata renca, con el hedor de la pez y el azufre, con todo el aparato teatral que nuestra fantasía infantil requiere de un ser de su especie y procedencia. El hombre no quiere imaginar que puede sucumbir por obra de otro ser igual, similar o equivalente a él.”

¿Qué significa sucumbir en un contexto donde el horror comienza a hacerse masivo y no existe otra salida que ir hacia ninguna parte, tal y como a Benjamin, Brecht, Klaus Mann y al mismo Roth le sucediese?

El anticristo, que como detalle sarcástico va ensamblando el cruce de cartas entre el periodista Joseph Roth y su editor, al que llama más de una vez “Poderosísimo señor de las mil lenguas” resuelve esta pregunta precisamente al final del libro, cuando el jefecillo lo echa del periódico y dice, ha “comenzado mi tiempo, nuestro tiempo”. Es decir, la alianza estado-pueblo-intelectuales... tal como otra víctima de la barbarie, Sandor Marái, denunció de manera elocuente años más tarde en la segunda parte de sus memorias. Alianza que no dejaría siquiera un huequito para todo aquel que quisiese mantenerse fuera o en su antigua vida, bautizada memorablemente por el gran Zweig como el “mundo de ayer”. Alianza entre los mediocres y los criadores de pollos, como las malas lenguas llamaban a Himmler...

Der rote Joseph, como Roth firmaba algunos de sus artículos más virulentos, no llegó a ver por suerte como los nazis mataban a su esposa, en aplicación de la «ley de eutanasia del reich» contra personas consideradas inferiores o enfermos mentales, y por supuesto, tampoco supo del exterminio de toda su familia en el campo de concentración de Bergen Belsen. Para esto, Roth se camufló bajo tres cosas que serían fundamentales en su vida. La literatura, que lo mantuvo activo hasta el final, antes de sucumbir en la sección de pobres y sin familias en un hospital francés. El destino, que lo hizo «viajar» (no es precisamente El anticristo tambien un libro de viajes?) antes que las tropas alemanas tomaran París..., y el alcohol. Pasión que no sólo lo hizo ser lúcido y sarcástico contra todo aquello que lo violentaba. Sino, contra sus propios demonios. Esos que todos tenemos dentro y de alguna manera nos cuesta tanto trabajo reconocer.

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sumario del último número de 33 y 1 tercio

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Virgilio Piñera, "Los siervos"

presentada por la revista cacharro(s) en el expediente 5, marzo-mayo de 2004. Descargar este número en word.

ver referencia a "los siervos" en lanzar la flecha bien lejos

publicada originalmente en la revista ciclón, no.6, vol I, noviembre 1955



PERSONAJES POR ORDEN DE APARICIÓN:

Orloff . . . . Primer Ministro
Fiodor . . . Secretario del Partido
Kirianin . . . General del Ejército
Nikita . . . . Filósofo del Partido y Siervo
Stepachenko . . Espía
Adamov . . . Señor encubierto
Kolia . . . . Obrero
Un oficial


ACTO ÚNICO

CUADRO PRIMERO

Decorado:
Un despacho. Óleo de Lenin al fondo. A la izquierda, óleo de Stalin. A la derecha, gran mapamundi. Debajo del cuadro de Lenin, mesa de trabajo. Al centro de la escena, cuatro butacas de cuero rojo. Junto a una de las butacas, una lámpara de pie, encendida. Orloff, Kirianin y Fiodor están sentados en las butacas.

Escena Primera.
Orloff, Kirianin y Fiodor.

Orloff: Acá entre nosotros, confesemos, camaradas, que Nikita es un maestro. ¡Declararse siervo a estas alturas! Tal cosa no es posible, y sin embargo...

Fiodor: Puede ser una conspiración.

Kirianin: Imposible, camarada. El miedo te hace ver fantasmas. Toda la tierra y todos los hombres están comunizados. (Pausa.) Parece que el camarada olvida el triunfo de la revolución mundial. ¡Y en toda la línea!

Orloff: Camarada Kirianin, no perdamos el tiempo relatando lo que ha hecho el comunismo en un siglo. Discutamos sobre las medidas a tomar con el camarada Nikita.

Kirianin: ¡Nikita! ¡Nikita! De Nikita a nikitismo sólo hay un paso. Y entonces... ¡la debacle!

Fiodor: Pues bien, ese es el paso que Nikita no debe dar. Parémosle en seco.

Kirianin: Muy fácil decirlo, pero... hacerlo. (Pausa.) Camarada Orloff, propongo la desaparición del camarada Nikita.

Orloff: Nada de desapariciones por ahora. Los mártires son peligrosos. Que Nikita siga viviendo ignorado.

Kirianin: Todo esto me sorprende en Nikita. Es el filósofo oficial del Partido. Ahí están sus libros: cuarenta tomos escritos martillando sobre el igualamiento del género humano, y todo eso para declararse siervo de la noche a la mañana. (Pausa.) Sin duda, hay algo podrido en Nikita.

Orloff: Cuando un hombre se convierte en acción no puede hacer otra cosa que actuar. Si Nikita luchó para subir, ahora tiene que luchar para bajar.

Kirianin: Eso es lo que vamos a impedir que haga. Si el Partido ha subido hasta su punto más alto, si de ahí en adelante no hay más altura, no veo por qué tengamos que empezar el descenso. (Pausa.) Si Nikita quiere bajar, que baje las escaleras de su casa...

Orloff: El momento es bien grave para gastar bromas. (Pausa.) No olviden ustedes que Nikita ha lanzado un manifiesto preconizando el servilismo, declarándose siervo y pidiendo entrar al servicio de un señor.

Kirianin: Pero ni en Rusia ni en todo el planeta quedan señores.

Fiodor: Eso quisiera saber: ¿siervo de qué señor?

Orloff: Nada de esto tiene importancia. Lo esencial es que Nikita se ha declarado siervo. (Pausa.) Y esa declaración ha sido publicada en Pravda por el propio Nikita. ¡Qué descaro!

Fiodor: ¿Y cuál ha sido la reacción de las masas?

Orloff: Bien, para decir verdad no han reaccionado en ningún sentido. Cuando se ha llegado a la cima del mejor de los mundos, es difícil reaccionar. (Pausa.) Las masas han leído el manifiesto sin leerlo.

Kirianin: Entonces no veo la razón de esta conferencia. He suspendido mi cacería. (Se levanta.) Creo que estoy a tiempo todavía...

Orloff: (Haciéndole sentar de nuevo.) Me extraña, camarada Kirianin, tanta ligereza. Si es cierto que las masas, ebrias de felicidad, leen sin leer, no es menos cierto que Nikita pueda empeñarse en hacer que las masas lean leyendo.

Fiodor: ¡Formidable! Así empezó el Partido y así puede acabar el Partido. (Pausa.) Sin duda, el momento es grave.

Kirianin: Podríamos reeducar a Nikita.

Orloff: ¡Cuándo se ha visto que un comunista pueda ser reeducado!

Kirianin: Nikita es comunista, Nikita se declara siervo. Nikita se reeduca, por tanto, un comunista puede ser reeducado.

Fiodor: Eso es precisamente el clavo ardiente en este asunto. Teóricamente, un comunista no puede descomunizarse. Digo teóricamente pensando en los viejos tiempos del capitalismo. En esos tiempos, un comunista débilmente comunizado, podía pasarse al campo capitalista. Pero camaradas, ¡hoy! Hoy los cientos de millones del planeta Tierra son todos comunistas. Si no hay capitalismo, si sólo hay comunismo, ¿a qué campo pretende pasarse Nikita?

Orloff: Muy claro: al campo del servilismo. (Pausa.) Nikita quiere empezar de nuevo.

Kirianin: ¡Es un viejo romántico! (Da un puñetazo sobre el brazo de la butaca.) ¡Chochea, sí, chochea!

Orloff: ¡Calma, mucha calma! Nada resolveremos gritando y gesticulando. (Pausa.) El problema es este: encontrar una solución al caso Nikita.

Kirianin: ¿Cuál es la solución?

Orloff: Por el momento, ninguna.

Fiodor: Yo propongo una desaparición discreta.

Orloff: Nada de desapariciones. Mientras Nikita esté visible para todo el mundo nadie lo verá, pero si Nikita se hace invisible para todo el mundo, todo el mundo arderá en deseos de verlo.

Kirianin: Pero Nikita podría morir de "muerte natural"...

Orloff: Entonces el pueblo, al enterarse de la muerte natural de Nikita, leerá, leyéndolo, el manifiesto. De ahí a elevarle un sepulcro frente al sepulcro del Antisiervo, no hay más que un paso.

Kirianin: ¡Uf! Eso sí sería grave: masas servilizadas desfilan en silencio ante la tumba de Nikita, el gran servilista.

Orloff: Te ríes, pero eso sería, prácticamente, la situación. (Pausa.) No, nada de desapariciones.

Fiodor: Entonces dejémoslo al tiempo. El tiempo se encarga de todo. Es con el tiempo con lo que hemos llegado a la dominación mundial.

Orloff: Pero también tiene Nikita su parte en el festín del tiempo.

Kirianin: Nikita es una bomba de tiempo.

Orloff: Justo eso: una bomba de tiempo. (Pausa, se pone de pie.) El Partido nunca supo de una situación como esta. Estamos inmovilizados.

Kirianin: ¡Movilicémonos! (Camina a grandes pasos.)

Fiodor: ¡Movilicémonos! (Camina a grandes pasos.)

Orloff: (Desplomándose en la butaca.) ¡Inmovilicémonos! (Pausa.) Debemos lograr a toda costa que siga Nikita pasando desapercibido a las masas.

Fiodor: ¿Cómo lograrlo? Camarada Orloff, no apruebas la "muerte natural" de Nikita, tampoco un gran proceso público...

Orloff: ¡No, ni hablar de eso! Sería una hecatombe.

Fiodor: Bien, no proceso público, no proceso secreto, no ejecución pública ni privada. Y entretanto, Nikita amenazando...

Kirianin: El camarada Orloff dice que no habrá peligro en tanto el servilismo de Nikita siga pasando desapercibido a las masas. (A Orloff.) ¿Me he expresado bien?

Orloff: Sí, ¿y qué más?

Kirianin: Pues bien; empecemos nosotros mismos por hacernos los desapercibidos.

Orloff: No es mala idea. (Reflexionando.) Aunque tiene un pero: Nikita sabe que nosotros sabemos...

Kirianin: No se lo demostraremos. Hagamos la comedia. Es un modo de ganar tiempo.

Fiodor: También Nikita hará su comedia, también ganará tiempo. (Pausa.) Yo estoy por los procedimientos sumarísimos.

Orloff: Si al menos quedaran en el mundo unos cuantos capitalistas...

Kirianin: (Estupefacto.) ¿Capitalistas?

Orloff: Así como suena: ¡capitalistas! Si todavía existiera un reducto del capitalismo el servilismo de Nikita estaría liquidado.

Fiodor: No entiendo.

Orloff: Muy sencillo; diríamos esto: Nikita es un traidor, Nikita se ha pasado al bando de los perros capitalistas. A la semana nadie se ocuparía de Nikita.

Kirianin: ¡Qué tiempos aquellos! ¡Era la Edad de Oro! Entonces se podía gritar: ¡Abajo el capitalismo! En cambio, hoy no contamos con un solo enemigo.

Orloff: Nikita es un enemigo.

Kirianin: Un enemigo intocable. Nos impide gritar contra él, escribir contra él, y meterle unas balas en el pellejo.

Orloff: He ahí el problema: Nikita es un enemigo contra el cual nada pueden nuestras viejas consignas y nuestras gastadas técnicas. (Pausa.) Será cuestión de empezar de nuevo.

Fiodor: Juguemos su juego.

Kirianin: Caeríamos de lleno en el nikitismo.

Orloff: He ahí la broma: Nikita tiene juego y nosotros no tenemos juego. Nosotros somos comunistas y nada más; él es comunista y también es nikitista.

Fiodor: ¿Qué sabemos del nikitismo? Nada de nada.

Kirianin: Bueno, sabemos que Nikita se ha declarado siervo.

Orloff: ¿Y qué hay con eso? (Pausa.) Camarada, te reto a que encuentres el manual comunista que trata del nikitismo. ¿Con qué se come eso?

Kirianin: Estamos perdiendo el tiempo con exquisiteces intelectuales. Menos palabras y más acción.
Fiodor: ¡Ja, ja! Más acción. (Pausa.) ¿Y quién la vende? ¡Nikita!

Orloff: ¡Triste verdad! Nikita tiene todas las acciones en su mano.

Fiodor: No hemos adelantado un paso. En pocos minutos Nikita entrará en este despacho y todavía no tenemos un plan de acción definido.

Kirianin: Finjamos que el servilismo nos resulta indiferente. (Pausa.) Al menos, el servilismo declarado, porque en cuanto al otro... ¡Ja, ja, ja!

Orloff: ¿Qué dejas entrever, camarada?

Kirianin: Hablo muy claramente: somos señores encubiertos pero señores al fin y al cabo.
Fiodor: No lo podemos negar.

Orloff: Pero sí se lo negaremos a Nikita hasta tanto no podamos pulverizar a Nikita.

Kirianin: Interroguémosle encubiertamente.

Fiodor: De todos modos será un interrogatorio, y Nikita sabrá que lo estamos interrogando.

Kirianin: ¿Con qué pretexto lo llamaremos?

Orloff: Para discutir simples procedimientos de forma. Por ejemplo, ese discurso sobre la felicidad del mayor número sería un excelente pretexto.

Kirianin: Nos exponemos a que nos diga que, visto que la felicidad del mayor número es un hecho consumado, él desea empezar a ser el primer infeliz de la infelicidad del mayor número... (Pausa.) No, no despertemos a la fiera.

Orloff: En cuanto a eso, vive tranquilo. Nikita es un viejo zorro. Dudo mucho que asome la oreja en esta entrevista.

Kirianin: ¡Qué eufemismo!

Orloff: Bueno, en este interrogatorio. (Pausa.) ¿Lo llamamos?

Kirianin: Manos a la obra.

Fiodor: Mucha prudencia. Comportémonos como iguales de Nikita. No dejemos ver nuestro señorío.

Orloff: Cierto, con Nikita hay que andar con pies de plomo. (Pausa.) Ahora, charlemos con Nikita. (Toca el timbre.) Con pies de plomo. (Se dirige lentamente a la mesa y coge unos papeles.) Con pies de plomo...

TELÓN

CUADRO PRIMERO

El mismo decorado.

Escena Segunda.
Orloff, Fiodor y Kirianin. Entra Nikita.

Nikita: ¡Salud, camaradas!

Orloff, Fiodor, Kirianin: (A coro.) ¡Salud!

Nikita: ¿Alguna novedad, camaradas? He llegado ayer del Cáucaso y no he tenido tiempo para leer nuestra venerable Pravda.

Orloff: (Llegando junto a Nikita.) No hay novedades, camarada. Todo marcha perfectamente. (Pausa.) ¿No tomas asiento?

Nikita: Gracias, prefiero estar un rato de pie. Llevo dos horas sentado en mi despacho...

Orloff: (Hojeando los papeles.) Te hemos llamado para discutir unas cuestiones de forma.

Nikita: ¿Sobre qué asunto?

Orloff: Sobre la felicidad del mayor número posible.

Nikita: Veamos.

Orloff: (Leyendo.) "La felicidad del mayor número, habiendo sido felizmente alcanzada, no podrá existir necesariamente otra felicidad mayor que la felicidad alcanzada por el mayor número". (Pausa.) ¿Encuentras en este párrafo, Nikita, algún vicio de forma?

Nikita: La forma es perfecta, inobjetable.

Orloff: ¿Y en cuanto al fondo?

Nikita: Habiendo alcanzado la felicidad de mayor número –cuestión de fondo que ya no se plantea, puesto que hemos alcanzado la felicidad del mayor número– sólo nos quedan por ventilar puras cuestiones de forma sobre la felicidad alcanzada por el mayor número.

Fiodor: (A Kirianin.) El viejo zorro no caerá en la trampa. (A Nikita.) ¡Bravo, Nikita! ¡Dialécticamente irrefutable! (Pausa.) Se me ha ocurrido, en vista de que el Partido ha salvado todas las etapas de las cuestiones de fondo, que ha llegado el momento de desarrollar hasta sus últimas posibilidades todas las cuestiones de forma...

Nikita: Me hago cargo, camarada Fiodor.

Fiodor: Pues bien, nos parecería una gran cosa que el camarada Nikita se dedicara, de hoy en adelante, a redactar los cientos de miles de cuestiones de forma, que son el resultado de los cientos de miles de cuestiones de fondo.

Nikita: Quiere decir, que el Partido, habiendo superado la fase activa, está ahora en fase contemplativa.

Orloff: El Partido repitió la hazaña del Creador. Es el único Partido que haya logrado semejante tour de fource. (Se repantiga en la butaca, se frota las manos.) Y bien, Nikita, después de recrear el mundo a nuestra imagen y semejanza, nos hemos dedicado a contemplar el mundo.

Nikita: También nos parecemos al Creador, que duerme con un ojo abierto... y el fusil al hombro. Al menor asomo de rebelión: ¡pin, pan, pum!

Orloff: En el mejor de los mundos las posibilidades de rebelarse son mínimas.

Kirianin: (Mirando fijamente a Nikita.) ¿Rebelarse? ¿Pero quién tomaría las armas contra la felicidad?

Orloff: No sigo bien tu pensamiento, Nikita. Hablas de rebelión. El Partido ha hecho tan bien las cosas que no tiene necesidad de mantener abierto ninguno de los dos ojos. Puede dormir a pierna suelta. (Pausa.) Me extraña sobremanera que el camarada Nikita, comunista de pies a cabeza, plantee la posibilidad de una rebelión armada.

Nikita: Me extraña sobremanera que el camarada Orloff tome mis palabras al pie de la letra y se retrotraiga a los tiempos heroicos de las barricadas. He sido llamado aquí, si no me equivoco, para departir sobre puras cuestiones de forma. Una de ellas, y en ella se me ocurrió pensar por pura cuestión de forma, fue la pura cuestión de forma del ojo abierto mientras se duerme en previsión de... Porque, así como no hay cosa más dulce –y cito a Dante– que acordarse del tiempo feliz en la desgracia, no hay igualmente, cosa más dulce que acordarse del tiempo desgraciado en la felicidad... Y esto, por supuesto, en pro del desarrollo intensivo de las puras cuestiones de forma.

Orloff: Yo quisiera hacer comprender al camarada Nikita, que cuando se habla del desarrollo intensivo de las puras cuestiones de forma, es sólo con vista al presente feliz que vive el Partido, y no con vista al pasado azaroso que ha vivido el Partido.

Kirianin: El pasado del Partido está muerto y enterrado.

Nikita: No me opongo a ello, pero como aquí estamos tratando del desarrollo intensivo de las puras cuestiones formales, yo quiero poner mi grano de arena. Propongo que la brillante frase del camarada Kirianin –"el pasado del Partido está muerto y enterrado"– sea cambiada por esta otra: "El Partido del pasado está muerto y enterrado".

Orloff: ¿Estarías dispuesto a firmar esa proposición?

Nikita: Aunque el camarada Orloff sabe de sobra que las publicaciones en nuestra república son anónimas, yo acepto sin embargo poner mi firma al pie de mi proposición formal, pero con una condición.

Orloff, Kirianin, Fiodor: (A coro.) ¿Cuál?

Nikita: Que se especifique muy claramente que si he firmado dicha proposición ha sido para cooperar con mayor eficacia al desarrollo intensivo de las puras cuestiones de formas y que, por lo tanto, mi firma es sólo una pura, inocente cuestión de forma.

Orloff, Kirianin, Fiodor: (A coro.) ¡Traidor!

Nikita: (Flemático.) De acuerdo. Soy un traidor, pero... formal. Aunque lo quisiera no podría ser un traidor real. No existe otro estado al que yo pueda revelar secretos de estado que, por otra parte, serían sólo secretos sobre puras cuestiones de forma.

Orloff: (Sombrío.) Dejemos ya las puras cuestiones de forma y vayamos al grano...

Nikita: (Interrumpiéndole.) Bueno, al grano formal...

Orloff: (Se acerca a Nikita hasta tocar la frente de este con su dedo.) ¡Ese grano –grano cochino, grano infeccioso, grano renegado– eres tú, Nikita! (Pausa.) ¡Te has declarado siervo!

Nikita: (Hace una reverencia, besa a Orloff la mano, cae de rodillas.) Siervo soy, señor. (Camina de rodillas y besa los pies de Kirianin y Fiodor.)

Orloff: Levántate, Nikita. Nos repugna tu pantomima.

Nikita: (Trata de pararse, pero vuelve a caer de rodillas.) No puedo, señor, no puedo pararme, sólo puedo prosternarme. (Continúa arrodillado con la cabeza en el suelo.)

Kirianin: (A Orloff.) Buena la hemos hecho. Ahora no podremos seguir en el desapercibimiento.
Fiodor: (Sacando su pistola.) Voy a matar a ese perro inmundo.

Orloff: (Le quita la pistola.) ¡Estás loco! Eso sería la chispa. Mañana tendríamos miles de siervos arrodillados en la plaza Roja. Localicemos la peste.

Kirianin: Exacto: localicemos la peste. Aislemos al apestado.

Orloff: (A Nikita.) Escucha bien, Nikita.

Nikita: (Agarrando el pie calzado con bota de Orloff y poniéndolo sobre su cabeza.) Escucho, mi amo.

Orloff: Supongo que te has declarado siervo por una cuestión formal. (Mira ansiosamente a Kirianin y a Fiodor.)

Nikita: (Incorporándose.) Nada de cuestiones formales, señor. Sólo sé que soy un siervo, humildísimo siervo de cualquier amo.

Kirianin: ¿No estás contento con la felicidad colectiva?

Nikita: ...Excelentísimo señor, no me place la felicidad colectiva. Prefiero la felicidad personal de ser el humildísimo siervo de tan grandes señores.

Orloff: Bien sabes que un comunista sólo puede ser comunista y no otra cosa. (Agarra a Nikita por los hombros y lo sienta en la butaca.) Un comunista jamás se arrodilla ante nadie. Por eso suprimimos a Dios.

Nikita: (Se desliza de la butaca y cae nuevamente de rodillas.) No puedo, señor, no puedo sino arrodillarme. (Pausa.) Además, señor, no soy comunista, soy servilista. (Vuelve a poner la cabeza en el suelo.)

Orloff: (A Kirianin.) Tiene el siervo metido en el cuerpo.

Kirianin: Torturémosle.

Fiodor: Nikita te lo pediría de rodillas. ¡Qué mejor cosa para un siervo que ser torturado por su señor!

Kirianin: ¡Diablos! No hay por donde agarrar a este hombre.

Orloff: Di mejor a este siervo. Su servilismo nos domina.

Kirianin: Se me ocurre algo formidable. Vamos a obligarle a hacer el señor.

Orloff: ¡Magnífica idea! Será la única tortura acertada. (Pausa.) ¡Manos a la obra!

Fiodor: No entiendo bien la cosa.

Orloff: Ustedes caerán de rodillas, en tanto que yo, pistola en mano, exigiré a Nikita daros de puntapiés en el trasero. (Pausa.) Esto lo haremos a título de ensayo. Los días siguientes turnaremos nuestros traseros a fin de repartir comunistamente sus patadas, y así proseguiremos hasta que Nikita quede completamente desintoxicado. (Pausa.) Caed ahora de rodillas.
(Kirianin y Fiodor caen de rodillas.)

Orloff: (A Nikita.) Camarada Nikita.

(Nikita no se mueve.)

Orloff: Siervo Nikita.

Nikita: (Incorporándose.) ¿Qué quiere, mi señor?

Orloff: (Le apunta con la pistola.) Te ordeno ser el señor de estos dos siervos. Dales en el trasero unas cuantas patadas de desprecio.

Nikita: (Poniéndose de pie.) ¡Oh, señor, qué alegría! Ya tengo partidarios. (Se arrodilla junto a Kirianin y Fiodor.) Ahora somos tres siervos. Pidamos a este magnífico señor que nos dé unas cuantas patadas en el trasero.

Orloff: (Violento.) ¡Nikita, poneos de pie!

Nikita: (Lloroso.) ¡Oh, señor, no puedo sino arrodillarme!

Orloff: (Le apunta de nuevo con la pistola.) ¡Te voy a matar como a un perro! ¡Levántate! (Nikita se pone de pie.)

Orloff: (Le pone el cañón de la pistola en la sien.) ¡Insúltalos!

Nikita: (Balbuceando.) Señor...

Orloff: El señor eres tú, ¿me entiendes? ¡Adelante!

Nikita: (Haciendo un gran esfuerzo.) Perros siervos... (Pausa.) ¡Oh, no puedo, señor, no puedo, soy también un perro siervo!

Orloff: ¡Adelante! He dicho.

Nikita: Perros siervos... (Pausa.) No puedo, amo mío. No puedo hacer el papel de vuestra señoría. Prefiero la muerte.

Orloff: (Le da un empujón.) ¡Anda! Da de patadas a tus siervos. (A Fiodor y Kirianin.) ¡Presentad el trasero a Nikita!

(Fiodor y Kirianin presentan el trasero.)

Nikita: No podría patear el trasero a un señor y estos son señores disfrazados de siervos. Sería un crimen de leso trasero. Por menos que eso el difunto Zar ejecutaba a millones de siervos.

Orloff: Esos siervos son los santos de nuestra religión. Murieron para que no hubiese más siervos sobre la tierra.

Nikita: Y yo voy a morir para que hayan siervos en la tierra. Es una fatalidad. Tengo la plena seguridad que voy a encontrar un amo, aunque ese amo me envíe al patíbulo. Ese amo está ahí, ya lo veo, lo oigo, lo toco casi, es mi verdugo, pero lo adoro porque mi trasero no puede hacer el siervo si no tiene su patada. (Pausa.) ¡Señor, matadme, pero no patearé esos traseros! Haría traición a la sociedad de los traseros.

Orloff: (Cambiando de tono.) Fiodor, Kirianin, ¿qué quiere decir esa posición? Estamos aquí con el camarada Nikita para discutir cuestiones de pura forma, y francamente, no veo ningún vicio de forma en vuestros traseros.

(Fiodor y Kirianin se ponen de pie.)

Orloff: (Guardando la pistola.) Camarada Nikita, ¿de modo que la frase "la felicidad del mayor número, habiendo sido felizmente alcanzada, y no pudiendo existir otra felicidad que la felicidad alcanzada por el mayor número", no adolece de ningún vicio de forma?

Nikita: La forma es perfecta, inobjetable.

Orloff: ¡Magnífico! Entonces pasemos a la frase siguiente.

Nikita: Pasemos, camarada, a la frase siguiente.

Orloff: "Si la religión es el opio de los pueblos, no habiendo religión no hay opio, debido a la felicidad alcanzada por el mayor número..."

TELÓN

CUADRO SEGUNDO

Decorado:
Casa de Nikita. Sala pequeña. Al centro, un sillón de tapicería con respaldo alto. Frente al sillón, una sillita de pino. Puerta a la derecha del actor. Puerta al fondo. Suena el timbre. Aparece Nikita por la puerta del fondo. Camina entre las dos sillas, las mira un momento y se dirige a la puerta.

Escena Primera.
Nikita, Stepachenko.

Stepachenko: (Con el sombrero puesto y un diario bajo el brazo.) ¿Vive aquí Nikita Smirnov?

Nikita: Yo soy Nikita Smirnov. Pase adelante, camarada. (Stepachenko entra y Nikita cierra la puerta.) ¿A quién tengo el honor de recibir en mi casa?

Stepachenko: (Siempre con el sombrero puesto abre el diario.) Me llamo Sergio Stepachenko. (Pausa.) Dice aquí en Pravda que el camarada Nikita se declara siervo.

Nikita: En efecto, me he declarado siervo.

Stepachenko: También dice el manifiesto que el camarada Nikita busca un amo.

Nikita: En efecto, busco un amo. (Pausa.) Pero será mejor que nos sentemos. Perdone la pobreza de esta vivienda, pero está a tono con mi nueva condición. Tome asiento.

(Stepachenko contempla un momento los dos asientos. Sin vacilar se sienta en el sillón. Sigue con el sombrero puesto.)

Nikita: (Aparte.) Buen comienzo. Parece conocer sus derechos. (Pausa.) ¿Qué negocio me viene a proponer?

Stepachenko: (Arrellanándose.) Creo ser, sin vanidad personal alguna, el único camarada que ha leído tu manifiesto leyéndolo realmente. (Pausa.) ¿Sabes por qué? Estaba a punto de declararme amo cuando me cayó tu manifiesto bajo los ojos. Me dije: Pues si alguien pide un amo, ¿qué mejor amo que yo?

Nikita: Bueno, no hay que precipitarse. (Pausa.) Soy exigente.

Stepachenko: Yo también soy exigente. Así como así no se es siervo de este señor.

Nikita: Lo mismo digo yo: así como así no se es señor de este siervo.

Stepachenko: Perfecto. (Pausa.) ¿Puedo saber tus exigencias?

Nikita: En primer lugar, no acepto ser siervo de un ruso blanco teñido de rojo. ¿Lo eres tú?

Stepachenko: (Dando un puñetazo y soltando la risa.) ¡Formidable! Es también esa mi primera exigencia: no acepto ser señor de un ruso blanco teñido de rojo. ¿Lo eres tú?

Nikita: Parece que ni tú ni yo lo somos, y eso es un buen comienzo. Sería traicionar nuestro credo revolucionario si aceptásemos contubernio con un ruso blanco teñido de rojo. Nos tacharían de reaccionarios, y a fe mía, con harta razón. (Pausa.) La segunda condición que pongo es que deberás darme patadas en el trasero.

Stepachenko: (Dando un puñetazo y riendo a carcajadas atronadoras.) ¡Por las barbas de Lenin! Parece que lees en mi alma. Si quieres que sea tu señor deberás dejar patearte el trasero.

Nikita: Vayamos a la tercera y último. Si te la expongo es por pura cuestión de forma. Esa condición está en la masa de la sangre del amo.

Stepachenko: Te escucho.

Nikita: Me entregarás al verdugo si me rebelo.

Stepachenko: (Serio.) ¡Perro sarnoso! Claro que te pondré en manos del verdugo si llegaras a rebelarte. (Pausa.) Pero, ¿por qué te rebelarías? ¿No has escogido tú mismo el servilismo?

Nikita: Sí, pero podría suceder que me llegase a cansar de tus patadas en el trasero. Además, puede llegar a ser peligroso un siervo declarado. Hay que preverlo todo.

Stepachenko: Una golondrina no hace verano y un siervo solo no puede fomentar una revolución. En cambio, me parece más lógico que pueda denunciarte como siervo declarado si esto conviene a mis intereses cerca del Estado.

Nikita: Sí, me decapitarían a mí solo porque aún cuando te hayas declarado señor, los señores acabarán por entenderse con los señores.

Stepachenko: Lo más malo que podría ocurrirme sería tener que volver a mi encubrimiento. Pero no por ello dejaría de ser señor. (Pausa.) Si tuvieras cerebro como los señores podrías entender esto.

Nikita: Hay un momento en que el señor puede pensar que su siervo tiene cerebro.

Stepachenko: ¿Qué momento es ese?

Nikita: El de la rebelión del siervo. En ese momento el señor se entera que el siervo posee un cerebro, pero como en casa del señor no puede haber dos cabezas, el señor llama al verdugo para que este corte la del siervo.

Stepachenko: Escucha, Nikita, todo eso está muy bien, pero si llegamos a entendernos prefiero menos dialéctica y más servilismo.

Nikita: Comprenderás que si utilizo muchos argumentos para defender mi causa, es porque un buen siervo debe asegurarse de que ha escogido un amo bien cruel.

Stepachenko: En cuanto a eso, vive tranquilo. Te aseguro que mis órdenes y mis patadas son terribles.

Nikita: He leído en no sé qué libro que un gran señor propinó tal patada al trasero de su siervo que lo lanzó a dos metros de distancia. He ahí una prueba contundente del desprecio humano. (Pausa.) Pero, dime algo a título de simple curiosidad.

Stepachenko: Estás preguntando muchas cosas y diciendo muchas otras, Nikita. Eso no está bien en un siervo.

Nikita: Todavía no eres mi señor ni todavía soy tu siervo. Todavía no he caído de hinojos a tus plantas. Tengo que estar seguro de que eres digno señor de este siervo.

Stepachenko: (Nervioso.) ¿Es que no llegaremos a un acuerdo? Sería una lástima. Eres el servilismo hecho carne.

Nikita: Eres demasiado impaciente. La autoridad se te ve en la punta de los dedos. Confiesa que estás loco por darme una patada. Por supuesto, una patada en el trasero. (Pausa.) Pero, dime: ¿Qué te movió a declararte amo?

Stepachenko: Quiero darte patadas, quiero mandarte al infierno. Además, quiero mandar.

Nikita: ¿Sobre uno solo?

Stepachenko: Por el momento. Después, sobre muchos.

Nikita: Sin embargo, te arriesgas demasiado. Puedes cortar la cabeza a un siervo pero muchos siervos acabarán por cortarte la cabeza. Los historiadores llaman a eso la rebelión de los siervos.

Stepachenko: Ahora estamos en la etapa de la declaración de los siervos.

Nikita: Después de la declaración viene la rebelión.

Stepachenko: Hace un momento decías que la tercera condición para entrar a mi servicio era, que si te rebelabas, yo debía ponerte en manos del verdugo.

Nikita: Condición sine qua non.

Stepachenko: Bien, dale la vuelta a esa condición y pon al amo pidiendo que corten su cabeza al menor asomo de sumisión a sus siervos.

Nikita: Si yo digo que el siervo pide horca al menor intento de rebelión, lo hago para poner de manifiesto el profundo servilismo del siervo, pero nunca olvides que un siervo que se rebela no es más un siervo. Su acto de rebeldía lo convierte automáticamente en un rebelde.

Stepachenko: Se plantea una contradicción: en nuestro contrato tú estableces una cláusula categórica: "mi cabeza será cortada al menor acto de rebeldía". (Pausa.) Sin embargo, te contradices al afirmar que tus actos de rebeldía te convierten automáticamente en un rebelde.

Nikita: Contradicción aparente, fácilmente salvable. El siervo en frío dice una cosa, el siervo en caliente, otra.

Stepachenko: En ese caso, no tendré la ocasión de cortarte la cabeza. Por el contrario, será el siervo en caliente quien trate de cortar la mía.

Nikita: Escucha: yo no puedo acelerar el curso de la historia. Es el siervo en frío, sumiso a su amo, servil con su amo, quien en este momento pide a su amo que su cabeza sea entregada al verdugo al menor acto de rebeldía. Nada debe poner en peligro el buen servilismo del siervo.

Stepachenko: Entonces...

Nikita: Pero si algo pone en peligro el buen servilismo del siervo, si ese algo lleva al siervo de lo frío a lo caliente, entonces esa cláusula se convierte en papel mojado. (Pausa.) ¿Recuerdas a los extintos sacerdotes católicos? Algunos de ellos juraban y después abjuraban.

Stepachenko: (Riendo.) De todos modos puedes morir en la horca.

Nikita: No por ello dejaré de ser una cuestión candente. Chispazo para la hoguera que te abrasará en su momento.

Stepachenko: No aceleres el curso de la historia... Disfrutemos la nueva situación. (Pausa.) ¿Qué te parece si te doy la primera patada? (Se pone de pie.)

Nikita: Antes déjame lustrar tus botas. El servilismo tiene sus grados. (Saca un pedazo de franela.)

Stepachenko: Quiero saber cuándo puedo empezar a ser el amo. No vas a ser tú quien dé las órdenes. ¿Soy o no soy tu señor?

Nikita: (Prosternándose.) Tú mandas, mi señor. Tus deseos son órdenes.

Stepachenko: Tráeme un vaso de vino.

Nikita: (Se pone de pie, tiembla.) No hay vino en casa, señor.

Stepachenko: ¡Cómo! Perro inmundo, ¿te has bebido el vino? (Le da una patada en el trasero.)

Nikita: ¡Oh dioses del panteón rojo! Cuánta dicha. Mi trasero os agradece.

Stepachenko: ¿Qué estás mascullando, vil gusano? Lustra mis botas.

Nikita: (Lustra las botas a Stepachenko.) ¡Oh siervos sacrificados de nuestra vasta Rusia, haced que mi amo sea cruel, duro, autoritario, tiránico y gran pateador de traseros!

Stepachenko: (Enojado.) ¿Sigues murmurando? (Pausa.) ¿Dónde está el knut? ¿Es que no hay knut en esta casa?

Nikita: (Poniéndose de pie.) No, Stepachenko. El señor rojo no pronunciará esa palabra infamante, triste recuerdo de la Rusia blanca. El nuevo señor debe estar a tono con los tiempos modernos.

Stepachenko: ¿Qué se te ocurre entonces? Pero, ¡pronto! Ardo en deseos de flagelarte. Cada momento que pasa me siento más señor.

Nikita: ¡Y yo más siervo! (Se queda pensativo.) ¡Ah, ya lo tengo! El knut se llama Pravda.

Stepachenko: ¿Pravda?

Nikita: Pravda es una palabra roja. Pone los traseros al rojo.

Stepachenko: Ahora mismo salgo a comprar una Pravda de siete colas. (Pausa.) Y ya sabes, perro sarnoso, quiero tener vino esta noche. Además, velarás mi sueño.

Nikita: (Prosternándose de nuevo.) Tus deseos son órdenes, señor. (Pausa.) ¿Puedo decirte algo de la mayor importancia?

Stepachenko: Te escucho, pero que sea de la mayor importancia.

Nikita: Estoy vigilado. Ya deben saber que tengo un amo. Por mi parte, estoy dispuesto al sacrificio. Antes la muerte: no renunciaré a mi condición de siervo.

Stepachenko: Sé muy bien que estás vigilado. Acabarás en la horca, pero mientras tengas vida te daré buenas patadas en el trasero. (Le da dos patadas.)

Nikita: Entonces, amo mío, si te parece bien comenzaré a servir desde mañana en tu casa. (Solemne.) Sólo la muerte podrá separarnos. (Pausa.) ¿Sería mucho pedir, señor, que me recibieras con la Pravda en la mano?

Stepachenko: Concedido. Te obsequiaré con una lluvia de vergajazos rojos.

Nikita: Esos vergajazos serán los primeros heraldos de la rebelión de los siervos.

Stepachenko: Pero, ¿cómo osas expresarte con ese lenguaje?

Nikita: Las manos de mis hermanos cortarán la cabeza de tus nietos.

Stepachenko: ¿Te has vuelto loco? (Pausa.) ¡Y no tener aquí mi Pravda para darte unos buenos vergajazos!

Nikita: Puedes darme una patada en el trasero. Es un magnífico aperitivo para tu pie y para mi trasero. Entre la patada y el vergajazo hay diferencias de grado, pero no de substancia.

Stepachenko: Cuando seamos miles de señores poderosos, tú y tus siervos, hermanos, cerraréis la boca y abriréis el trasero. (Le da una patada.)

Nikita: Tu oráculo no puede fallar. Será la rebelión de los traseros.

TELÓN

CUADRO SEGUNDO

Decorado: Lujoso dormitorio en casa de Stepachenko. Cama con dosel y colgaduras. Piel de oso blanco al centro. Tapices en las paredes. Butaca junto a la cama. Stepachenko está acostado. Ronca.

Escena Segunda.
Stepachenko, Nikita, Adamov.

Stepachenko: (Despertando sobresaltado.) ¡Nikita! ¡Nikita!

Nikita: (Pantalón negro, casaca blanca con botones rojos.) ¿Llamaba el señor?

Stepachenko: (Juntando las manos.) Nikita, ¿sabes? Soñé que te cortaban la cabeza. (Pausa.) Era muy chistoso.

Nikita: Después de todo, señor, no tiene gran importancia. Una cabeza más o menos.

Stepachenko: Claro que no tiene importancia la cabeza de un cochino siervo como tú. Además, ¿de qué sirve la cabeza a un siervo? Con tal que tenga un trasero.

Nikita: Señor, está demostrado que los sueños no quieren decir nada.

Stepachenko: No dirás lo mismo cuando veas tu cabeza en el tajo. (Pausa.) ¿Qué hora es?

Nikita: Las doce pasadas.

Stepachenko: ¡Diablo! Tengo que salir. (Pausa.) ¿Ha venido alguien?

Nikita: Sí, señor. En la sala aguarda un señor.

Stepachenko: ...¿un señor? ¿No te equivocas? ¿No soy yo el único señor?

Nikita: Parece que no, porque me dijo que estaba dispuesto a pagar un buen precio por mi cabeza.

Stepachenko: ¿Oigo bien? ¿Por tu cabeza ha dicho? (Pausa.) ¿Y por qué pretende tu cabeza?

Nikita: Lo ignoro, señor. Acto seguido me dio una patada en el trasero.

Stepachenko: (Asombrado.) ¿Te dio una patada en el trasero?

Nikita: Y dijo que no había duda alguna en cuanto a mi trasero.

Stepachenko: ¿Qué crees que quiso decir?

Nikita: Que yo tenía trasero de siervo.

Stepachenko: No te venderé por todo el oro del mundo. Tu cabeza me pertenece. Que se busque otra cabeza y otro trasero. (Pausa.) Despídelo.

(Nikita sale y vuelve a entrar.)

Nikita: ¡Oh señor! Le he dicho que su señoría no podía recibirle y me ha dado una terrible patada en el trasero.

Stepachenko: (Salta de la cama y da a Nikita una patada.) Despídelo.

(Nikita sale y vuelve a entrar.)

Nikita: Me ha propinado, señor, otra patada. Dice que él es tan señor como el señor.

Stepachenko: Eso lo veremos. (Pausa.) Dile que pase. (Se acuesta de nuevo.)

(Salida de Nikita.)

Adamov: (Entra y saluda con extremada cortesía.) ¿Tengo el honor de conocer al grandísimo señor Sergio Stepachenko?

Stepachenko: (Seco y cortante.) ¿Cómo os llamáis? ¿Qué os trae por mi casa?

Adamov: Mi nombre es Basilio Adamov. Vivo en los Urales. Tengo muchas almas bajo mi férula. Estas almas han leído el manifiesto de Nikita y en consecuencia han declarado su servidumbre. Pido la cabeza de Nikita.

Stepachenko: No la venderé por todo el oro del mundo. (Pausa.) En cambio, os sugeriré algo muy interesante.

Adamov: (Impaciente.) ¡Bah!...

Stepachenko: Cortad todas esas cabezas.

Adamov: Son ochocientos brazos que trabajan para mí y cuatrocientos traseros a los que doy patadas. Lo menos que puedo hacer por ellos es perdonarles la cabeza. Manera de preservar la productividad. (Pausa.) En cambio, vos tenéis un solo siervo. Os pago bien su cabeza.

Stepachenko: No me pidáis tal cosa. No me puedo pasar sin siervo.

Adamov: Tomad un siervo provisionalmente. Es la misma cara y el mismo trasero. Necesito a Nikita para hacer un escarmiento.

Stepachenko: No puedo. Requerid los servicios de la autoridad.

Adamov: El gobierno cortaría las cabezas de mis siervos. No me conviene vuestro consejo.

Stepachenko: ¿Se han rebelado vuestros siervos?

Adamov: No se han rebelado, pero han declarado su servidumbre.

Stepachenko: ¿Cómo traducen en la vida práctica esa declaración?

Adamov: Me dijeron: ya que el señor nos patea el trasero, no queremos una igualdad teórica.

Stepachenko: No les falta razón.

Adamov: Uno de esos hijos de perra tuvo la osadía de decirme: la igualdad debe ser igual para todos: si el señor puede patearme el trasero, yo también puedo patear el trasero al señor.

Stepachenko: Acá entre nosotros, Adamov, esa es la verdadera camaradería. Claro, que tal camaradería no es posible, ya que es muy agradable dar patadas en el trasero y muy desagradable dejar darse patadas en el trasero.

Adamov: En tiempos de los Zares la cosa estaba más definida. Cada parte sabía su papel y cada parte tenía su nombre bien especificado.

Stepachenko: Al menos, el siervo tenía derecho a llamarse siervo. Era su único derecho.

Adamov: Y el señor a llamarse señor. Tampoco nosotros podemos llamarnos señores.

Stepachenko: Cosa que no tiene la mayor importancia ya que somos los opresores.

Adamov: De acuerdo. Uno puede seguir siendo señor aunque tenga que serlo encubiertamente. Eso no molesta. Pero a un siervo le molesta que le hagan pasar por camarada con todos lo derechos, siendo en realidad siervo sin ninguno de los derechos.

Stepachenko: La igualdad condicionada es una píldora muy difícil de tragar.

Adamov: Mal que bien la iban tragando, pero ese cochino de Nikita ha echado todo por tierra. Dadme su cabeza.

Stepachenko: No está en mi poder daros la cabeza de Nikita.

Adamov: ¿No sois el dueño de sus actos y de su vida?

Stepachenko: Si os concediera la cabeza de Nikita querría decir que me he declarado señor, y entonces el Partido pediría mi cabeza. No olvidéis que sólo podemos ser señores encubiertos. (Pausa.) Pedid consejo al Partido.

Adamov: La actitud política del Partido es que la explotación deberá ser practicada bajo cuerda... ¿Cómo queréis que el Partido permita la declaración de servilismo de cuatrocientos camaradas?

Stepachenko: Por supuesto que no. El Partido no puede traicionar sus ideales.

Adamov: ¡Ja, ja! En apariencia, porque en el fondo...

Stepachenko: ¡Cómo, Adamov! Hay que guardar las formas.

Adamov: Estoy de acuerdo. Cara de ángel y pata de demonio con pezuña y todo... Para que el fondo no se vea hay que tapar el hoyo con la hojarasca de la forma.

Stepachenko: Pero ya veis que los camaradas del fondo están empujando las hojas con la forma de sus cabezas.

Adamov: Esta es la broma pesada. (Pausa.) Por eso os digo: una cabeza cortada a tiempo siembra el terror.

Stepachenko: Aparte de que yo no puedo cederos la cabeza de Nikita sin que la mía corra grave riesgo, creo que será contraproducente decapitarlo a presencia de vuestros cuatrocientos siervos.

Adamov: ¿Por qué?

Stepachenko: Los siervos declarados, hasta ahora sumisos, se convertirían en feroces leones.

Adamov: ¡Diablos, diablos! (Pausa.) Decidme, ese Nikita, ¿no es el filósofo del régimen?

Stepachenko: El filósofo oficial del régimen. A la altura en que se encuentra el Partido, con todas las contradicciones salvadas, ¡ejem!, el cargo de filósofo es un cargo de pura forma. Ahora bien, Nikita, mediante una jugada maestra, lo convirtió en un cargo a fondo.

Adamov: Bueno, un filósofo es siempre, y ante todo un siervo.

Stepachenko: Sí, para ser un filósofo hay que ser un descontento. Condición sine qua non de la filosofía.

Adamov: Yo diría, si es que no va a asustaros el fondo de la cuestión, que Nikita es un revolucionario.

Stepachenko: ¡En toda la línea! No va a quedar contento con su servidumbre declarada. Irá más allá.

Adamov: Una cosa no entiendo, querido Stepachenko. ¿Cómo habéis venido a ser el amo de Nikita?

Stepachenko: (Sonríe socarronamente.) Todo filósofo debe ser vigilado de cerca.

Adamov: Comprendo.

Stepachenko: Escuchad, mi querido Adamov: ¿queréis realmente que la cabeza de Nikita ruede por el suelo?

Adamov: Daría toda mi fortuna.

Stepachenko: Pues bien, seguid mis consejos. (Pausa.) Llamaré ahora mismo a Nikita y le diré todo cuanto me habéis propuesto.

Adamov: ¿Vais a decirle que quiero su cabeza? No olvidéis que para un filósofo es la cabeza lo más preciado.

Stepachenko: No pronunciaré esa palabra. En cambio, diré a Nikita que vos queréis llevarlo ante vuestros siervos para que estos aprendan a presentar dignamente el trasero al señor. En una palabra, que Nikita enseñe a vuestros siervos tener conciencia de sus traseros.

Adamov: No entiendo ni jota de todo esto. (Pausa.) Nikita nunca hará este viaje.

Stepachenko: Nikita aceptará con alma y vida. Nikita firmará un documento ante nosotros declarando el objeto de su viaje. Desde ese momento, Nikita estará perdido.

Adamov: ¿Queréis decir que será decapitado?

Stepachenko: ¡Descabezado! (Pausa.) (Grita.) ¡Nikita! ¡Nikita!

Nikita: (Entra y se arrodilla.) Presente, señor.

Stepachenko: Escucha, Nikita, el magnífico señor Basilio Adamov ha venido desde los montes Urales para suplicarme...

Adamov: (Interrumpiendo.) Sí, para suplicarle...

Stepachenko: ...Para suplicarme que tú le acompañes hasta ese lejano lugar.

Adamov: Viajarás como un príncipe.

Nikita: Viajaré como un siervo.

Stepachenko: Bien, Nikita, el objeto de ese viaje es el siguiente: el magnífico señor Basilio Adamov tiene bajo su férula a cuatrocientos siervos no declarados. (Aparte, a Adamov.) Si supiera que están declarados y vueltos a declarar... (A Nikita.) Adamov confía que si tú les ofreces una demostración de tu trasero en funciones de tu servilismo, esos cuatrocientos camaradas declararán su servilismo. (Pausa.) ¿Aceptas?

Nikita: Todo sea por el triunfo de los traseros serviles. Acepto.

Stepachenko: (Coge un papel y se lo pone bajo la nariz.) Firma esta declaración.

Nikita: (Firmando.) Aunque deben estar ya declarados, son cuatrocientos traseros... yo, maestro de cuatrocientos traseros. (Se vuelve y besa las manos de Adamov.)

Adamov: Nikita, eres un siervo obediente. ¡Pide lo que quieras!

Nikita: (Mirando a Stepachenko.) No me atrevo, señor, sería demasiada felicidad.

Stepachenko: ¡Ánimo, Nikita! El señor te concede de antemano cualquier petición. ¡Anda! Pide lo que quieras.

Nikita: (Presentando el trasero a Adamov.) Señor, concededme el inmenso placer de una patada vuestra en este sucio trasero.

(Adamov le da una patada.)

Nikita: ¡Traseros, patadas, traseros!

TELÓN

CUADRO TERCERO

Decorado:
El mismo decorado de la Escena II, Cuadro II.

Escena Primera.
Nikita, Stepachenko, Kolia.

Stepachenko: (Entrando.) ¡Nikita, mis zapatos, mi traje!

Nikita: (Entra con los zapatos y el traje de Stepachenko.) Acá los tiene, señor.

Stepachenko: ¿Qué te pareció Adamov?

Nikita: Tiene madera de amo, señor. Me ha dado una patada soberbia.

Stepachenko: Vendrá por ti a las doce.

Nikita: Estoy preparado, señor.

Stepachenko: Voy a dar un paseo. Regresaré a las doce. (Pausa.) ¿Te gusta declarar a los siervos, no?

Nikita: Me gusta declararlos, señor.

Stepachenko: ¿Crees de veras eso de los siervos?

Nikita: Creo en lo que veo, señor, y veo millones de siervos.

Stepachenko: ¿Quiénes son ellos para declarar nada o para que tú declares su servilismo? Ya el Estado los ha condicionado.

Nikita: Perdone el señor, pero ha sido el señor quien me ha ordenado declare el servilismo de los siervos del magnífico señor Basilio Adamov.

Stepachenko: ¿Estimas que hay mucha gente que piensa como tú?

Nikita: Señor, yo pienso lo que pienso, y lo que yo pienso está escrito. Puede ocurrir que mucha gente acepte mis escritos.

Stepachenko: También puede ocurrir que rechacen tus escritos.

Nikita: Muy posible, señor.

Stepachenko: También puede ocurrir que el Estado rechace tus escritos.

Nikita: También el Estado, señor.

Stepachenko: En ese caso...

Nikita: Se cumplirá vuestro sueño, señor. Rodaría mi cabeza.

Stepachenko: ¿Piensas que hay explotadores y explotados?

Nikita: Pienso que hay explotadores y explotados encubiertos.

Stepachenko: ¿Y por qué te empeñas en hacer pública esa condición encubierta de unos y otros?

Nikita: Es un modo de protestar.

Stepachenko: Los criados y los filósofos siempre andan protestando.

Nikita: Queremos que el Estado nos conceda un status.

Stepachenko: ¿Qué status?

Nikita: El de siervos. Estamos dispuestos a servir en tanto que siervos que puedan propalar que son siervos. Si es una fatalidad histórica que haya señores y siervos, al menos que uno sepa a qué atenerse.

Stepachenko: Pero ya has visto que ningún señor encubierto se ha visto en la necesidad de declararse.

Nikita: Terminarán por hacerlo.

Stepachenko: ¿Cuándo?

Nikita: Cuando los siervos se definan, los señores se verán obligados a quitarse la máscara.

Stepachenko: No te entiendo.

Nikita: Un siervo declarado declara implícitamente a su señor. El señor no puede negar su condición de señor. (Pausa.) El opresor arriba, el oprimido debajo. Entonces todo marcha como sobre ruedas.

Stepachenko: ¿No se rebelan, pues, los siervos?

Nikita: El siervo declarado puede pasar a la segunda fase.

Stepachenko: ¿Cuya es?

Nikita: El siervo rebelado.

Stepachenko: Hay otra fase.

Nikita: (Con sorna.) ¿Cuya es, señor?

Stepachenko: El siervo decapitado.

Nikita: Hay una cuarta fase, señor.

Stepachenko: ¿Cuya es, Nikita?

Nikita: El señor decapitado.

Stepachenko: ¿Quieres decir que el siervo puede triunfar?

Nikita: El siervo puede convertirse en señor y el señor en siervo.

Stepachenko: Es muy chistoso.

Nikita: Sí, señor. Es muy chistoso. Es el eterno retorno.

Stepachenko: (Se pone el sombrero.) Te pierdes por las grandes frases, Nikita. Ten cuidado que las grandes frases no pierdan tu pobre cabeza. (Sale.)

Nikita: (Se toca la cabeza.) Te queda poco, cabeza. (Se toca el trasero.) Trasero, te queda poco.

(Se escucha un silbido desde la puerta del fondo. Nikita abre la puerta. Entra Kolia, joven de veinte años.)

Nikita: ¡Hola, Kolia! ¿Qué ocurre?

Kolia: (Asustado.) Stepachenko es un espía.

Nikita: Querido Kolia, ¿y vienes a decirme eso? Lo sé mejor que tú.

Kolia: Tienes que salvarte.

Nikita: Kolia, sabes la consigna: cada uno su parte. Limítate a la tuya.

Kolia: Nos quedaremos sin jefe, camarada siervo.

Nikita: Lo he previsto todo, camarada siervo. Tengo un sucesor y ese sucesor tiene otro sucesor.

Kolia: Puedo matar a ese perro espía de Stepachenko. Está parado en la esquina.

Nikita: Limítate a tu parte. No eres tú su verdugo. (Pausa.) ¿Alguna novedad?

Kolia: En el club de la siderúrgica Taiga han retirado discretamente los ejemplares de Pravda que contienen tu manifiesto.

Nikita: La cosa marcha. (Pausa.) Escucha: mañana seré juzgado sumariamente y decapitado o algo por el estilo. Hay que dar un golpe de efecto. (Reflexionando.) Contamos con los camaradas de la siderúrgica, con los del ferrocarril subterráneo...

Kolia: Los camaradas panaderos son buena gente.

Nikita: Aún no han despertado del todo. Quedan muchos indecisos. (Pausa.) Así que contamos con los de la siderúrgica, el ferrocarril subterráneo y con los zapateros... (Pausa.) Mañana a las dos de la tarde, hora en que supongo que mi proceso marchará a velas desplegadas, que esos veinticinco mil camaradas siervos se declaren.

Kolia: ¿Cuál será la demostración?

Nikita: Huelga de brazos caídos hasta tanto no se les reconozca el derecho al servilismo declarado.

Kolia: Acaso eso evite tu muerte.

Nikita: Por el contrario, va a apresurarla, pero es un buen golpe de efecto que mis jueces se enteren que hay veinticinco mil camaradas que leen leyendo de verdad.

Kolia: También pueden cortar esas veinticinco mil cabezas.

Nikita: Mejor que mejor. El doble de esas cabezas, el triple de esas cabezas declarará su servilismo a paso de carga. No hay como los ejemplos sangrientos. (Pausa.) Ahora, márchate.

Kolia: Eres nuestro salvador, Nikita.

Nikita: No, Kolia, no soy un salvador, soy un declarador. Ni me salvo ni salvo a los siervos; sólo declaro el servilismo.

Kolia: Pero una vez que seamos siervos declarados podremos rebelarnos y triunfar.

Nikita: Entonces seremos señores y otro Nikita será el declarador de turno. No hay otra verdad. (Pausa.) Márchate.

(Kolia sale por la puerta del fondo.)

Stepachenko: (Entrando.) Dime, Nikita, ¿qué hace un amo cuando pierde a un siervo?

Nikita: Toma otro siervo. Hay grandes reservas, señor.

Stepachenko: ¿Declarados o encubiertos?

Nikita: Eso depende de los siervos, señor.

Stepachenko: O de los señores. Estimo que el servilismo encubierto da un mayor margen de explotación.

Nikita: Sigo diciendo al señor que todo depende, en definitiva, de los siervos. Los siervos elegirán el servilismo declarado, pese a los señores.

Stepachenko: Vienen por ti a las doce. Parece que me quedo sin siervo declarado. (Pausa.) ¿Buscarás nuevo amo?

Nikita: Un siervo no se comprende sin un amo.

Stepachenko: ¿Será acaso el verdugo tu nuevo señor?

Nikita: Ciertamente, señor. Yo no creo en los sueños, pero creo en la fatalidad.

TELÓN

CUADRO TERCERO

Decorado: el mismo del cuadro I, escena I.

Escena Segunda.
Orloff, Kirianin, Fiodor, Nikita, Stepachenko, un oficial.

Orloff: (Dando lectura a un panfleto.) "¡Camaradas! En vista de que la igualdad social no es tan igual como parece, en vista de que el comunismo se compone de partes desiguales de señores y siervos –mayor número de partes serviles, menor número de partes señoriales– y en vista de que las partes serviles están obligadas por la razón del Estado a no manifestar su verdadera condición, en vista de todo eso, nos, siervos encubiertos, nos declaramos siervos serviles y juramos defender el servilismo hasta la muerte". (Pone la hoja sobre la mesa.) ¿Qué les parece el panfleto?

Kirianin: Parece que la igualdad aparente está a punto de entonar su canto de cisne...

Fiodor: La broma pesada en todo este asunto es que no se trata de puras cuestiones de forma. Estos siervos plantean un problema real.

Orloff: Vaya usted a meterles en la cabeza que la contradicción está en la base de todos los actos. La igualdad supone la desigualdad. Un comunista es igual a otro comunista aunque uno sea señor y el otro siervo.

Kirianin: (Irónico.) Nadie como los señores para comprender las contradicciones de la naturaleza del hombre. Es la parte del león.

Fiodor: Fundemos un Estado compuesto exclusivamente de señores.

Orloff: ¿Es posible eso, querido Fiodor?

Fiodor: Muy posible: hagamos señores a los siervos.

Orloff: El Estado señorial presupone buena cantidad de siervos. Ahora bien, esos siervos, convertidos en señores, buscarán siervos. El nuevo status quedaría automáticamente desvirtuado.

Kirianin: Entonces fundemos un Estado de siervos.

Orloff: Una vez instaurada la república de los siervos, estos por puro espíritu de emulación se esforzarán por devenir señores. (Pausa.) No, nada de eso sirve de nada. La única verdad es la que tenemos nosotros: un Estado comunista con absoluta nivelación social, pero también con siervos y señores, se entiende, unos y otros encubiertos, a fin de salvar la contradicción. He ahí la verdadera igualdad.

Fiodor: Nuestra igualdad.

Kirianin: Nuestra igualdad.

Orloff: Nuestra igualdad. (Pausa.) No hay otra. Todo aquel que no acepte la desigualdad de nuestra igualdad será pasado por las armas.

Kirianin: Y la igualdad de nuestra desigualdad... (se anima.) Porque lo igual y la igualdad, los iguales y los iguales, la igualación y el igualamiento se abrazan en la igualdad y en la igualdad desigual y en la desigualdad igual tienen su fin... Porque...

Orloff: Muy bien por el camarada Kirianin. Es una tirada brillante. (Pausa.) Con discursos tan iguales el igualitario Estado está salvado. (Pausa.) Ahora llamemos a nuestro desigual. (Toca el timbre.)
(Entran Nikita, Stepachenko, acompañados por un oficial.)

Orloff: (A Nikita.) Nikita Smirnov, se le acusa de haberse levantado contra el Estado. (Pausa.) ¿Por qué se levanta?

Nikita: Para caer.

Orloff: ¿Por qué quiere caer?

Nikita: Para levantarme.

Orloff: ¿Por qué quiere levantarse?

Nikita: Para caer.

Orloff: Se le acusa de haber escrito un manifiesto contra la seguridad del Estado. (Pausa.) ¿Por qué lo escribió?

Nikita: Para manifestarme.

Orloff: ¿Por qué se manifestó?

Nikita: Para caer.

Orloff: ¿Por qué quiere caer?

Nikita: Para levantarme.

Orloff: ¿Por qué quiere levantarse?

Nikita: Para caer.

Orloff: Se le acusa de poner en duda la igualdad desigual de clases. ¿Por qué duda?

Nikita: Para clasificarme.

Orloff: ¿Por qué se clasifica?

Nikita: Para caer.

Orloff: ¿Por qué cae?

Nikita: Para levantarme.

Orloff: ¿Por qué se levanta?

Nikita: Para caer.

Kirianin: (A Stepachenko.) Haga su deposición, camarada Stepachenko.

Stepachenko: Cuando leí el manifiesto...

Orloff: ¿Leyó usted, leyéndolo, el manifiesto?

Stepachenko: (Pálido.) ¿De qué otro modo podía enterarme que este perro sarnoso pedía un amo, y se declaraba siervo?

Orloff: Tenía que enterarse, leyendo sin leer el manifiesto, que el perro sarnoso pedía en el manifiesto un amo.

Stepachenko: Confieso que lo leí leyéndolo.

Orloff: Para desintoxicarse leerá otra vez, sin leerlo, ese manifiesto. (Pausa.) Prosiga.

Stepachenko: Cuando leí, ejem, leyéndolo el manifiesto de Nikita Smirnov ardí en santa cólera. Yo soy un señor encubierto que, por supuesto, sabe que es un señor encubierto sin confesarlo, y no podía permitir que un cochino siervo encubierto se manifestase en términos de siervo declarado. (Pausa.) Decidí amarrarlo corto. Toqué a su puerta y me ofrecí como señor declarado al siervo declarado. Le di unas cuantas patadas declaradas.

Orloff: ...¿declaradas?

Stepachenko: Confieso que declaradas.

Orloff: Tiene que desintoxicar esa pata declarada. Dé a Nikita una patada de igual a igual.

Stepachenko: ¿No es la misma patada?

Orloff: No, es una patada encubierta. Proceda.

Stepachenko: (Se dirige donde Nikita y al tiempo que le da una patada, le da un apretón de manos.) ¡Salud!

Orloff: Bien, continúe.

Stepachenko: Mas no estaba satisfecho con patear el trasero declarado de Nikita Smirnov. Tenía que conseguir su cabeza. Entonces vino a casa el señor encubierto Adamov a pedirme la cabeza de Nikita. No se la di, pero Nikita firmó este papel (muestra un papel) donde se compromete a enseñar a los siervos declarados del poderoso señor Basilio Adamov a presentar el trasero declaradamente.

Orloff: ¿Esos cochinos siervos declarados no saben todavía presentar el trasero?

Stepachenko: Todavía.

Orloff: ¡Qué felicidad! Podrán volver al encubrimiento. (Pausa.) Prosiga.

Stepachenko: Nikita aceptó encantado, y va a perder, encantado, la cabeza.

Orloff: Nikita, ¿acepta esta firma por suya?

Nikita: La acepto por mía.

Orloff: ¿Por qué firmó?

Nikita: Para caer encantado.

Orloff: ¿Por qué cae encantado?

Nikita: Para levantarme encantado.

Orloff: ¿Por qué se levanta encantado?

Nikita: Para caer encantado.

Orloff: Nikita, declárese siervo encubierto.

Nikita: No puedo, me he declarado siervo declarado.

Orloff: ¿Prefiere perder la cabeza?

Nikita: Prefiero perder la cabeza encantado. Y por añadidura, encantado, el trasero.

Orloff: (Lo tutea.) ¿No dices que para un siervo es el trasero lo más preciado?

Nikita: Sí, cuando puede exhibirlo. Un trasero encubierto es vergonzante. Un trasero encubierto parece un mendigo que dé aires de gran señor.

Orloff: Es una filosofía basada en el trasero.

Nikita: Exacto. El nikitismo es la filosofía del trasero.

Fiodor: Estalló la bomba. (A Nikita.) ¿Nikitismo? ¿Qué es eso?

Nikita: Un sistema filosófico-político basado en las relaciones existentes entre la pata del señor declarado y el trasero del siervo declarado.

Orloff: Me cuesta trabajo comprender tal filosofía. El sistema filosófico denominado nikitismo puede ser válido aunque el señor, el siervo, la pata y el trasero actúen encubiertamente.

Nikita: El sistema sólo recibirá el nombre de nikitismo si el señor, el siervo, la pata y el trasero han declarado su señorazgo y su servilismo.

Orloff: Pero... ¿si el señor, siervo, pata y trasero persisten en su encubrimiento, no puede el sistema seguir denominándose nikitismo?

Nikita: En ese caso recibirá el nombre de comunismo.

Orloff: Escucha, ¿cuál de los dos sistemas acabará por triunfar?

Nikita: El comunismo.

Orloff: (Jubiloso.) ¡Cómo! Entonces, ¿te retractas?

Nikita: Nada de retractaciones. (Pausa.) Los nikitistas o "declarados" después de luchas cruentas pasan a ser comunistas encubiertos.

Orloff: ¿También tú?

Nikita: Si no me cortan la cabeza, también yo. (Pausa.) El final de todo, es el comunismo encubierto, siempre en jaque por el comunismo declarado.

Orloff: Supongo que habrá un término en todo eso.

Nikita: No hay nunca un final. Es el eterno retorno.

Orloff: Eres anticuado. No crees en el progreso.

Nikita: Creo en el progreso de las patas y en el progreso de los traseros.

Orloff: En ese caso te cortaremos la cabeza. (Pausa.) Será la única cabeza.

Nikita: ¿Y las cabezas de los siervos del poderoso señor Basilio Adamov?

Orloff: Cuando vean la tuya en el cesto, meterán las suyas en un cesto de seguridad y presentarán furtivamente el trasero.

Nikita: (Mira su reloj.) Las dos de la tarde.

Orloff: Unos minutos más y ya no tendrás cabeza.

Nikita: En este momento acaban de declarar su servidumbre veinticinco mil camaradas. (Pausa.) Podéis cortar sus cabezas.

(Suena el timbre del teléfono.)

Orloff: (Nervioso, descuelga, vuelve a colgar.) ¡Veinticinco mil siervos! (Al oficial.) Llévese a Nikita. Tráigame su cabeza. Llévese a Stepachenko.

Oficial: ¿También la cabeza de Stepachenko?

Orloff: No. Ponga a Stepachenko a desintoxicar la pata apestada.

(Sale el oficial con Nikita y Stepachenko.)

Orloff: (A Fiodor y a Kirianin.) El nikitismo está en marcha.

Fiodor, Kirianin: (A coro.) Pero, ¿por qué tiene que marchar? Paralicémoslo.

Orloff: Está en marcha. (Pausa.) Vamos a almorzar, después a cenar... después a almorzar, después a cenar... Es el eterno retorno.

TELÓN
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Maurizio Lazzarato: del biopoder a la biopolítica

texto publicado en Marzo- 2000, en el nº 1 de la revista Multitudes.

traducción de muxuilunak

1.

Michel Foucault, a través del concepto de biopolítica, nos había anunciado desde los años setenta lo que hoy día va haciéndose evidente: la "vida" y lo "viviente" son los retos de las nuevas luchas políticas y de las nuevas estrategias económicas. También nos había mostrado que la "entrada de la vida en la historia" corresponde al surgimiento del capitalismo. En efecto, desde el siglo XVIII, los dispositivos de poder y de saber tienen en cuenta los "procesos de la vida" y la posibilidad de controlarlos y modificarlos. "El hombre occidental aprende poco a poco lo que significa ser una especie viviente en un mundo viviente, tener un cuerpo, condiciones de existencia, probabilidades de vida, una salud individual y colectiva, fuerzas que se pueden modificar..."(1) Que la vida y lo viviente, que la especie y sus condiciones de producción se hayan convertido en los retos de las luchas políticas constituye una novedad radical en la historia de la humanidad. "Durante miles de años, el hombre ha permanecido siendo lo que era ya para Aristóteles: un animal vivo y, además, capaz de una existencia política; el hombre moderno es un animal en la política cuya vida, en tanto que ser vivo, está en cuestión"(2)

La patente del genoma y el desarrollo de las máquinas inteligentes; las biotecnologías y la puesta a trabajar de las fuerzas de la vida, trazan una nueva cartografía de los biopoderes. Estas estrategias ponen en discusión las formas mismas de la vida.

Pero los trabajos de Foucault no estaban sino indirectamente orientados en la descripción de estos nuevos biopoderes. Si el poder toma la vida como objeto de su ejercicio, Foucault está interesado en determinar lo que en la vida le resiste y, al resistírsele, crea formas de subjetivación y formas de vida que escapan a los biopoderes. Definir las condiciones de un nuevo "proceso de creación política, confiscado desde el siglo XIX por las grandes instituciones políticas y los grandes partidos políticos", me parece ser el hilo rojo que atraviesa toda la reflexión de Foucault. En efecto, la introdución de la "vida en la historia" es positivamente interpretada por Foucault como una posibilidad de concebir una nueva ontología que parte del cuerpo y de sus potencias para pensar el "sujeto político como un sujeto ético", contra la tradición del pensamiento occidental que lo piensa exclusivamente bajo la forma del "sujeto de derecho."

Foucault interroga al poder, sus dispositivos y sus prácticas, no ya a partir de una teoría de la obediencia y sus formas de legitimación, sino a partir de la "libertad" y de la "capacidad de transformación" que todo "ejercicio de poder" implica. La nueva ontología que la introducción de la "vida en la historia" afirma, permite a Foucault "hacer valer la libertad del sujeto" en la constitución de la relación consigo y en la constitución de la relación con los otros, lo que es, para él, la "materia misma de la ética." Habermas y los filósofos del Estado de derecho no se han equivocado al tomar el pensamiento de Foucault como un blanco privilegiado, ya que representa una alternativa radical a una ética transcendental de la comunicación y de los derechos del hombre.

2.

Recientemente Giorgio Agamben, en un libro que se inscribe explícitamente en las búsquedas emprendidas alrededor del concepto de biopolítica, afirma que la distinción entre la vida y la política que los antiguos establecían entre zoé y bios, entre vida natural y vida política, entre el hombre como simple viviente que tenía su lugar de expresión en la casa y el hombre como sujeto político que tenía su lugar de expresión en la polis, de esta distinción, "nosotros no sabemos nada." Como en Foucault, la introducción de la zoé en la esfera de la polis constituye el acontecimiento decisivo de la modernidad, que marca una transformación radical de las categorías políticas y filosóficas del pensamiento clásico. Pero esta imposibilidad de distinguir entre zoé y bios, entre el hombre como simple viviente y el hombre como sujeto político, ¿es el producto de la acción del poder soberano, o es el resultado de la acción de las nuevas fuerzas sobre las cuales el poder soberano no tiene "ninguna influencia"? La respuesta de Agamben es muy ambigua y oscila continuamente entre estas dos alternativas. Totalmente diferente es la respuesta de Foucault: la biopolítica es la forma de gobierno de una nueva dinámica de las fuerzas que expresan entre ellas relaciones de poder que el mundo clásico no conocía.

Esta dinámica será descrita, a lo largo del desarrollo de la búsqueda, como la emergencia de una potencia múltiple y heterogénea de resistencia y creación que pone radicalmente en cuestión todo ordenamiento transcendental y toda regulación que sea exterior a su constitución. El nacimiento de los biopoderes y la redefinición del problema de la soberanía son para nosotros comprensibles sólo sobre esta base. Si la dinámica de esta potencia, fundada sobre la "libertad" de los "sujetos", y su capacidad de tratar sobre la "conducta de los otros" es enunciada de manera coherente sólo al final de la vida de Foucault, me parece que toda su obra conduce a este fin.

La entrada de la "vida en la historia" es analizada por Foucault a través del desarrollo de la economía política. Foucault demuestra cómo las técnicas de poder cambian en el momento preciso en el que la economía (en tanto que gobierno de la familia) y la política (en tanto que gobierno de la polis) se integran la una en la otra.

Los nuevos dispositivos biopolíticos nacen en el momento en el que se plantea la cuestión de "la manera de gobernar como es debido a los individuos, los bienes, las riquezas, como puede hacerse dentro de una familia, como puede hacerlo un buen padre de familia que sabe dirigir a su mujer, a sus hijos, a sus domésticos, que sabe hacer prosperar a su familia, que sabe distinguir para ella las alianzas que le conviene. ¿Cómo introducir esta atención, esta meticulosidad, este tipo de relación del padre con su familia dentro de la gestión de un Estado?"(3)

¿Pero por qué hay que buscar la "arcana imperii" de la modernidad en la economía política? La biopolítica entedida como relación entre gobierno-población-economía política remite a una dinámica de las fuerzas que funda una nueva relación entre ontología y política. La economía política de la que habla Foucault no es la economía del capital y del trabajo de los economistas clásicos, ni la crítica de la economía marxiana del "trabajo vivo." Se trata de una economía política de las fuerzas, a la vez muy próxima y muy lejana de estos dos puntos de vista. Muy próxima del punto de vista de Marx, ya que el problema de la coordinación y del mando de las relaciones de los hombres en tanto que vivientes y de los hombres con las "cosas", con el objeto de extraer "más fuerza", no es un simple problema económico, sino ontológico. Muy lejana porque Foucault reprocha a Marx y a la economía política reducir las relaciones entre fuerzas a relaciones entre capital y trabajo, haciendo de esas relaciones simétricas y binarias el origen de toda dinámica social y de todas relaciones de poder. La economía política de la que habla Foucault gobierna, por el contrario, "todo un campo material complejo en el que entran en juego los recursos naturales, los productos del trabajo, su circulación, la amplitud del comercio, pero también la disposición de las ciudades y carreteras, las condiciones de vida (hábitat, alimentación, etc.), el número de habitantes, su longevidad, su vigor y su actitud para con el trabajo."(4)

La economía biopolítica, como sintagma de lo biopolítico, comprende, así, los dispositivos de poder que permiten maximizar la multiplicidad de las relaciones entre fuerzas que son coextensivas al cuerpo social, y no sólo, como en la economía política clásica y su crítica, la relación entre capital y trabajo.

En la economía política de las fuerzas se expresan nuevas relaciones de poder, y para describirlas, Foucault necesita una nueva teoría política y una nueva ontología. En efecto, la biopolítica se "incorpora" y se "afianza" sobre una multiplicidad de relaciones de mando y de obediencia entre fuerzas que el poder "coordina, institucionaliza, estratifica, concluye", pero que no son su proyección pura y simple sobre los individuos. El problema político fundamental de la modernidad no es el de una causa de poder único y soberano, sino el de una multitud de fuerzas que actúan y reaccionan entre ellas según relaciones de obediencia y mando. Las relaciones entre hombre y mujer, entre maestro y alumno, entre médico y enfermo, entre patrón y obrero, con las que Foucault ejemplifica la dinámica del cuerpo social, son relaciones entre fuerzas que implican en cada momento una relación de poder. Si, según esta descripción, el poder se constituye partiendo desde la base, entonces hay que partir de los mecanismos infinitesimales que más tarde son "investidos, colonizados, utilizados, plegados, transformados, institucionalizados, por mecanismos siempre más generales y por formas de dominación globales."

La biopolítica es entonces la coordinación estratégica de estas relaciones de poder dirigidas a que los vivientes produzcan más fuerza. La biopolítica es una relación estratégica y no un poder de decir la ley o de fundar la soberanía. "Coordinar y dar una finalidad" son, según las palabras de Foucault, las funciones de la biopolítica que, en el momento mismo en el que obra de este modo, reconoce que ella no es la causa del poder: Coordina y da finalidad a una potencia que, en propiedad, no le pertenece, que viene de "afuera." El biopoder nace siempre de otra cosa que de él.

3.

Históricamente, es la asociación de las fuerzas que la economía política quiere gobernar lo que pone en crisis la firma del poder soberano y quien fuerza a la biopolítica a una "inmanencia" cada vez más extendida de sus tecnologías de gobierno de la "sociedad". Y es siempre ella quien obliga al poder a desdoblarse en dispositivos a la vez "complementarios" e "incompatibles" que se expresan, en nuestra actualidad, por una "transcendencia inmanente", es decir una integración del biopoder y del poder soberano.

En efecto, la emergencia de la serie solidaria entre arte de gobernar-población-riqueza desplaza radicalmente el problema de la soberanía. Foucault no descuida el análisis de la soberanía, él afirma solamente que la potencia fundadora no está ya del lado del poder, puesto que este es "ciego e impotente" (5), sino del lado de las fuerzas que constituyen el "cuerpo social" o la "sociedad." Que el poder soberano sea impotente y ciego no significa, de ninguna manera, que haya perdido su eficacia: su impotencia es ontológica. Desde este punto de vista, no hacemos ningún favor al pensamiento de Foucault cuando describimos su trayectoria en el análisis de las relaciones de poder como una simple sucesión y sustitución de los diferentes dispositivos, ya que el dispositivo biopolítico no reemplaza la soberanía, pero desplaza su función volviendo aún más "agudo el problema de su fundación."

"De suerte que hay que comprender bien las cosas, en absoluto como el reemplazamiento de una sociedad de soberanía por una sociedad de disciplina, después una sociedad de disciplina por una sociedad de, digámoslo, gobierno. Tenemos, en efecto, un triángulo: soberanía-disciplina, gestión gubernamental, de la que el objetivo principal es la población."(6) Más bien hay que pensar la presencia simultánea de los diferentes dispositivos que se articulan y se distribuyen diferentemente bajo la potencia del encadenamiento gobierno, población, economía política.

¿ Podemos entonces leer el desarrollo de la biopolítica no como la organización de una relación de poder unilateral, sino como la necesidad de asegurar una coordinación inmanente y estratégica de las fuerzas? Lo que nos interesa señalar es la diferencia de los principios y de las dinámicas que rigen la socialización de las fuerzas, el poder soberano y el biopoder. Las relaciones entre estos dos últimos pueden ser comprendidas sólo sobre la base de la acción múltiple y heterogénea de las fuerzas. Sin la introducción de la "libertad" y de la resistencia de las fuerzas, los dispositivos del poder moderno permanecen incomprensibles, y su inteligibilidad será inexorablemente reducida a la lógica de la ciencia política, cosa que Foucault expresa de la manera siguiente: "En primer lugar está la resistencia, y ella permanece superior a todas las fuerzas del proceso; ella obliga, bajo su efecto, a cambiar las relaciones del poder. Considero entonces que el término "resistencia" es la palabra más importante, la palabra-clave de esta dinámica." (7 )


4.

En los años setenta Foucault piensa esta nueva concepción del poder fundamentalmente a través del modelo de la batalla y de la guerra. En esta forma de entender el poder y las relaciones sociales hay, seguro, una "libertad" (una autonomía y una independencia) de las fuerzas en juego, pero se trata más bien de una libertad que sólo puede ser comprendida como "poder de arrebatársela a los otros." En efecto, en la guerra hay fuertes y débiles, pícaros e ingenuos, vencedores y vencidos, y todos son "sujetos actuantes" y "libres", incluso si esta libertad consiste sólo en la apropiación, la conquista y el sometimiento de otras fuerzas.

Foucault, quien hace funcionar ese modelo de poder como "enfrentamiento guerrero de las fuerzas" contra la tradición filosófico-jurídica del contrato y de la soberanía, está ya sólidamente instalado en un paradigma en el que la articulación de los conceptos de potencia, diferencia y libertad de las fuerzas sirve para explicar la relación social. Pero esta "filosofía" de la diferencia corre el peligro de aprehender todas las relaciones entre los hombres, de la naturaleza que sean, como relaciones de dominio. Impasse al que habría sido confrontado el pensamiento de Foucault. Pero los cuerpos no están capturados de forma absoluta por los dispositivos de poder. El poder no es una relación unilateral, una dominación totalitaria sobre los individuos, tal y como la ejerce el ejercicio del Panóptico (8), sino una relación estratégica. El poder es ejercido por cada fuerza de la sociedad y pasa por los cuerpos, no porque sea "omnipotente y omnisciente", sino porque las fuerzas son las potencias del cuerpo. El poder viene de abajo; las relaciones que le constituyen son múltiples y heterogéneas. Lo que llamamos poder es una integración, una coordinación y una dirección de las relaciones entre una multiplicidad de fuerzas. ¿Cómo liberar a esta nueva concepción del poder fundado sobre la potencia, la diferencia y la autonomía de las fuerzas del modelo de la "dominación universal"? ¿Cómo hacer advenir una "libertad" y una potencia que no fuera sólo de dominación o de resistencia?

Es en respuesta a esta interrogante que Foucault desarrolla el paso del modelo de la guerra al del "gobierno." Esta temática del gobierno estaba ya presente en las reflexiones de Foucault, ya que ella definía el ejercicio del poder en la biopolítica. El desplazamiento que Foucault opera, alrededor de los años ochenta, consiste en el hecho de considerar el "arte de gobernar" no ya sólo como una estrategia del poder, incluso biopolítico, sino como acción de los sujetos sobre ellos mismos y sobre los otros. En los antiguos busca la respuesta a esta cuestión: ¿de qué modo los sujetos devienen activos; cómo el gobierno de sí y de los otros da paso a subjetivaciones independientes del arte de gobernar de la biopolítica? De este modo el "gobierno de las almas" es el desafío de luchas políticas, y no exclusivamente la modalidad de acción del biopoder.

Este paso a la ética es una necesidad interna al análisis foucaultiano del poder. Gilles Deleuze tiene razón al señalar que no hay dos Foucault, el Foucault del análisis del poder y el Foucault de la problemática del sujeto. Un interrogante atraviesa toda la obra de Foucault: ¿cómo aprehender estas relaciones de poder infinitesimales, difusas, heterogéneas, para que no se resuelvan siempre en dominación o en fenómenos de resistencia? (9) ¿Cómo esta nueva ontología de las fuerzas puede dar lugar a procesos de constitución políticos inéditos y a procesos de subjetivación independientes?


5.

Es sólo en los años ochenta, tras un largo rodeo por la ética, que Foucault regresará al concepto de "poder". En sus últimas entrevistas Foucault se dirige a sí mismo una crítica, ya que considera "que al igual que muchos otros, no ha sido muy claro y no ha utilizado las palabras correctas para hablar del poder." Él ve retrospectivamente su trabajo como un análisis y una historia de diferentes modos de subjetivación del ser humano en la cultura occidental, más bien que como análisis de las transformaciones del poder. "No es entonces el poder, sino el sujeto, lo que constituye el tema general de mis búsquedas."(10)

El análisis de los dispositivos del poder debe así partir sin ninguna ambigüedad, no de la dinámica de la institución, aunque sea biopolítica, sino de la dinámica de las fuerzas y de la "libertad" de los sujetos, puesto que si se parte de las instituciones para plantear la cuestión del poder, se desembocará, inevitablemente, en una teoría del "sujeto de derecho." En esta última y definitiva teoría del poder, Foucault distingue tres conceptos diferentes que son normalmente confundidos en una única categoría: las relaciones estratégicas, las técnicas de gobierno y los estados de dominación.

En primer lugar precisa que es necesario hablar de las relaciones de poder antes que del poder, pues el acento debe ser puesto en la misma relación y no sobre sus términos, siendo estos últimos los resultados, y no los presupuestos. La caracterización de las relaciones estratégicas en tanto que juegos de poder "infinitesimales, móviles, reversibles, instables" se obtiene ya en los años setenta. La novedad que Foucault introduce en esta época, y que estaba ya contenida en el concepto nietzscheano de "fuerzas", de donde Foucault toma su concepción de "relaciones estratégicas", es la modalidad por la que el poder se ejerce en el interior de una relación amorosa, de la relación profesor-alumno, marido-mujer, de los hijos a los padres, etc... Esta modalidad es definida como "acción sobre una acción" y se despliega por la voluntad de "conducir los comportamientos de los otros."

"Creo que es necesario distinguir entre relaciones de poder como juegos estratégicos entre libertades -que hacen que unos traten de determinar la conducta de los otros, a lo que responden procurando no dejar determinar su conducta, o tratando,como respuesta, de determinar la de los otros- y los estados de dominación, que son eso que de ordinario se llama el poder."(11) El poder es de este modo definido como la capacidad de estructurar el campo de acción del otro, de intervenir en el dominio de sus acciones posibles. Esta nueva concepción del poder muestra aquello que estaba implícito en el modelo de la batalla y la guerra, pero que aún no hallaba una expresión coherente, a saber: que hay que presuponer, para pensar el ejercicio del poder, que las fuerzas implicadas en la relación son virtualmente "libres." El poder es un modo de acción sobre "sujetos activos", sobre "sujetos libres, en tanto que libres."

"Una relación de poder, por el contrario, se articula sobre dos elementos que le son indispensables para ser precisamente una relación de poder: que "el otro" (aquél sobre el que se ejerce la relación) sea reconocido y mantenido hasta el final como sujeto de acción; y que se abre, ante la relación de poder, todo un campo de respuestas, reacciones, efectos, invenciones posibles."(12) En este marco, que los sujetos sean libres significa que ellos "tienen siempre la posibilidad de cambiar la situación, que esta posibilidad existe siempre." Esta modalidad del ejercicio del poder permite a Foucault responder a las críticas que desde el comienzo de sus trabajos sobre el poder le eran dirigidas: "Yo no he querido decir que estamos siempre atrapados, sino al contrario, que somos siempre libres. Finalmente, que hay siempre la posibilidad de transformar las cosas."(13)

Los "estados de dominación", por el contrario, son caracterizados por el hecho de que la relacion estratégica se ha establecido en las instituciones y que la movilidad, la reversibilidad y la instabilidad de la "acción sobre otra acción" son limitadas. Las relaciones asimétricas que toda relación social contiene son cristalizadas y pierden la libertad, la "fluidez" y la "reversibilidad" de las relaciones estratégicas. Entre las relaciones estratégicas y los estados de dominación Foucault coloca las "tecnologías gubernamentales", es decir la unión de las prácticas por las cuales se puede "constituir, definir, organizar, instrumentalizar las estrategias que los individuos, en su libertad, pueden tener los unos en relación con los otros."14

Para Foucault, las tecnologías gubernamentales juegan un papel central en las relaciones de poder, porque es a través de ellas que los juegos estratégicos pueden estar cerrados o abiertos; es por su ejercicio que se cristalizan y se fijan en relaciones asimétricas institucionalizadas (estados de dominación) o en relaciones fluidas y reversibles, abiertas a la creación de las subjetivaciones que escapan al poder biopolítico.

En la frontera entre "relaciones estratégicas" y "estados de dominación", sobre el terreno de las "técnicas de gobierno", la lucha ético-política adquiere pleno sentido. La acción ética es así concentrada sobre el vínculo entre relaciones estratégicas y tecnológicas de gobierno, y tiene dos finalidades mayores: 1) permitir las relaciones estratégicas con el minimun posible de dominación (15), al darse reglas de derecho, técnicas de gestión de las relaciones con los otros y también de las relaciones consigo. 2) aumentar la libertad, la movilidad y la reversibilidad de los juegos de poder, pues son ellas las condiciones de la resistencia y de la creación.


6.

La relación entre resistencia y creación es el último límite que el pensamiento de Foucault había pretendido franquear. Es en el interior de las relaciones estratégicas y de la voluntad de los sujetos virtualmente libres de "dirigir la conducta de los otros", donde se pueden encontrar las fuerzas que resisten y que crean. Lo que resiste al poder, a la fijación de las relaciones estratégicas en relaciones de dominación, a la reducción de los espacios de libertad en el deseo de dirigir las conductas de los otros, hay que buscarlo en el interior de esta dinámica estratégica. Es en este sentido que la vida y lo viviente deviene así la "materia ética" que resiste y crea a la vez nuevas formas de vida.

En una entrevista de 1984, un año antes de su muerte, se le plantea una cuestión acerca de la definición de la relación entre resistencia y creación:

"-Es sólo en términos de negación que hemos conceptualizado la resistencia. No obstante, tal y como usted la comprende, la resistencia no es únicamente una negación: es proceso de creación. Crear y recrear, transformar la situación, participar activamente en el proceso, eso es resistir.

Sí, es así como yo definiría las cosas. Decir no, constituye la forma mínima de resistencia. Pero naturalmente, en ciertos momentos, es muy importante. Hay que decir no y hacer de ese no una forma de resistencia decisiva..."(16)

Y en la misma entrevista, destinada a la revista Body Politic, Foucault afirma que las minorías (homosexuales) en las que la relación entre resistencia y creación es una cuestión de supervivencia política, no deben sólo defenderse y resistir, "sino crear nuevas formas de vida, crear una cultura. Nosotros debemos también afirmarnos y afirmarnos no sólo en tanto que identidad, sino en tanto que fuerza creadora."(17)

Las relaciones consigo, las relaciones que debemos mantener con nosotros mismos, por las cuales Foucault había llegado a esta nueva definición del poder, no son relaciones de identidad, "deben ser más bien relaciones de diferenciación, de creación, de innovación." (18)

Y es sobre la cima de la relación entre resistencia y creación que hay que prolongar el trabajo de Foucault. El itinerario de Foucault permite pensar el vuelco del biopoder en una biopolítica, el "arte de gobernar" en producción y gobierno de nuevas formas de vida. Es proseguir el movimiento del pensamiento foucaultiano establecer una distinción conceptual y política entre biopoder y biopolítica.

Notas:

1 Michel Foucault, La volonté de savoir, p.187.

2 Idem, p. 188.

3 Michel Foucault, "La gouvernementalité", Dits et Écrits, Tome IV,pp. 641-642

4 Michel Foucault, La politique de la santé au XVIII siècle, p. 729.

5 "El poder no es omnipotente, omnisciente, ¡al contrario! Si las relaciones de poder han producido formas de investigación, de análisis de los modos de saber, es precisamente porque el poder no es omnisciente, sino que era ciego[...] Si asistimos al desarrollo de tantas fuerzas de poder, de tantos sistemas de control, de tantas formas de vigilancia, es precisamente porque el poder es siempre impotente." Michel Foucault, Précisions sur le pouvoir. Réponses à certaines critiques, p. 625.

6 Michel Foucault, "la gouvernementalité", op.cit., p. 654.

7 Michel Foucault, Dits et Écrits, IV, p. 741.

8 Foucault ha explicado, respondiendo a los críticos "marxistas" lanzados contra él por el actual alcalde de Venecia Massimo Cacciari, que su concepción de las relaciones de poder no "se reduce, de ninguna manera, a esta figura."

9 Gilles Deleuze, Foucault, Editions de Minuit, 1986.

10 Michel Foucault, Deux essais sur le sujet et le pouvoir, p. 298

11 Michel Foucault, Dits et Écrits, IV, p. 729.

12 Michel Foucault, Deux essais sur le sujet et le pouvoir, p. 313. La relación entre amo y esclavo es una relación de poder, cuando la huida es una posibilidad de acción para este último; de otro modo se trata de un simple ejercicio de la fuerza física.

13 Michel Foucault, Dits et Écrits, p.740.

14 Michel Foucault, Dits et Écrits, p. 728.

15 Siempre en la última parte de su vida Foucault se plantea el problema de cómo volver simétricas las relaciones estratégicas. Esta temática es sólo esbozada a través del tema de la "amistad." Gabriel Tarde, un autor del que he confrontado, en otro lugar, su pensamiento con el de Foucault, expresa la necesidad, partiendo de las mismas "relaciones estratégicas" foucaultianas, de fundar su dinámica no sólo sobre la asimetría, sino también sobre la simpatía. "Más estrecha aún y más alejada de la verdad es la definición ensayada recientemente por un sociólogo distinguido, quien da como prioridad característica a los actos sociales el ser impuesto desde afuera como obligación. Eso es no reconocer como relaciones sociales más que las relaciones entre amo y sujeto, entre profesor y alumno, entre padres e hijos, sin tener ninguna consideración a las libres relaciones de los iguales entre ellos. Y es cerrar los ojos no ver que, en los mismos colegios, la educación que los niños se dan libremente imitándose entre ellos, respirando, por así decir, sus ejemplos, o incluso los de los profesores, que interiorizan, tiene más importancia que la que reciben o sufren por fuerza." Gabriel Tarde, La logique Sociale, Institut Synthélabo, Paris,1999, p. 62.

16 Michel Foucault, Dits et Écrits, IV, p. 741.

17 Michel Foucault, Dits et Écrits, p. 736

18 Michel Foucault, Dits et Écrits, p. 739

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